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Full text of "La educacion de las mugeres: Ó la Quijotita y su prima"

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CVABVA BMCieiV* 



MÉXICO. 

librería de regio y altamirano, 

VétUkl de Mercaderet imm. 7. 

■■■ V 

1842. 



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á^'^wssñmsüHA^ 



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I 



Si algunapersana comprare esta obrita creyendo hallar 
en elta invención singular, erudición escogida, método 
exacto, estilo brillante y todas aquellas bellezas que encan- 
tan y sorprenden en muchas obras del dia, se llevará un 
buen chasco sin duda alguna: pues solo encontrará una 
invención común, una erudición no rara, un método en 
partes incorrecto, y un estilo sencillo y familiar. 

Tal es el todo de la presenté obrita; y esta ingenua con- 
fesión, si no basta á defenderla de los colmillos del Zoilo, 
ni de la férula del Aristarco, bastará á lo menos para pro- 
bar que su autor no aspira á pasar plaza de sabio, sor- 
prendiendo á los incautos. 

Habiendo visto la favorable acogida que halló el Peri- 
quillo en el público ilustrado de este reino; y habiendo 
también observado que se han desterrado de algunas casas 
^ estas ó aquellas preocupaciones, mediante su lectura, me 
^ determiné á escribir esta obrita, considerando que acaso 
n podría ser de provecho á no pocas personas; y como al es- 
^cribir trato de conciliar mi interés particular con la utili- 
01 dad común, de ahí es que muchas veces atropello á sabien- 
•\das con las reglas del arte, cuando me ocurre alguna idea 
'^que me parece conveniente ponerla de este ó del otro modo. 

> 

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o 



No por ato K me aconde que ie pueden dictar b» mis- 
mo» documentoí cumpliendo con el rigor del arte, y tal vez' 
con moa graoia y mejor e$tUo; pero ¿qué tengo con salier 
que le puede hacer una cota con perfección, si yo carezco 
de la ilustración y genio propio para hacerla? 

Por tanto ofrezco al benigno público esta obrita asi co- 
mo he podido escribirla, deseando que sea útil, y esperando 
que los sainos disimularán los defectos qu» no hubiere sa- 
bido corregir ó evitar mi escasa penetración. 

También debo advertir, que aunque está dedicada al be- 
llo sexo, no será enteramente inütÍlalotro,poT las intimas 
relaciones que tienen ambos entre si. 




Vi 



EN IINA CARTA Y SU CONTESTACIÓN. 



SltOB PnVBADOR. 

j^WE leído COD gusto la obñta de vd. que tituló El 
Periquillo Sarniento; y con decirle que la he leído 
con gusto, la alabo bastante, porque soy poco amiga 
de lieer, y taTha de ser un libro para que no me canse 
y merezca que le vea el fin, favor que me ha debido «1 
Periqíúllo devd. 

Entre otros frutos que he sacado de la lectiira de 
esa historieta, ha sido uno refleüonar en el empeño 
conque critica vd. las costumbres de los hombres ex- 
traviados, la sal con que procura ridiculizar tos vicios 
mas groseros, y el conato que pone en divertir é ins- 
truir á sus lectores. 

Pero, Señor Pensador, ¿todo ha de ser á costa de 



los hombres y para el provecho de ellos? ¿Nunca »e ha < 
de acordar vd. de las mugeres para darles una enjabo- j 
oadita? ¿Cr¿e vd. que soinios irrepreusibles, ó le pare- j 
ce que dos haría un agravio con emplear su pluma en 
nuestra corrección? Advierta vd. que en nuestro sexo 
hay muchos abusos y muchas preocupaciones perni- 
dosas, comenzando desde nuestra primera educación. 
El amor propio nos ciega mas que á vds. y los hom- 
bres, cuando dicen que nos aman, no hacen sino em- 
peñarse en cegarnos mas. 

Sigúese que pocos autores, ó tal vez ninguno, ha 
«scríto contra nuestros defectos en un estilo que nos 
pique, nos enseñe, corrija y divierta. Casi cuantos 
hasta boy han escrito sobre esta materia, se han di- 
vidido en dos bandos: unos han tratado de instruir á 
nuestros padres acerca del modo de educamos, amon- 




vu. 

Sería, pues, una onpresa recomoidable dar á luz 
ana obríta, que sin zaherir generalmente al sexo, ri- 
diculizara los defectos mas comunes que en él se ad- 
vierten. 

Tal clase de trabajo seria útil y digno de nuestro 
aprecio, pues lo leeríamos con gusto, creyendo no es- 
tar comprendidas en aquella pintura; y á nuestras so- 
las ó á sangre fría, advertiríamos. que en muchas 
malerias la sátira y la reprensión recaían sobre noso- 
tras, que ¿ramos los legítimos prototipos de aquellos 
retratos imaginarios. 

El plait de esta obríta presenta desde luego un es- 
pacioso campo, no solo para divertimos y satirizar 
nuestros defectos, ^no para instruir á los padres y ma- 
ilres acerca de nuestra educación^ para descubrir los 
ardides y artificios de qqe s^ valen los hombres para 
seducimos y arminaraos, y para enseñamos los antí- 
dotos mas eficaces para precavemos. 

Un librito semejante puesto en las manos de una ni- 
ña de diez años, produciría mejores efectos que los 
de la diversión y pasatiempo; pues á la hora crítica se 
Tendrían muchos lancecillos á la memoría de la tal ní- 
ña, y contendrían como con un freno sus primeros des- 
ordenados movimientos. 

En fin, Señor Pensador, jto' estoy paseándome en 
unos prados deliciosos que no existen, estoy recomen- 
dando el méríto]de una obra que deseo^ y no se ha se- 
críto. Quisiera á la verdad qqe probara vd. su plu- 
ma para este útilísimo trabajo, ]£1 genio de vd. serío 



VIH. 

y oburratiro, sa poco'ó lmcho^lIlunda:que Ueaffí, su 
estilo adecuado pan el eaaa, me faaoin creer que si 
emptvnde este trabajo^ no poede aa de nwiguna ma- 
nera infructuoso. 

Conque anímese yd. y coadyuve á los buenos de- 
seos que tengo de abrir los ojos i las dftmas. Eilo, ym 
advierto que es algo dificultoso; pero lo fácil ni con- 
trae mérito, ni demanda reonnendacion ni elogios. 
Lo arduo sí, se debe emprender aunque no se conñ- 
ga, porque solo el pretenderlo es digno de la esüma- 
cion universal. 

Estos generosos sentimientos, fruto de la lectura del 
Periquillo, han agitado mi fantasía, y puesto la plu- 
ma en mi mano para suplicar á vd. aunque ñn méri- 
to, que escriba nna Cotorra ¿ lo que quiera, según lá 
idea que le presento; y de ^ atención y cortesía es- 





113SVX31ÍÍ1. 



Seüorita. 

^A idea devd. es liberal, ilúdeseos aprecíables, y 
m estilo inÚDuante. 

A pesar de todo esto, conozco lo débil de mitalea- 
to j lo mal cortado de mi pluma para emplearlos en 
■em^ante otra. 

Pero aun suponiéndome capaz de desempeñar el de- 
ñgnio de vd. no quiúera concillarme el aboi1«ci- 
miento del bello sexo, que seria como necesaria conse- 
cuencia de las verdades que estampara. 

GiaBeso a vd. con la mayor sencillez, que sea por 
mi edad, por mi conatítudon enfermiza, por el cono- 
cimiento de mi ningún mérito, por mi experiencia, 
por mi corta fortuna ó por lo que vd. quiera, no me 
atrevo á mendigar los favores de las mis señoras; y así 
el temer hablar contra algunos defectos ó preocupa- 



X. 
dones de muchas, no es por excusar sus <leDgues ni des- 
víos, ÚQo porque presumo que algunas me contaran 
en et número de ios segundos escritores que vd. men- 
ciona. 

Yo creo que algo conozco á las mugeresj y por una 
constante experiencia y observación, he' echado mis 
pronósticos á muchas, y ca^ siempre los he visto cum- 
plidos al pi¿ de la letra, lo que me hace pensar que 
quizá escribiría con tino en la materia; pero cuando 
así fuera, no podia- mfnos que grangearme una por- 
ción de enemigas que á veces son mas terñbles que 
enemigos; y lo peor es que me las adquiñria á mi pesar, 
(pues no escríbiria mi obra, ni acusaria de ningún de- 
fecto í las damas, del que no recayera la culpa en 
la mayor parte de los hombres, lo que era un bello 
modo de liseonjearlas. 




XI. 
ctcion vulgar y maleada, y la otra el de uaa crian- 
za moral y purgada de las mas comunes preocupaciones. 

En el contraste de estas dos educaciones se hallará 
la moralidad de la sátira, y en el paradero de ambas 
smoritas, el fruto de la lectura, que será ó deberá ser 
el temor del mal, el escarmiento y el apetito de buen 
obrar. 

Sivd. no quedare complacida, el defecto estará en 
mi corto talento, y no en mi decidida voluntad con 
que deseo servirla y me ofrezco á su disposición co- 
mo su afectísimo servidor que S. P. B. 

El Pensador Mexicano. 




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HIDUCIOllDIlitSlOlfilNIS, 



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C&PITIII.O I. 

Eq el que ir d¿ ruon da qniínea fuaroa eatu dm lañorH, j de la primea 
n educado» de ambu. 

J^^iT unft ds las cama da eata populoaa oiudad vívia DoSa 
Eufroaina CoDinraa, mugar de D. Dioniato LsDgarulOi y her- 
mana de Dofia Matilde, esposa de D. Rodngo Licarte, coro- 
nel relira do de no aé qué regí mienta. 

Batoa bltimoa aeSorea vivían pared en medio de la casa de 
D. Dionisio; pero tan inmediataa calaban laa habitaciones, co* 
Vilo distantos loa genioa do taa hermanas y concuñoa: porque 



D- DioDÍsio ara aemijóven, rico y totalmente dado al lujo j i 
lo que dicea gran mundo; y el coronel ya ae acercaba á los 
cnaranta y cinco aSoa de odad: su fortuna era algo mediana. 
y BU caricter serio y cortesano. 

El primero tolo pencaba en el juego, bailei, tertulias, modaa 
y paveos; y el segundo, sin declinar en ridículo ni eztravagaa. 
te, M divertía sin disiparse, y w entretenía lo mas del tiempo 
que tenia desocupado, en le lectura de buenos libros. 

Como las mugerea por lo común 'siguen el ejemplo de loa 
maridos, Eufrosína era una petrimeira ó curra de lea (itti> 
mas modas; su casa una perfecta sociedad de caballeretes al- 
midonados, y BU vida un continuado circulo de diversiones y 
alegrías. 

Dooa Matilde por el coiitrario;! acostumbrada desde muy 
niña al reposo de su marido, se divertía grandemente con el j 
cuidado de este y de su casa, y cuando queria desahogarse lo ' 
hacia con su clave, que tocaba diestramente. 



No por -esto se entienda 



que so esposo era un mono que 



la privaba de otra clsse de] diversiones honestas. Nada me- 




8 

eite modo de las dos casas una, y facilitando el vivir juntas y 
leparadas á un mismo tiempo. 

Abrióse, pues, la puerta, se estrechó mas la comunicación 
como era regular, y esta puerta me facilitó observar mas de 
eerca la conducta de ambas familias, porque yo pertenecia á 
li de D. Rodrigo con quien vivía por ser mi tutor. 

Casi á un tiempo estuvieron grávidas las dos hermanas, y 
easi á un tiempo dieron á }u2 los fintos de sus vientres con la 
iDa3ror felicidad, aunque estos no la lograron igual en el dis* 
curso de su vida. 

Doña Eufrosina, después que parió ásu hija,á quien pusie- 
ron por nombre Pomposa, la entregó al brazo secular de las 
tías y nodrizas, y no la volvió á ver hasta que la sacó á misa. 
Su mayor cuidado y conato fué curarse y fortalecerse con bue- 
nas galltofis y ricos vinos los dias que la preocupación * seña- 
la dü cama á las paridasv 

Con semejante esmero se levantó famosa y rozagante, a| 
mismo tiempo que su hermana Doña Matilde tenia algo que- 
bnul« el color por razón de que criaba á sus pechos á su niña 
Pudenciana» 

Entre las visitas de la casa no faltaban algunas señoritas que 
eelebraban la robustez de Eufrosina, apoyando el arbitrio de 
no criar á sus hijos. Haces muy bien, niña, le decian: haces. 
muy bien de no criar á tus hijos. Yo así lo hago, y ya ves 
que buena salud gozo después de haber parido ocho mucha. 
chos. 

Con razón, decia otra: yo pariera veinte y no criara uno; 
porque la crianza acaba á las mugeres, y por fin no es moda 
ni se quedan estas cosas para las personas de nuestra clase, 

n 

* La preocupación consiste en que sean precisamente cuarenta dias 
de cama y no mas ni menos, cuando es(e tiempo se debiera ordenar segtm 
la constitución y robwtes de la paciente, y no se^un una rutina que hi* 
Yenl& el chiqueo y'no la necesidad. 



■ÍBQp«nlut>i)ftre(af;g«ii(eord>iMria. iY^ae ve<iueii!d«cift 
otra. iQjaé dijera U marqueía Tijereta, la Trenoenda y otra« 
aeñorítaa que viaituí esta can, ai vieran á Eufrosina crisodo 
á su hija como uoa Mehi alquilonaT (Jesús! ni pensarlo, decía 
una cbatilla remilgada. A mi nada me va ni ma viene; pero 
se me encoge el corazón de ver i tu hermana Matilde cargando 
al nene todo e) dia, y i éste ohupindote la mitad de la vida; no 
onvaldo está la pohre tan deeeolorida y flaca, que parece gato- 
de azotea. ¡Qué ordinario y qué mezquino debe aer el vieja 
de su marido! 

Yo harto me mortifico de estas ooaaa, reapondia Eufroaina: 
harto le decimos i D. Rodrigo, y aun dos hemos ofrecido á 
pagarle k ehidü; mas do hay forma de entrar por el aro: siem- 
pre DOS sale oon que es obligacioQ precisa de las madres; que 
la qne no lo hace así no mereea este nombre, y otras tontier[aa 
aemej antes. 

Si lo oreo, decía la chata: si vieras que trabajo roe eostó im. 
poner & mi marida i que pagara cAid^ftuTf pan «is hijee, jebl 
eao fu6 muoho. (Sobro que el sefior mío estaba aouftado á la 




It nn. Hubo en casa por esto un San-Quintin desesperado» 
enarido lo sapo mi marido; pero yo conseguí salirme con la 
nía y que lo criara una negra retobada como el diablo» y creo 
fie gálica, por seCaa que el niño se murió á pocos días medio 
podrido» y desde entonces ya mi marido tiene buen cuidado de 
ksear chichis robustas á sus bijos. 

Acunas de estas conversaciones pasaban delante de Dofia 
Matilde, y esta sencillamente las referia á su marido, quien le 
deeia: Hija, no hagas caso de las producciones de esas locas. 
El ídolo que adoran es su carita, y con tal que esta no desme- 
resea, poco cuidado se les da de atrepellar las leyes de Dios y 
de la naturaleza. 

Mocho y bien han declamado los sabios contra este abuso; 
pero nunca lo bastante para exterminarlo de las sociedades.. •• 

A este tiempo tocaron la campanilla de la escalera: abrie«^ 
ron el portón, y entró precipitadamente á la sala haciendo un 
terrible raido con las espuelas y seguido de una vieja, un pa- 
yo con 80 mangota embrocada, su paño de sol en los hombros» 
«os botas de campana y dos perritos en las manos, y sin qui- 
lañe el disforme sombrero dijo: Ave María, Seor amo. • • • 
iQjaé es esto, Pascual? le preguntó el coronel: ¿qué te ha su. 
oedidoT ¿qué tienes que te vienes ahogando? 

¿Qué he de tener? señor, decía Pascual (que era mayordo- 
mo de un ranchito que tenia el coronel): ¿qué he de tener? Es- 
Cas aon nnas picardías, unas perradas que no se pueden aguan- 
tar 'entre cristianos. No sé como no caen rayos á manojos y 
acaban ison la ciudá. 

Pues vaya, repetía el coronel: ¿qué te ha sucedido? — ¡Que 
me ha de suceder! En malera me encargó el señor cura de 
mí tierra que tragíera una carta en la calle de. • • • de. • . • 
qoíeo sabe como se llama la calle; pero ello es que el rétulo de 
la carta era para la señora Lustrina. • • .Ludovina se llama mi 
ama, que no Lustrina, decía la vieja muy enojada: ¡habrase 
visto! ¿qué hasta eso mas es vd. one-nom brest ¿ó ya se metió 



á Rnobaspo p«m eonfirmarUT Todo etU güeno, decía e 
yo; leómo dic« qua m U&na su aawT— La señora DoOa ti 
LidavitiB. . . . Axeam, anuna, eso ea, leponia Pascual: an 
Hamari, sino que como yo tengo mal güido ae nw había 
dado; pOTO ol cuento es, aeor amo, que yo juí i la cnsa ; 
gué, ^y qué bago? sutw, entro de sopetón hasta la recama 
me jallo i la señora Lolerina dándole de mamar á estos 
eaehorros, sin tener tnntita caridt de un probo muchachi 
tres meses que estaba tirado i sus pies en una salcyila, d 
el pobre angelito unos gritos que hasta se desmorecía, y 
que era de hambre, porque se chupaba las manilas y se n 
caba como culebra. 

To no me pude sofrenar, y ansí le dije fc la señora: ¿No 
ra mejor que le diera de mamar i eee probé niño que al fi 
cristiano como nosotros, y no & esos perros que tiene colg: 
de las efaehUf — ¡Si i mano viene será mt hiju el muclia 
Lumbre le quemaron en los lomos á la tal Lustrina ó com 
llama; porque poniéndose mus colorada que un htaekiel 




puede dar porque se empachará el pobrocito. iMire qué ca- 
80 decía Pascual, y ¿quén la ha mandado que la deje retesar? 
¿porqué Bo le dio de mamar dende los principios, que á fe que 
no ae le retesara? ¿Qué cuentas tengo yo con eso, replicaba la 
Tieja: acaso yo la mando ó es mi hija? Pero, señor, á la probé 
de mi ama le viene tanta leche, que por mas remedios y 
porqneríaa de la botica que le mandan los médicos, no se le 
puede retirar, y por eso cada rato es menester que los perros 
le Tacíen los pechos; ¡ya se ve, que es tan enferma la probé 
señora. •••! 

¿Qué enferma ha de ser? respondía Pascual: si la viera mi 
amo qué colorada está y mas gorda que un marrano capón, y 
con dos tetas tamañotas, que á fé que para vaca chichihua valia 
un dineral: mañosa será ella, que no enferma. Muy rala será 
-la rouger que no pueda criar á sus hijos por enferma. ¿No 
mira á mi ama Doña Matildita como está criando á su niña 
y no se enferma. 

Pues en fin, yo no vengo á chismes ni averiguaciones, de- 
cia la vieja: déme vd« mis perros y acabadas cuentas, que 
Dios sabe los pasos que me cuesta andar la seca y la meca en 
busca de los perros: y ansi haberlos, que ya n^o voy y se mo 
hace malobra. 

Pues yo no doy los perros, es gana, dccia Pascual: dos tir 
gres le diera yo para que le comieran los entresijos á su ama 
por verduga de su hijo; y ya se puede ir de oquí la señora al- 
cahueta de los perros; porque si no, por vida mia que colicen. 
cia del amo le he de cortar las orejas con este cuchillo. Dit 
ciendo esto, se sacó do la bota un puñal, y amenazó á la vieja 
con tan buen aire de enojo, que )a pobre huyó mas que de pa- 
so, rezongando sesenta retobos y desvergüenzas contra el pa- 
yo; pero iba tan de prisa que por poco tira á su amo, que á 
este tiempo iba entrando por la sala, el cual se quedó sorprcn. 
dido al ver á Pascual con los perros en una mano y con el 



cuchillo en la oln amenaeando de muerte á su cocinera. 

ApéuBB D. Rodrigo advirtió por alguna* palabraa sueltas 
que aquel caballero era el esfHíso de D.* Liduvina, cuando 
haciéndole lomar asiento, lo aalisfizo con loda urbanidad del 
desacierto de su criado Pascual, k io que el caballero dijo: 
Ya yo veo que esle buen hombre ha hecho esto por amur de 
rai bijO) to que debo agradecer. También le tengo dicho á 
Liduvina que so ponga en los pezones botellas con agua ca. 
líente, y no perras, que puedan darle una mordida y costar 
caro; pero ella no entra por el aro. Está decidida por los 
perros, porque dice que estos chupan breve y no con la broma 
de las botellas. 

¿Pero no fuera mejor, decía el corone), que la aeñorita cria, 
ra á su niño, supuesto que tiene tanta y tan buena leclieT Se- 
guramente en este caso el niño estará mas sano y robusto 
y se ahorraran vds. de médicos, bqticas, nodrizas, perros y 
botellas. 

Es verdad, repooia el señor de los perritos; pero ¿qué qule. 
re V. 8. si es menester condescender con las ñiugcresT Como 




9 

PucaaT con alguna repugnancia volvió los perros, y el in- 
tensado los entregó á la vieja, que los recibió con raíl manos, 
y llenándolos de besos les decía: ¡Ay hijos míos de mi alma^ y 
en qué grandes peligros han estado! 

Acabada la ridicula ceremonia de la vieja, los envolvió en 
m rebozo, y amo y criada se despidieron del coronel y de su 
eiposa, pero no del payo, que los miraba con ojos encarniza- 
dos. Por fin se fueron, y de este modo acabó la graciosa 
tventara de los perritos de leche. 

Loego que los de la casa estuvieron solos, el coronel hizo 
sentar á Pascual, y encaminando la coversacion á su muger 
le dijo: ¿Ves confirmado lo que te acabo de decir, de que es 
dificil exterminar este abuso de las sociedades que llaman 
cultas? El es tan antiguo como fíinestas sus consec*iencias. 
En la historia romana se cuenta que siendo dictador Comelio 
Scipion, cometieron un grave delito unos oficiales de guerra 
por el que fueron condenados á muerte. Se empeñó lo prin- 
dpal de Roma para conseguirles el indulto; mas fué en 
vano: el juez estaba inexorable. Se empeñó su hermano de 
Cornelio, y nada pudo conseguir. Últimamente, y por no 
dejar diligencias que hacer, interesaron para el mismo empeño 
á una hermana de leche del dictador, y apenas esta rogó por 
los delincuentes, cuando fueron declarados por libres. Esto 
no pudo menos que agraviar á su hermano, quien maní, 
festó su queja á Comelio; pero este se disculpó diciéndole: 
^Hermano, te aseguro que yo tengo por mas madre á la que 
me crió y no me parió, que á la que me parió y al instante 
mo abandonó á ágenos brazos, porque esta no es verdadera ma- 
dre; y pues solo á la que me crió tengo por madre, justo es 
que á su hija la tenga por verdadera hermana y muy amada.'* 
Con tan oportuna respuesta quedó reprendida la conducta 
de la madre, vengado el hijo, premiada la nodriza, satisfecho 
el hermano, y callada la murmuración de los que no compren, 
dian este misterio. 



10 

De kw dM Gracoa, famoaos ronunot) m lee también qtu 
tuvieran un lercer bermono bastardo muy valeroM y afortu- 
nado en la guerra, e) cual viniendo triuufaDte de la Aaia, aa. 
tr6 en su casa, y hall&ndoae en ella i su madre y á su ama di 
leche, ó cÁiekigva, como acá decimos, regaló á la madre una 
cinta de plata, y i In cAicAi un joyel de oro y piedras finas. 
La madre se agravió por la desventaja; maa él la avergonzA 
diciéndolai „No la admire, madre, el que baga esta distinción^ 
pues tú solamente me cargaste en tu vientre nueve meaes^ j 
nacido me echaste de tus brazos, recogiéndome en tos suyos 
mi nodriza, alimentándome y cuidándome tres aSoa con d 
mayor cariño. Mira ai puedo decir que le debo maa que i 
lí." (Juata reprensión que debe escuchar la madre que ooa 
mucha robustez abandona á sus hijos á otros braaoa por el 
criminal motivo de no desmejorar su semblante! 

Todavía DO se vé en este reino, ni Ditis lo permita, otnt 
circunstancia maa cruel en el mismo caso, qUe se ba visto en 
otraff partes, y es enviar los hijos laego que tMceft, á que ka 
crie ta nodriza en una aldea ó pueblo lejos de la ciodad en qne 
viven laa madres, quienes no vuelven é vcfloa has 




iU 



11 

on ti caballero fulano. De esto resultaron doa partidos» y 
(fe ellos una guerra intestina tan cruel» que en ella se mataron 
h» dos pietendientes á la corona en una batalla, que costó 
^ I mochas Tidas ^ los infelices ciudadanos. 

P<or este motivo estableció el Senado una ley por la que 

otndaba, ^qoe todas las mugeres criasen á sus propios hijos» 

nj que las princesas y señoras enfermisas errasen á lo menos 

usl primogénito.^ ,»Yo aseguro, dice un autor español: * que 

»Bo dejará de haber algunos mayorazgos si A hijos ni herede* 

„ros, y que los legítimos andarán, tal vez, vendiendo arena 

„y ladrillo ó siendo peones de albañil. Lo cierto es, que solo 

„el que cria la madre á sus pechos puede asegurar que es su 

nhíjo, ó el que se cria en casa y siempre á la vista. ^ 

Aquí no hay tanto exceso; pero yo he conocido mms de dos 
señoras que luego que paren, entregan el ñiño á la que se en« 
carga de cdidado y criarlo, y no lo vuelven á ver hasta que 
anda. Tá conoces á tu hermana: no es necesario ir muy lejos. 
La enfermedad verdadera ó una causa legítima como la 
conservación de la publica honestidad, excusan á las mugeres 
de criar ellas mismas á sus hijos. Una madre que no puede 
lucir el fruto de su vientre sin detrimento de su honor, ó una 
contagiada del mal venéreo 6 otro igual, no debe criar á sus 
hijos y está iBXcusada de esta obligación. Pero en este caso se 
debe pulsar con mucho tiento la elección de las nodrizas, y no 
dar al niño la primera que se hfilla á mano. „Cuando las ma- 
dres no pudieren criar á sus hijos por alguna razón de prime- 
ra necesidad, dice un sabio escritor de nuestra México j:, 
juzgo que deben buscarse unas nodrizas virtuosas y con pro- 
porción á la naturaleza del niño. Por lo que respecta á la 
pureza de costumbres, encarga S. Gerónimo que no sea vino - 



rilMBte 



* D. Esteran Golomer. 

i El Lie. Bsiqoera én loi Diarioi de esta capital de diciembre de 18 16. 



a, ni luoivm, ni patnñen. Piutarao y Ludovioo Soptelia 
quieran qna lu nodritu Man de um oooiplexioB mij mne- 
jante á Ik de la madn; p«ro en especial que aean sanas y i» 
baenas costumbres, apaoibtes, carias, sóbfias y a&bles. 1a 
Isy 3.» til. 7 de nuestro código eipaüol dicet qna deten dar- 
se á los inAcu úrntu umu, nbiutat i da bmi Haage ea üm 
como si ntüo «s gobierna i ta eria n si cuerpo ds la wtadn_ 
fula fmvaee, otro ñiegobieniaiito cria ¿áama dudeqm 
lo áa la teta, faila qiu gola (ueOe, i for^tm ü tiempo de la 
erioMa u ma$ luengo que adela madre, por snde no pneds 
aer qte no reaha mucho del contensTite ¿ de ím outianAres ds 
la ama. No está la naturaleza un punto ocion; pero la tiranía 
de muchas madres fruslraa sus fines con notable dafk» de la 
humanidad. " 

nLaa Dodriías deben ser de veinte & Irienta y dos años) la 
bebe DO ha de pasar da cuatro á cinco mesest que no hayan 
tenido partos difíciles: que tengan, si puede ser, el pelo negro 
<> castaBo; porque las rubias 6 azafranadas su^n tener la la- 
eheagria, dice Ballejerd, qnien quiere que no tengan mal olor. 
n la boca, y la dentadura blanca y fuerte, \ 




ii 

i «gundas madres, y protejerlas coando crecen y se ven en 
unos puestos capaces de (lApbrcióiiálee ^modidades y des- 
canso.'* 
Por el juieiosD discurso de este escritor advertirás que hay 

ocasiones en que es indispensable el saberlas elegir adornadas 
it las cualidades dichas, ó siquiera oon las menos tachas que 
M pudiere* 

Esta indulgencia se extiende á las ncmdres que' por una cnu* 
sa Intima no pueden criar á sus hijos; no & aquellas que por 
no acabarse, y por no ponerse descoloridas, sacan pretextos 
de debajo de la tierra, aparentando enfermedades quonotieneni 
le miaño que para no ayunar las que pueden: y le peor es, que 
se hallan médicos liberalísimoa para lisonjear con su opinión 
el deseo de las piBtendientee. ¡Pobres médicos! No obstan* 
te, si tú quieres..*. ¡Ay! no, ni pensarlo, decia la amante 
Matilde. ¿Yo había de abandonar á mi hija á otros brazos 
por no ponerme descolorida? Ad entendiera morirme* Ella 
es mi hija, y el rato que la tengo colgada de mis pechos, la 
quiero mas que nunca. Es imposible que mi hermana quiera 
á Pomposa como yo á esta peloncilla de mi vida. 

Diciendo esto la apretaba y la llenaba de besos con la ma. 
yor ternura; y el coronel, rebosando la satisfacción que sentia 
en estas escenas, abrazaba á su esposa y le decia: Tú, sí, eres 
verdadera madre: tú, si, cumples con los deberes de la natura* 
lesa. Ella, yo y tu hija tenemos en ti el imán de nuestras 
delicias* La naturaleza humana reconoce en tí un individuo 
suyo propio, yo una digna esposa, y tu hija una amante y 
verdadera madre, bastante á desempeñar este sagrado título. 

Así pasaron como dos años en la primera crianza de estas 
niñas, al cabo de los cuales observé lo que leeréis en el cap^* 
talo siguiente. 



1—2 



fcAPITVItO II. 



m^ABAim el tiempo de la primeni orianea, y despedida ta 
nodriza, fué Pomposa entregada al cuidado 6 deacuido de laa 
fSvtímcu, Como el fin en qnlUrMla de oDcima i toda prí- 
sai aeomodA Eufroaina i la príroera que aa lo preaentó, y em 
uim pobre Indita como de ocho affoa, ea decir, todavía neceai. 
taba qua la onídaaeti. 

A eata grad peraone entregó Baftmina an hija can la ma. 
yor Doflfianta, y jm aa deja entender qué aeguta eataria nía 
en loa débiles brazoa de una muchaoha aturdida y da tan cor. 
ta edad. Raro era el día en qne no llevaba doa 6 tree golpea. 
Cada rato lloraba) y era la pibaama reñida con demaaiada 
aiqiereaa par Eufroaiiu, aiendo as( que toda la culpa era de 
eatá, por fiar bu hija al cuidado de una criatura que no aabia 
ni podía tenerla según era conveniento. 





[¿ h' s r sMí- -- '>- .1 y.i "7— ■<■ 



15 

fte la ira urna necia é implacable» arrebató á la pobre mucha« 
cha, \a arrastró por la aalat la pateó, la desgreñó, y le dió tal 
tarea de golpes, que sí no se la quitan las visitas, la mata sin 
remedio. 

Finalmente, la triste muchacha se levantó del suelo toda 
aporreada, hecha pedazos y bañada en sangre, y tomó salir 
llorando de aquella funesta casa á curarse á la suya, dejando 
en poder de so ama su salario para siempre. 

Eüfrosina no se hizo cargo de que su imprevisión y su impru- 
dencia fueron las que arrojaron á su hija del balcón, sino que 
lo atribuyó al descuido de la maldita muchacha pilmama^ co- 
mo solia decir, y conforme á este falso juicio, trató de que 
viniera otra, porque su hija le pesaba demasiado en los brazos. 
Fara esto la encargó por todas partes, teniendo á lo menos el 
cuidado de solicitarla grande, para que no so volviera á repe- 
tir la amarga escena del balcón. 

Es menester decir en este lugar, en obsequio de la piedad é 
ilustración de Eüfrosina y sus visitas, que no se olvidó de de- 
dicar á cierto templo un gran retablo representativo del mila- 
gro tan patente. Dije á cierto templo y no á cierta imagen, 
porque en el retablo estaban pintados diversos santos, según 
fueron loa invocados por las visitas; porque después del lance 
se trabó entre ellas una disputa tan ridicula como acalorada 
acerca de quien habia hecho el milagro; de suerte que cada una 
lo pedia para su santo, hasta que á pluralidad de votos se re- 
solvió que todos se pintaran en el lienzo, y quedó el milagro 
en opiniones. ¡Contención pueril y propia de gentes que tie- 
nen poco conocimiento de su religión! En otro luga^ expli- 
caremos qué son milagros, cuáles favores, quién los hace, y 
por qué. * 

En efecto, á los dos dias acomodó Eüfrosina á una pardita 
bonitilla como de diez y seis años, muchacha muy viva y ale- 
gre, que cuando estaba delante de ella, que era muy rara vesi, 



16 

htcia i ta niBv mil mimen y zaUunerlai con que dejaba á su 
madre lela, y lo diapensaba ésta tanta confianza, que le per> 
mitia salir á la calle cuando se le antojaba, con achaque de 
divertir á la nina. 

Cada ruta estaba ésta empachada sin saberse por qué. ¡Ya 
se Té! la pilmama nunca decía quo le daba peritas verdes, te- 
jocotes, chicharrón, ni otras porquerías semejantes; pero as! lo 
hacia, como lo hacen las muchachas para t^ue la nina no llora, 
para que no se le salte la hiél ó se le reviente un ojo. La 
pobre criatura comía aquellas golosinas perniciosas con la 
misn.a indiscreción con que se las daba la pUmaina, y de re- 
pente perdía la gana de comer, padecía ansias, licuaciones, 
calenturas, meteorismos, 6 aventamientoa, y lodos los síntomas^ 
del infarto. 

Luego que se avisaba fi la madre del estado enfermo de la 
niSa, se congregaban las amigas viejas y mozas, y se comen- 
zaba la ordinaria canción de: ¡Virgen! ¿Qué tendr¿ la niña? 
¿Qué aera esto! f,Qué habrá comido? ¿Qué le has dado, Fran- 
ciecat itc. 

Pasadas estas importunas exclamaciones, so resolvía por la 




17 

o(ra; y asi ten mal le faé eo mi crianza (Mea al lado dé eiiaa» 
¿qué sería en sa edurjicion moral? Sin duda debia ser con- 
forme eran sus primeras ayas 6 cuidadoras con quienes este- 
ba continuamente. 

Unas eran soberbias, otras deSTergonzadas^ esta vengativay 
aquella embustera, y todas como se puede considerar. Con 
esto, de unas aprendió á llorar por cuanto quería, y á envidar- 
se si no se lo daban pronto; de otras á levantar la mano para 
cualquiera; de otras, á pedigüeña; de otras, á remedar & todo 
el mundo y sacar la lengúita con mofa; de otras, á temer al 
cocoy al viejo, á la bruja y á los aposentos sin luz, y de todas, 
á ser en cuanto su edad lo permitía, la muchacha mas necia, 
atrevida y malcriada- Bien, que todas estas pasaban por gra- 
cías entre sos padres, parientes y domésticos. Ya en el dis. 
curso de este historia iremos viendo el fruto de este criminal 
abandono. 

Muy diversa ñié la conducta del coronel con su hija, puea 
le buscó para pilmama^ no la primera que encontró, sino una 
niña decente aunque pobre, humilde, bien criada y recogida, 
á la que ni él, ni Maltilde trataban como criada, sino como hi- 
ja, ni se separaba de su vista para nada. Con esto sucedie- 
ron dos cosas muy interesantes. La primera, que la noble pt/- 
mama los amaba á ellos como á padres y á la niña como á her- 
mana; y la segunda, que no tenia lugar de darle golosinas da- 
ñosas, ni de enseñarle vicios que ella misma ignoraba. Con 
estas precauciones se crió la niña buena y sana en el cuerpo, 
y libre de resabios antimorales en el espíritu, lo que fué prin. 
eipio de su felicidad, como veremos. ¡Tanto valen estos pri- 
meros cuidados en la infancia! 

Frecuentemente decía el coronel á Matilde: no puede re. 
probarse el uso de las pümatnas, porque aunque el cuidado de 
los hijos es privativo de las madres, no siempre estas tienen to- 
do el lugar necesario para el caso, y muchas veces les falta la 




Aptitud qué M reqnieiv. Lo prímaro aeootece á las pobna, y 
lo segundo á las enfennig. Así es que ae Ten como oUigadaa 
á agüeitar quien ha ayude; pero cuando e«to eea, deben, en 
cuanto eaté de su parte, procurar que sus hijos se entreguen 
no solo i nna mvger juicioea y capaz da nncargarse de un 
cuidado como ests, sino que, si es posible, ae deben buscar pa; 
ra pilmamaa mugares de virtud y de taknto. 

Acaso te parecerá esto una nimiedad, mucho pedir, y tal 
vez un imposible; mas no hay tal. Cualquier diligencia que 
ae haga para esto, cualquier trababajo que se tome, y dinero 
que se gaste, no está por demás, considerando lo grande del 
objeto y las ventajas que se logran. 

Se cree, y se cree mal, que iñapUaamiu soto deben servir 
para cargar y divertir al niño, y no par» enseñarle alguna 
cosa buena. Semejante equivocación baca que se valgan laa 
madres de la primera que se presenta, aunque sea una mucba- 
cba pequeña, una enferma^ loca, viciosa 6 necia, y este equi< 
vocado proceder hace que los niños se crien golpeados y enfer- 
infermeJad p 




19 

mprebeiMÍon m'uy.yiva, y roteotmoi lentzineiit^ y coa giulo It 
firimero que oímos ó vemos. 

Aquella demasiada libertad que se concede á las pümamoB 
para que saquen los ni£k>s á la calle con el pretexto de que loe 
diviertan y por no oírlos chillar, también es origen de mil da* 
DOS, pues por un amor malentendido les dan cuantas frutas y 
alimentos comen, sin distinguir lo verd^ de lo maduro, lo sua» 
ve de lo de difícil digestión^ úi lo sano de lo nocivo, y de aqui 
resultan también los granos; la sarna y los infartos repetidos. 

Todavía sufren mayores peijuicios los niños abandonados 4 
esta clase de libertad. Mordidas cariñosas, pellizcos de enfa- 
do^ ^rujones de venganza, y golpes de accidente^ 9on loe ga- 
ges que recibe^ casi siempre de sus buenas pümaauu» iCuan- 
tos niños ban sido tristes victimas del desciAdo de las madres 
en esta parte« y de la indolencia y perfidia de sus fumamos! 
Un famoso médico de Eidimburgo fué llamado á una de las 
principales casas de la ciudad para que curara á un niño de 
dos apos acometido de un terrible mal que no se conocía. Lle- 
gó el médico y halló al niño todo torciéndose, en un continuo 
grito, muy renegrido y casi con la convulsión de una mortal 
alferecía. El médico le aplicó lo mas especifico del arte; pe- 
ro todo su empeño y habilidad, toda la eficacia de los reme* 
dioe y el cuidado de la madre fueron inútiles. El niño murió 
entre terribles ansias., Admiraiclo el facultativo de la tenaci- 
dad del mal, y deseoso de indagar la causa de su resistencia, 
bízo desnudar al ñipo, y |e encontró en el espinase clavado un 
fistol hasta la cabeza. iCuái seria entonces su asombro, y 
cuinto el sentimiento de la madre al saber que la pümamat 
por una cruelisima venganza, habla cometido semejante atroz 
infanticidio! T(^ eres madre: yo lo dcyo á Ux ponsideracion. 

Si ttn caso tan funesto fuera el <ínii;o en su especie, se po- 
drie tener 4 dicha; pero son mas frecuentes de lo que se pten^ 
fli, aunque no sea con tan criminales circunstancias, Ea ef* 



ta eiudtd han TolÉdo ds toa bnzM de lai pilmarntu í U calle 
algunas criatuns, de las cuales unas han muerto y otras han 
(jaedadó lastimadas y contrahechas. Por meterse & ver un 
pleito una de esas pSma»ai paseadoras) tocó al dí5o qn« 
llevaba una pedrada en la cabeza, de la que quedú en el sitio: 
otra mientras leñia con con una rauger sobre zelos, puso al 
nifio en el suelo, y pasó sobre él á este tiempo un caballo, y lo 
mató. 

De estos ejemplares ha habido varios, y las madres no es- 
carmientan. Deberían no apartar jamis sua hijos de su vista, 
y así los tendrían mas seguros, mas sanos y mas bien criados. 

Volviendo á Eufrostna, digo: qae apenas cumplifi los tres 
años sn ntila, cuando á pretexto de que ya era grandecita y 
perdía tiempo, la paao en la amiga, y aun procuró persuadir 
& su hermana Matilde hiciera lo mismo con Padeneiana. 

Pero Matilde, acostumbrada á no hacer cosa alguna sin pa- 
recer de su marido, comunicó con este los consejos que le ha> 
bia dado Eufrosiaa, á lo que el corone) le contestó de este mo- 
do: bija, no creaa que tu hermana trata del bien de su ni- 




L- 



31 

Ya se ve qqe noy decta Matilde: yo lo haré de muy buena 
gana; pero rae hace fuerza oír decir que tres años no es edad 
suficiente para enviar las niñas á la amiga; porque las he visto 
enviar mas chiquillas, hasta de dos años; ¡ya se ve! ¿qué digo de 
dos años, si las he visto destetar en la amiga? 

Yo no pongo duda en eso, decia D. Rodrigo; pero mientras 
menos edad tengan, menos tiempo es de enviar á las criaturas 
á esas escuelas ó casas de enseñanza. Solo en el casa muy 
apurado de que la madre sea muy pobre, sola, que tenga que 
buscar el pan y no pueda cargar con su hijo, ni tenga á quien 
confiarlo mientras vuelve, solo en este caso, digo, aprobaria 
yo que lo dejara en la amiga, porque esto era menos malo que 
dejarlo abandonado á su discreción; ' pero una muger de pro- 
porciones como tu hermana, no tiene disculpa para hacer ta-* 
les sacrificios solo por contentar su libertad. 

Y no te escandalices do oírme decir que es sacrificio enviar 
á loe niños á la amiga tan temprano, porque lo es en realidad. 
No lo digo yo, los médicos sabios y los documentistas sensa. 
tos son de este parecer; porque la imprudencia en que por eos- 
tambre, por necesidad 6 por ignorancia incurren las mas ó to* 
das las maestras y maestros de tener sentados á los niños cua* 
tro horas por la mañana y tres por la tarde, es á costa del sa» 
orificio que sin malicia hacen de su salud. 

No te admires, vuelvo á decirte. La constitución física de 
los nifios en su tierna edad, pide para su robusta formación 
respirar el aire mas libre, hacer el mayor ejercicio, y tener el 
espíritu tranquilo; porque entonces es cuando sus fluidos ne- 
cesitan de circular con mas rapidez para vigorizar las fibras 
y que estas se desarrollen sin el menor embarazo: para esto ^ 
necesaria la buena digestión y traspiración, á la que coadyu. 
va, mas que nada, el ejercicio corporal y la,quietud del ánimo; 
lo que no se logrará perfectamente atemorizando al niño, ni 
ligándolo á estar sentado mucho tiempo; pues semejante po- 



BÍcian la ei tan violenta) como natural al eatado de la aecion 
j raorimiento. En virtud de lo que te digo, tiiir& tú ai aeri 
un sacriflcio el enviar á los niñoa tan temprano i eaos aroigaa 
ó caMtB de enseñanEa. 

Estoy por convencerpie, decia Matilde: estoy por conven- 
cerme de eitaa razones, aunque uo las enllendo bien. Bolo 
quiero que me expliques ¿cAmo es eso de que las oriaturaa 
están sentadas á fberza y contra la naturaleza? que eso pienso 
que quiere decii lo que me has dicho de que ta) situación lea 
es violenta. 

Mira, decia ti coronel con gran cadiazat |Si á ti te oblÍga< 
ran i cuartazos 6 A regaSos & aadar brincando y saltando to- 
do el diai lo hicieras de buew ganaT 

Ni de buena ni de mala, decia Matilde riendo i careajadas: 
¡que chula anduviera yo tan larga,' y sallaado y brincando 
sobre los canapés y pillas de casa lo mismo que una ardilla!— 
Pero si te hacían saltar á fuerza, |qué habiaa de bacorl No, 
Bo saltara, decia Matilde, aunque me mataran. Vaya, eso ea 




€t(a rerdad para ser mas ÍDdulgentei con km hombre^ y mu- 
abo maa con loa niños. 

To eoBTongo con tu parecer^ decia Matilde; pero pienao que 
á petar de las razones que alegas, estamos los padres de fami- 
lia obligados á enviar á nuestros hijos cuanto antes á las ami- 
gas» 6 migas, 6 como las^ llaman, para que se instruyan tem- 
prano en la ley de Dios, y para que aprendan á leer, escri- 
hár, oooar, bordar y lo demás que deben saber según su clase; 
y esto ereo que debemos hacerlo aunque sea á costa de ese sa- 
crificio qoe dices, y mas que teman el enojo 6 castigo de los 
nmestros: porque no me negarás que el refrán antiguo dice 
que la letra con sangre entra, y la labor con dolor, y ya tú 
mbes que los refranes antiguos son envangelios chiquitos. 

No todos, decia el coronelí es verdad que hay muchos pro- 
loquios comunes, que incluyen unas sentencias morales ó polí- 
ticas, y que son no solo ciertísimas, sino recomendables y san- 
tas; pero á la vuelta de estos hay no pocos que son unos desa- 
tinos garrafales y unos despropósitos, que sin mas apoyo que 
la antigüedad de su origen, han hallado abrigo en muchas ca- 
bezas á la sombra de la ignorancia y la preocupación. Uno 
de estos es el que acabas de citar á favor de tu opinión. ¿Quién 
te ha persuadido, hija, de que la letra con sangre entra? Esta 
es una máxima tan falsa como cruel, y tan impolítica como ne- 
cia. Nada entra con sangre á los racionales! el rigor solo sir- 
ve de embrutecerlos, de agitarlos y envilecerlos. La experien- 
cia diaria enseña que el muchacho muy regañado y muy gol- 
peado, lejos de aprovechar lo que se quiere, por lo ordinario 
sale flojo y sinvergüenza y abandonado: al principio teme 
oincho y se atolondra, después teme menos, y se desoída de 
propósito; y últimanente no teme nada, odia á sus verdugos, 
y se hace el ánimo de no complacerlos en cosa alguna, solo 
porque ellos se lo mandan, y esto lo lleva á efecto á costa de 
su pellejo, mientras está en estado de sufrir, que en llegando é 



criar alas, levanta «I vudo, m aabatrae de) dominia da h» qas 
aai lo han tratado, sa entrega i rienda raelta á aus'pañoiwi; 
j w pierde sin remedio. A eatoa maobaehos conocen Iñen 
con el nombre de cánido*. ¿Nc ei verdad? ^No eonocee algu. 
nM de loa que ee dice: ya eate no le hace csao & loa azotea, jra 
eatá eurtído'i Puea ya ves el fruto que se debe esperar de an 
tratamiento rigoroao con loa niños, y cuan léjoe esti el iaipni. 
dente castigo de facilitar au enseñanza. íGraciaa á Dios qué 
en el dia ya ee vá conociendo esta verdad, y se va deatemndo 
de las clases y caaas de enseñanza el rigor, el azote y 4a vile- 
za, que por tanto tiempo ae creyeron los medios mas prontos, 
eficaces y seguroe para cnaeBar á los niñoe. 

En verdad que estoy por convencerme, decía Matilde; pero 
rais tias, mi hermana y las amigas de mis tias toe dicen muy 
al contrario, esto es, que conviene educar á loa niños muy tem> 
piano, y tratarlos con la mayor severidad, si no se crian loa 
muchachos malcriados. 

Nada mas has hecho, respondió el coronel: nada mas baa he- 




35 

m> le emplean para ello estos dos medios destÍDados prirati- 
▼amenté para los brutos. 

Estoque la razón dicta, también lo confirma la experiencia. 
Té núsma sabes cuantas monaditas enseñaste á tu bija siendo 
tíenecitay j aun cuando ni sabia hablar ni entendia mejor que 
abofa lo que le ensenabas; y sin embargo, adairabas la prontitud 
eoB que aprendia á hacer mil monerías, y las aprendia á hacer 
bnwe j mn que empleases para ello ninguna ssveridad: luego 
•1 rigor y el castigo no es el único ni el mejor medio para en- 
sedar á los niños, pues vemos que estos aprenden sin él. 

Bien está, dec ia Matilde; pero si mis tias dicen que no se 
puede menos, y que ya tardamos en enviar á la amiga á Pu- 
denciana, porque mientras mas grande sea, mas trabajo costará 
que aprenda: ¿qué quieres que yo diga cuando sabes que mis tias 
son unas señoras muy cristianas, prudentes y sabias, y sobre 
todo ya tan ancianas, que es fuerza que sepan mas que yó» 
porque la experiencia y el mundo que tienen las ha enseñado? 

¡Válgate Dios por experiencia! decia el coronel: ¡válgate Dios 
por experiencia, por mundo y por'viejas que te tienen preocupa, 
da! Yo conozco que eres dócil; pero por desgracia sorpren- 
dieron esas señoras y otras personas vulgares tu docilidad á 
lu favor desde tus tiernos años; y te llenaron la cabeza de mil 
preocupaciones é impertinencias, de que no es muy fácil te 
desprendas. 

No me admiro de que así le haya acontecido, ni eres tú so- 
la la que cae en estos lazos. A muchas personas conozco 
contagiadas de esa misma peste; pero ¿qué personas? De aque. 
lias que se llaman gente decente, y que huyendo de ser y pare* 
oer vulgares por su nacimiento, educación y destinos, lo son, 
á su pesar, por sus opiniones é ignorancia. 

Ello es un mal mas común de lo que se cree; y cuando las 

preocupaciones se maman con la primera leche, cuesta mucho 

2 



^'^^ ^ s^/ a Auc 




¡9^k 



trabajo abandonarlaa: ¿ veces se resisten á toda persuacion, y 
entonces la enfermedad es incurable. 

To no desespero de curarte de esta, pues te he curado de 
otras necedades que te habian inspirado laa mismas maestras. 
MirSi hija: la primera preocupación 6 engaño en que vives, ea 
pensar que tus lias y cuantos viejos y viejas le dicen alguna 
cosa, aon sabios, y que en fuerza ie sus años no pueden enga- 
ñarte ni engañarse. Este ea un error tan común como craso. 

Es verdad que los viejos son dignos de la veneración de los 
mozos; y aa{ se lo debes inspirar i tu hija; porque tal respeto 
es un homenage debido ¿ ta vejez. También es cierto que de. 
bemos escuchar á los ancianos con atención, pues por In ordi- 
nario hablan coa juicio y madurez; y aun cuando carezcan 
de principios científicos, realzan y autorizan su conversación 
con hechos indubitables de que tienen suficiente experiencia. 

Todo esto es cierto; pero no lo es menos que estas no ton 
reglas generales; antes bien tienen mil excepciones. Todos 
los dios y en todas partes vemos viejaa y viejos necios, supers- 
ticiosos y embusteros. . . . No, decía Matilde: mía tias no son 




puno cerrado todo cuanto nos digan todos los viejos solo ¿>on 
qué son viejos; pues así como la verdad no pierde nada en bo- 
ca de los niños, así el error y la mentira no dejan de serlo en 
boca de los viejos: y tales hay que sin embargo de sus canas» 
•on harto necios, supersticiosos y embusteros, según te acabo 
de decir, y como tú misma lo habrás experimentado por tus 
ojos. Acuérdate cuantas veces has criticado conmigo la* 
conversaciones de D. Tadeo y D.^ Sinforosa. 

Bien me acuerdo, decia Matilde; pero esos señores son in« 
sufribles. A cada paso sacan lo de su tiempo, y nada de Iq 
del nuestro les contenta. Son como aquellos que no saben 
alabar mas que su tierra, y apodan cuanto ven en otra. ¿Quién 
ha de tener paciencia para oir hablar siempre de pretinas^ bi- 
gotes, guardapies, cofias, cotillas y dengues, apocando de pa^ 
so los tánicos, tápalos, mantillas y cuantos trages se usan en 
nuestros dias? ¿Ni quién ha de creer que antes eran los hom. 
bres mas justos y las mugeres mas recatadas que hoy, como 
nos quiere persuadir D. Tadeo? T6 me has dicho, y yo lo creo 
porque me lo has hecho vei^ que el mundo siempre ha sido 
mundo, y que desde su principio rompieron los hombres en 
maldades, han seguido, y no cesarán de ellas hasta que arda 
todo como Troya. 

También me has dicho que siempre ha habido biímbres ti* 
mora tos y mujeres artegladas: que al variar de vestir, comer, 
&c. se le ha llamado modat y que esta variación ha sido muy 
continuada en las mas partes de la tierra, especialmente en la 
Europa. • • éEn fin, me has dicho tanto, que ya no me acuer- 
do, pero he quedado asegurada de que D. Tadeo es un tonto, 
y la buena vieja de su muger otra simple. 

No me disgusta ese concepto que te has formado de ellos, 
decia el coronel: porque el hombre ó muger que por capricho, 
|)asion ó ignorancia pretende que lo crean un absurdo sobre 
iu palabra, merece que Ic tengan por un tonto. 



Pero dime: ¿qué juicio btu formiLdo del maestro barbero ds 
cssat Este & lo menos no te deberá ten mol concepto. 

¿Cómo not decía Matilde, riendo de muy buena gana. Ese 
pobre abuelo me debe peor concepto: porquo no solo lo tengo 
por tonto, »no por mentiroso. ¡Jesua que hombre! no tien« 
palabra de verdad, y laego cuenta unos cuentos y unas men- 
tiraa impasablea.— Pero eao lo cuenta por divertirnos. — ¡Quó 
por divertirnos! ¿no ves qué formal ae pune, y cómo se enoja 
cuando le digo que es mentira lo que me cuenta y que Aa lo 
creot Pues una vez que se incomoda porquo no lo creo, ea prue- 
ba de que qniere que trague sus mentiras por verdades. To 
ya ni le contesto: me enfada mucho un viejo majadero. 

¡Ah! oonque tú conoces algunos viejos tontos y majadero» 
cuyas conversaciones le disgustan y ouyas patraSas te enb- 
danT decia D. Rodrigo prosiguiendo. Después de todo, hijat 
tú tienes raEon. ¿Qué dijeras si supieras que el mismo Dina 
por el Eclesiástico nos dice que tres cosas «bomiita y detesta 
de todo corazón, á saber: El pobre soberbio, el rico embustero 
y el viejo fatuo é inaeneato? 




29 

ens verdades; pero ¿á qwé ha venido (oda cata charla? Co- 
menzamos por los niños, y hemos acabado por los viejos. 

Esto es lo que sucede diariamente en las conversaciones fa- 
roíliaresy decia D. Rodrigo: se comienzan por una cosa y acá. 
ban por otra muy distinta; pero yo ahora no he perdido de 
vista el asunto principal de la nuestra. Cuanto hemos habla- 
do se ordena á enseñarte que asi como hay viejos sabios, hay 
viejos ignorantes; pues nadie adquiere talento, virtud ni cnidi. 
don solo por haber nacido antes que otros. 

¿Eso quién te lo niegat decia Matilde. Ya sabemos que el 
que de mozo no se instruyó, de viejo será un necio como un 
cualquiera, fein que sus años le sirvan do otra cosa quede acu« 
sarlo de su inaplicación 6 pereza. 

Pues me alegro de que te halles penetrada de estás verdades, 
decia D. Rodrigo: y según ellas, desde luego no creerás cuan- 
to te han contado ni te cuenten tus tías, solo porque son vie« 
jas: porque no debemos cautivar nuestro entendimiento á sola 
la autoridad, si no hallamos apoyo en la razón ó en la expe- 
riencia. Solo en materias de fi§ no cabe esta regla, pues de- 
bemos sujetar el juicio á la revelación, de que tenemos noticia 
por una tradiccion antigua é inalterable: circunstancia que 
aun según el criterio humano, apoya con mucha solidez la 
verdad de nuestra religión. Quizá otra vez te hablaré de esto 
con mas despacio. Por ahora repito, que solo en materias de 
fé hemos de creer con sujeción á la autoridad; pero en mate- 
rias humanas somos libres para examinar si puede una osa ser 
verdad 6 no, sin miramiento alguno á la persona que lo dijo; 
y cuando la razón 6 la experiencia nos persuadan que es falso 
lo que nos han dicho, no solo podemos, sino que debemos des- 
preciarlo, sea cual fuere el autor dé la tal patraña. 

Mas cuando la cosa que nos dicen se halla, ademas de con- 
ñrmada por la razón y la experiencia, recomendada por la au- 
toridad de los sabios, entonces seremos insensatos 6 locos si 



so 

queremos recisltinoa á au creencia. Por ejemplo: si yo qui. 
•¡era persuadirte de que no se debe castigar & los niños con du. 
resa, con venganza ni frecuencia^ porque tal modo solo sirvo de 
hacerlos estúpidos, sinvergüenzas é incorregibles: y esto quisie- 
ra yo que lo creyeras solo porque ftoy coronel y tu'marido, ain 
darteotrarazon.seríaunanecedadmia, y tu no deberías creerme, 
•i tenias otras ideas que te convencieran de lo contrarío, pero si 
después de haberte señalado la causa de lo que te digo por la ra> 
zon y por la experiencia, añadiera las autoridades de un Cice- 
rón, de UD S- Geróniíuu, de un Blanchard, de un Fenelon y de ' 
otros rarios, que vsn conformes con que el tratar á loa díÜm 
COD una imprudente severidad no aolo es inútil, sino pernicío> 
so; en este caso, digo, ye no (ienes ningún fundamento para 
dudar de mi opinioii porque la ves corroborada por la razón, 
la experiencia y la autoridad. Entonces ya me debes creeri 
y abandonar como boberías las máxiraas de tus venerables tías, 
reírte de loa refranei vulgares, estar entendida de que ni la le. 
tra, ni la labor ni nada entran con rigor, mejor que con la 
suavidad y el cariflo, del que se debe usar roas liberalmenle 




31 • 

güenzas para quienes eon ¡nütiles los consejos, y acaso perni-* 
cioso el castigo, dime ¿qué se debe hacer con ellos? ¿Se han 
de dejar impunes sus delitos? ¿Se han de dejar perder porque 
no les aprovecha el castigo? 

No se puede aconsejar tal cosa, decia el coronel. Yo bien 
sé que hay muchachos que desprecian los buenos ejemplos y 
consejos, se burlan de las amenazas y se obstinan con el cas« 
tigo. ¡Infelices! Para estos ninguna educación es buena por 
prudente y eficaz que sea. En tal caso, á mi parecer, lo me- 
jor es separarse de ellos. Si son hombres, ponerlos al servicio 
del rey, pues en la tropa si 190 adquiriesen luces ni virtud, se- 
rán menos viciosos públicos cuando no por voluntad, por el te- 
nor de las penas que prescriben las ordenanzas contra los que 
faltan á la subordinación debida á los qyie los mandan; y si son 
mugeres, recluirlas en un cqiegío ó monasterio en la clase que 
se pueda según las proporciones de loa padres, esto es, como ni- 
ñas 6 sirvientas, pues á lo menos, cuando el^ ejemplo bue- 
no no las corrija, la ninguna libertad, la continua ocupación- 
acaso gastarán ^Igun tanto su inclinación perversa. 

Yo aquí propongo unos remedios que no apruebo como se- 
guros, sino solamente paliativos para entretener el mal, y co. 
mo suele decirse, por si pegan, pues un muchacho ó muchacha 
de maldita inclinación, solo por una rara casualidad puede 
corresirse. Lo frecuente es que se extravian y se pierden de 
dia en dia. Si los padres han hecho lo que deben por su 
bien, deben desechar los escrúpulos, abandonarlos, y pedir á 
Dios por ellos. 

Lfástima me dan, decía Matilde, semejantos hijos, y mas sus 
infelices padres, pero creo cuanto me dices. He conocido al. 
gunos que me aseguran del juicio con que hablas, y por lo mis. 
mo siempre que me convenzas como ahora, yo te creeré sin re. 
pugna ncia. 

Esa docilidad de carácter que tienes, decía el coronel, es 



una aeñal Mgan de talento. Tú no sabrás lo que do ts enae- 
ñarea; paro ten cuidado de no olvidar estas lecciones, para 
qne las ejercites con fruto en la educación de nuestra hija. 

Tales eran las conversaciones de estos dos consortes, j yoi 
aunque muchacho, me engolosinaba en oirloa, 7 ellos no ae 
recataban de mí para hablar de aeoiejanles asuntos: me ama- 
ban como hyo, y yo amaba á su niSa como si fuera mi her- 



CAPITITLO III. 

otiM pormanons ds la edacacion do lu ni 



jjj^ADA inatanle tenia yo conque dibertimie y que notar en 
la diferencia de dos eduoacaiones dadas á un tiempo, en una 
misma casa, y á dos niñas iguales en edad y parentesco. Es* 
cribir todo cuanto advertí, aeria un trabajo demasiado prolija 
y fastidioso; & mas de que es imposible acordarme de cuanto 




38 

diBcipuJaa» y no Jas perdía movimieiito, cuya eficacia era cau- 
sa de que ellas le tuvieran mucho respeto y cometieran menos 
Utas. 

Futí enseñarlas, jamas empleaba el rigor ni la dureza. 8u 
carácter entre serio y afable era propísimo para inspirarles 
amor, confiianza y respeto. Las niñas tratadas con método 
tan suave, pocas veces dejaban de corresponder á los deseos 
de esta buena señora, quien no las hacia estar sentadas mu- 
chas horas sino en castigo de su pereza, y esto no siempre. Por 
ejemplo, decía á las niñas. En cuanto sepan la lección 6 acá- 
ben 80 labor, se van á jugar hasta que sea hora de rezar. Con 
esto se apuraban las niñas para concluir su tarea, para dis^ 
frvtar cuanto antes del asueto, y la que no se aplicaba, tenia 
que estarse sentada con la maestra hasta que aprendia la lee- 
cioB. 

Ya se deja entender por este castigo, que allí no se conocia 
d azote ni la palmeta para nada: mucho menos habia la pé - 
sima costumbre de picar á las niñas con las agujas ni lasti. 
marlas con el dedal cuando por falta de aplicación 6 de talen- 
to no hacian bien la labor. £1 estilo serio enojado que la 
maestra usaba con las desaplicadas en este caso, era un casti- 
go suficiente y las mas veces eficaz para las niñas, pues no 
estaiwn acostumbradas sino á ser tratadas con duhsura. 

Otra máxima recomendable observaba, que deberla adml- 
tirse en las amigas por todas las maestras, y era no recibir 
niños en su escuela; porque decía que tenia mucha experlen^ 
cia de las malas resultas que trae la mezcla de los dos sezoSf 
aun en los tiernos años; que habia advertido por esta causa 
hechos maliciosos en criaturas de cinco y seis años, que con« 
tados se harían increíbles para los que no conocen la depra- 
vación de nuestra naturaleza espoleada con el mal ejemplo: y 
por üdtimo, decía que las maestras que tienen esta mezcla, 
eben ser demasiado vigilantes y prevenidas, porque tienen 



iobre B¡ uns respotuabilidad muy grave; lo mismo que los pa< 
dreí que advertidos da estos incoTeoientes enviaD á sus hijos á 
■emejanles casas, especialmente i las aifias, en cuya educación 
ningún pudor es nimio. 

Tal era la conduta y modo de pensar de la maestra á cuyo 
cuidado fi6 el coronel la enaeñanza de su hija Pudenoiana. 

Fácil es concebir el trabajo que le costaría hailaila, porque 
de estas maestras no hay abundancia. Pero ¿qué trabajo no 
M debe emprender para que se eduquen los hijos dignamenteT 

Se ha dicho que D." Matilde era una buena casada, y por 
lo mismo jamas se oponía á la voluntad declarada do su espo- 
so. Sin embargo, no le pareció muy bien que se pusiera tan 
Urde su hija & la amiga, y no dejaba de darle sus piquetitos. 

Me acuerdo que un día le dijo: ¡Si vieras qué gracias de 
Pomposíta! ya sabe leer muy bien y la doctrina que es un por- 
tento. jYa se vé! como fué á la amiga ¿ buen tiempo. ... Si 
mi hija hubiera ido entonces, ya sabría tanto ó mas; pero tú 
eres su padre, y sabes lo que haces. 




95 

coando quiere aprender bien: uno es saber bien lo que 
le ensenan, y otro olvidar lo que aprendió mnl» esto cuesta mu. 
cbo trabajo, pues lo que se imprime primero, especialtneiite en 
la niñez, con dificultad se olvida. 

Conforme á estos principios inconcusoi, ya Verás qué pota 
6 nada sabe tu sobrina, y que ningunas ventajas lleva á tu h¡« 
ja, pues esta dentro de un año ó menos sabrá leer bien, y aqiie* 
lia jamas, si no olvida antes leer mal, lo que es tan diñóil co* 
mo pesado porque se dobla el trabajo. 

Por lo que toca á la doctrina cristiana, ya desde ahora sabd 
mas Pudenciana que Pomposita. Es verdad que aquella sabe 
ú catecismo de memoria; pero no lo entiende, y nuestra 
hija tiene ideas mas perfectas y mejor concebidas de su Reli- 
gión, aunque nada sabe como el loro. ¿No le has preguntado 
quién es Dios? ¿Y cuáles son sus atributos? ¿Dónde está? ¿Qué 
le debe? ¿Quién es ella? ¿Y en qué se diferencia del pájaro, del 
perro y de otro cualquiera bruto? 

En verdad, dijo Matilde, que no he tenido esa curiosidad, 
sin embargo de que te he visto algunas veces divertido en en. 
señarla: pero como etítoy satisfecha de que ni sabe leer ni va 
á la amiga á oír rezar, pensé que no podia aprender muy fá- 
cilmente nada de esto. 

Pues te has engañado medio á medio, dijo el coronel: Pu- 
denciana me ha entendido, porque yo me he sabido dar á en- 
tender con ella, usando voces, frases y comparaciones propias, 
y perceptibles á su edad. . • • Mas ella viene: quiero que te de- 
sengañes. Ven acá, mi alma, oye: dice tu mamá que piensa 
que no sabes la doctrina, ó que se te ha olvidado, y para que 
lo crea, dile quien es Dios. 

La Santísima Trinidad, dijo la niña, y la Santísima Trini- 
dad se llama Padre, Hijo y Espíritu Santo, que aunque son 
trai personas, no son mas que un Dios, y este Dios es un Se- 
ñor muy santo, muy bueno, muy lindo, y 



• • • • 



Sí, si, dijo BU padre isterumpiéndolii pero tu oniná quiue 
que le expliques cómo es sao do que U Santísima Trimdad es 
un solo Dios, Buaque tiene tres personas. — ¿Pues no me has 
dicho, papá, que así como tu casaca tiene dos mangas y el 
cuerpo, 7 no son tres casacas sino una no mas, porque las ties 
cosas distintas todas, son de un miamu paRo, y tienen un mis- 
mo uso y un mismo tiempo, á este modo puedo medio entender 
que aunque en la Santísima Trinidad hay tres personas dis. 
tintas, no son mas que un solo Dios, porque todas son do un 
mismo tiempo, de una misma voluntad y de una mtsma esen- 
cia, asi como las piezas de (u casaca son distintas, pero igua- 
les en el pañoT ¿No me has dicho esto, papát — 81, hija, eso te 
he dicho, y me has entendido bien. Mas ahora dime ¿Qué co- 
sa es Dios, que por otro nombre se llama Santísima Trinidad? 

¿Ta no dije, papá, respondía la niña, que es Dios no Se- 
ñor muy bueno, muy poderoso, muy sabio y muy lindo? — ¿T 
de qué tamaño es Diosl — ¡Ob! tú me has dicho que no tie- 
ne medida, que en todas partea está, que todo lo llena, y que 
es asi como la luz que lo Itena todo, y que el cíelo y el mun- 




37 

ooeer por principios. 06 este modo cuando llegue el caso de 
poneiles el eatecipioo en la mano, lo leerán con gusto, porque 
^ enJBttderáB lo que leen. 

No así aquellas pobres criaturas que no teniendo mejor mae&. 
(ro que el oateeismo» lo deberán de memoria sin entender una 
palabra de cuanto les hacen aprender. Todo el empeño de las 
personas que las instruyen, si esto merece llamarse instruc 
ctoBy eonsiete en que digan seis ó siete declaraciones sin tur. 
barse, j se dan con esto por muy satisfechas. De camino ha- 
oen otro daño, y es celebrar la gran memoria y comprensión 
de las criaturas que las rezan, con lo que estas creen que sa- 
bsD mucho y que entienden la doctrina como el que mas: se lle- 
nan de vanidad, y esta vanidad, crece con ellas, y como hija de 
la soberbia 6 ingnorancia, no las deja ni dudar que no entienden 
lo que dicen. El menor daño que se sigue de esto, es que 
cuando grandes, si son madres, se contentan con que sus h¡. 
jos sepan lo mismo que ellas supieron, esto es, quince 6 vein- 
te hojitas del catecismo conciliar de memoria, pero ninguna 
inteligencia. 

Cansado estoy de oir algunas criaturas responder de memo- 
ria ligerisama mente á algunas preguntas del catecismo, como 
lo podria hacer el perico. Por ejemplo, si se les pregunta: \Quién 
CMté en eZ Santísimo Sacramento del ollar? responderán con 
mucha satisfacción; Jesucristo nuestro Señor en cuerpo y alma 
gloriosa, así como está en el délo, tanto está en la hostia como 
en él cáliZf y en cualquiera partícula. Muy bien respuesto; pero 
|68tá igualmente bien entendida la respuesta? Nada menos- 
Pregúntales: ¿Quién es ese Jesucristo? ¿Qué cosa es cuerpo? 
¿Cuál es cima? ¿Que entieden por gloria? por partícula^ dcc? y 
las verás enmudecer. 

Esto es una lástima. Son muy funestas las consecuencias 
que se siguen de esta clase do enseñanza. Dentro de México 
y en todas partes se ven cada dia personas ignorantísimas de 



m religioD, <|Ufl «brigán Ibb ideu mu erróneas acere* de alia. 

¿f diremoa que esta ignorancia aolo se advierte en la ínfi- 
ma plebe, gentes ordinarias y sin ningunos principios de edu- * 
caciont No, hija; yo te hablo con eiperiencia< y te aseguro 
que no son pocos los decentes infatuados y Uenoi de errores 
en materias de religión. 

Si esto no fuera, no hubiera tanta corrupción de coatum- 
brea ccmo hay: porque el que ignore quien es Diosi cuit su 
bondad y poder, qué cosa es el espíritu, cuil y qué justa es la 
fuerza de la ley, y todo lo demás que tiene la religión de con- 
ducente ¿ la moderación de las pasiones, al deseo del bien y 
aborrecimiento del mal, no es mucho que obre casi siempre 
con un error culpable, cuando no sea con una obstinada mali- 
cia. En fin el que sabe su religión fundamentalmente, tie- 
ne mucho freno para sujetar sus desordenados movimientos, 
bastante motivo para reconocer al Criador, y poderosos auxi- 
lios para volver al camino de la verdad, aun cuando se baya 
extraviado de él. 

Pero el tonto, el ignorante, el que no sabe de su religión si. 
B dice el cntecisino sin ententicrlo. ticno cuanto el d 




39 

wntian en el fondo de sus corazones, para sostener sus opinio* 
nes y hacerse singulares; * pero siempre sin perder de vista 
el lisonjear el desarreglado apetito de los hombres hacia la li- 
bertad, 6 llámese mejor libertinage. 

Una chusma de ignorantes fué la primera que los siguió y 
fertilizó su zizaña; ¡pero ¡quién seguirá los pasos de un ciego, 
sino el que carezca de ojos! 

Por todo lo dicho conocerás cuánta diligencia y cuidado se 
debe poner en instruir á los niños en su religión por principios» 
y qué poca confianza se debe tener de que la entiendan aque- 
llos que solo saben de memoria sus principales misterios. 

Quizá no será esta la última vez que te hable sobre puntos 
tan interesantes, y en otra te haré ver. • • • ¿qué digo? te ib- 
mostraré hasta la evidencia que el desacato, el fanatismo y la 
superstición que se nota entre los cristianos, y por cuyos vi- 
cios nos ridiculizan los hereges, no tienen otro origen que la 
ignorancia de nuestra religión: ignorancia que no seria tanta 
ó ninguna, si los padres y madres por si, ó por personas sa- 
bias, procuraran instruir á sus hijos radicalmente en mateiia 
tan importante, como lo hago yo con Pudenciana, sin conten- 
tarme con que aprenda el catecismo de memoria sin entender- 
lo, como tu sobrine, á quien me parece que envidias. 

En verdad que yo la envidiaba, decia Matilde, porque esta- 
ba entendida de que sabia leer y la doctrina. ¡Ya se ve! yo ig- 
noraba todo lo que me acabas de decir; pero en efecto dices 
bien. De nada sirve saber las cosas mal: esto es lo mismo que 
DO saber nada, ó algo peor, según me explicas. 

Me acuerdo que ya hace como un año ó mas, presencié un 
lancecillo que le pasó á Eufrosina con su hija, que si á mi me 
hubiera sucedido me habria corrido demasiado. 



• Léanse las Helvianas ó cartas ñlosófí^ui tradactdas del francés por 
D.Clandio Vial, doade se verán las enormes contradicciones, en quein- 
cunieron muchos de estos filósofos en materias de leligion. 



40 

Pues mira lú, que estaban de visila en su casa doa clérigoi, 
UD padre fraDciacano y otros aeñores, y mi benoana estuvo 
alabando mucho á su hija de que sabia toda la doctnna. El - 
padre TraDciscaDO que desde luego pensaba como tú, deapuu 
de haberle oido rezar todos loa artículos síd turbarsst le pn- 
preguntó: iQviin et Dios? A lo que Pomposíta leapondió muy 
aprisa, y el religiosa con mucha deroa la volvió i preguntar: 
¿Conque el Padre et Dio»? — Si es. — ¿El Hija et Dio»? Si et- 
¿El Espirita Santo a Dios?— Si es.— ¿Son tres dioses? No, ti. 
no uno en esencia y trino en persona». — Muy lúen, decia el re* 
ligioso: ¿el señor es padreT ¿Y el seQorl señalando á los cléri- 
gos. Sí son, respondía la niña. — ¿Y yo soy padrel — También. 
—¿Y cuiotos padres hayT— Tres.— ¿Pues cúroo eati boo d» 
que el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo M 
Dios, y no son tres diosesl Vaya, & ver como lo entiendes. 

Pomposíta, atacada con la comparación, enmudeció, y de 
cuando en cuando miraba & su madre, como dioiéndole que 
respondiera; pero Kufrosína callaba y se ponía colorada. El 
padre franciscano, para rematar el cuento, pr^untó á Pom. 
¿^ucgo oblinado» cslamoa á saber y entender todo esto? Si 




41 

fbote pttn ellsy y no fué mucho que no la respondiera. Hay 
aifi^anos genios tan pedantes, que así arguyen á las mugeres, á 
kn niños y á los legos, como pudieran á un sustentante al 
pié de la cátedra. Sus preguntas mas se dirigen á confundir- 
los que á instruirlos 6 hacerlos lucir. ¡Entendimientos flacos 
y cobardes, qae se lisongean con tas pequeños triunfos! 

Si la niña le hubiera dicho: hay tanta desproporción y di- 
fafencia de la comparación que yd. me pone con el objeto que 
70 explico, ó con la Trinidad que creo, cuanta hay del ser al 
00 ser, y del finito al infinito. Yo creo que en Dios hay tres 
personas y una esencia, y lo creo firmemente porque la fé me 
lo wnmñtLf aonque no lo comprendo ni trato de comprenderlo, 
poes sé que Dios es incomprensible á toda pura criatura inte- 
ligaite; y siendo un ser infinito, solo un entendimiento infini- 
to puede comprenderlo: no habiendo otro entendimiento in* 
finito mas que el suyo, se sigue que solo Dios se comprende 
perfectamente, solo Dios sabe quien es Dios, hasta donde se 
puede saber. 

Ninguna pura criatura, por santa, por sabia y por favore- 
cída que sea del Criador, alcanzará jamás á definir la esencia 
diñna, ni á comprender el misterio inefable de la Trinidad. 
¿Cómo quiere vd. que yo lo explique dignamente? Vd. mismo 
eon su borla y teología, ¿qué digo yo vd. mismo? Santo To- 
más, S. Agustin, S. Gregorio, el eximio Suarez, y cuantos teó- 
logos profundísimos ha respetado el mundo, no explicaron ja- 
más este misterio con tal claridad que convenciera el entendí* 
miento sin el auxilio de la fé. S. Francisco do Sales decía, 
hablando con Dios: Señar, vos seriáis muy pequeño sipudié* 
rais ser comprendido por un entendimiento tan pequeño como 
él nuestro. 

Pero de que jBste misterio sea incomprensible, no puede se- 
guirse que no existe. Semejante ilación sería el mas extrava- 
gante disparate. De que no conozcamos ó no entendamos una 
Cosa, no se deduce de que la cosa no sea tal como en sí es. 



¿Cuan (u costa tienen loa hombres en.las manos, y no saben lo 
que 8on7 La electricidad, la atracción del Norte al itnan, la 
del imán al acero, la del azabache i la paja, &c. dic. las ven 
los hombres, hablan, disputan de ellas, advierten sus efeclos, 
se valen de estos, y sin embargo de ser objetos materiales, no 
los comprenden. Todos sus adelantos en esta parte se han 
quedado hoy en argumentos, sistemas, opiniones yjeorias. 

¿Pero qué mas? No podemos dudar que tenemos dentro de 
nosotros un espíritu, 6 llámese alma ó lo que se quieru, superior 
& nuestra materia, una facultad intelectiva que no goza la 
planta, la piedra ni el bruto: que se mueve y vive á nuestro 
igual) y sin embargo, ¿quién sabe lo que es esta alma? ¿Quién 
explica el mecanismo de sus funciones? ¿Quién sabe como 
piensa? ¿Quién entiende bien los fenómenos del sueño? ¿Quién 
deñne la causa del trastorno de un loco?. . . . Mus ¡para que 
es cansarse! ¿Quién es el hombre que se conoce perfecta- 
mente! Nadie. Pues si el hombre no sabe quién es el hom- 
bre, ¿cómo tendrá osadía para deñnir á Dios, rastrear sus 
misterios, ni analizar sus perfecciones? 

Si mi sobrina hubiera respuesto de esta manera al padre. 




48 

eoitmel daba á su esposa; y como la diba con tan buen modo, 
jimás dejaba de coger el fruto que queria. ¡Qué diferente es 
el estilo de aquellos que quieren corregir 6 quizá ensenar á sus 
mageres con dureza é ignorancia! Tal modo es mas propio 
fmra embrutecer que para instruir. Con un estilo tan soez» 
bt mugeres se obstinan, no se corrigen, aborrecen á los hom. 
bres, y como se resfria cuando no se apaga su amor, ni se afí- 
cíonan á sus máximas, ni oyen lo que se les dice, ni hacen lo 
que se quiere que hagan. ¡Cuánto vale la prudencia en los ma- 
rídos! Pasemos á otra cosa. 

Doña Eufrosina, 6 llámese la Langaruto, (para ir con la 
moda de nombrar á las mugeres por el apellido de su maridos) 
DO se em1>arazó con su hija Pomposa para pasear á su gusto, 
pues la puso á la amiga antes de tiempo según se ha dicho, 
con lo que logró que se debilitara un poco mas su salud, y que 
aprendiera algunas malas mañas de las otras muchachas; aun- 
que no necesitaba de estas maestras, pues las tenia de sobra 
con su mamá y las criadas do su casa, que la mal enseñaban 
con primor. 

Continuamente estaban componiendo á la niña, y este nom« 
bre moda era pronunciado por ella á los cinco años con dema- 
siado gusto 6 inteligencia. Todo lo que no era de moda lo 
despreciaba; y todo lo que sabia que se usaba, era para ella su 
ídolo favorito. 

Era cosa admirable oiría reñir con el zapatero 6 el sastre 
cuando no le traían una cosa á su gusto. „Maestro, solía de- 
cir al zapatero, ¡qué zapatos tan feos! no me cuadran, son de 
rieja: yo los quiero de moda, no como estas figuras. ^^ 

Por desgracia jamás faltaban aduladores de la madre, cría, 
das de casa, viejas parientasó paniaguadas que alababan el ne- 
cio proceder de la niña. Unos decían: bien haya la señorita 
que no es tonta. Otros: ¡qué viva es! todita á su mamá. Otros: 
Qio6 la guarde. T todos á porfía apoyaban y celebraban su 
pecedad, soberbia y mala crianza. 



La mnrfre, que ó no ontendin 6 afectaba no entender él idio- 
ma de la adulación, se ponin mas CRponJada que hanjdlote, * 
al P9Ciichar Ins indignas alabanzas tributados al orgullo j tan. 
tera de su bija, y cata se hinchaba como zapo advirtiendo sus 
elogios. 

La educación que EuTrosina le i)aba en orden & los criados, 
no era menos ridicula y reprensible; porque después que per- 
mitia i la niña estar en la cocina, y tratar & las criadas con 
la mayor familiaridad, les reñía altamente a! menor descuido 
de ntencinn que observaba usaban con su hija, como por tem- 
plo: llevar la mancerina sin servilleta, el vasa del agua no muy 
limpio, y cosas á cate modo. Entonces habla en casa riña se. 
gura. ¿Cómo es esto, (decía la señora): atrevida grosera, que 
Iraea á la niña el chocolate sín aervillcta? ¿No ves que es tu 
ama? ¿Has pensado que es otra como túT Cuidado con tra- 
tar á la niña con tan poco respeto, porque te mudarás nora- 
mala de mi casa. 

La tal niña que advertía esto muy bien, concebía el grado 
de superioridad en que be hallaba respecto de las criadas, y dan- 
do rienda 6. toda la soberbia que le inspiraba su mamá, ya 




45 

tarienn la cabeza mas blanca que la pita de maguey: pero en 
medio de esta ridicula soberanía, pecaba la madre por el ex- 
tremo opuesto, permitiéndole la mayor familiaridad con ellos. 
A la hora de siesta se acostaba á dormir y entre tanto la 
lüa se iba á la cocina, y entonces lejos de la mamá, no solo 
en ana con las criadas, sino que les sufria mil llanezas que 
OMbao con eHa, á ferias de melcocha, orejones, * calabaza co- 
cidí, y otras goloeinas, que por ordinarias no se ponían en la me- 
M, y á la niña cogían en deseo, y provocaban su apetito por 
h priracion en que sus padres la tenian de ellas* 

Cuando estaban ama y mozas comiendo en buena paz y 
eenpañíav solían decirle estas: niña, ¿por qué es yd. tan perra 
y taa floberbiat ¿Por qué nos trata tan mal delante de la sa- 
fara? T ontonees la niña obligada por la melcocha, 6 lo que 
eimaa seguro, por la verdad, les decia: „Pues de fuerza he de 
eaojanne y os he de tratar así: ¿acaso mi mamá os trata de 
üejor modo? Ella me dice que os acuse, que os riña y que no 
me dejoy pues yo soy ama en esta casa, y vosotras sois mis 
criadas, y estáis atenidas á comer de nuestras sobras, y por lo 
flúsmo DOS habéis de tratar con el mayor respeto, y cuando no 
lo hídérets os echarán noramala de casa.^^ Ya se ve que la 
aína hablaba la verdad: su madre así lo decia, y estas segura. 
■wnte son unas máximas bellísimas y oportunas para educar 
á las nifias soberbias, malcriadas y odiosas para aquellos que 
tiensn la desgracia de servirlas. 

Algooas noches que por fuerza la señora estaba en casa, y 
solía el señor no estar en ella, era la nina enviada á la cocina 
por orden de su mamá mientras trataba algunos asuntos im. 
portantes con {personas que no podían tratarlos fiancamento 
i su presencia. 
En estas ocasiones, viejas y muchachas sirvientas, ^para en- 
d núaío^ se pmian á contar cuentas ó consejas á lani- 



Hoedas de maniana pasadaa al sol. 



46 
ha. ¿Y qué cuentos tiran en estos? ¡Friularat coau ímpol 
tantísimas y dignas de que las supteni una niña docente ; 
qiie no se quefia coitiár en el número del migo. En esta 
Conversaciones andaban á millares los encantamientos, tsputi 
tos de muertos, apariciones de diablos, milagros apócrifos, mi 
les de ojo, dinero enterrado, hecbicerías, brujas, amuletos, ta 
lismanes * y trescientas mil soflamas y embustea, cuyas remil 
tas son bario perniciosas en la edad madura; pues lo que e) 
la niSez se aprende como verdad infalible, con dificultad ■ 
descree en la vejez; y de aqu! viene hallar tantos viejos ton 
(os y majaderos que en su vida han visto un diablo, nn muer 
to, una bruja, un hechicero, ni hen experimentado ún milagr 
verdadero, ni se han hallado un real enterrado; y sin embarga 
defienden í puño cerrado estos cosas, y aun las confirman ooi 
sus cana^ años y autoridad á costa de mentiras, dándose elk» 
mismos por testigos, y aturdiendo coa esto i los simples qui 
los escuchan. 

No solo en esto paraba la mala educación moral de Pompo 
sita. Mientras mas crbcia en edad, se perfeccionaban las &e 
Estos, juntas con la compostura 




47 

Ponuposita demasiado necia y altanera. La infeliz no hacia 
mas que correr por donde su madre andaba, y corria mas, 
mientras mas se adelantaba su edad. 

A los siete años, dije, cuando ya la luz de la razón rayaba 
en su entendimiento con mas perfección, su sobetbia era har- 
to conocida. Su amor propio se hallaba entronizado en su 
corazón: desde esta edad consultaba al espejo sus perfecciones, 
manifestaba demasiado contento al oirse celebrar, y se inco- 
modaba si por accidente alababan á otra en su presencia. 

Acostumbrada á cuanto se llamaba moda, en su tiempo, y 
persuadida con el ejemplo de su madre, trataba á todo el mun. 
do cen la mayor familiaridad 6 llaneza. A ninguno de los 
concurrentes de su casa daba mas tratamiento que el apellido; 
de manera que un ciego que no hubiera tenido otra señal que 
la voz de la niña para conocer á los asistentes, jamás los hu- 
biera distinguido por sus empleos y caracteres. Oiga vd. 
Herrera, mire vd. Ríos, escuche vd. Valdes. • • • Este era el 
modo con que la niña nombraba á todos los concurrentes á su 
casa, y entre ellos habia togados, canónigos, coroneles, ^c. 

A cuérdome que una vez la oí llamar á un caballero con es- 
tas voceas marquesüo, marqtíesüo. Confíese que pensé que lla- 
maba algún perrito de faldas, y no era sino al marqués de S*** 
hombre respetable por su edad y representación. 

Todo esto se le pasaba á la niña por una gracia; pero en 
verdad que unos decían que era franca, marcial, del dia, y 
qué se yo: y otros la tenian por una muchacha mal criada. 
En efecto, yo no soy calumniador, la pobre niña no tenia 
la culpa; veia que su mamá y otras señoritas trataban con es- 
ta familiaridad ó llaneza á todos los hombres indistintamente. 
¿Qué habia ella de hacer sino seguir su ejemplo? 

Sin embargo, la niña Pudenciana hacia un terrible contra- 
peso á esta familia, porque su papá el coronel la tenia enseña- 
da á que distinguiera de sujetos, y diera á cada uno el trata, 
miento que le convenia; y así á los currillos y mocitos almi- 



48 

donados Itm Ilamnba por ol aptdlido, lo mismo qoa n pruna; 
pero i lofieclesiásticoa y penonaa de distinción, los Dombraba 
con respeto: de uala ó usted según su clsae. 

Esta modo le conciliaba el aprecio genenl, pues los jomes 
tertulios M veían tratar 4 su modo, y los hombree eírcunspao- 
tos, con la «tención que deseaban y mas en una oriatnra tan 
pequeña. Todos la abrazaban, la celebraban, y la teoiaD por 
una niña l^ien criada, porque sabia dar i oada uno su logar 
sin salir de la esfera de cortesana del dia. 

Estos generales aplausos eran causada zeloa á los padreada 
Pomposita, lo que D. Dionisio disimulaba con prudaoeia. 

No tenia tanta Eufrosioa la madre de Pomposa, y ad da 
cuando en cuando eiplicaba su zdíUo en buen idioma, achai- 
do en cara al coronal la diversa educación que daba á sa hija. 
Una ves, estando yo delante, y acabando de celebrar la urba- 
nidad de Pudenoíana un caballero, luego que este se despidió, 
entre colérica y sonrojada Eúfrosiaa dijo al eonmel: y bien, 
hermano, babri vd. quedado muy ancho con loa elogios qoe 
ha hecho á Pudenciana ese botarate hablador que acaba da 




49 

pH tuvy kMi servidos dé nuestras iraportaiias humiliaeioiies» 
oG^sm/tioa 8VS obsequíoa y comediraientos, y creerían tenor 
eo cada señorita una criada mas á quien mandar. Yo digo á 
vd. tito por «u biea y por el de mi pobre sobrina; por lo de- 
nis-vd. ee su padre, y baré k> qae le diere gana. En todo 
QMO vé* DO se eavwaezemj ni ella tampoco, con las alabanzas 
fm le dan algAHoe, pues ya vd. ye que de estos alabadores unos 
•oo vieio% re?iejosenemtgos de toda moda, otros son ó se quie- 
ran hacer- medio santucho^ otros manifiestan ser unos payos 
és eiiulad sin principioa, y otros por, último, soA unos adula, 
deiei dedarados, que tanto alaban á mi hija como á la de vd. 
sis saber porque alaban á ninguna de las dos, sino por pagar 
eoB 81» liseBJaa el chocolate^ el cafó 6 el almuerzo que vienen 
á toiaar á nneetra casa* Ya vd. vé qué buena gente alaba & 
Pudenciana de bien criada; payos tontos, viejos hipécritas y 
liaonjeros. Así saldrá ello; pero vuelvo & decir que vd. hará 
le qae le dé la gana, pues al fin es su padre, y no me debo me- 
ter en la renta del excusado. 

Oyó e) coronel con bastante socarronería este largo y do- 
MUtinado sermón que yo deseaba condnyera, esperando que él 
pusiera como im trapo á mi señora Doña Eufrosina; pero no 
lo eoDseguí, porque con la mayor prudencia y sonriéndooe^ solo 
dijo: vd. hermana, dice biéli; pero por ahora es menester que 
Pudenciana haga lo que le mando, aunque no sea moda; porque 
es muchacha y es preciso que se enseñe á tener respeto á sus 
mayores sin acordarse de que es muger. • • • Y dígame vd. ¿le 
han avisado que la vinieron á convidar de parte de la señorita 
Tdk) para su baile de esta noche?-^¿Pue9 qué tiene baile la Te- 
Uo? — Sí tiene: se ha casado Carmelita- — Pues es preciso ad- 
anitíresto convito. Vaya, vamos á comer temprano para ves-ft 
timos— —Sí, hermanat coman vds. que nosotros vamos 4 hacer 
b mismo. 

Así corló el coronel la disputa y la contestación con su cu- 
ñada; pero.como Matilde habia oido hablar tontos despropósi- 

1—2 



toa, qued6 como iodecÍM trabn cual dé U doa criadzu mtu 
Ik mejor, si l« que dabftn & Poropora, 6 la que el coioael dabs 
i su hija. 

El coronel advirtió la aorpren de aa moger, y para prave- 
Díria contra su* reanltados, le dijo: tu hermana habló cmno 
una muger necia. Yo no quiaa trabar con ella una dúputa» 
porque seria infrucluoea á loa doi; yo no tenia que aprendaí 
nada de elle, ni tampoco habría querido ella convenccirae de 
mis razones; mas á ti que aíempre um eMuchas con docilidad! 
y gusto, te debo instruir de buena gana; porque tú tranamitaii 
á nuestra amada hija mis lecciones cuando sea capaz de eon'- 
prenderlas, si la muerte me impidiere hacerio por mi miamo. 

Bn esta inteligencia; has de saber que es un error peoMr 
que las mugeres tengan por ningún título, alguna lupesiori- 
dad sobre los hombres como cree tv iMrmana. 

Por la ley natural, por la divina ypor la civil, la range; ba- 
tiendo en lo común, * siempre es inferior al hombre. Tees. 
pilcaré esto. La naturaleza, steroj>re sabia y obediente i las 
órdenes del Criador, constituyó i les mugeres mas débiles que 
tus hombres, acaso porque esta misma debilidad fiaica' da (|ue 




51 

ü^r á -los hombres lo importante de su ccoperacion: no t% 
hablo como £mco ni como médico. He leído algo sobre el ar* 
cano de la generación: té que los hijos llevan el apellido de loe 
padres y no el de las madres: sé que es justo y sé por qué; pe- 
ro no roe toca explicarlo, ni á tí te importa mucho el saberlo. 
Te habló únicamente como filósofo: y así te digo, que las mu- 
geres son las principales agentes de la conservación del gé- 
MTO humano; porque la muger no solamente concibe el feto, 
sino que lo nutre en su vientre, lo alimeta con sus pechos» lo 
acaricia» ae entrega á todo su cuidado en su infancia, y no lo 
separa de su seno hasta que no está en estado de manejarse 
por si con libertad. 

Ahora si pienso que has comprendido cuan gravoso es el 
cargo de una madre, cuan recomendable el mérito de la qpe 
sabe desempeñar este título, y con cuanta razón la naturale- 
za las debilitó por una parte, para hacerhis útiles por otra. 
No tenga» dijo el Autor de la naturaleza, en el acto de la fofr 
macion de la muger» no tenga esta la robustez del hombre que 
rinde á una fiera; no tenga la intrepidez del hombre, que se 
arroja entre las balas y degüella enemigos de ciento en ciento; 
earezcm del tesón del estudioso que entre libros y vigilias se 
consaroe por indaga el curso de los astros, por coordinar los 
gabinetes» ó averiguar el origen y modificación de las pasio- 
nes humanas. Quédense para estos en hora buena las fati- 
gas del campo, ios peligros de la milicia, los afanes del co- 
mercio: resérveseles el penetrar los arcanos de la moral y la 
polUíea; escudriñen cuanto puedan las verdades de la fisica» 
química y matemáticas; arriesgúense á los mares, y háganse 
arbitros despóticos de las ciencias y de las artes, de la religión 
y del gobierno» de la paz y de la guerra; pero en cambio qué* 
dése para las mugares ser el gozo» el descanso, el mayor pla- 
cer honesto de los hombres» el depósito de su confianza, el iris 
de sus disturbios, el imán de sus afectos, la tranquilidad de su 
espíritu» el premio de sus afanes, el fin de sus esperanzas, y al 



úllimo consuelo en sus adveraldades y desgraclse: quédete pa- 
ra eH&s finalmente, el ser la delicia de los humbrea, fli enesn(« 
de los sabios, el gozo de los guerreroc, el troco de loa reyea, al 
Bsilo de los justos y el altar primero de los santoa, paea todo 
esto será la madre A cuyos pechos y en cuyo* brasoa bq cria- 
rán loe sabios, los reyes, los justos y Ioü santoa. 

Vea aqui, hija rala, cuanta es la dignidad de laa rougorea 
coneideradas como esposas y madres de familias) y qoÉ bien 
remuneradas se hallan de aquella debilidad en que aon «onali- 
tuides respecto de los hombres; pero, después de todo, sats mía. 
ma detñtidad las hace inferiom á dhaporUy de la natar^OM. 

Teniendo en consideración esa misma debilidad, laa le- 
yes civiles las bao separado del sacerdocio, gobierno, polí- 
tica y arle de la guerra, que lea ha confiado i loa hom- 
bres, de cuya privación resulta un jualo premio debido kI be- 
llo sexo, y ten justo, que los hombres en haberlas oxdilido 
de estos cargos, no han hecho mas que premiarles sus pn- 
cnliares ejercicios, recompensariea aus fiutidioau &tigu, y 
buscar aue propias conven ienciae; porqne .eoBvaaiienGÍB da 




58 

¿C6nK> es eso de que ^todos lo ssben? intemimpió Matilde; 
pues á mí me parece que no lo saben todas, 7 si lo saben* 
quisieran no saberlo. ¿Pues no ves el empefio oon que mi her. 
mana qoiere bacornos ereer que las mugeres somos superiores 
á los hombres? Esto me persuade que 6 mi hermana ignora 
lo que dicesy 6 á lo menos que no lo cree mucho. 

Tienes rason, dijo el coronel; tu persuacion es justa, y se* 
gun ella debes tener á tu hermana por una necia soberbia, y 
no solo á tu hermana, sino á infinitas mugeres que piensan co. 
mo ella; mas en obsequio de la verdad y de tu sexo, debes dis- 
minuir á lo menos el cargo que les resulta de este bastardo 
modo de pensar, pues no tienen las mugeres toda la culpa do 
ser tan necias (hablo de las que lo son) y orgullosas como ma« 
nifiestan. 

¿Cómo no| decia Matilde; ¿pues quién la tiene? 

Los hombres, dijo el coronel; los hombres que les dan la pri« 
mera educación moral en su niñez, y los que se la robustecen 
6 pervierten en su juventud. E^tos son los culpables del or- 
gullo y desordenado modo do pensar que se advierte en las mu- 
geres, especialmente en las jóvenes hermosas; así como son re- 
comendables cuando piensan con juicio y solidez las mugeres 
que ha puesto á su cuidado la naturaleza ó el matrimonio. 

De cualquier modo que ello sea, decia Matilde, lo que yo sa- 
co por consecuencia de tus conversaciones es que tü unas veces 
te manifiestas enemigo de las mugeres, y otras te declaras su 
defensor, echando á los hombres la culpa de sus vicios. Yo 
no le entiendo. ^ 

Eso es porque no quieres entenderme, reponía el coronel; 
yo jamás he sido enemigo de las mugeres. Cuando critico sus 
defectos, no es con el perverso objeto de satirizarlas, sino con 
el loable fin de que los corrijan, á lo menos tú que mo entien- 
des; y esto tan lejos está de probar que las aborrezco, cuanto 
manifiesta mi dicidido amor hacia ellas y esto amor tampoco 
traspasa los límites de lo justo y honesto. Esto os, no de* 



64 

fimdo i las inugerwi por Mr mugeru ni laa liaonjeo con exo- 
nenrlaa de toda la culpa que les echan loe hombrea; aioo que 
en todo cumplo oon lo que me dicta la razod. 

^caso crees tfa que laa mugeresfnenn como míDí ai loa hom- 
brea fueran coiAo debían serT De ninguna nlanein. I^ro 
¿cdino quieres que ana nifia sea humilde, honesta y modeMda; 
si sil madre por líulpa de su marido es altanera con los cna- 
áiMi altiva con lat TÍJilai; descuidada en la casa, profana en 
la Calle, y necia en lodaü partes? {Cómo quieres que la dicha 
nÍ3a, mal criada con estos ejemploa, se sujete y se modere cuan- 
do se casa, si le toca por niarido un hombre disipado é indo- 
lente? Es regular que al lado de eate Be pdnga de peor bnndf. 

Yo no quisiera proponerte ejemplares que te dolieran; perd 
para mejor persuadirte es menester no salir de casa, jQué 
clase áe muger casada hará Pomposita con la eduéaciori qiie 
le da su madre por culpa de D. Dionisio? Sin duda que será 
esta mugar una orgüllosa, necia y abandonada en la educación 
de sus hijos, así como lo fué su madre, y mucho mas si por des- 




IV6 

Tampoco cuando tai elogio 6 disculpo es por lisonjearitá. 
pues no hay para qué. Es preciso ser justo con todos y ert 
todas ocasiones. 

Por ikltimo debes advertir, que es verdad lo que te digo de 
que los hombres son los quo casi sienapre tienen la mayor par» 
te de los defectos de las mugeres. En otra ocasión te demos- 
traré este axioma con mas solidez, porque ahora es tarde y va* 
moe á comer. 




GAPITIJIíO IIT. 

Bá el que le timta una materít eotretonida. 

[o es muy común lograr por esposas mugeres dóciles, ni 
maridos prudentes y sensatos, ya sea porque no se merecen 
unos á otros, ó ya porque no se saben escoger. El Espíritu 
Santo dice que la tnuger buena se dará id hombre por tus frue- 
fUM obreu. Sin duda las tenia su abono el coronel, pues mereció 
lograr una muger taü dócil cómo Matilde, la que lo escuchaba 
con tanto gustos que siempre aprendía y aprovechaba las lee- 
cioDM morales que aquel le daba, adoptando las máximas que 
tranba de inspirarle. Para ella era un oráculo su marido; 
y ya se ve que él no desmerecía tal concepto, pues no áe con 
tentaba con decirle lo que era bueno ó malo, sino que procu- 
raba convencer su entendimiento con la razón y la experien- 
cia, y para asegurarse de que ella no accedia á su parecer por 
ceremonia sino por convencimiento, la enseñó desde el princi- 
pio á que le propusiera las objeciones que encontrara en cuaU 
quire asunto para desvanecerlas. Matilde lo hacia así, y de 
este modo tenían unas conferencias divertidas. 

No quedó muy satisfecha de la inferioridad de las mugeres 
respecto de los hombres, según vimos en el capítulo anteriotf 
y así no tardó en tocar el mismo punto á su marido. 



Coa oaasionle dijo: aunque ol otra díame hablaste tantas 
cosas para probarme que las mageres somos inreríores ( hn 
hombros, yo á la verdad no lo entiendo bien, porqde veo prae- 
ticar por estos lo contrario de lo qne debia ser, en caso deque 
ñlénmOB tan infenores como díced. 

Todos tos bombres y en todas ocasiones úoá han respetado 
y respetan de (al maneta, que nos convencen ciertamente de 
que BOD inferiores i nosotras. En este particular soy bosta 
abora de la opinión de mi lermana. Ciertamente no haré 
alarde de esta superioridwi qiie rao «oncede mi seso, ó sea !a 
culta moda como ella dice; mas no por eso dejaré de conocer 
que somos oigo mts de lo que tú <|UÍ«rea persuadirme que so- 



Tá me dices muchas cosa* que me convencen un poto de 
lo que me quieres persiiíadir; pero veo qne los homlirea pra» 
tioan con nosotras unas aocimies no solo comedidas 7 atentas, 
MDo hnmíMes y servitea; las cfn« no harían, sino estuvieraD 
penetrados de nneetra natonl soperíoridad. En la ealle, en 




67 

enfurece y lo ninltrata, lo disimula: si Icvanla conUra él la ma- 
Do enardecida alguna ve^, no sabe el hombre vengarse ano 
con humilde sufrimiento. • • • En fin, en todas partes manllies- 
ta el hombre ser inferior á la muger. ¿No es esto una ver- 
dad! ¿Conque cómo lie de creer que no tenemos tal supe- 
rioridad solo porque 16 lo dices, y porque no somos geneirales 
en la guerra, ni ministros ó magistrados en Ja pas? Vayat 
basme ver como está eso para que roe desengañes, 91 es un 
error la opinión de mi hermana que yo admito/ 

Lo es en efecto, le dijo el coronel, y es un error origen de 
otroe muchos, que conspiran á hacer infelioes á k» mugetefl 
qae lo adoptan. Verdaderamente ellas son dignas del aprecio 
y estimación del hombre culto, y este aprecio hace que les tri- 
Ibute au respeto y que le ceda en muchas ocasiones la ppefe* 
reacia que á él le toca; mas estos respetos y atenciones debe 
recibirlos la muger juiciosa, 6 como un premio debido ¿ su vir- 
tud, ó como un efecto de la generosidad de los hombres, y nun- 
ca los exigirá como unos derechos debidos á su soberanía por 
ser muger. 

En virtud de esto, no debes creer qoe todos los hombres y 
en todos tiempos les han tributado sus respetoe, como dijiste. 
Si afgunas veces han hecho las mugeres en el mundo el papel de 
señoras, otras han desempeñado el de esclavas de los hombres, 
á proporción del capricho de estos y de las costumbres de los 
países que han habitado. Mr. Tomas, en la pintura que ha- 
ce de las mugeres, corrobora esta verdad con unos términos 
tan claros y precisos, que yo no me atrevo á substituirlos 
con otros, ni menos quiero, compendiando ni disfrazando sus 
razones, usurpar la gbria que se merece este célebre francés; 
y así te referiré algunos párrafos de su obra al pié de la letra. 

„Si examinamos, dice, los paises y los siglos, veremos casi 
en todas partes adoradas las mugeres y oprimidas en todos 
tiempos. Nunca dejó el perder hombre la qíienor ocaaiom de abu- 



D«r de BU fberza; intea bien w pravaliú siempre de la debili- 
dad de m seto, prealAiidale al miamo paso homenage á au be- 
Ilesa, y haciindoae í un tiempo su esclavo y su tirano. Pa- 
ncfl ((ue la misma naturaleza al formar unos entes tan dóci- 
les y Mandos de corazón, se ocup6 mas en sus gracias que en 
sus diohas; puee rodeadas por todaa partes las mugeres de an- 
gustias y temores, entran por mitad á sufrir nuestras miseriea, 
y se ven sajetu á otras muchas que les son parlieulares. A 
nadie pueden dar la vida sin exponerse á perder la suya pro- 
pÍBi y cada icbaqua periódico que experimentan, altera su sa- 
lad y amenaza ws días: su belleza se ve acosada de mil crue- 
les enfermedades, y cuando se ven libreB de este accidente, al 
paso que el tiempo se la marchita, las va también consumien- 
do cada dis: entonces no les queda mas protección y auiilío 
que el tríate derecho de la compasión, y el recurso i loa re- 
enetdoa de una memoria agradecida." 

„HaBta la misma sociedad les aumenta ios males de la «ato- 
raleza. Mas de la mitad del globo esti llena de hombres rústiv 
coa y salvages, entre quienes Isa mugeres son infelices en ex> 




50 

Esparta, esto es, un pueblo vencido y obligado á trabajar para 
los yencedoros. De aquí nacia que en las orillas del OriiiK>o6 
movidas las madres de compasión, solian matar á sus hijas 
luego que nacian, creyendo que esta compasión bárbara era 
una especie de obligación. ^^ 

„Entre los orientales vemos otra especie de despotismo y 
de imperio, es á saber, la clausura y esclavitud casera de las 
mugeres, autorizada por la costumbre y sagrada por las le- 
yes. En Turquía, Persia, Mogol^ Japón en el vasto imperio 
de la China, vive una mitad del género humano oprimida por 
la otra, naciendo el exceso de semejante opresión del mismo 
amor excesivo. Toda el Asia está llena de prisiones, donde 
la beldad esclava espera siempre los caprichos de un dueño 6 
tirano, y donde una multitud de mugeres juntas no tienen mas 
sentidos ni voluntad que la de un hombre solo: sus triunfos 
no son sino instantáneos; pero sus competencias, odios y 
furores son el ejercicio de cada día. Allí se ven precisadas á 
pagar su misipa esclavitud con el mas tierno amor; O bien, 
lo que aun es mayor tormento, con la imagen de un amor que 
no tienen: allí el despotismo de mayor vituperio las somete á 
unos monstruos, que no perteneciendo á ningún sexo, deshon* 
ran los dos á un tiempo: * allí finalmente, no sirve su educa- 
sino á envilecerlas; sus virtudes son forzadas, sus satisfácelo* 
nes tristes é involuntarias, y después de algunos años se hallaii 
con una vejez larga y horrorosa. ^^ 

„En aquellos países templados, donde los ardores mas veini*. 
sos dejan á los deseos mayor confíianza én las virtudes, no han 
sido privadas las mugeres de su libertad; pero la severa legisla- 
cion las ha colocado en casi todas las cosas bajo la dependen* 
cia. Al principio fueron condenadas al retiro, y separadas, 
tanto de las diversiones como de los negocios: después quisia* 



Habla de Im eunacos ó efclavoi caitradoi que las guardan. 



ron los hombrM íosuIUit su rasoii medianhi uoa liurga taleki. 
En uaw climu m ven ultrajatlaa por kt poligamia, l> eaal Im 
concede por corapaBenis perpetuas bus mismas compAtidoras 
y coDcarrantes; en otros estin aujetu & los indieolublei lazos 
que comuamente unen para siempre la dalzura con el desabri- 
miento, y la ternura con el odio. En aquellos paises donde 
son mas dichosas, deben no obstante reprimir sus deseos, y 
ae Ten opríraídas: en lo que mira á disponer de sus bienet, 
véttae priradas da sn misma voluntad por las leyes; y esclaraa 
de la opinión que las domina con imperio, se les imputa á de- 
lito aun la apariencia misma: hállanse rode&d&s por todas par- 
tes de nnos jueces que son á un tiempo sus seductores y tira- 
nos; y preparándoles 6 disponiéndoles ana defectos, se los cas- 
tigan con la deabonra, y ae usurpan el derecho de mortificar- 
tas con tas sospechas. Tal es, poco mas 6 menos, la snerle de 
ha mugeres en todo el orbe. Los bombres son con ellas indi- 
ferentes ó tíranos^ según tos climas y edades: anas veces la 
opresión es Tria y tranquila, como es la del orgullo; otras es 
violenta y terrible, cual es la de loa zelos; de suerte que cuan- 




6; 

guete de los hombres, á proporción de sus caprichos, costum* 
bresy dimasy religión y gobierno. 

Todo está bueno, contestaba Matilde: pero no dudando de 
la yerdad de ese autor, quisiera saber en qué somos las muge- 
íes inferiores á los hombres: porque ciertamente, si lo somos 
tanto, no puede haber mayor infelicidad que ser muger, y una 
infelicidad tanto mas dura, cuanto que caemos en ella sin cul- 
pa nuestra, pues no está en nuestra mano elegir sexo. 

La inferioridad de la muger respecto al hombre, respondió 
el coronel, no consiste en otra cosa que en la debilidad de su 
constitución física, es decir, en cuanto al cuerpo; pero en cuan- 
to al espíritu en nada son inferiores á los hombres, pues no 
siendo el alma hombre ni muger, se sigue que en la porción 
espiritual sois en todo iguales á nosotros. 

Es verdad que en las mugeres se notan algunos vicios, co- 
mo también virtudes, que parecen que les son peculiares, ó 
á lo menos se dejan conocer en ellas con mas frecuencia que 
en los hombres. Por ejemplo, parece que las mugeres son na- 
turalmente mas compasivas, mas tiernas y sujetas á su religión 
que los hombres. La sapta^ Iglesia las honra y distingue lla- 
mándolas el sexo devoto. Así también parecen mas inclina- 
das al engaño, á la simulación, á la ira y á la venganza, con 
I la que se pudiera probar, en caso de ser esto una verdad de- 
I mostrada, que el alma de las mugeres tenia alguna diferencia 
m de la nuestra; mas no es así, como te lo haré ver. 

V No se puede negar la dependencia recíproca que tiene d 

Y cuerpo del espíritu, y este de aquel: quiero decir, somos com- 
2* puestos de dos substancias enteramente distintas, cuales son 
m la material y la espiritual: como las dos están tan íntima- 
H mente unidas, cualquiera de las dos influye en su compañera 
I de un modo tan continuo como marivilloso. Apenas se enfer- 

\aa el cuerpo, cuando se resiente el alma y se entristece: y ves 
i ^^* ^"^ '^ tristeza del alma no la origina otra cosa que la en- 
] ^rmedad 6 daño que padece la porción material del cuerpo. 



I 



Por el cuntrnrio, recibe el Itombre uno fuerte cólura, una pesB- 
(iiinittrc muy ve hei nenie, la ^ cunlus son pusiones á que está suje- 
to el espíritu, y al inslanle, sin que ningiinti cosa material loque 
al cuerpo, esle enrcrma, padece, y & ocasiones es tan terrible 
|n alteración de la máquina, que se desorganiza todo el meca- 
nismo de la vida, y muere el paciente en el momento. 

En esta inteligencia, dicen muchos sabios que la causa de 
que en las rougures se adviertan estas vicios ó aquHIas virtu- 
des ron mas frecuencia que en los hombres, no es oira que [a 
diversa orgaDÍ7^cion de aus cuerpos; y así deducen, por ejem- 
plo, que si la muger ea mas tímida «jue el hombro, es porque 
su constitución tísica es mas débil- 

Yo convendré con esta opinión de buena gana, pero limi- 
tándola á ciertas y dolerminadas circunstancias, y jamás con- 
cediendo la extensión y generalidad que algunos han preten- 
dido. Yo permitiré sin repugnancia que la alteración del 
cuerpo de la muger infinye algunos veces pode rosa mí-n te en 
su espíritu, ya se considere esta alteración natural, ó ya ca- 
sual por una enfermedad que la predisponga, y si se quiere. 




63 

De DÍDguna manera me disgusto de tus conversaciones, de 
cia Matilde, y seria una necia y mal agradecida si á modo de 
lechuza me incomodara con la luz, solo porque mis ojos no 
estaban acostumbrados á verla. Lo contrario; yo me engo- 
losino en escucharte, y siento no comprender cuanto me dices; 
pero por eso te pregunto, y en prueba de ello quiero que con 
algún ejemplo me confirmes en las dos cosas que me has dicho. 
La primera, que una enfermedad ó la natural constitución 6 
conformación del cuerpo de las mugeres influye algunas veces 
en ellas, de modo que cometen algunos y determinados exce- 
sos con mas frecuencia que los hombres: y la segunda, que á 
pesar de la natural ó accidental influencia del cuerpo de la mu. 
ger sobre su espíritu, puede esta haciendo buen uso de su ra- 
zón, vencerse y no hacer aquello á que la instiga la organiza. 
cion natural ó la particular enfermedad de su cuerpo: yo no 
comprendo como pueda ser eso, y quisiera oír una prue})a de 
está verdad. 

No sabes cuanto gusto me das, respondia el coronel, cuan- 
do me hablas con esa claridad; pues el que después do oir pro- 
pone dudas y hace preguntas, da á entender que escuchó con 
cuidado y se penetió do la conversación. Así pues tú, has en- 
tendido bien cuanto te he dicho; pero te hace fuerza cómo el 
alma de la muger por si misma, con solo el auxilio de la razón 
pueda vencer aquellas instigaciones violentas, á cuya ejecu. 
cion se siente como obligada por la inmediata influencia de su 
cuerpo. Para acceder á esta opinión me pides un ejemplo: 
solicitud muy justa, pues los ejemplos valen mas para conven- 
cer el entendimiento que las teorías mas elocuentes. 

Por eso te voy á desmostrar con un caso que nos refiere la 
historia, entre otros muchos, cuan poderosamente influyen la g 
pa rticularcs afecciones del cuerpo de la muger sobre su es- 
píritu, y cuanta virtud tenga este ayudado de la razón para 
dominar el poderío de aquella influencia. 

Todos los médicos saben que las mugeres en el tiempo de la 



64 
puberlad esl&u sujetas á [>adecer una dDÍermedad lerríble que 
Be conoce con el nombre de furor ulerina, el cual ea un delirio 
6 frenesí que las hace cometer por obra 6 por palabra, niUex. 
cosos vergonzosos y repugnantes á toda persona honesta y re- 
calada. La medicina tiene un remedio fácil para curar esta 
enfermedad; mas nuestra ROigion católica justamente lo pro- 
hibe como ilícito, permitiendo siempre que lo substituya el le> 
gitimo matrimonio. 

Plutarco en su obra de las Mugere» iluslret, alabando el na- 
tural pudor de la muger, refiere que en la ciudad de Mileto laa 
doncellas acometidas de esln enfermedad 6 locura que te he 
dicho, se mataban á si mismas: y eran tan repetidos estos sui- 
cidios, que el senado no pudieado contenerlos, mandó por ley 
expresa, que la que de esla suerte se matase, fuera paseada des- 
nuda y expuesta en la plaza mas púbhca, jEñcaz remedio! Es- 
to solo bastó para contenerlas, y las que despreciaban su pro- 
pia vida, no atreviéndose ti despreciar su pudor, se abstuvie- 
ron de sacrificarse á la desesperación. Sin duda la vergüen- 
za las volvió en sí, y las hizo entrar por e! camino de la recta 




65 

sobrada paciencia para escucharte y mucho gusto en respon- 
der á tus preguntas. 

Pues oye, proseguía Matilde. Ya entiendo que las muge- 
res nacimos sujetas á los hombres con una dependencia forzó- 
sa, que aunque dictada por la naturaleza y autorizada por lafl 
leyes, no nos es indecorosa como dices; pero ahora pregunto: 
¿Por qué los hombres por la mayor parte nos han tratado con 
tanta altanería, y nos han sujetado á sus caprichos valiéndo- 
se solo de nuestra natural debilidad, á pesar de conocer que 
tomos ¡guales *á ellos en el alma? 

Porque los hombres, respondía el coronel, que asi lo han he- 
cho, los mas han sido unos bárbaros, que ó no han escucha- 
do, 6 han despreciado los clamores do la naturaleza, y desen- 
tendiéndose de estos innatos sentimientos, se han sabido apro- 
Techar de la imbecilidad de las mugares para oprimirlas; y 
y entiende que bajo el nombre de bárbaros no señalo sola- 
mente á aquellos gentiles paganos, que sin ¡dea de verdadera 
religión, justicia, ni sociedad, han procedido de este modo bár- 
baro ultrajando aquellos dignos aunque febles objetos que por 
otro lado apetecían; no, hija: todo hombre que se vale de la 
flaqueza de la muger para ofenderla y maltratarla, es un bár- 
baro y un picaro, por mas que se llame cristiano y civilizado 
entre nosotros. [Cuántos de estos conoces! Yo ni calumnio, 
ni desacredito al vecino Ramiro: su esposa es tu amiga, y mil 
veces se ha quejado contigo del tirano proceder de su marido. 
Aunque ella no te hubiera revelado sus desdichas, á mi y á tí 
nos son bastante públicas. Sabemos que el marido está en- 
tretenido: que cuanto adquiere es para su dama: que á sus hi- 
jos y muger legítima 4os tiene desnudos y muertos de hambre: 
que jamas les hace el mas mínimo carino y agasajo, y que 
después de este indigno proceder, por la mas mínima friolera 
le riñe, la golpea y la obliga á quejarse con nosotros á cada 
instante. iCuántas veces ha venido la infeliz muger á pedir- 



66 
le UD (rapo conque cubrirse, y un bocadito con que alimentar 
á aua criaturas! Su marido es un español, un cristiano, un 
bien nacido, y, como dicen, un hombre docente; ¿y diremos 
que este cumple con las obligaciones de un noble, de un caló* 
lico y de un hombre de bien, criado en la cuUa sociedad? De 
ningún modo. Este es un picara, un vil, un infame, un irre- 
ligioso y bárbaro, pues abusa de la bondad y debilidad de su 
cspoiw para hacerla infeliz hasta lo sumo. ¿Na le basta al 
hombre abandonado ser inñel á su muger y descuidante con 
sus bijos? ¿No le basta ser mal marido y aer mal padreT ¿Aun 
es preciso que se constituya un verdugo y un tirano cruel y 
déspota sobre unos entes miserables que no pueden hacerle re- 
sistencia? Pues hija, de estos maridos y padres inicuos se ven 
fi miles cada día entre nosotros. Loa jueces, las cárceles, los pre> 
sidios, las calles y las casas son testigos de esta verdad. ¡Antea 
deje yode existir, que me cuente en semejante número! Conoce, 
pues, hija mía, que los hombres en todas partes y en todos tiem- 
pos han oprimido & las mugeres porque son ellas débiles, no 
porque ellos hayan obrado nt obren con justicia; pero esperen 




67 

y mas sensibildad que cl mismo arriero, cuyo espíritu, aunque 
igual en la substancia, tal vez no está adornado de los mismo^ 
sentimientos, ó no los posee en igual grado. 

En {«gundo lugar debes advertir, que solo los salvages en 
los montes, y los necios y picaros en la ciudades, desprecian, 
escarnecen )' maltratan á (¿as mugeres solo porque lo son y 
porque no tienen suficiente vigor para resistirles; poro el hom- 
brc civilizado y que conoce Ids leyes de la humanidad y del ho- 
nor, jamas abusa de su debilidad para ultrajarlas; antos bien las 
aprecia, las honra y las defiendo de los insultos que hs infie- 
ren los malvados. Las leyes civiles decididamento las pro- 
fcíjen. 

Finalmente, debes entender, y no es vano repetirlo, que si 
los hombres las han separado de la guerra y del manejo de los 
negocios públicos, no es esto un efecto de desprecio, sino de 
respeto á su débil constitución, y por reservarlas para aque- 
llos objetos, á cuya conservación la naturaleza privativamen- 
te las destina. 

Yo quedo convencida, dijo Matilde, de que somos inferiores 
á los hombres por la debilidad de nuestro cuerpo, pero iguales 
á ellos por la naturaleza de nuestras almas, y á veces superio- 
res á muchos por los dotes del espíritu. 

Quedo también entendida de que esta debilidad no es un 
motivo para que nos insulten y desprecien, sino mas bienr una 
recomendación para que el hombre culto nos compadezca y 
rstime en todos casos. 

Todo esto está entendido, pero dime: ¿esta debilidad de que 
se valen el sal vago grosero y el ciudadano picaro para opri- 
mirnos, como dices, es de tal gerarquía que por sola olla mu- 
chos hombres de nuestros países no solo nos estimen y respe- 
ten, sino que se nos humillen y casi nos adoren en lo público? 
¿Tan buenos son los hombres de mi tierra? ¿Tan compasivos, 
átenlos y rendidos? ¿Tanto es el privilegio que concede á la 



6B 
muger la debilidad de su sexo, qtie por otra parte b ham íb- 
ferioral hombroT ¡Oh! ai tos hombres obran con sÍDceridad 
como nosotras, ifeliz es nuestra inferioridad) y dichosa la dé- 
bil constitución de nuestro cuerpo! 

Iba el coronel á responder la graciosa ironía de su mn|er, 
cuando lo embarazó un accidente que sabri e] lector en el ca- 
pitulo que Mgue. 



CAPlTUIiO T. 

£n el qua (etr>U un aaanto de gtafínma importuda, 

(^^CAnAXOs de decir que iba i contevtar el coronel & la iré- 
nica pregunta de bu esposa, cuando entró en nuestra sala una 
criada do Doña Eufrosina dando unos gritos desafotados. 
Corra su mercé, decía, corra su mercé, que quien sabe que le 
ha dado á la señorita. 
Sorprendí DIO nos todos con esta inesperada noticia: fuimos 





( 



69 

prÍML ae rodearon de le peci^ntey menos la beale, que ae dedt* 
c6 á cuidar de la niña Pompoaita. 

Mientras que el médico venia, comenzaron á determiaar 
remedios cada una á cual mas. Una mandaba ligarle las pier- 
nas: otra apretarle el estómago fuertemente: esta, darle i oler 
el humo de la lana prietra: aquellSi echarle agua fria en la ca* 
ra y pecho: quién, recetaba una rebanadita de pan empapada 
en aguardiente para el estómago: cual, unos fomentos de vino 
en los pulsos; en una palabra, allí todas eran médicas, y nadie 
se tenia en menos para ponderar sus medicinas; y sin duda 
hubieran embardunado de aceites á la enferma, la habrían amar- 
rado como un cohete, y le habrinn hecho absorver mas humo 
que el que cabe en un globo aereostático, sino estuviese presen- 
te el coronel, quien se opuso de fírme á que no se le hiciera 
nada de eso, diciendo que muchas medicinas de aquellas eran 
inútiles, y las demás perjudicial^^ como son la fumigaciones 
y ligaduras. Trabajo le costó impedir que mortificaran á la 
enferma; pero por fin lo consiguió. 

No porque las circunstantes veian sus remedios desaproba- 
dos, dejaban todas de expresar los sentimientos de su cariño 
hacia la enferma del mejor modo que podian. Una le apre- 
taba el estómago, otra le tenia las manos, esta le levantaba la 
cabeza, aquella prevenía el vaso de agua, y todas gritaban, llo- 
raban y regañaban á las criadas por la tardanza del médico. 
Aquella sala era una zambra do gritos y monadas, que yo pa- 
ra mi sayo, califiqué de adulaciones. 

En esto estaban cuando entró el médico, que por fortuna 
era un hombre instruido y prudente. La prisa conque lo lla- 
maron y el alboroto que encontró en la casa previnieron su 
ánimo á creer que el mal era grave y ejecutivo. Preocupado 
de esta idea, y deseoso de cumplir con su obligación, gastó 
poeas palabras en saludar, y se dirigió á la paciente. Le to- 
mó el pulso, hizo dos ó tres preguntas, le vio la cara con aten - 



i 



70 
cion. y se-levaDtó muy Mreoo aaegunodo que aquella no era 
cosa de cuidado, y que dentro de un ralo estaría perract aúnente 
buena. 

Al ver la frialdad del racoltativo wnn de las señorilas que 
estaba prevenida con papel y tintero, no pudo menos que de- 
cirle: Señor, ¿qué no receta vd? No hay necesidad, respondió 
el médico: y la dicha madama, creyéndose desairada, lo dijo: 
¿Cómo nol ¿pues no ve vd. como esli esta niña, y que si sigue 
asi con este temblar se nos puede quedar entro las manos, y lo 
peor es que se nos va sin sacramentos? ¿No será bueno que re- 
cete vd. á lo manos un poco de álcali volátil y laolita agua de 
la reina para el corazón? Yo no entiendo de oso, pero fui so- 
brina de un famoso médico que era doctor burlado, y lodos 
tos días iba á mi caea y hablaba divinidades del álcali y del 
agua de la reina para estos casos, y yo algunos remedioíi le 
aprendí, y los he mandado mil veces, porque al que anda en la 
miel algo se le pega: y ya vd. sabe que de módico, poeta y lo- 
co todos tenemos un poco. 

Señoritas, contestó el facultativo con mucha flema: no hay 




71 

tectura, proferirá treinta mil blasfemias en esta facultad. Lo 
mismo se debe entender de todo y de todos. 

La señorita se quedó muy fresca, no entendiendo la fuerza 
de la reprensión, y movida de una agitante curiosidad le rogó 
le dijese la quintilla: á cuya pregunta el médico contestó, que 
la iba á hacer para reprender á una niña que pensaba acertar 
en materias que no entendia, y decia de este modo. 

Sí sin noticia ni guia 
quieres ir por un camino 
que no sabes, Celia mia, 
te perderás de con ti no, 

y 



Será una hobería, dijo la señorita, ponerse uno á andar por 
un camino que no sabe, sin tener quien lo lleve ó Iq dirija* 
¡Vea vd. que ocurrencia! dijo el médico en tono de admiración: 
vd. ha concluido mi verso fácilmente en un instante; y yo no 
pude concluirlo en cuatro noches, después de haberme quema- 
las cejas á la llama de cuatro velones de á medio, que tantos 
consumí para acabar mi desgraciada quintilla. Ciertamente 
vd. tiene mas de poetisa que de médica. 

Bien distraídos estaban todos con la conversación, unos ha 
blando y los demás oyendo, cuando la enferma exhaló un sus. 
piro, abrió los ojos y manifestó su total alivio, sorprendién- 
dose el verse rodeada do tanta gente, entre la que extrañó al 
médico, porque no era el de casa, aunque era mejor. Este 
concluida su visita, que no pasó de visita, previno solamente 
que removiesen del ánimo de la señorita todo motivo de dis- 
gusto para que estuviera tranquila, pues este era el único y le- 
gitimo remedio en tales excesos, y dicho esto, se despidió. 

No llegaría á la escalera, cuando entró en la sala D. Dioni- 
sio Langaruto, acompañado de dos ofíciales y un colegial, que 



7Í 

vesiao de jugar cuatro ó cinco troguaa al villar, laa que babia 
ganado el partido contrarío. 

Ninguna novedad hizo á D> Dioniaio el encuenlro dd médi- 
co ni el alboroto que bailó en la casa. Incáinodo lotalmenta 
con la poca destreza de bus compafieroe, y teniendo por ud 
punto de honor ultrajado que hnbíeBon perdido las treguas del 
desafio, reñía iaperamenta i aui amigos, los que con una bu. 
millacion servil se disculpaban mutuamente, sonriéodose de 
paso de la necedad y enojo de Langaruto, de lo que este se in- 
coroodaba mae, y deoia: Yo no siento baber perdido las seis 
onzas, & mí no me duele perder el dinero: con cien pesos yo 
no soy ni mas rico ni mas pobre. Ustedes bien saben que 
estoy hecho & tirar la plata; pero en regla. Lo que me inco- 
moda es que nos hayan dado capote, que no viéramos una, y 
que aun la última tregua, llevándola tan aventajada, hubiera 
quedado por ellos. ¡Vamos, que vdes. son buenos ekanpuf 

Gste zonzo tuvo la culpa, respondía el colegial señalando k 
un alférez: yo le decía que no tirara fuerte, sino que vendiera 
el mingo; pero quiso lucir el buen taco, tiró palos en seco, me 




78 

aprecio de su mal; j así hecha una furia ee levantó del asien- 
to y le reconvinoi diciéndole: ¿Qué» ha pensado vd. que no tie« 
ne muger ó cree que estoy pintada ó soy alguna sirvienta de 
•u casa? ¿No es una picardía, no es una desvergüenza intole- 
rable ver que me esté muriendo por esa maldita muchacha, y 
ni siquiera le merezca al señorito la mas mínima señal de aten- 
ción? ¡Ya se ve! yo nací para infeliz, y. • • • 

Aquí comenzó á llorar amargamente. Las parientes y ami* 
gas la consolaban con mil caricias, y el bueno del caballero 
Langaruto, atónito con el resoplido que acababa de escuchar, 
trató de satisfacer á madama del mejor modo: y cuando supo 
que la causa de la mohína había sido haber encontrado á Pom- 
posita chupando un cigarro, quisiera descargar su furia sobre 
la pobre criatura, para hacer ver que sentía el mal de Eufro. 
sina, y que lo sabia vengar bien; mas el coronel contuvo su 
fíierza, deteniéndolo y prorrumpiendo con la mayor energía 
en estas expresiones: ¿Qué es esto? ¿Están vdes. infatuados ó 
adolecen de una violenta fiebre? Por un oigaro. . • • ¡^oto & 
mis pecados! ¿Por un cigarro han sido tantas alharacas? Va- 
mos, que esto no se puede creer entre personas de juicio y ex- 
periencia. 

No por un cigarro, dijo á ese instante Doña Eufrosina, si- 
no por el atrevimiento de la persona que chupa ese cigarro. 
¿Quién le ha dicho á esta mocosa malcriada que se ha de po- 
nnr á chupar á escondidas raías? No faltaba mas, sino que la 
niña de siete á ocho años, que aun no sale del cascaron, ya 
quiera andar con el cigarrito en la boca todo el día. Nora- 
mala para ella: así la vuelva yo á ver otra vez, que le aseguro 
que ha de ir á pepenar los dientes á la calle. 

Tienes mucha razón, mi alma, decía la tía vieja, tienes mu- 
cha razón: yo quiero á Pomposita como si la hubiera parido;. 
¡ya se vé! tiene mí misma sangre al fín, y mas vale gota que 
libra; pero la verdad, yo no voy fuera de la rnzon, es mucha 



picardía 4]ue ks niñu chupen jYa sové! talesetin lascoaas 
un eslos (lempos, que ya Ion mocosos les piden la lumbre & log 
viejos. Todo eelí malo, todo está perdido; 6 fe que en mi 
tiempo, ¿cuándo, cuándo una niña había de teoer la avilantee 
de chupar delante de loa grandes? ¿Qué digo? ni aun & escondi- 
das. Muy buen cuidado tenian las madres de registrarles los 
dedos á sus hijas para ver si chupaban; y pobre de la que loa te- 
nia amarillos, ya se podia componer: porque después de que 
la castigaban muy bien, le quemaban la boca con un huevo 
caliente; pero ahora ya chupan todas las niñas y nos echan el 
humo en la cara. Haces muy bien, Eufrosina, haces muy bien 
de castigar á tu hija; no, no le dejes pasar estas perradas. 

No hace muy bien de castigarle esto defecto leve, si lo es, y 
mucho meooH con tanta crueldad como ahora, dijo el coronel: 
yo no ine quisiera meter en esto, porque cada uno manda en 
BU casa; pero me ha escandalizado ver castigar tan cruelmen- 
te á mi sobrina por una culpa, que sí lo es, mí hermana y mi 
liernAno se la han enseñado. 

|Cómo nosotrosl decia Eufrosina. Asi como lo oye vd. 




75 

Yo DO diré que es bueno que ioü niños aprendan á chupar 
desde miiy temprano, ni menos que se (es permita hacerlo de- 
lante de sus mayores, pues conozco la fuerza de la preocupa, 
cion; pero no me detendré en decir que cuando lo hagan, poco 
ise pierde, y que este no es un pecado casero que merezca una 
dura penitencia. Por roí, aseguro á vdes. que si mañana ad- 
Tierto que mi hija se inclina al cigarro, lo veré con la ma^ or 
indiferencia, y no solo no la castigaré, sino que tendré cuida- 
do de que no le falten, para que cuando grande no solicite tal 
vez quien se los dé, ni busque la soledad ni la compañía de las 
criadas, siempre perniciosa, por no poder chupar delante de 
sus padres. 

jBravo! bravo! dijo riéndose D. Dionisio: vd. hermano, ha 
hc^ho grandemente la defensa de mi hija. Déjala Eufrosina, 
¿qué importa que no chupe ahora, si mañana, como dice tu 
tía, te echará el humo en los ojos? Yo voy con la opinión de 
mi hermano. • 

Yo no, dijo Eufrosina, encendidas en cólera las mejillas: ca- 
ro le ha de costar á la mocosa tamaña picardía. Le arran- 
cara la lengua, le sacara los dientes y le quemara la boca si 
tuviera el grundísiroo atrevimiento de chupar un cígarpo en 
lui presencia. 

Vaya, hermana, no se acalore vd. decia el coronel: advierta 
vd. que el chupar es en sí indiferente, y nosotros lo defende- 
mos como bueno, algunas veces como útil á la salud, y nunca 
lo tenemos como un delito. ¿Por qué, pues, lo que para no- 
sotros es bueno, útil y honesto, en las criaturas lo hemos de 
condenar como un crimen? Si Pomposita se hubiera inclina- 
do á tomar polvos, vd. no se enojara, y aun le abonaria por 
graci^ que sacara la cajilla del tabaco en su presencia. ¿Pues 
por qué ha de ser lícito al muchacho tomar tabaco por las na- 
rices, y no le ha de ser permitido el usarlo por la boca? Y* 
esté vd. segura do que si hubiera visto mas polvistas que chu- 



T« 
padonsí se habría dodiekdo i tonur polrm bhUs quo í ahu- 
par; pero ha visto lo contrario, y asi ha seguido lo que ha vis- 
to mas practicado. 

Sea lo que fuere, decía Eufroaina, aai me criaron mis pa- 
dres, 7 así be <le oriar jro i ni hija, y oaiga quien cayere- 
Pero hermana) ¿siempre y eo todo hemos de ir con lo que 
no> eoseíiaroD los antiguos? ^Nusca nos hemos de apartar de 
de sus oaprichos, aunque se nos pruebe que lo sool A la ver- 
dad ese es muoho servilismo, y la autoridad de nuestros mayo. 
res debe ser respetada, mientras la razón y la eiperiencia no 
nos manifiesten su extravia. 

To quisiera que Pomposila hiciera á vd. este argumento á 
ver qué le respondía; „Mam&, vd, me debe enseñar siempre lo 
bueno, y me debe dar buen ejemplo. Ahora bien-, 6 el chupar 
es bueno ó malo. Si es bueno, ¿por qué me lo privaT y si es 
malo, ¿para qué lo hace en mi presencia?" Vaya, hermana, 
¿qué respondería vd. i este apretoncillo? 

Le plantara un buen par de bofetadas, y le quitaría las ga. 
nae de ponerse á dimes y diretes con su madre. 

Esa es una respuesta muy eficaz para imponerle silencio. 




n 

laido muelias reales órdenes en las gacetas, y habrá advertido 
que dice el rey: Habiéndome representado el mi consejo esto 
6 aquello, j atendiendo á la utilidad de mis vasallos d^c. dtc. 
he venido en mandar esto 6 lo otro. Así también ha leído loa 
bandos publicados en esta capital, y ha visto que en unos m 
da razón de que lo que se manda es por orden del soberano; y 
60 otro*, que se determina una providencia para conservar la 
tranquilidad y buen orden, para subvenir á las urgencias del 
estado, ó para los fínes que se expresan; pero nunca habrá vd. 
visto una real orden 6 una superior determinación, que, como 
se dice, á raja tabla y sin ningún preludio, diga: mando •sto, 
wumdo lo otrOf sin dar razón al público de por qué se manda. 
Esto prueba lo que ya dije, que estas racionales satisfaccio. 
nes jamás degradan al superior, y que el no darlas cuando con- 
viene, es un grosero despotismo. Porque sí, ó porque no, son 
razones de caboscuadra. Decir, haz es¡o porque quiero, aun- 
que el otro conozca la injusticia de lo mandado, es una tira- 
nía insufrible, pero muy antigua en el mundo. Juvenal nos 
refiere de aquella mugerque pedia á su marido que crucifíca- 
ra á un criado inocente, sin mas razón que su voluntad. Es- 
to no es tolerable, y menos entre cristianos. 
Oiga vd. una decimita que en cierta vez escribí al mismo 

asunto. 

ün señor una ocasión 

A un criado suyo reñía, 

Y si este le respondía, 

[ Le decía el amo: chiten. 

Chiten, 6 de un mojicón 

Te dejaré sin sentido. 

Callaba el criado aturdido 

Sobrándole que decir; 

Porque este modo do argüir 

¿A quién no deja concluido? 

A todos seguramente; y así ya vd. verá que las bofetadas 



laslimaD, pero do convencen, y que no le es á v¿. licito usar 
semejantes soluciones con bu niñtt. 

Pues por último, hcrmaDo, dejemos esto, contestó Eufrosí- 
na: cada cual tiene su modo de matar pulgas. Yo asi quiero 
criar i mi hija: vd. crie á la suya como quiara, que seguro es- 
tá que yo me meta con vd. asi como no mo molí el otro día 
que la regañó tanto solo porque 1c dÍ6 un palo al gato: y en 
verdad que eso era una niñería que no n 

Vd. dice muv bien, hermana: me ha con 
rnlremctídoi ya no volveré S hablar en la n 
cada cual tiene su raodo de matar pulgas! Pero vea vd. Cuan- 
do reprendí i Pudcnciana porque le dio un palo al gato, no In 
Instimú, sino que Je hice ver que hacia mat, pues el gato no le 
hncin daño. Lo enseñé que debemos tratar S los nnimales con 
lástima, porque son criaturas de Dios: y le advertí que quien 
no tiene piedad con los brutos, quien se complace en maltra- 
tarlos solo por ser brutos, está muy cerca de ser un opresor do 
los hombres, siempre que pueda valerse de su debilidad. Por 
(>slo la reprendí, y esto le enseñé. Vd. dirá si 



ido vd. soy u 
iterin, ¡Sobro que 




79 

seguido, es un tirano qne cautiva nuestros entendimientos, y 
los sujeta al antojo, al cngaiio y á la preocupación. Ordina- 
riamente disputamos mas por vanidad y por hacer valer nues- 
tra opinión, que por indagar la verdad, y esta es la causa de 
que las mayores necedades se defíendan con ardor, de que se 
desprecien las razones mas sólidas, y de que no haya modo de 
confesar que hemcs errado. De aquí se sigue que cada uno se 
queda con la opinión que defiende, y la verdad se oculta en las 
tinieblas del error. 

Cuando D. Rodrigo estuvo solo con su esposa, le dijo: ¿has 
visto muger mas loca ni mas aturdida que tu hermana? Ella 
me ha dado un rato bien pesado. Cuando vi á Pomposita ba. 
nada en sangre, y á tu hermana privada, me afl^igí, porque creí 
que la criatura acaso traveseando, se habia dado algnn golpe, 
y el pesar de este accidente habia hecho desfallecer á la ma- 
dre; mas luego que supe la verdadera causa, me compadecí de 
la pobre criatura, y me incomodé vivamente con Eufro'?ina. 
Yo no he visto mujícr mas necia. 

Yo advertí bien tu incomodidad, dijo Matilde: porque solo 
muy enojado podías haberte puesto á disputar con ella tan de 
veras, olvidándote de aquel principio que me has aconsejado 
tantas veces, de que es una locura ponerse á disputar con un 
nccip, pues el discreto pierde el tiempo, las razones y l.i pa- 
ciencia, y el necio siempre se quedi necio. Bien que también 
me has dicho que el hombro mas cuerdo deja de serlo luego 
que es sorprendido de una pasión: en este caso se desatienden 
los mejores principios y se olvidan las lecciones mas bien 
aprendidas. Esto te sucedió puntualmente. 

Yo me alegro qu?. me hagas esta advertencia, dijo el coro- 
nel, pues prueba que no se te olvida lo que me oyes, y que sa- 
bes hacer felices aplicaciones de los principios que te enseño; 
pero dejando esto aparte, dime ¿qué juicio has formado de la 
imbecilidad de tu cuñado, quien sin el menor informe iba 4 



concluir la obra de su muger cuando qaeria volrer í maltra- 
tar á la pobre criatura? 

Vo pienso que hizo muy mal, contestó Matilde, aunque no 
puedo explicar en qué está lo peor de la acción; porque á pri* 
mera vista parece que su cólera fué efecto de la buena educa* 
cion que da á su hija, j del mucho carirlo que tiene á su mu> 
ger; pero cuando advertí la facilidad con que se eerenó y le 
concedió la razón, no creo que hizo bien en lo primero; por- 
que cuando veo un hombre que ea tan fácil al enojo como & la 
serenidad, y tan pronto está de parle de una opioion como do 
la contraria, temo que no tenga carácter, temo que esté muy 
propenso á obrar sin razón, y que sus primeros arrebatos loa 
dicte un capricho y no la justicia. Esto es lo que me parece. 
Tú explícame mejor lo que no entiendo. 

No le has engañado en tu concepto, dijo D. Rodrigo: así m 
como lo piensas. Tu cuñado manirealó en su acción falta de 
carácter y sobra de amor propio. El se avergonzó porque 
vio reprendida su distracción delante de todoa por la ogria re- 
prensión de su muger, y no teniendo ni firmeza para sostener- 
li habilidad para [llsculimrge, trató Ja aalif.ic 




81 

DO recoDOcen otro origen que el mal carácter, ó por mejor de- 
cir, la faJta de este en tu cunado. 

Esto no es murmuración: te hablo asólas de unas faltas que 
te son demasiado notorias, y esto no por denigrar á esta fami- 
lia, sino para que veas confirmadas por la experiencia muchas 
verdades que te he dicho. Una de ellas es que los hombres tie- 
nen las mas veces la culpa de los defectos de las mugeres. 

Yo estimo mucho á D. Dionisio, y conoaxo sus buenas cua- 
idades; pero me compadezco de que tenga un carácter tan dé- 
bil, y que esto sea causa del desorden de su casa: te hago ver 
este desorden y te señalo sus causas, para que si yo muriere 
antes de poner en estado á nuestra hija, quedes t(i con suficien- 
tes reglas para deliberar sobre la elección del compañero que 
le convenga; y de este modo, obrando con prudencia y según 
las máximas que te inspiro, coadyuvarás como buena madre á 
hacerla feliz en el estado del matrimonio, si este fuere de su 
vocación. 

¿Pues qué, el genio obsequioso de mi cuñado, decia Matil- 
de, el que siempre dé gusto á su muger, el que la complazca, 
el que la estime y la sirva es todo su pecado? ¿Eso es lo que 
lo constituye de mal carácter, y por eso son todos los extra- 
víos de su casa? Yo te creo, pero me admiro de saberlo. ¿Qué 
me dirias si D. Dionisio fuera un hombre grosero y altivo, 
y que tratara á su muger como á una criada? Yo conozco al- 
gunos de estos. 

Y yo también, contestaba D. Rodrigo; pero condenaria en 
tal caso su cruel conducta, lo mismo que aiiora rcpruebo la 
que le observo. En el arco, tan inútil queda la cuerda muy 
tirante como la muy floja. En todo debe dirigirnos la pruden- 
cia. Tan mal obra el marido que se convierte en tirano ifo m 
esposa, como el que se constituye su esclavo: ambos son cite- 
mos que debe evitar el hombre prudente, como opuestos á su 
dignidad, y como obstáculos á la felicidad doinéstiea y á la 
paz del corazón. 



82 

Mientrus que Ion maridos do sepan ser hombres, laa esposas 
no sabrán ser inugeres. Vo puedo e(|UÍvocarnie; pero según 
la experiencia quo tengo, las mugeres no 5erian tan fatuas, va- 
nidosas ni locas, ai siempre les locasen por maridos hombres 
prudentes y sensatos, que supiesen hacerlas entrar por el ca- 
mino justo y razonable; pero si los hombres, después de e2> 
ceptuar los que se deben, unas veces las exasperan con bus mo- 
dales duros y groseros; y otras dan pábulo á bu orgullo con 
sus mimos imprudentes, y con sus condescendencias desarre- 
glados, ¿cómo sabrán estas infelices usar á tiempo del amor 
sincero, ní de la amable dependencia, tan necesarias ambas 
cosas pora la felicidad del matrimonio? Verdad es que las- 
mugeres que obran mal no merecen disculpa, porque ellas de- 
bían obrar bien aun cuando aus maridos no fuesen siempre de 
acuerdo con la razón; pero si aun en este caso son crímirales, 
¿cuánto mas lo serán los hombres que les permiten, las ense- 
nan y se puede decir que las precisan á obrar mal? 

Semejantes matrimonios tardo A temprano se desgracian. 
Para quo Pudencíana, si se casare, no corra igual suerte que 
muchas, haré yo cuanto pueda y hasta donde alcaDce mi talen- 




83 

dos y visitas de la casa. El espíritu de ira que se apoderó d^ 
su corazón fué tan vehemente, que se negó á comer aquel dia' 
y se resistió á tomar chocolate por la tarde, á pesar de las ca- 
ricias paternales, de los ruegos de todos los concurrentes, y de 
las súplicas y humillaciones de su madre. 

Esta era muy altiva para sufrir el orgullo de su hija mucho 
tiempo: y as! enfadada de él, la dejó, diciéndole de paso mil 
boberas, y se entró á la habitación de Matilde, quien viéndo- 
la tan colérica le preguntó la causa, y ella dijo: ¿cuál otra ha de 
ser, sino esa maldita muchacha tan malcriada como soberbia? 
¿Ta viste lo que pasó esta mañana? Pues no ha querido co- 
mer, ni ha probado bocado á la hora de esta, y ya nos hemos 
cansado de rogarle. Poco ha faltado para hincarme delante 
de ella ahora, rogándole tomase el chocolate; pero todo ha sido 
en valde: mientras lYias le rogaba mas dengues me hacia el de- 
monio de la muchacha, hasta que me enfadé y la dejé, dicién- 
le: aunque nunca comas en toda la vida, ¡ojalá te acabara de 
llevar el diablof Y creemejt^ue por no deshacerla á patadas , 
la he dejado y me he venido acíl. 

¡Ya se vé! ella no tiene la culpa: halló tan buen defeusorcn 
mi hermano, y por eso está tan cargada de razón. Lo que se 
quieren los muchachos es eso: hallar quien apoye sus picar- 
días, y entonces no hay diablo que se las averigüe con ellos; 
pero que se atenga Porr.posita á su tio, y que siga chupando, 
que yo le juro que no me llamara Eufrosina, si no le hiciere 
escupir á bofetadas cuantos dientes tiene en la l^ca. 

El coronel que habia escuchado sus honras en tan pocas 
palabras, no pudo tnenos que incomodarse justa:nente y decir- 
le: oiga vd. hertnana: no hay que engañarnos: siempre busca- 
mos á quien echar la culpa de nuestras malas acciones, cuan- 
do no tenemos la sinceridad suficiente para confesarlas por 
nuestras. La obstinación con que la niña se niega á tomar el 
alimento, proviene de su resentimiento ó enojo, á que dio oca- 
sión el imprudente castigo de vd. y perdone que se lo diga cía 



64 
ro; peio vd. lia tenida ta culpa, y no yo que solo hice nnu 
justas y Bencillas reflexiones en au presencia. 

En toda educación bien dirigida se deben ecoDomisar loa 
CBBligOB cuanto se pueda; y cuando sean inexcusables, deben 
ser correspondientes á los defectos de los niños, y según esta 
fegla, yo no encuentro proporción entre el defeciilio que ha 
contetido mi sobrina y el grave castigo que vd. le impuso; 
pues en un niño no es lan gran delito chupar un cigarro para 
sufrir una bofetada tan cruel. Janiis las preocupacionee do- 
jaria de acarrear funestos resultados. El caballero Ragliffque 
fué el que introdujo el tabaco en Inglaterra, en tiempo de Ja- 
cobo 1, se atrajo con eslo el odio general en tales términos, que 
levantándole muchos crímenes falsos, añadieran entre ellos, 
que Labia llevado una yerba coa cuyas delicias se eotretenian 
todos y so distraían del trabajo. £1 parlamento, preocupado 
á favor de loa dcjionentes, lo sentenció 6 la última pena, que 
sufrió en un cadalso este hombre de bien y benéfica á su pa- 
tria: puntualmente por haberles enseñado i sus paisanos el aso 
de una yerba de que después han sacado tantos provechos. 
¡Tal es la fuerza de la preocupación! 




86 

bolems, una contradanza, un vals, y todo con primor. El üian- 
tre de la niachacba es babilÍBÍma, y como tiene buena voz, ya 
está apreodiendo á tocar y á cantar fpor arte: ello poco á po- 
co; pero el maestro dice que la nina- dá mucbas esperanzas 
porque es muy viva. 

Por lo que mira al estilo, ¿ la decencia, al aire de taco, d 
tono, y todas aquellas cosas que debe saber una señorita de su 
dase^ que algún día ba de bacersu papel, ya vd. ba vi^to tam- 
bíeo que me be despulsado por enseñárselas. Ella será Ona 
perra malagradecida ú olvidare lo que yo be becbo por ella. 
Si «abe bailar, yo la be enseñado: si sabe ^mer con limpieza, 
tratar á todo el mundo según su oíase, vestirse con arreglo á 
las últimas modas, llevar el cuerpo con aire, manejar con gar- 
bo el abanico y todas estas cosas tan necesarias en una spño- 
rita, ¿á quién lo debe sino á mí? T después de esto, ¿habrá 
quien diga que yo be cfiado mal á mi bija? 

Reprender á una persona sus defectos sin tener autoridad 
para ello, decia el coronel, es una impolítica, en que yo no de. 
seo incurrir; pero también el condescender con cualquiera per- 
sona apoyándole sus faltas, solo por lisonjearla, es una bajeza 
que nó se conforma con mi genio. En esta inteligencia, yo no 
me determino á responder por ahora á la pregunta que vd. 
acaba de hacer; pero le aconsejo que por modo de diversión 
lea á ratos perdidos el tratado de educación de ^f r. el Abate 
Blancbard, que está en el tomo cuarto de la Escuela de las coa- 
Itfm5re#. Este autor tiene bastante aceptación entre los sen- 
satos, y el trozo que digo de educación á mas de ser cortito, 
tiene mucha naturalidad y sencillez do estilo, por lo que no es 
fastidiosa su lectura. Conque léalo vd. con atención, y des- 
pués, sí gustare, podrá repetirme su pregunta. 

Estaba yo bien fresca, decía Eufrosina, si me comprometie- 
ra á leer ese Blanoar, ó Blandar ó lo que es. ¡Vaya! que no 
faltaba mas sino meterme á beata fuera de tiempo. ¿Qué pien- 
sa vd, qne yo soy como la zonza de mi hermana que parece 

5Í— 2 



una criada áe la casa ó una rieja camandulera? Todo el dis 
est&lamuy bebona á en la cocina, 6 con la almohadilla, 6 con 
el libro en ta mano, que no parece aino novicia recoleta. jYa 
S3 vé! elU se hizo al modo de vd, y le parecerá qne tiene usa 
vida de ángeles; pero yo, ¿cu&ndo, cuándo me había de sujetar 
á esa vida? no digo teniendn proporciones; pero annque fuera 
mas pobre que Aman, me sabría dar mis ratos para desaho- 
garme y cumplir con las atenciones de mis amigas; y no mi 
hermana que parece una india de pueblo. Ella ni sab* bai. 
lar, ni canlar bien, ni nada; ¡ya se ve! ¿cómo ha de saber, si 
se niega á las tertutia^ á los bailes y concurrencias dé la gen- 
te lucida, donde se aprenden estas cosas tan necesarias á toda 
gente Ana? Para ama de llaves, maestra de Diñan, pretundlen- 
ta de brtgida 6 capuchina, no tiene precio mi Matilde. |Nd 
es verdad, hermana? 

Será lo que 16 quieras, dijo Matilde; pero lo cierto es que 
como yo ya me acostumbré á esta vida, no se me hace pesa- 
da; antes cuando tengo que concurrir á alguna parte donde 
hay btilla, lo hago por m«t> cumplimiento y porque no digan; 
pero te aseguro que estoy violenta, temiendo no suceda algo 







87 

modo que si hubieras podido, hubieras sido apero de las tertu- 
lias, 6 como dicen, perrito de todas bodas. 

Esto es UDa verdad que tü no podréis negar: mira, pues, si 
yo tengo razón para extrañar tu recogimiento presente, y pa- 
ra presumir que tu mudanza y tu gasmoQería no provienen de 
virtud, ni de que no te gusten las bullas, como dices, sino de 
miedo que tienes á mi hermano, 6 de mucha barba que le quie- 
res hacer. Vamos, no te pongas colorada: confiésala, y aun- 
que no la pagues. 

To me pongo colorada, dijo Matilde, porque te produces de 
esa manera delante de mi marido, quien tal vez pensará que 
estás hablando verdades, y de ahí inferirá que yo de mucha- 
cha era una loca, andariega y amiga de fiestas, y de andar en 
la calle todo el dia; y que si ahora me estoy en mi casa, no lo 
hago de buena gana, sino á fuerza y de miedo por respeto su. 
yo. Por esto me avergüenzo y meda cólera, y no por otra cosa. 

No, hija, no tienes porque avergonzarte, dijo el coronel: es- 
toy muy satisfecho, así de tu conducta anterior como de la 
presente: sé que si de niña doncella salias á la calle y te pre- 
sentabas en los bailes, era conducida por tu madre, por tu her- 
mana y por otras personas á quienes te confiaban; pero no 
porque tú jamás hacias empeño para ir. Por lo que toca á tu 
conducta presente, estoy mucho mas satisfecho, porque la ob« 
servo mas de cerca, y vivo muy contento al lado de una seño, 
ra que siendo joven, sabe desempeñar tan bien los títulos de 
madre, de esposa y de ama de casa. En esta virtud nada to 
debe avergonzar, cuando estás segura del ventajoso concepto 
que me debes, y en el que no te hago ningún favor, porque tü 
te k> tienes merecido.* 

¿Qué, no hay una escobita? dijo la necia de Eufrosina: ¿no 
hay una escobita, señores, para recoger tan abundantes desper- 
dicios? ¡Vaya, vaya que vdes. se entienden la lengua linda- 
mente! To me alegro mucho que vd. esté tan satisfecho de 
Matilde, y de que ella esté tan contenta con vd. Dios los 



fia 

guarde ui por tnuobos bAm. Yo, bermaiuti iiQr lo <|ue hiM 
í mí, t« digo que muy buen provecho te haga tu santa vida; 
pero yo no te la envidio ni lo la eDvidlaré jamns. ¡Ay! no, ni 
pensarlo. Dios me libre de que yo me viera casada y hecha 
lina vieja rezandera 6 una moza de á veinte reales. Primero 
me den cien tabardillos uno sobre otro y . . . . 

¡Vamo9, licrmana, no hay que afliginte, decia D. Rodrigo, 
si aun no llega csle caso! Lo qUe yo (|uisiem Aiera que 
vd. &!• dedicara á la lectura de ui^unos libros buenos, que de- 
bían serle muy útiles en su estada: v. g. Jja educación de lai 
hijas, por el scfior Fenelon: la Fataüia regulada, por el padre 
Arbiol: la Eufemia ú la muger iniíruida, por el alemán Cam- 
pé: Carta» de madama de Monteignon: la muger felit, y otros 
muchos que tratan del modo con que una muger debe condu- 
cirse con Dios, consigo, con su esposo, con bus hijos, con sus 
criados y con su casa; pero ya que reo que vd- do tiene pa- 
ciencia pam lanío, me contenlería con que leyese ese Iraladí- 
lo de Blanchard'que le digo; pues, por modo de diversión. 

Estaba la diversión arrogante, decia Eufrosina: ivamos, ber. 
mano, que vd- me hace reír con bus oandideoe*! Si supiera 
! diji'ra' y no auío porque 




89 

divertidos, ¿cómo me habia de poner á leer'esas mistiquieríaa 
que vd. quiere? 

£o verdad» hermana, contentó el corone}, que tiene vd. un ' 
gran surtido de libros y comedias. Entre los que vd. me fa« 
señalado, usos soir buenos, otros razonables, y otros pernicio- 
sos y de pésimo gusto; pero yo sin tratar de deprimir el méw 
rito de los que lo tienen, digo que para aprender á ser bue- 
na casada, es mejor cualquiera de los que yo le cité, que to- 
dos cuantoe vd. tiene, y por eso me empeñaba en que leyera 
lo mas conciso; pero desisto de mi empeño en vista de que vd. 
me asegura que no le gusta leer y que no tiene lugar, bien c^e 
yo creo mejor lo primero que lo segundo: porque ciertamente 
me hace fuerza que una señorita como vd. no tenga lugar pa- 
ra dedicarse á leer un libro poco á poco. 

Si no pai^ciera demasiada curiosidad, yo quisiera saber la 
distribución que hace vd. del tiempo, porque no puedo creer 
que sea este tan corto, ni su9 quehaceres tautos, que no le de« 
jen lugar para una cosa tan útiil, y en que se podían emplear 
pocos minutos cada dia. 

Vd. hermano, á la verdad, se está haciendo de la casa de la 
Virgen, decia Eufrosina. Conque no sabe vd. cuáles son mis 
quehaceres? iPobrecito do vd! jYa se vé! como vive tan lejos 
de mi casa y nos vemos tan de tarde en tarde, ¿cómo ha do 
saber lo que yo hago? No obstante, oiga vd. en que se me ya 
el dia, para que vea si tengo, ó no, que hacer. 

Me levanto á las ocho ú ocho y media por lo regular: de es- 
ta hora á las nuevo me desayuno: de las nueve á las diez me 
visto y me asco para salir: á las diez tomo el coche y rae voy 
á la alameda á hacer ejercicio, ó al Parlan á comprar algunas 
cosas, ó á casa de alguna amiga. En estas y las otras dan- 
las doce, y me vengo á almorzar: después en tomar la lección 
de baile y recibir algunas visitas se va el tiempo hasta las dos, 
ó dos y media en que viene mi marido y nos ponemos á co- 
mer: después de esto, á las tres y media ó las cuatro me acues^ 



to á dormir siesta hasta las seis: á las seis me levanto, tomo 
chocolate, me voy al paseo, ó me entretengo en vestirme bas- 
ta iaa ocho, hora eo que me voy á algún baile 6 al coliseo; 
acabada la comedia ó el baile, que es bien tarde, me retiro k 
casa, ceno y me acuesto. Rara vez se invierte este orden, 
que es ot ordinario, y eso por algunas vinitas que vienen á ca. 
sa, 6 por alguna indisposición que padezcst 6 porque se arma 
acá la tertulia de repente, 6 por otro motivo semejante^ y en* 
toncos estoy mas ocupada con la atención que exigen estas 
cosas. Vea vd. si tengo ó no tengo harto que hacer, y si ten- 
dré higar no digo para leer, pero ni para rascarme la cabeza. 

Anda niña, dijo Matilde: no me' admira que te pases una vi. 
da tan floja y holgazana, sino que tengas cara para contarla 
y te quedes tan fresca. 

¿Y por qué nóT respondía Eufrosina. ¿Pues qué, hago mal 
en estoT [No soy muy duoña de mi voluntad? ¿No tengo pro. 
porciones para pagar mis criadas que me sirvant y á mas de 
esto ¿no soy una señora decente, y es preciso que me trate co- 
mo quien soy? Ya bien veo yo que mi régimen de vida es 
enteramente opuesto al tuyo. Algo he observado; pero pera 




enna á su paladar, no al de la cocinera; y como nadie cono' 
C8 ai guato ni su modo mejor que yo, de ahí es que yo mismo 
le sazone la comida. Mas como iba diciendo: luego que aca- 
bo este gran trabajo, me labo hts manos y me Tuelvo al estra. 
do con mí costura hasta la una, hora en que por lo regular 
viene mi esposo de la callea platica un rato ó se divierte un 
poco con su niña mientras ponen la mesa y vamos ¿ comer. 
Acabada la comida reposamos un rato hasta las tres 6 poco 
mas; él suele irse, y yo me pongo en el estrado rodeada de mi 
Emilia, 6 con el bastidor 6 con la almohadilla hasta las cua. 
tro y media que van por mi hija: luego que esta viefrie, reza- 
mos el rosario, y les leo algo del catecismo, á mi hija, á Tuli- 
tas * y á las mozas; pues, porque ya sabes que es obligación 
precisa de los amos el enseñar la doctrina á sus criados. En 
esto dan las oraciones, se van k sus quehaceres, las niñas á ju- 
gar, y yo á guardar mi ropa. A esta hora viene Linarte, to- 
mamos chocolate, y unas veces nos ponemos á platicar, otras 
i tocar mi clave, ó me voy á tu casa, y alguna vez al coliseo, 
ó á alguna visita, según estoy de humor, en cuyas diversiones 
me entretengo hasta las diez ó poco mas, hora en que cena- 
mos y nos recogemos muy contentos. 

Con este método de vida ni yo acabo mi salud, ni los po- 
bres sirvientes se molestan; porque ya tú ves que es una 
grande imprudencia de aquellos amos que, después de hacer 
trabajar á sus criados todo el dia, los tienen en vela hasta las 
quinientas de la noche en que llegan á sus casas del juego, de 
la tertulia ó la visita. En fín, con este método de vida yai 
rerás que me sobra lugar para leer cuanto quiero. 

Pues tienes una vida angelical, hermana, dijo Eufrosina: di- 
chosa tú. • • • si te salvas; pero la verdad yo no te la codicio; 



* Esta Talitaf era k niña Gertrudis que sirtió de aya á Pudendan» 
en so infiuicia, y de que se habló al principio de esta historia. 



porque ue trato no es para una señora damnle, aiaa para laa 
rotitaa de casa de vecind&d; y no para todw. sino para aque, 
lias pobres bipAcrttas que se bacán muy rirtuoua, muy reeo. 
gidaa y muy mugeres de mi c^m, do por voluntad sino por 
fuerza. No van al coliseo, porque no tienen con que pagar 
el palco 6 el asiento, ni se presentan en loa paseos püblicoa 
ni en loe bailes, porque les sobra vanidad y le* falta cocha y 
el lujo que desean para competii con nosotras; pero tü que 
eres medio mística, ya sabes que esto no es mugerio ni virtud, 
sino mucha soberbia y vanidad; y después de todo, niña, seme- 
jante vida, ocupación y encierro, no se quedan para una se- 
ñora de tu clase. 

¿Quién dice que no! replicó el coronel. ¿Pues qué las seño. 
ras decentes gozan alguna ftrerogativa ó privilegio para no 
cumplir con las obligaciones de su eatadol [La buena cuna A 
las riquesas pueden alguna vez servirnos de razón para sus- 
traernos de la ley general, que nos prescribe, sin distinción de 
ciases, llenar nuestros deberes dignamente? Vo por cierto (en. 
go entendido lo contrario. La nobleza, la fina educación, loa 
piJostoB elevados, las riiuezns y toSos lus vonU}n3 (¡viú propo 




n 

cuenta á Dios de nadie: ¿para que no:i liemos de meter en ca- 
misa de once varas? 

A mas de que no es tan bravo el león como lo pintan; pues' 
quiero decir» no debe ser mi vida tan descarriada como vd. la 
supone, pues si eso fuera no tuvieran tantas la misma vida 
que yo, y algo mejor; pero ya ve vd. cuantas señoritas hay 
que no emplean el tie'mpo sino en componerse, pasear y diver- 
tirse; y hacen bien de gozar de la vida y de tratarse como 
quienes son, si no ¿en qué se han de distinguir de las rotas y 
pingajosas de casa de vecindad, como ya he dicho? 

¡Válgame Dios, hermana, dijo el coronal, y cuántas equivo* 
caciones padece vd! Acaso porque hay en efecto muchas, se- 
ñoritas lujosas y paseadoras, que todo el tiempo de au vida, ú 
á lo menos los días ñoridos de su juventud, los consagran á la 
moda, á la disipación y á la fruslería, abandonando sus mas 
precisas obligaciones, ¿cree vd. que se haya disculpada do al- 
gún modo la que las imita? De ninguna manera,^ hermana: la 
multitud de viciosos jamas ha justificado el vició* No porque 
hay muchos ebrios y ladrones, tendremos por licito el robo ó 
la embriaguez. Nuestra naturaleza, corrompida por la culpa, 
siempre se inclina á satisfacer nuestras pasiones atrepellando 
con la ley y la razón, y esta es la causa de que los perversos 
y abandonados tengan tantos imitadores; pero esto, ya digo, 
se hace atrepellando la ley y la razón, pues siempre que que- 
remos escuchar el poderoso grito de la conciencia, tenemos 
los auxilios necesarios para no delinquir: y unos de estos auxi- 
lios son los buenos ejemplos de otros, que no queremos seguir. 

El apóstol S. Pablo decia que sentia en sí dos leyes, la del 
espíritu y la de la carne; esta, enferma y corrompida que lo 
inclinaba al mal; y aquel, sano y pronto para inspirarle el bien. 
Todos sentimos las mismas leyes; pero obedecemos la material 
que lisonjea nuestros sentidos y apetitos, no queremos sufrir 
la contradicion que hace el espíritu á la carne: y a^í con des- 



precio de aquel halagamos t esta, aun conociendo que hacemos 
mal, porqiia á nadie ae le oculta su delito; y acosado del temor 
que se aigae í la infracción de la ley, ^qué bacemoH? Buaca- 
mos pretextos y disculpas qnc, aunque engafíosa mente, nos 
coasuelen y tranquilicen. 

Una de estas disculpas, y quizi la mas frecuente ó la que 
tenemos mas i mano, es la multitud de infractores que se nos 
presentan á la víala. Entonces nuestro amor propio, diestrt- 
simo adulador, nos persuade, ó que no hacemos mal, ó que 
nuestro proceder no es el peor, cuando hay tantos que obran 
lo mismo que nosotros; pero esta disculpa es tan capciosa y 
frivola, que no nos penetra el interior, porque al instante se 
nos viene á la memoria otra multitud de iadividuos, cuyos bae* 
nos ejemplos y arreglada conducta, destruye nuestra soGate- 
ha y reprende nuestras excesos. 

Por ejemplo, es conslanie que eo Méxíco, asi como en toda 
ciudad populosa, hay una porción de señoras, que ocupadas ó 
consagradas del todo al lujo, á la bulla, á la disipación y i 




95 

maJ por nuestro gusto, sin atenernos á que otros obren del mis* 
IDO modo, pues tenemos ejemplos en contrario que imitar. 

Calló el coronel, y Eufrosina con una risita burlona le dijo: 
^Sabe vd. hermano, lo que estaba yo pensando? — ^¿Qué cosa^ 
— Que vd. erró la vocación de medio á medio. Sí señor: vd. 
no debia haber sido militar ni casado, porque para capuchino 
ó misionero no tiene precio. No hay remedio, vd. debia '^an- 
dar con un pulpito en las manos diciendo lindezas por esos 
mundos de Dios,^ como opinaba Sancho de su buen amo. 

¡Vea vd. qué taco ó qué sermón tan largo me ha echado. 
La lástima es que yo estoy empedernida, y todo se me resbala. 
Estos sermones son buenos para la zonza deMatilde; pero pa« 
ra mi es lo mismo que escribir en el agua y predicar en de- 
sierto. 

Sí, hermano, yo nací muy señora, me he criado con regalo, 
heredé alguna cosita de mis padres; y por fin, he tenido la for- 
tuna de haberme casado con un hombre de proporciones y mu- 
chacho del dia. ¡Bendito sea Dios que me libró de un viejo 
regañón y mezquino! No lo digo por vd. pero ¡Jesús! ya me 
hubiera yo ahorcado. En fín, hermano, ¿vdes. gustan de ir 
al coliseo, que y& es hora? — Hermana, muchas gracias. — Pues 
á Dios; 

Diciendo esto, se fué Eufrosina, y Matilde, llena de enojo 
contra ella, dijo á su marido: ¿Ya lo ves? yo me alegro, sí, yo 
me alegro de que te baya faltadadoal respeto la loca de mi her. 
mana. En partes dice bien: si no hemos nacido paimivformar 
el mundo, ni tenemos que dar á Dios cuenta por otKH{para que 
es cansarnos en persuadir que obren bien ó mal? Allá se las ha- 
ya. La verdad es que me ha incomodado mucho Eufrosina por 
V>nta y majadera; pero conozco que tú has tenido la culpa en 
ponerte á disputar con ella. 

Mira, dijo el coronel: todos estamos obligados á coadyuvar 
al bien de nuestros semejantes á proporción de nuestras luces. 



Tü bien sabes que ea obra de miíiericordiB y muchas veces de 
justicia dar buen consejo ni que lo lia menester; y según esto, 
cuando vemos (¡ue un semejante nuestro padece un error grose- 
ro, por el cual sele siguen A «e le pueden seguirgravcs peijuicíos, 
y teniendo facilidad de darle un buen consejo, estamos cft obli- 
gación de dárselo y dcíncarlodesu error, siquiera por caridad; 
y esto aun cuando presumamos que por entonces no lo admi- 
tirá ó se burlarü de 61, porque no sabemos si aquel cons^ 
despreciado acaso aera ima semilla quo en otro tiempo fructi- 

fi,».. 

En este caso está tu hermana. Ahora se burla de mis ra- 
zones; pero tal vez mañana ó por unreves de la fortuna.ápor 
la experiencia que se adquiero con la edad, podrá abrir los ojos 
y aprovecharse de lo que ahora desprecia. 

Por esto lie iiventiirado la conversación que oiafe, de lo que 
no me pesa, ni menos me siento da su burlcta, pues la pobre 
procede como una muchacha niolondrndn y ninuna cuerda re- 
fkxion. Si Iodos pensaran como elln, si todos dijeran: Asi ha- 
llamiisel munilo, n^i lo liemos de dejiir, y ninguno tendrá la glo- 




97 

naon procuró desengañar k tu hermaiia de loe errores en que 
TÍte^ creyendo que aaí lo debo hacer, y que quisa algnn dia le 
Krán de provecho roía avisoa. Si se burlare de ellos, si no los 
estimare en nada, ella cogerá el fruto de su error; pero yo ha- 
bré hecho cuanto puedo por su bien. 

Ta eetamoe, dijo Matilde, en que cuando mi entendimiento 
no qjoede perfectamente convencido con lo que roe dices 6 ten- 
ga algnna duda, te la he de proponer con franqueza. En esta 
inteligencia, no puedo menos que decirte que me hace mucha 
faena no eolo que disputes con mi hermana, sabiendo quien es, 
sino qoe ahora sostengas que hiciste bien, y que lo debes hacer, 
üomndo otras veces me has dicho que es bebería disputar con 
eOa, y con cualquiera otra persona obstinadamente necia, pues 
no se saca ni se puede sacar ningún partido ventajoso de tales 
disputas. Esto tú roe lo has dicho, y no ha roncho que táci- 
tamente roe concediste que no habías hecho bien de empeñarte 
en la disputa del cigarro. Conque dime ¿á que roe debo atener? 
Fácilroente saldrás de la duda, respondió el coronel, y ad- 

' vertirás que no roe contradigo. Atiende: no es lo roismo dis. 
putar que aconsejar en cualquiera disputa; pero esto se entien- 
de con prudencia. Disputar es ventilar ó defender uno su 
opinión contra otra con razones, no con palabras sin substan- 
cia, pues en este caso ya no será disputa sino algaravía; y co- 
mo los necios porfían casi siempre sin razón y sin saber lo que 
que porfían, sino que quieren sostener su opinión porque sí y 
porque nó, de ahí es que será una imprudencia el ponerse á 

S^í^putar con un necio. ^ 

'jfj Fuera de esto, hay disputas tan frivolas é iropertinentes, que 
' M|o es cordura roezclarse en ellas. La del cigarro fué una de 

Sia. ¿Qué iroporta que tu herroana tenga por un exceso de 
la crianza el que una niña chupe un cigarro? Nada segu« 
fíente, y así debí haber omitido la disputa coroo iroperti- 
qpnte para roí, y como frivola en sí roisroa. 



I 



I 






Otru (físputas bay aobA eosu tan evidentw, que d soattf. 
narias oon ardor contra un necio, oa la mayor locara é ínaeii' 
aates, como si yo quisiera defender que mi levita es aznl, con- 
tra ub ciego qae defendiera qde era verde. 

De oeta claae suelen ser y son muchas disputas que moreeea 
deapreoiarae por los cuerdos, y do estas son de las que ta tea* 
go haUado; pero hay otras en que por necesidad, por caridai 
y por justicia, no solo debemos ingerirnos, sino sostenw nuos. 
tra opÍBÍon con el mayor empeño. Asi al inocente le es Kei- 
to defenderse con energía de la calumnia, al cfitólico le os per- 
mitido defender su religión, al letrado su parte en justicia, al 
Jmw amigo el honor de otro amigo que vacila en una lengua 
mordaz ó equivocada, y i cada uoo sus derechos cuanto pue- 
da. Ningún empeño, ninguna diligencia esli de mas en estas 
ocasiones; y ya bien entenderis que no te he hablado da esto 
género de disputas. 

El consejo es de diferente naturaleza, aunque muchas veces 
concurra al mismo fin que la disputa mas bien sostenida; por- 
que el consejo es el parecer que se da, 6 se debe dar siempre 




99 

CAPITVLO Vil. 

En d que te refiere el modo con qne el coronel enseñó á escribir y con- 
tur i 80 nittftf j una conTcrsacion que tavo con su esposa. 




¡mi^UB feliz es el estado del matrimonio cuando se saben 
oontbrmar con él las voluntades! La docilidad con que Matilde 
escuchaba las lecciones de su esposo, y la dulzura con que este 
fe inspiraba sus máximas morales, prueban que ambos disfru* 
taban de esta felicidad. 

Ta 86 deja entender que si el coronel no se descuidaba de 
instmir á Matilde, los dos He esmeraban á porfia en cultivar en 
va hija los talentos naturales que tenia, y los sanos principios 
qae le inspiraban. 

La niña, por fortuna, corrospondia con docilidad á los cona- 
tos de sus padres, y asi es que en poco tiempo supo leer con 
bastante regularidad, conocia el valor de las letras, sabia lo que 
eran silabas y palabras, y que estas formaban los periodos. 

Como su padre y su maestra le habían hecho sdvertir cuan. 
ta utilidad y ventaja resulta de leer bien, y que esto no se con- 
sigue sino evitando el sonsonete y atropellamiento, y acostum- 
brándose á leer con sentido, para lo que se ha inventado la 
puntuación ó caracteres ortografíeos, se aplicó á su conocimien- 
to con tesón, y lo logró muy fácilmente. 

Casi con igual facilidad aprendió á escribir, porque su pa- 
dre le franqueaba papel, recado de escribir y buenas muestras, 
para que á la hora que quisiera se pusiera á pintar sus gara- 
baios á su antojo. 

Como esto no teqia para ella cara de lección,. ni advertía 
ninguna forma de enseñanza, lo tomó por juguete y en un ins- 
tante perdió el miedo á la pluma, se fué acostumbrando á su 
uso, y sin que nadie la violentara, ella misma trataba ya de 
imitar las letras de las muestras. 



/ 



aozxaxw 



KW 

Cuando BU padro la observó tan bien diapueala, le hizo ver 
jsB ventaja* ile la escritura, y cuin necesario y útil era porcer- 
la c<H) la poaibla perreccioD. Paro eato lo hiu ftcereivdow 
un dia.á 1» mesa á tiempo quo ella eaUba garahataando, y di- 
ciéndole: Mira como ya vau imitando, aunque mal, las letni 
de las muestras. No bay duda, tü no era* tonta, y eres eapu 
de hacer lo que quisieres con tus manos. ¿Qué, te gulm n- 
cribir7—Si papá. — Pve» mas te gtulará cuando sepaaquégnai 
cota etla ucrüura. 

El saber escribir, 6 la invención de «ate arta nobilUmo, o 
una cosa prodigiosa, necemia á todo racional, utllíaima act. 
bre toda ponderación y de todas maneras admiiabla, paas w 
puede tener por una migia cierta y licita «ntre los bonbna. 
Sí, hija queridn, la pluma bien dirigida sobre el papel hace ta- 
les cosas, que á no saber el modo, se tendrían por milagraa 6 
bechicerÍBB. Ella resucita á los. que han muerto milea de afio* 
bace, y nos los pone entre las manos para quo tux initruyan y 
conversen con oosotroa: ella nos facilita pasear aeguimnKBlQ 
por el mundo, y que sin movernos de un lugar, sin tener que 




101 

iwpol eomo con un elaTO la pakbra« que sin su auxilio se eaea 
liaría para siempre: ella liace que sean materiales y perceptt4 
Mes los conceptos espirituales é invisibles: ella nos hace acor* 
dar de lo pasado y prevenir lo futuro: ella afirma y asegura 
fuertemente las palabras y contratos de los hcfmbres y los ha* 
ee cumplir con sus deberes: ella, para no cansartot es la que 
hace al hombre religioso, sabio, honesto y moderado cuando 
le acuerda de sos obligaciones y la que lo convierte en impío» 
necio y escandaloso cuando se olvida de ellas, porque la pluma 
ss para todo, según se usa. Con la pluma se alaba á Dios 6 
SB ultraja; se honra la religión ó se deshonra; se hacen valer 
ks leyes ose tuercen; se instruye 6 se encamina hacia el error; 
SB favorece á los hombres 6 <«e les perjudica, se habren los cora* 
zonas para el amor 6 se disponen para el odio» y así de todo. 

Mira ahora qué cosa tan grande es saber hacer uso de la 
pluma, cuando se quiere hacer según conviene; y dime si de- 
berá ninguna criatura dotada de razón despreciar este bene* 
ficio y privarse de sus ventajas, solo por ser un tonto y pere- 
zoso que no quiera dedicarse á aprender á escribir. 

Asi es, papá, decia Pudenciana: muy tonto será el que no 
quiera saber tantas cosas y poder hacerlas, como vd. dice. Pero 
yo estoy espantada, y deseara saber cómo será eso de resu- 
citar los muertos, pasear todo el mundo, subir'al cielo y todo lo 
que vd. me dice, que no entiendo. 

Entonces el coronel le explicó el sentido de estas frases, la 
niña quedó aficionadísima á la pluma, y esta afición le hizo 
aprender á escribir en poco tiempo. 

Cuando ya lo hacia con mas areglo y sabia usar correcta- 
mente de los signos ortográficos, su padre solia valerse de ella 
eomo del amanuense de su confianza para que le escribiera 
algunas cartas, lo que la niña desempeñaba con gusto, y su 
papá la celebraba de cuando en cuando con prudencia, esti- 
muláadola con estos elogios á que se aplicara mas cada dia. 



loa 

Todos taben b fiíerza con qu« labn el amor propio oobro 
nuestroa corftzonei: apenu despertamos de la primera iobn. 
eia, ella pasión dejándose correr & rienda suelta, constituya 
el egoísmo y es el fomes de todo género de vicios, asi como 
bien dirigida «e et estimulo de las virtudes. £1 coronel codo- 
cía bien la verdad de este axioma, y asi alababa lo bueno que 
veía en su bija, pero de modo que ella se satisfacía con loe elo- 
gios sin envanecerse, y se tenia como obligada i merecerloa 
mejor en adelante. 

Al mismo tiempo le ensen6 su padre ¿conocer loa n&mero» 
y el valor de las unidades, decenas, centenas y millarea, sin 
descuidarse de lue aprendiera de memoria la tabla aritmética 
común, y cuando ya entendi6 esto psrfbctamente, le hizo ver 
cuan útil es á las niñas aprender á lo menos las cinco prioM- 
ras reglas de cuentas, y qne es un absurdo dictado por Im mas 
cretia igoomncia, decir que las mugeres no det>en saber cuen* 
tes, porque ñolas necesitan para nada; pues toda niAa que al. 
gan día ba de ser señora de su casa, debe saber economizar d 
gasto, BJusIar un criado, tasar las varas de género para sua 
veslidoá V loa üe aus hijos, v Imcar oirás coaaa que lea cosía. 




108 

cinco: ¿dime ahora cuántas fichas tienen las tres cajitas? Se* 
guramente no puedes, porque necitas contarlas una por una, y 
después de este trabajo te expones á equivocarte veinte veces. 

Pues vaya, pon aquí las fíchas de la primera caja, que aon 

Retenta y tres, en este modo •• 73 

Pon las de la segunda, que son. •••••• •••• 2i 

Pon las de la tercera, que son. •••• •••••• 35 

Una raya así ••••• ......i. 

Puestas en este orden, se suman así: tres y uno son 
cuatro, y cinco, nueve. Pon un número nueve debajo de 
la raya y al pié de las unidades. Veamos después lo que 
importan las decenas: siete y dos son nueve y tres doce. 
Un dos bajo las decenas y uno que se lleva 4 la izquierda, 
6 en el lugar de las centenas 6 centenaress y resultan 
ciento veinte y nueve fíchas en las tres cajas.. • ...••• 129 

Aun hay otro modo de sumar mas pronto, que se llama 
multiplicar, y es útilísimo. ¿A que no me dices cuántas lente- 
uelas tienen los arquitos de tu túnico?— ¿Cuándo lo he de saber, 
papá? ¡si tiene un montón! — Pues ahora verás qué fácilmente 
lo dices, supuesto que sabes muy bien la tabla. Cuenta los ar« 
eos que tiene. — Eso ya lo sé; tiene cuarenta y dos. — Muy bien: 
ahora cuenta cuantas lentejuelas tiene un arquito.— -Ya están 
contadas, son nueve.— Pues suponiendo que todos los arcos 
son iguales, y que las lentejuelas están puestas en proporciottf 
de suerte que no haya mas en un arco que en otro, pon de nú* 

mero los'arcos, que son 42 

Pon debajo las lentejuelas de un arco. •••.•••..• 9 

En seguida una raya así 

Ahora se multiplica así: dos por nueve son diez y 
ocho: un ocho bajo las unidades. Cuatro por nueve trein- 
ta y seis y uno que llevaba, treinta y siete. Pon un sie- 
te en el lugar de las decenas y un tres á la izquierda en 
el lugar de las centenas,**t •••••»•••• 808 



Y vw M un inrttiita que tu tdiiieo ti«iM tnMientu SMUrta 
y oflho Imtainelas, lo que n to htoia [Un díficil «tber, y lo 
que hubieru MbLdo can mil tnbftjos ain el mnlio d« lu 
ouetitu. 

Le e* tttn útil y neoesario & una muger •! saber coatar, co- 
mo 4 ud hombro. Mucbas mugerea perecen en la minria ao. 
lo por ignorarlo, y la experiencia noe la* eati wíialtindo cea 
el dedo lo mismo que la causa. j,Qué aa puede esperar de la 
muger que de la noobe & la maiuuia ee halla con un prinoÍp«J 
que le dejaron 6 aua ptulres 6 su martdoi y ella no lo echa gi- 
rar ni conservar, porque no sabe hacer cuentasl Es clara la 
respuesta: busca quien se las hagai casándose 6 acomodando 
un dependicntej y al este 6 d marido aaleu ealavena, lo que 
DO es raro, en dos (por tres dan las cuentas del gnn capitán, 
y ae queda la muger coatando que tuvo coche en tiempo del 
difunto. Conque asi, hijita, procure instruirte ahora que eras 
niiia, pare que te hagas útil á (f y á otros cuando tenga* ma- 
yor edad. Ahora es el tiempo de aprender, y es «enester apra- 
vecharlo; porque d que de muchacho es flojo y tonto, llegan- 
do á vicio, asciende á mnindcro. 




m dijo qm desde bwa pequefiar pioettfó bsoeiie 

■ digHi idea de tu Chadory ooiiforlnáadoee«ooB áii«tf»« 

9 de cajo enpefio no demtié haeta «¡«ele ootiñdefá bieak 



ee valia de evaatoe objetos presenta la nakiralMHN aa»* 
lalrmales» para elevar sa oonsideracioa al Hacedor Sa^ 
u Ta le haeia eoateaiplar la befiposafa del^ eampo aa 
Ifia día de príoiavefas ya la briUaatea del eieloi«)piia- 
kMeaea oaa sersaa noehes 3fa el eapaaleee apisala dOi 
ssftbla lesi p e st a d : ya la atraceíoa maravUlesa 4#1 imam 
fiagaiieia de la reea» . • • Ba una palabfat el oaoipOy.el, 
Ja ssreaidady la tnrboleaeia, el hombre» el bmto^ lapla»*- 
piedra, ke flores, kfs aves, los paoes, y hasla lói impee«' 
Mesioeeetoe dabaa nateria para ínstriiirk ea el coaoei» 
tode Dios, hadéadole ver cómo lesplaiidecaea snsciia* 
I ea oroaipotenoia, su sabiduría, su JQslioia, sa mieerieoí^. 
'todos sus adorablee alríbatos. 
apoes de bacerle ver aaestra miseria, y <|O0 aada somos 
ita del Señor del aaiversQ, le haaia feooaoear qae sin em^ 
í de esta pequeües, somos sus eriatoras predllectás, por 
MS eri6 todos los sares qoe aos admiran y aírvaa en la 
raleza; por quienes se hizo hombre y sorríó ke uKrojee db* 
osabres: por qoienee murió para para abríraoelaa puertas 
^araiso, y por quienes hiao el milagro nmyor de Isto mila* 
iaetitvyendo ú augusto saoramento de la Eaearistia» en el 
a qaedó oon nosotros hasta el último dia de loe sigloai 
ilss eran las eeaeiUas pero nlilSsimas leeoiones que daba 
bija este buen padre, que procuraba tenerla entre al rea* 
el amor y el agradeoimiento 4 su Criador. fFelioes lea 
mquatísBea las luces y dispasioioa aeoeearia paraias. 
á sos hijos, y mas frliéas los hijos que sabstt eortespoa. 
ar á ks saaas intenciones de esnüjanteB padresl 
la adad de pooo mas da siete afitís, ya sabia Pods aci s n s 



106 

d» memoriB al ntecumo, y enlendiK muy regahiriiniita Im 
prineipalM mistarioi de nueatm ngnda religión, todo i fiíer. 
za del eontÍDUo teaon con que m podre le enaefiabe; puet no 
tardi mucho lieinpo ea Ib emign, á penir de Ib do común die- 
pOBÍcion de Ib mBealra; pero BpenBa Bprendió loe primeroa ni. 
dimentoe de leer y el cBleciamo, cubihIo Ib aBc6 de elle, y ae 
tomó él mirano el cargo de enaeilBrla, como ae ha visto. 

Eatabe mal el coronel con eaaa eacuelBa púbticaa donde m 
juntBn niñOB y niSai de diferenlea edade* y edacacionea. 8a- 
bit con Quintilianoi que la emulación que procede del ejem- 
plo de loa condiscípulos, ealimula pan aprender mea breve; 
pero DO ignoraba que no aiempre lo ntaa pronto ee lo mu ae- 
guro. Comprendía muy bien la foeiza con que nueetra natu- 
ralezB corrompida por d fbmea del| pecado, noa inclina a| 
mal: que etla perrertida inclinación so deja percibir en mu- 
choa niSoa bien temprano: que ea muy difieil fallen algtinoe 
de esloa donde hay tantos, y caaí imposible que una eola mae«* 
tra aea un Argoe para observar ooa cien ojos las accionee de 
todoa y cada uno de loa mucliacl)o« que se confian & su cuida- 




107 

» 

pkM al rededor de el, adopte los primeroe, separándose do los 
segundos. 

Toda casa de comunidad trae sus ventajas y sus desventa- 
jas morales á los que las babitan 6 las cursan. Ello es una ver* 
dad innegable que el que se acompaña con un justo será justo, 
y el que se junta con un perverso se pervierte. Es también ver- 
dad evidente que en dichas casas hay de todo, buenos y malos: 
poes aquí del temor y la dificultad. ¿Con quién será mas f&cíl 
que se adune el niño 6 niña inexperto, con los buenos 6 con los 
malost £1 que se acuerde de la corrupción de nuestra natu- 
raleza^ y advierta que los buenos reprenden y mortifican nues- 
tras pasiones y deseos desordenados, y los malos las adulaUn 
las fomentan, y aun las prentenden justificar con sus ejemplos 
y palabras, ese que responda á mi pregunta. 

Si yo declamara contra la utilidad, y se puede dec ir nece 
sidad, á lo menos parcial, de estas públicas fundaciones; si le* 
vantara el grito contra la sana intención de sus piadosos fun- 
dadores 6 inventores; si con una critica mordaz murmurara sus 
mas arreglados institutos, seguramente se me podia tener por 
un herege político; pero si ni declamo contra su utilidad, ni 
hablo contra sus patronos, ni murmuro sus constituciones, si- 
no que solamente aseguro que es muy fácil que se corrompa 
en días la inocencia con la ocasión tan próxima de la compa- 
ñía de los malos, creo que nada digo que no sea una verdad in« 
disputable. Puedo asegurarte con dolor que mas de cuatro mal- 
dades ignorara yo hasta el día, si no hubiera estado en esouo» 
las ni colegios. ¡Felices aquellos niños{que conservan su pu* 
reza intacta en medio de los malos ejemplos de loa compañe* 
ros! Semejantes almas son prodigiosas en este siglo misera- 
ble. El rocío que se cuajó solamente en la piel de Gedeon, la 
zarza que vio Moisés arder sin consumirse, los niños que sa* 
lieron ilesos de las voraces llamas del horno de Babilonia, y 
la seguridad con que los israelitas pasaron por en medio del 



BMr, son oxIremoidaoompBrmaioii; pera son uhmm 
tos milagroBos que no w debea nperu todw )m dia>. 

Lo que vemos 4 oadá instante ea que uo^ chispa forma una 
boguéis, UQ miasma corrompido darraiua una peste mortífe- 
ra, y una gota de vinagre corla un gran vaso de leche: y de 
aquí debemos inferir que un solo muchacho 6 joven perverso 
es bastante i malear ó corromper con su ejemplo i muchos 
niños inocentefl y candorosos. 

En una palabra, j para que tu entendimiento se tranquili- 
ce, digo: que el padre 6 madre, que no sabe 6 no puede instruir 
i sus hijos por sí en su casa, hará bien, y aun debe confiarloB 
al cuidado de los maestros públicos; pero el que no necesite de 
ellos y tenga proporción, hará mejor en tomarse ese trabajo, 
pnes llegarán al mismo 6n sin pasar tantos peligros. 

Matildita, continuaba el coronel) li yo pudiera descubrirte 
las cosas que se ven frecnentementa en las casas de comunidad 
deque te hablo, se escandalizara tu pudor. No quiero, ao, 
lastimar tu conyugal pureza. Bástame el saberlas, y el pro- 
curar que mi bija no se exponga á estos tan inminentes TÍea< 

I, par& creer qnc tú habi&s accedido gustosa en que la qui. 




CAPiTViiO iriii< 



En «I ^M M itAere 1» dÍMpiitaqae trtbó •! eorabil eoii el Ueeneitdp IH; 
rieM, j k daAnm qse hiio de 1m a— g e rta. 




[vAiTDO nueitro eorond entró eoB lu ftinUia, ym ettebtpi 
i« dúpoñcion de hacer lo mieiiio todos loe de k oaai de D; 
DioBÚio^ qoienee kiego que lo Tieroii k iataukroa oortemiea. 
tob 7 Boe «atemos todoe á ooner* 

Ent re las Tisitas que habia, estaba un sefior jóTen y de na- 
rioea aballadas» á qoien oonooeremos con el nombre de JUcea- 
Modb Nariou, pues as( k pueo Doila Eufroeina» que era dks* 
trisüna en esto de poner nombres. 

Loefo qoe eUa tuvo logar de haJbkr, dijo al eorond: ¡ay» ber* 
mano! gracias á Dios que ha venido vd. para que vuelva per 
noeotras! porque este maldito Nariguetaa nos ha puesto como 
un suelo; y como no podemos responder á sus argumentos y 
latines con con que nos aturde» está creyendo que nos ha oon« 
vencido; pero yo confiada en vd. le he dicho que nos ha de 
defender completamente. 

¿Pues qué ha sucedido, hermana, que tan empeñada est& vd» 
en que la defienda? 

¡Cómo qué! decia Eufrosina, ¿le parece á vd. poco que nos 
haya puesto de vuelta y media? Pues oiga vd. dice que las 
mugeres somos locas, vanas, orguilosas, soberbias, falsas, su- 
persticiosas, malagradecidas, inconstantes, vengativas, tontas» 
presomidas, ¡y qué se yo que mas! ¡Yaya» si quita de las pie- 
dras para poner en nosotras! y esto no solo lo dice, sino qoe 
asegura que lo probará con evidencia. Le contestamos qué 
eso lo dirá por chanza, y él nos jura que lo dice c<m todo sq 
eoraaoo y sin qne k quede nada dentro. Ta verá vd, qoe es* 
to Bo poede sofirirae; y asi k soplico yo y todas estas niñaoi 
qoe por k qu* tiene da caballero^ nos dsfieoda y haga que se 
eonfoBda ente nsakUto d e sle n guado* 



lio 

Si, li Kfior, por vida de vd. decían casi í un túmpo todae 
ItLs eeñoritae que M ealaban; es mettútCT que vd. noa defieo^ 
da, y añ M lo niplicaau» todas. ' 

Tb ve vd. hermano, que no ee debe vd. excusar de dar. 
me ese guita, conlinuaba Eufraiiae, ya que no por mf, sU 
quiera por todas estas wAoritas que ae lo ruegan. Responda 
vd. que si, responda y confunda & este buen señor que noa ha 
colmado de favores. ¿No lo ve vd. que socarrón es y sinvergüen. 
xa.1 todo se le va en engullir la sopa, y ya no puede con ta ri- 
sa el condenado. 

(Pues no me he de reir, mi señora Doña Escotofina, 6 Doña 
Eufrosina, 6 como se llama? dijo riendo á carcajada euetta el 
Licenciado: ¿no me be de reir, repito, de que quieran vdee. em. 
penar si señor coronel, en que las defienda, cuándo si no es- 
tán confesas, están convictas de los cargos de que se hallan 
acusadas, no solo por mi boca, sino á iota orbe terrarum, por 
todo el mundo? 

Cuando el señor coronel por no faltar á las leyes caballe- 
rescas, admita el ímprobo trabajo de defenderá ustedes, lo ha. 




111 

nnmte: lot joaeet Aot oyen con bMtante paciencia; pero no 
■os hacen caso. Atienden á la justicia, y segim ella conde» 
nan á eiiierte á nuestro cliente; y el dia que lo llevan á la hor- 
ca, se dice por la calle: d Ikeneiado Fulano defendió á ede 
hotnoFt» 

¿Qttó les parece á ustedes? Lo mismo decia aquel médico 
que iba de duelo tras el cadáver que 61 habia despachado: fp 
enré á esfs. 4N0 son graciosas semejantes curaciones y de* 
íensas? Pues así ha de ser la del señor coronel respecto de 
oatedes. Vaya, no hay que engañarse: ustedes están convic- 
ta% y no hay ley que las defienda. Han caido de remate, y 
cualquier buen médico las ha de desahuciar al punto que co- 
Boaoa su enfermedad mortal. 

Ta vd. lo oye, hermano, decia Eufrosina* ¿Ta ve vd. quién 
m el señor y cuánto da por medio? Pues considere vd. qué ha- 
rá con nosotras. Vaya, defiéndanos vd. 

Pues hermana, señoritas, dijo el coronel, yo apreciaría te- 
ner luces y capacidad para desempeñar con aire la comisión 
que ustedes me confian, pues en efecto roe< honra demasiado 
su elección prefiriéndome á los señores que nos acompañan; 
bien que esto es solo efecto de la confianza con que vd« debe 
tratarme, y de la sencillez con que estas niñas siguen la opi- 
nión de vd. pero debo confesar que no tengo mérito para tan- 
to, ni menos fiíerzas para cargarme' de semejante peso. 

No obstante, si ustedes ponen so pleito en mis manos, yo 
haré cuanto pueda en su obsequio. En esta virtud, repita 
vd. lo que dijo el señor licenciad o contra ustedes, para hacer* 
me cargo. 

¿Pues ya no le dije á vd. contestó Eufrosina, que dice qu^ 
«omoe tontas, locas, supersticiosas, altivas, vanas, ingratas, cr* 
gaücsas, y treinia mil perradas & este modo? 

Muy bien, dijo el coronel: siendo eso asi, debo decir en ob- 
sequío de ustedes y de la verdad, que es lo que mas importai 



que lu ntoru mugarait' exceptuando lu que lo uanMO, aon 
toa» «aanto ho dioho el «Aor Lieeitaiado y un poi|aito mea 
(pK 70 DN 06. 

[Viva, vitbI dijo á esto tiempo el Lioeuiado dando do pal. 
madu en la mesa, ¡viva el defansor de las mngeree! Ee nw- 
neater brindar por au aalud. En efbetO) ae ttAtb nn bnen va- 
aa de riño i pechoot y proaiguiú eomíendo con la mayor aa- 
tufaceion, k que aumenlft la riaa geoenl de p. Dioniaio y 
eea camandaa. 

Fádl ea coneabir cuánta nría la indignaeion de las aaBoñ- 
taa, prineípalnwnte de Eulhieina, al vene tai mal debadídao. 
Ba Vtfdad qaa eos una rúa Sngída procuraban disiroutarau 
chasco; pero lo colorado de las orojae manifwl&bB de á legua 
m coragn. 

. Qué tal aerÍB eate, paea le tocó una buena parte á la cando- 
rosa HatildCf quien al ver í m hermana y 6 taa demás aello-' 
ritas tan avergooiadaa por su marido, no pudo ooRtenoraei y 
le dijo: ¡Jcsna, hotnbra, qné peaado er«a! ¡Aunqoe fuera ya....! 

Ul eorooel no la bJEO aprecio, aiguiú tomando ta sopa, y 




lis 

la htao fiufirotiiMt [irafoe6 de auero k rÍM 4e km ooneumiu 
tai» y aata iím. aaab6 da lamater i Eufiroaina» quien eatuvo 
por levantarle de la lUla» y lo hubiera hecho li el eorooel, oo» 
nociendo kk terriUe hoia que tenia, no la hubiera losegado di- 
ciéndole con macha cachaza: ai el lefior Licenciado tiene por 
que Henarw de aatía&ooionv ni vd. ni lai ledoritaa que eitáa 
prnentea tienen motivo porque quejane de mi, an virtud de 
que no he comenaado la defema* 

¿Cómo no? dijo el Licenciado: puei á mi me parece que no 
poede haber aido mas ooociíay elegante y verdadera.— •Puei 
no lañorv le ha equivocado vd. y voy á comentar. 

Con cato le serenó Eufiroaina y todaí lua amigai» y el co^ 
lonel proaiguió diciendo al Licenciado: Supongo que vd. ea» 
tá de acuerdo en que lai mugeres ion inferiom á loi hom^ 
brea aokimente en cuanto á lu conititucioa fiíica que lai hace 
niaa débilea que noeotroe; pero en cuanto á lua eipiritus, no 
tendrá vd. eihbarazo para confesar que son iguales. 

En eata inteligencia. • • • pero aientaremoa tres principioa 
para qne noi entendamos con mas orden. 

Primero. Las pasiones son las semillas de los vicios 6 de 
laa virtudes según eltUso que se hace de ellas» y estas recono, 
cea au origen en el alma. 

Segundo* El alma de la mugar ea una substancia espiri* 
tualy inmortal é inteligente, igual en todo á la del hombre. 

Temro, La disposición natural 6 accidental del cuerpo 
influye particularmente sobre el espíritu, y esta disposición 
puede hacemos propender á esta ó aquella pasión determina. 
da; pero no obligarnos á hacer mal uso de ella y convertirla 
en vicio, paea contra las malas inclinaciones tenemos el so- 
corro de la TÉxon y el favor de la gracia auxiliante que á na. 
dlefiíHa. 

flentadoa eafeoa principios, digo: Qoe si laa m og ate s incur^ 
ran a« eíeitoa defeotoa con mas (racnercia que los hoonbns, 



bndu & reaeetwB, por no nbar faacsr baeií nao de w raxon; 
y de no uber esltH muchu veoea, 6 lu mu, no tienen ellu la 
culpe. 

^Puee qoién ie tienet dijo ri Lioanciedo. Loe bombrea, ree- 
pondió prontamente al coronel: al, aeSor, no ae eacandalioe 
Td. loa hombrea que educan mal i ka mugeree, 6 que laa aedu- 
cen y pervierten, tienen la mayor parle 4e h culpa da loa d»- 
fectoa en que eltaa incurren. 

Para probar cato con evidencia, aa memater aentar eata 
principio: que el bcKnbre recibe aolo ana educación, que ea k 
de au* padrsa, y k mugar casi aempre doa, k de ana padrea y 
k de BU mando, y eata ayodede del amor, influya aobre au eo. 
razón maa poderoumente que aquella. 

£1 hombre, si qoiere, pueda aiempra oonduoine eonfbnaeá 
ka miximaa que le inapiraron aai padree; ]a muger mil vecea 
ao ye obligada á olvidarte deealaamáximBat.o'Hedichopo- 
co: muchas veeea n ve obligada i abandonar con didor i loa 
miamos instrumentoa de au eziatancia, por contemporiinr coa 




115 

peoniv y va á servirle de martirío; y la que tuvo padree per« 
veraoe y se casa oon otro perverso, se convierte en una furia 
del infierno. < 

De manera que entre los padres y los maridos se nos per- 
vierten las mugeres. No es esta ficción de una acalorada fan« 
tasía; es una .verdad que se h^ce perceptible á la mas ligera 
observación. Una niña criada en la pobre 6 moderada fortu- 
na de sus padres» se casa con un hombre, de algunas propor* 
cionesy y & los ocho dias no se oonoce. Los zapatos de cordo- 
van le lastiman; se cansa de andar á pié; se avergúensa de 
ver la comida en la cazuela; necesita de mas criadas que le 
sirvan; no se presenta en los paseos ni en Uka visitas^ si no 
puede competir con las demás en lujo; y finalmente» de la no* 
che á la mañana se vuelve una marquesa la que se crió en un 
estado humilde. 

Otra joven que se crió en el mayor recogimiento, que no 
salía de su casa sino á la iglesia, que frecuentaba los sacra- 
mentos, que se escandalizaba de lo» zapatos de color, que re- 
zaba todos los dias una porción de novenas» y que era una 
muchacha enteramente virtuosa, se casa con un sefíorito ale« 
gre, y dentro de cuatro dias se olvida de todas las buenas máxi* 
mas y entran en su lugar las que le enseña su marido, y ya la 
tenemos modista, paseadora, altanera, indevota, descuidada» 
corriente» marcial, y • • • • ¡qué sé yo! 

Si bascamos de estos y semejantes ejemplares en casadas» 
00 nos será difícil hallar bastantes; pero examineso quién ha 
sido el origen» quién ha tenido la culpa de que se perviertan 
tales mugeres» y de que se pierda en ellas la semilla de la 
virtud que sus padres cultivaron, y hallaremos que la impru- 
dencia 6 la nimia condescendencia» 6 el mal ejemplo de sus 



No es menester las mas veces que las mugeres pasen de un 
estado á otro para pervertirse. Dentro de sus casas y al lada 



de la firmna y Juinio neesnrio f»n o 
si ellu tienen una carita raEonable, un poquito da d 
alganaa habilidade* apiaciablM en aa kzq, cono ion ka de to- 
oar, bailar, eantart rap r ia m tar, d». 

Eotoncesain ceaar se rea rodaadaa de an enjanbredetaaaB. 
tea, de toa enalea cada uno eapira á la oonqutata, no da m 0»- 
rexon, siiio de au penona; y para lograrla, no perdonaÉ nia- 
gun medio, por opueate qae «a i lea leyaa del boaor j k «o- 
ni criatiana. 

Adulaeionea, rendí aneaitoa, ofértaa, jotanentoa, palabrae, di- 
dÍTaa, reqaiebnM, Aoesaa, aúpltcaa, lKiiDÍllaeieDea,TO>pirMkU- 
grimaa, intrígasi j beata loa deapechoa y branlaaeon Ioa«%B* 
■M y culebrinaa coa qué loa aoldedos de Vénua ateea» deeidi- 
demente, aun laa mas enespunaUea fbrtalezaa. 

Todoa oonreaimos en qne le ieuger «a d4bH, tímida 7 Mtaai- 
Ue, y por lo añama eati muy ezpoeata á aer eorprendida por 
la artificien eedueDion; paro no noa aeordantee de e*to osan- 
do ezagferamo* ana defectos, ni queremos conliwar de buana fe 




117 

lo liui de ier Á au8 padres desde cbiqaitas les fomeolaii el or^ 
güilo y Taiiidid» y les embotan sa talento dedicándolas á frus. 
kríast Dicese que son altivas, presumidas y altaneras; pero 
/qué han de ser, cuando desde que comienzan á descollar en 
ios eetradoe, ven que los hombres les doblan Im rodillas, rin- 
den homenage á su beHeaa, á cada paso les hacen su apoteo- 
sis Uamándolas dwinatf y no dejan de la mano el maldito in- 
irio de k lisonja? Dicese que son falsas, inconstantes y 
intírosas; pero ¿c6mo no lo serán, cuando no tratan sino cosí 
honbses fiüsos^ variables y embusteros? Dícese que son ingra- 
las; ¡j oósM> no lo serán oon el que abasa de rjs temecas y 
olf ¡da soa mas costosos sacrificios? Dlcese que son interesa- 
bles: pero ¿cómo no lo serán, cuando el interés es la primera 
rtd que se les tiende, y el primer cebo con que se provoca su 
apetito? Dícese que son locas; ¿pero cómo no lo serán, cuan- 
do jamas han tratado ((;on cuerdos? Dícese. • • • pero se dice 
tanto y tan sin orden, que yo me espanto, no de que las mu- 
geres sean lo que son, sino de que no sean peores. 

Ya ve vd« señor Licenciado que yo confieso que en el co. 
mon de las mugeres se hallan, y en un grado sobresaliente, los 
defectos de que las acusan los hombres, y al mismo tiempo es. 
toy moy lejos de pretender justificarlas; pero no puedo llevar 
á bien que se crea 6 que se diga que las mugeres son peores 
que los hombres y extremadamente viciosas, solo porque son 
mugerett desentendiéndose los que así las insultan de los prin- 
cipios que dejo establecidos. 

Todos saben que los hombres son superiores á las mugereSf 
y que estas nacen oon una dependencia necesaria respecto de 
nosotros. Esta es una verdad; pero en esta misma verdad se 
halla envuelta otra de que resulta á ellas una disculpa, y á no- 
sotros un cargo; y es, que si las mugeres son malas, no puede 
ssr por otra causa sino porque los hombres, que son sus supe- 
riores, ó les enseñan la maldad, ó se la consientea; y siendo 



lie 

Éif, jnoMiiDa iiiju>tieÍK y una ríiiícalBi ti dMlsm&r tanto 
eonln diu. deapdn qoe I<n hombrea^ por la iMyor parto, «o. 
no be dicho, ó son sui aednotorai 6 aua mantroa? ¿No 6* «ato 
lo propio que introtlncir leSa en qd hor no, y luego inoomodar^ 
ae porque ardeT En una palabra) aeSorea, loa bombrea porli 
mayor parto aomoa may lÍDoea para notar loa defectoa de ha - 
«ugerea; ftito nnry topoa para oonooer, eoníoaár y corregir 
toa nneatroa. Conrengamoa de buena flS en que todd^ aaf 
bombrea como mugerea, tenemos vieiea y firtodei^ 7 qoe uf 
nnoa como otroa haoeraot mal nao de laa paaionea esando ina 
deaentoademos de la raaon. Lo que importa e> qae eada qbd 
n dedique é reformar d mundo, coBuncaBdo por ai y pwT'lo* 
snyoa, y entonoea, habiendo mnchoe padm y marídoa STregta- 
dosi veremoa como resoltan inflnitms hijea j eapoaas <;ÍaB- 
plarea. 

Loa caballeros que asistan t la maae, füérase porque se pe- 
netraron de las razones que habían oído, 6 por adular á lasas- 
fioras, que sería lo maa cierto, lu^o que el oorond bico puB< 
3 cubieftoa e 




119 

DpíoioD üiejor; pero mientras no se me haga ver, estaré pof 
la que llevo expuesta. ¿Qué le parece á vd« señor cura? 

Asistía á la mesa un respetable eclesiástico como de sesen. 
ta años, hombre de muchas luces, muy timolriatOy y de un ge- 
nio cortes, afable y jovial. 

A este fué á quien el coronel dirigió la palabra, y el dicho 
eclesiástico le contestó en estos términos. 

Ciertamente, señor coronel, que las opiniones de vd. me pa- 
recen tan antiguas como seguras. Son de aquellas que por sa- 
bidas se callan; pero se callan tanto, qué infinitos las ignoran^ 
6 a^M^tan ignorarlas, especialmente por lo que toca á hablar 
mal de las mugeres sin son, ni toü, y mil veces después que los 
hombres han sido las causas originales de sus vicios. 

Ordinariamente á cualquier hombre le gusta una muger bien 
ataviada, ó como dicen, bien pueHOf cuando la pretende; pero 
asi que la posee como suya, no la quisiera tan modista por lo 
que le importa. Entonces es el hablar contra el lujo y vani- 
dad de las mugeres. 

¿Mas para qué hemos de corroborar con ejemplares una ver- 
dad tan común y visible? Cuando los hombres se desvelan por 
agradar á una muger, sus defectos les parecen gracias; pero 
así que las consiguen, se cansan de ellas, y aun califican de 
vicios sus virtudes. Entonces, quiero decir, cuando no diri- 
gió la pretensión un fin honesto, sino un capricho ó un ape- 
tito puramente animal, entonces se disminuye á los ojos de ta- 
les hombres la hermosura de la muger y se le notan defectos 
eo que antes no se habia reparado. Pero ¿qué mucho, si en 
tal caso, como dije, las mismas virtudes parecen vicios? Cuan- 
do llega esta época fatal, su recogimiento se apellida hipocon. 
dría: su economía, mezquindad: su prudencia, zonzería: su ca- 
riño, falsedad: su fidelidad, falta de mérito: su alegría, locura: 
sus atenciones, liviandades: su devoción, hipocresía: sus gene- 
rosidades, desperdicios: y en ana palabra, en tan deplorable 



aitumioai onavto b»can por ■gndu, av&iU. ¡PobiM louBfe- 

na! ludi. In et mat común qns vem mjetas i tolerar toa ca- 
prichos é imprudanciai do un hombre ain talento j ain amor. 

Cuando oigo declamar 4 la mayor parte de loa hombreí oon- 
tra la facilidad de amar de laa mugeras, y loa veo tan oonataa- 
tea en aeduoiriu, me acuerdo de unoe renoa, que sobre eato ee- 
eribi6 con tanto acierto noeetra paiaana Sor Juana Inee de la 
Cruz, monja del contento de S. Oerónimo de eata capital, eú 
loa que hace Ter, que loa hombies, caai alempro, tienen la eul. 
pa de la liviandad de que acusan i laa mugares, aegua ha dieho 
el seAor eoronel: porque eféctiv amenté, loa hombres quÍMe- 
ran i las nugeree de mantequilla para si, y de pedernal Jtar» 
los demás; y aun algo peor: luego que han logrado seducirían 
con loa artificios mas vi*os, y con los mae astutos fingiraientost 
se fastidian de ellas (come se flutidia cualquier miserable mor- 
tal de todo aquello que consigne temporal y perecedero), y en. 
lonccH llaman liviandades y eoqueterias, lo que antea aaériS* 
cios y favores. 

Tal ea la suerte de las pobres mugeres entre hw hombrea no- 




1S1 
desagrade al bombreluego que este la considere como suya, lo 
qae ae verifica mas proDto y casi siempre cuando la solicitud so 
ha entablado con medios inhonestos ó con miras ilícitas. El 
antiguo poeta español Quevedo, dice: 8i quieres aborrecer álu 
•wúgOf cáeoie con eüa; y dice bien, porque en clase de dama 
tiene la muger la libertad de ser ó no ser de aquel hombrcí y este 
machas veces se modera en ¡maltratarla, temiendo perderla en 
Tirtud de aqueUa misma libertad; pero casándose, no tiene te- 
mor que lo refrene, y entonces la muger sufre todo el yugo del 
despotismo. 

4. ^ y ultimo. Es prudencia, conforme á lo dicho que 
bis mugeres desconfien de sus mas constantes adoradores: que 
antes de decidirse, ^examinen bien el corazón de aquel á quien 
tienen inclinación, y cuaudo" se miren suyas, traten de com. 
placerlo cuanto puedan, para que la posesión no vuelva en des- 
agrado las anteriores finezas, y se conviertan los esclavos en 
tiranta. 

Calló el cura, y el Licenciado guiñándole el ojo, le dijo: No 
va mal, señor cura: uno deja la apología de las mugeres y otro 
la toma» No hay que hacer: con cinco pares de abogados co- 
mo ustedes que ellas tuvieran, jinfelices de los hombres! ya no 
podríamos averiguárnoslas con sus mercedes. Si sin eso son 
tan endiantradas, ¿que fuera si á cada paso encontraran quien 
les alzara por dos cartitas? !0h! entonces quisieran ensillarnos. 

Cállese vd. señor Narices, ó señor tronera, dijo Eufrosina: 
roí hermano y el señor cura han dicho el evangelio: son uste- 
des muy íaUfOS, muy maliciosos, muy malagradecidos, muy ha- 
hiadoraa y muy todo. Primero enredan á una pobre muger, 
y luego la dejan en la pekuca^ y hablan de ella. 

íQuien los vé cuando están enamorando á una pobre mu- 
ehacba! ¡qué finos son! (qué atentos, qué rendidos! ¡qué de 
piomeeas hacen! iqoé lágrimas derraman! ¡con qué juramen- 
toe DO aseguran que serán firmes hasta la muerte! Todo cnan- 
to hacen y dicen parece la mera verdad. Son mas dulces y 

4—2 



II» 

¡V.y»! j« 

mteiitm con tanta tívwb, qae-vuD •UovmÍHDoa lo «van! tjt- . 
m iinfUieM de la> tontea qoa tieBBn k desgracia da nndiíaá! 
porque apenaa lo hacon, «Dando sabe»' áatedea dar la vualta j 
dejarlai, y á alganaa ¡quián aabe oenio! y eMo ea i boan don- 
poner, bí BO ea qae deapuoe do abandonarlas, hablan de ellas 
las tres mil lejes, cuenba cuanto ba ^sado i sus amigoa, di- 
een qae Folana es una loca, una (m, una zonxa f una coqnc- 
tilla común, riéndose lodoa alegremente fi costa d«'1a áéégn- 
ciada muger, y mordiendo su honor públicamente ¿ti loif [MÍ- 
Boos, tertulias y viHarés. ¡Bted baya la que no se fia de Uste- 
des como dice el señor cnráí pues entre kw hombres, apenas 
habrá bueno uno entre ciento, y creo qne me extiendo mucho- 

Con iguales expresiones acaba sus versos'la monjita que ci> ' 
té, dijo el cura, y Bufrbaína le suplicó loa repiÜisnit i lo que 
contestó: Con mucho gusto lo haré, sdiorita: pero pues ya be* 
moa concluido, y están alzando los manteles, daremos gracias 
i Dios de que nos ha dado de comer sin merecerlo. 

Señor cura, dijo D. DionÍBÍo, vd. eatá en su cnaa, y hará lo 




Nos oftece alguno ■ti' casa 6 so empleOí aanqne sea de boca» 
le dattoe mmtiéas graekut di^o qoé nos desean un bien estar 
6 d alÍTÍo de nuestras enfermedades, y pagamos el que nos lo 
digan con nauehas gracias: nos dan expresiones para algún deu. 
do, y voWemos nosotros nnuehoi graekti: nos convidan á algu- 
na parte adonde no queremos 6 no podemos asistir, y nos excu- 
aamoe con mneha» graeieu: nos ofertan alguna cosa que perjndi. 
ca anestra bolsa^ y lo rehusamos daiidó muchas gracias al ofe- 
rente. Sn fin, ya dije, sontos Ilberalísimos para dar gracias por 
cnanto hay, y no como quiera, sino mtthas, á mUes, infinitas. 

Solo para con el Autor de la naturaleza somos en esta mate-' 
ría demasiado económicos, ¡qué digo! somos escasos, mezqui- 
nos, miserables. Par^oflo^ mundo tenemos mil gracias en la 
boca; pero no quedan ningunas que tributar al Hacedor Supre- 
mo que erta los malares que comemos, que nos facilita el tener- 
los, y nos conserva la salud y apetito para gustarlos. ¿Si ten- 
drá Dios alguna obligación de darnos algo? ¿ó si nosotros ten- 
dremos tan merecidos todos los beneficios que recibimos de su 
liberal roano? porque solo así pareceremos menos culpables 
ante, sus ojosy aunque no le manifestenKw nuestra gratitud ni 
con palabras* 

To tiien sé que en algunas casas se tiene por incivilidad 6 
piyada esto de dar gracias á Dios después de comer, y algu- 
nos se abstienen de hacerlo, aun estando acostumbrados en 
sas casas, especialmente cuando se hallan en mesas de función, 
que llaman de cumplimiento; porque los demás no lo hacen, y 
I^ da tergüensa de parecer cristianos en lo público; pero por 
lo que toca á mí, digo, que mas quiero pasar entre los muchos- 
por incivil, r(istico ó payo, que no entre los sensatos, por Hu- 
gonote ó irreligoso cuando menos, y asf procuro dar buen 
ejemplo por mi parte. De algo me ha de servir tener sesenta 
años de adad, y treinta y cuatro de ministro del Dios de los 
cristianos. 



¿Puc9 cóiiju lia (le Cülar teiupla<lii 
la que vuestro auor pretende, 
ai la que es ingrata ofende, J 
y la que ea fácil nnfadal 

Mas eaire el enfado y pena, 
que vuestro guato refiere, 
¡bien haya la que no os quiere, 
y quejaos enhorabuena! 

Dan vuestras amaotoa pepas 
á sus libertades alas, 
y despuea de haccrlaa ias.Wtt 
las quureiü IibIIhi muy buenasi 

¿Cuál mayor culpa ha tenido 
en una pasión errada, 
la que cae de rogada, 
ú el que ruega de caido' ., 

¿O cuál es maa de culpaft . ' 
aunque cualquiera mal hagSi 
la que peca' por la paga, 
ó el que paga por pecar? 

¿Pues para qué os espantáis 
de la culpa que leneisl 
Queredlna cual las haceia. 




127 

Todos aplaudieron los versos, especialmeiite las señoras; pe* 
ro el Licenciado en un tono burlón dijo: No, hay duda de qna 
están buenos los versos que ha dicho el spñor cura; pero con 
su licencias sqn mcyores unos que 70 sé, y dicen así« 



» 'i 



Cierto artífice pi^tó 
una lucha en que valiente 
un hombre tan solamente 
á iftij horrible león venció 

Otro leqn.qiie el cuadro vi<^ 
sin preguntar por su autor» 
en tono despreciador 
dijo: Bien se echa de ver 
que es pintar como querer^ . 
y no fué león el pintor. 






1. i! 



-i- .•.: 



fyiié tal? ¿no está la fabulita que ni mandada á hacer! ¡ya se 
v6! como del númep del dulce Samaniego* -'/n - 

Bien, dijo D. Dionisio; pero ¿á qué viene aquí la fabulita? 
Claro está á lo que viene, contestó el Licenciado; , se, hecha de 
ver que no fué hombre sino muger la autora de Jas estrofas 
que ha referido el señor cura: y. así escribió á su favor, y aca- 
so sin la mayor noticia en la materia, como que era una reli- 
giosa enclaustrada en un monasterio» y no una. muj^er dsj 
mundo. En atención á esto, no, fué piucho (|ue manejara. li| 
pluma tan á favor de su sexo, porque no fgé león el pintpr, y así 
ella pintó á los hombres y disculpó á las mugeres como 
quiso. Si hubiera sido hombre el autpr de los v.^rsosi hu- 
hieran estos salido á favor.de los hombres, y se vipranipintji,- 
das las mugeres en ellos con unos colores nada yéntajqsof. , 

Efectivamente, en este casp poco, trabajo ^o^taria al.pofjtii 
probar que las mugeres siempre tieqi^n la culpa, de que las se- 
duzcan los. hombres. Ellas^ dan la .paateria y Tos hombres 
disponen la forma. ¿Qué iniporta que no rueguen descarada- 



iÍMnfe,qúa lái aadúziAtt 6 énaiBoren. ii lo dan 1 entender con 
BooniÜa cWiaaJT W'''"- 

"tÍ8tede8,'MÍfóraj,'f abrán kdreñijo briiiodA con qátí laé (ni. 
teras llaman & loa mái'ctian'toa. AqiátaypUo giimde,^íReeií, 
venga vd. mi aJma:aqUlha¡fpaíogrande,vengavd. Laaalniuer- 
ceras obran de diatinto mó^D «^ Ii' ap^nencia; pero tienen 
igual ó roas eficaz rirtbd' <áí la íválidád,' pñes aunque no lla- 
man con la boca i los qáíA' pnán, ¡ñóV6éan an «peti to con mas 
arte, poniendo en sul^iiMhrtas lák üa^ÜMáa & sns atrnuerzoa ó 
meriendas, muy úkinmas f coitiptiés^ eÁAnmilletei de rá- 
banos jNl^hu gas. - 

Asi son las mugeres que quieren 6 <»f p^ar ta venevdencía 
de loa hombres, 6 arrahearlea el dinero. ' Todas llaman: la di- 
ferencia está en el nt¿clo. Las coquetitlaa Infelices se paran 
en las puertas de ana áccesoritis,' 6 pásHan de nocbe por los 
portales y lugarea acostumbrados, acompañadas de un muobs- 
elitfecriadá tinpÜHiUK, tktillba cfae^án'drcleAdo: BMld'aua 
tealqiála. ¿Qui6tf'll6'«Atierte eleapirítu dé estas pobreri 
Pues estas son las pateras. 




1S9 

Desengañémonos, señores: siempre los hombres han busea- 
do la díscalpa de sus extravíos en His mugeres, y estas en aque. 
Wob; pero lo cierto es qae tan malos son unos como otras; mas 
por lo que toca al punto de seducción, ellas son peores que 
ellos, porque si los hombres las seducen, es porque las mugeret 
98 dejan seducir, y no solo les facilitan el camino, sino que 
los incitan á ello y casi so los ruegan, como lo he probado; y 
últimamente, si no hubiera tantas mugeres descocadas, no ha^ 
bria tantos hombres atrevidos. 

Dejó de hablar el Licenciado, y Eufrosina, disimoiando mal 
la incomodidad que tenia, dijo: ¿Que le parece á vd. señor cu- 
ra, y qué buen concepto debemos las mugeres al maldito 
NamgueioM? Para él no hay una buena, ni sabe hacer distin. 
cion de estados, clases ni condiciones. A todas mide con una 
misma vara. La casada honrada, la doncella virtuosa, la viu* 
da honesta, la señora decente, son lo mismo que las abandona- 
das de la calle. iVamos» que esto es una picardía íntoleraUCf 
y solo vd. señor Licenciado Narices, se puede, producir da esta 
manera! Si yo no creyera que hablaba de chanaa y solp por 
hacemos enojar, diria que era vd. temerario y un malcriado» 
pues aunque fuera verdad cuanto dice, debería no decirlo de- 
lante de unas señoras que lo entienden. Esto es falta de políti- 
ca y buena crianza. Ni mi lacayo se produciría de ese modo. 

No, no My que atufarse, caballera, decia coa mucha sorna 
el abogado; \o no barro con todas las mugeres.. Sé que las 
hay muy virtuosas, honestas y ejemplares; pero se pueden per- 
der entre las que no lo son, en fuerza de su escaso número,, si . 
se pone en comparación, hablo solamente de las descaradas,. 
profanas y provocativas. . Si aquí no liay ninguna que lo sea^ 
como yo lo creo, no hay para que enojarse, puef yo no pito 
ejemplares señalados. En una palabra, entren todas, y luego 
salgan las que yo no he metido; pero. estoy seguro de que na- 
da he dicho^£ue po. lo^fifflUfi9]tre.Jft.jQ2p^QIU^^ iAil4i^lc$.. 
vd. señor cura? 



.'I ■ 



iQné ha d« decir, n^nndió al «;im. uno <| 
diatÍBGHm d^da, y I» proteala que rd> mcaü» de hater de que 
no Iwbla «o general, aino aolo de laa naugena. que con mu tn. 
gea 6 aecisuea poeo hooeat» iocitaD á loa hombrea, dice muy 
bienj (tera advierta *d. que tampoco á eaaa mugerea defienda 
la madre Juana Inee en ku veraoa que eaoribift y yo ha díoho; 
sino á laa ttmorataa y rewtadaa» que aon aeduoidas dentro loa 
muroadeau'miamahoReetMiad. Bies ae colige de aua miaina* 
palabras que eate fué su eapiritu. y cío el de defender Je lirÍEUi- 
dad de iMi¿liao de m aeso. Oiga vd. ana palabraa otra vez. 



Conbatia au-n 
y hiegn «m gravedad 
decía que fu6 liviandad 
lo que hico- la dllieaiKia. 



Bien daro eatfi que nuestra monja habló en pro dé aquella* 
que haflen rsridawta á la aeduceibn, y no de las que convidan ■ 
áella. Reatas quiín- hk ha de defendercusndo se hacen' 




181 

Dinguiia manera, respondió el párroco: en eata sociedad hay 
variedad de clases, y en cada clase debe guardarse el orden 
que le toca, pues saliendo de él se hace cualquiera singular. 
Tan extraño y ridículo seria en un capitán de milicia traer 
una capilla de fraile, como en un fraile, lampazos de capitán. 
Esto quiere decir, que cada uno debe vestirse según su estado 
y condición, y por eso dice aquel refrán vulgar: Vístete como 
te Ueunas. No se ha de vestir la secular como la monja, ai 
la casada como la viuda, ni la joven como la vieja, ni la señora 
como la plebeya, ni la ama como suoriada» ni nadie con tn^ 
ge que no le pertenece. Entonces sería un desorden y una 
asombrosa confusión. 

En esta inteligencia, yo no estoy mal con la decencia, res* 
pectiva á cada clase de personas, ni con la misma moda. De- 
clamar contra ella en lo general, roas es un capricho de la ig- 
norancia que un celo por la virtud. Moda no es otra cosa 
que el uso de esto ú aquello nuevamente introducido entre los 
hombres. Hay modas útiles, las hay indiferentes y las hay 
malas. Estas son y deben ser reprobadas por todo hombre 
sensato: las primeras deben seguirse, y las indiferentes pueden, 
é no, adoptarse, según el gusto de cada uno. Por ejemplo: 
¿quién negara que el tánico en las mugeres, y el pantalón en 
los hombres, á mas del adorno, proporcionan comodidad y e» 
conomia? Luego esta moda es útil, y debe admitirse entre 
las personas de buen gusto sin el menor escrúpulo. 

Ahora, que el túnico ataque por detrás O por delante, que 
el pantalón sea de casimir ó de punto, es una cosa indiferente^ 
porque puede ser ó no ser, según el gusto de cada uno; y de 
que sea así ó asado no se sigue ningún reato moral. 

Pero si el pantalón es de algún género trasparente, si está 
tan ajustado al cuerpo que de á legua se conoce que es hombre 
el que lo trae: si el túnico es tan delgado y estrecho que al dar 
el paso se deja ver la pierna, si el corpino es tan pequeño y 
muy escotada que descubra los brazos, pechos y espalda, en¿ 



toncu ya eal« w nvda obocena, Mcutdalosa j abomiiwUai y 
por tanto digna de reprobuM por lodo penona de Tirttid. Lo 
mÍBiüopuededecinede todaalaBroDdiía. No el oso, el abuK> que 
M hace de ellas, ee lo que lu ooavierte en pecaminoMS é ilí- 
citaj. Dije que delof Mot; y no de todaa, porque hay algu- 
nas que MD maias en sí y no tienea por dunde cohoiMstana. 

Los cOTCés que han subatituido i las antiguai cotíllaa son 
un ejemplo de eita verdad. El uso de ellos es una moda har- 
to perjudicial, y no tienen con que disculpar bu maldad. To 
ne soy tan tetnscsrio que me atreva á decir qne se nn^ra 
elevor los pechos y hacerlos saltar como naturalmente fuera 
del escote del túnico. Dios me Ubre de ser tan malicioso. Allá 
se la hayan iai señoras, pues cada una sabrá el santo fin con 
que se sujeta i esta morlificaoion; pero en lo ñsíco es innega- 
Úe c¡ue es lurmento demasiado pernicioso k \a. salud desde que 
ae pone hasta que se quita. He observado que algunas seño- 
ras, espetadas en ehtoB malditos cinchos, no tienen ni libertad 
para moverse. • . ■ peco he dicho, no son arbitros ni de comer 
á guato, porque temen, y con razón, que el volumen del ali- 
u man, ó Icfi reviente el corcéj y asi el dia 




. 183 

ijftn enfermado por este U80, capaz de matar con au cobü* 
Huñon á cualquiera señora delicada. 
Bastante oonoceo esta verdad y temen sofocarse si se qoi* 
B de repente los tales corees, y por esto tienen cuidado de 
e se los aflojen poco á poco. Muy bien hecho; pero ¿no 
ira mejor ahorrarse de esas incomodidades y esos ríea^f 
pbBO en hora buena la moda cuando sea útil é inocente; mas 
nos constituyamos unos partidarios tenaces de todo oso 
mwOf solamente porque es nuevo, por mas que estemos con- 
Dcidoe de que puede acarrearnos muchos perjuieios fisicos 
noraíes. Esto no es ser modista, sino esdafos ssrviJes de 
I modas. 

Poes según eso, señor cura, decia Eufrosina, bien puedo yo 
gpur las modas sin cargo de conciencia.— Las (ítiles y ho- 
stas, sí, señora; las que no lo sean, no. — ^Y ¿con qué regla 
)dir6 yo esa utilidad 6 inocencia?^-¡Oh señora! respondió el 
ira: ahí está toda la dificultad de la materia. 
Cuando no queremos sujetar nuestro amor propio á la raion» 
10 seguir sus naturales impresiones, entonces confundimos 
cihnente lo útil y honestó con lo agradable. Todo lo qae 
daga nuestros sentidos y lisonjea nuestras pasiones, nos agrá- 
, y tenemos por útil é inocente, á lo menos en aquellas cosas 
le no son enormemente criminales ó expresamente prohibí* 
18 por la ley: y esta es la causa de que frecuentemente se 
Dgan por virtudes los vicios. Por esto el espadachín pro- 
cativo se tiene por valieiíte, el avaro por econ6míeas^>É pr6« 
go por liberal, y la muger profana por inocente partidaria 
I hijo. 

La prudencia, señora, la prudencia es ' la mejor regla qu6 
m debe servir para conocer cuándo una cosa es útil y ho- 
ata, y cuándo sea solamente deleitable, y este conocimiento 
) es dificil de adquirirse haciendo á un ladito el amor propio. 

Hecha esta diligencia, ¿se le ocultará á nhignna rauger que 

5 



134 
lodo «leew dagmar» 4> ricioT [Ignonri que toda praiÜBÍ- 
dad u un eioon de Is nods, 6 lo qoe ae llanca lujo sobran* 
lienteT {Y do nbrá que eeto exceso no puede monot qm 
(raer (iuieetaa consecueDoias, yn por el escándalo quo octño- 
na fi loa que lo notan, y ya porque an estos gastos suporflaos 
H arruina á los padrea 6 maridosT Es imposible, porquS á na- 
die se ocultan eatas verdades. 

Pues ya tiene rd. señora, en pocas palabras, la regla oc» , 
que conocer hasta qué punto puede seguir la moda. Viataaa ' 
vi. coBrorme i ni estado, pero sin disipar lo necesario ni 
arruinar á su faroilis: adórnese en hora buena según su dase; 
pero sin ser profana ni escandalosa: atavíese como una nfio- [ 
ra decente, pero nunca como las trasmutes coquelillas, J : 
entoDces puede creer que entra en las modas con seguridad de 
conciencia. 

Oiga vd. por último, lo que el aabio Blaneh&rd dice sobro 
esto, para que viva roas tranquila y para que vea que nuestra 
religión no es un espantajo aterrorizador, ni an tirano que ' 
noa impide el uao de los bienes que el Criador noa dispensó ¡ 




185 

\f una magnifíocDcía ¡gual á su grandeza, puea no ha prodí- 
do tantos beneficios á los hombres para prohibirles su uso. 
ro lo que la razón nos prohibe, es un lujo excesivo ó dañó- 
os todo goce superfluo que no está prescrito ni por lo que 
joato conceder á su calidad, ni por lo que exige el uso legi- 
no de la nación en donde se vive, y cuya modificación no 
ede dejar de merecer la aprobación de las gentes seása- 

I » 
•• • • • 

niDe qué sirve á las mujeres el exceso ridículo de adornos 

loca pasión de modas y novedades, que cuestan tan 6aras y 

san tan pronto!^) 

„Toséque la sabiduría permite seguir las modas que no son 

lo indiferentes, y que no ofenden las costumbres ni desarre- 

III la hacienda^; Aunque las modas no sean lo mas frecuen- 

neote, sino hijas de la inconstancia y del capricho, las per- 

Ms mas sabias se ven algunas veces obligadas á conformar- 

y someterse á ellas por no parecer ridiculas.*^ 

„La moda es un tirano peligroso, 
del cual nada nos libra, y es forzoso 
á su gusto y capricho acomodarse* 

Pero siendo preciso sujetarse 
á las leyes que impone locamente, 
el sabio como piensa rectamente 
nunca el primero es para seguirlas, 
ni el último en dejarlas ú omitirlas.^* 

„Si es permitido á ciertas condiciones el llevar vestidos ri- 

8 y magníficos, es mas glorioso y estimable el quedarse un 
co inferior á su estado. La modestia y el pudor serán siem- 

• 

9 para la mugeres el mas bello ornamento y el mas noble 
orno.** 

De lo dicho inferirá vd. señora, la diferencia que hay entre 
la moda racional y la profanidad escandalosa: entre la de- 



i3e 

cencía corretipondiante á cada persona y el ezceaivo lujo, y 
según este conocimiento tomará el camino mas seguro. 

Dejó de Iiablar el ecIeBÍéatico, y tomando la palabra el oo- 
roDel) añadió: Cierto que el señor cura se ha explicado ooa 
bastante solidez, y su doctrina no deja que desear en la mate- 
ria; pero yo quisiera que las señoras mugerea que son tan afi. 
clonadas ¿ la excesiva compostura, advirtieran que pre»cin. 
diendo, si es que se puede prescindir, de los fundamentos mo- 
relés que condenan el demasiado lujo, hay aun otra rason muy 
suficiente para contenerlas en los limites de lo honesto, j obli. 
garlas i no singularizarse ni en el trage, ni en el andar, bailar 
conversar, Aec. 

Saben muy bien que es un axioma inconlastaMe el que di- 
jo el señor Licenciado, de que si no hubiera (anta rauger K. 
viana, no habría tanto hombre atrevido^ pero tambícn sabm ! 
que no es menos cierto que no siempre basta á las mugerea ra I 
honestidad y recato para dejar de ser seducidas. 

Hay hombres tan atrevidas y procaces, que cuando tratan 
de llevar al cabo su pasión ó su capricho, atropellan t&fiilmen- 
rulail ác lr,s 




IST 

t 

Lo peor et que muchas veces no para en esto todo el mal, 
qaíero decir, no se contentan con tenerlas por coquetas, sino 
que lo aseguran así á sus amigos, jactándose falsamente de ha- 
ber conseguido de ellas muchos triunfos. ¿Qué se sigue de aquí? 
Que aquella pobre niña pierde el crédito entre las demás, por- 
qoe de boca en boca pasa por una fácil, y por esta mala fama, 
si es doncella, tal vez pierde un ventajoso casamiento, y si es 
casada, acaso se turba la paz del matrimonio por una inespe- 
rada casualidad. Bien conocen las mugeresque esto no es 
una ponderación, 8Íno[una verdad innegable: saben que abunda 
esta clase de hombros habladores, á quienes distinguen con el 
vulpr adjetivo de alabanciosos. 

Ellos hacen mal, ¿quién jo duda? Pero si las señoritas se 
vistieran con menos profanidad, ellos no se atrevieran tan fá- 
cilmente á difamarlas, pues es cierto que la muger honesta ca- 
si siempre enfrena la lengua y el arrojo del hombre libertino* 

Conque cuando el temor de Dios y el amor del prójimo no 
estimularan á cualquiera muger á presentarse con modestia en 
el público, su amor propio la debia persuadir á ello, conside- 
rando que los hombres de que hablamos, por el trage infíeren 
la conducta de la muger, y sin mas datos despedazan su ho- 
nor alegremente. 

„Nada' se debe temer tanto en las mugeres como la vanidad, 
dice un autor muy respetable. "^ Los caminos que conducen á 
loa hombres á la gloria f y autoridad les están cerrados, y así 
aspiran á distinguirse por las gracias del cuerpo y ciertas ex- 
terioridades del espíritu. De aquí nace aquella corversacion 
dulce y atractiva, aquel grande aprecio de hermosura y gra- 

* El MÓor Fenelon en la Edacacion de las hijas. 

f A la gtoría mundana, que consiste en el poder, autoridad 6 Cuna» 

Esta advertencia es inútil para los sensatos; pero como loa libros andan e» 

manos de todos, no queremos que algún ignorante crea que á lasmage- 

les les están cerrados los caminos que conducen á la gloria 6 bienaventu- 

ranxa eterna 



138 
cÍBfl exterioreí, y la demuiada afición á lat realidoa y demat 
adornos del cuerpo. Una peioeta, on lazo, un túnico. * la 
elección de un color, un rizo un poco mas alto ó mas bajo, son 
para ellas negocios importantes." 

„Este exceso va tomando cada día mas fuerza: el amor mu- 
dable de las mugeres, la afición i los Tsstidos, la pasión á las 
modas, juntas con el amor & la novedad, tienen para coa ellas 
tanto poder, que llegan ¿ trastornar las clases y á corromper 
las costumbres. Desde que se vive sin rejjla en tragos y mue- 
bles, se vive también casi sin distinción de personas. . . ," 

„E9(e fausto arruina las familias, y i la ruina de las &mi. 
lias se sigue la corrupción délas costumbres.... Esta es la 
causa de extinguirse incesantemente el boDor, la fé, la probi- 
dad y el amor natural, basta entre los parientes mas cer- 

„Todos estos males provienen de la autoridad que las mu- 
geres se han tomado, 6 que algunos hombres Usonjcros les han 
dado de decidir sobre las modas.** 

«Procúrese, pues, dar & entender á las mugeresdesde niñas. 




189 

mo una esclavitud, y solo la seguirian en 16 qne no pudieran 
evitar. • •• 

„Sobre todo, es necesario tener un grande horror á ¡a des. 
nudez de pechos, y á todas las demás indecencias del cuerpo. 
Aun cuando se cometan estas faltas sin alguna intención 6 
pasión desordenada, no deja de ser una vanidad culpable y 
perjudicial, causada de un excesivo deseo de agradar. Esta 
vanidad, culpable ante Dios y los hombres, es pruetia de una 
conducta escandalosa y contagiosa al prójimo. Este ciego 
deseo de agradar, de ningún modo conviene á una alma cria* 
tiuHi que debe mirar como una especie de idolatría todo lo 
que la aleja del amor á su Criador, y del desprecio de las cria* 
turaa. ¿Qué se pretende cuando se quiere agradar por estos 
caminos? ¿No es el excitar las pasiones de los hombres? ¿No 
pasan demasiado adelante, por poco que se lies alumbre? ¿Aca- 
so está en poder de las mugeres el refrenarlos, cuando pasan 
roas allá de lo justo? ¿A quiénjpues, se deben imputar los ex. 
cesos? Prepara la muger con su indecencia un veneno sutil, 
y lo vierte sobre los que la miran; ¿cómo se podrá Juzgar ino* 
cente?'* 

Hasta aquí este sabio moralista; pero concluyamos esta con * 
eversacion que acaso ya fastidiará por lo larga, auiiqué ha ai* 
do deroasido interesante. ¡Ojalá en todas partes se reflexiona- 
ra con atención sobre estas verdades! tal vez algunas familias 
se librarían del deshonor y la misaría. 

Finalizó su discurso el coronel, y después de haber hablado 
cada uno de loa concurrentes un poco sobre lo que quiso, se 
desbarató la asamblea. 



140 

cAPmii.o X. 

n el qns m eoenta 1* etittatÍTa eoD&ieticia qae tarierao catM Mñoni 
«K* da na muidai, 7 la célebre «ventare que por una de ellua inlHó 



^gga! con» do buta qné U aemílla aea buena para que Trne- 
tifique ai no K siembra en buena tierra, aai tampoco aprove- 
cban lai nwjoiw máximaa morales, si no se reciben en un co- 
razón bien dispuesto. F&cil os concebir que MatiMe do .í^|o 
gustó de la conrersacion anterior, sino que se aprovecha de 
toda ella, como que era naturalmente modesta y enemiga de 
singularizaise. 

Ño asf Eufrosina y sus amigas, que habían estado en un 
brete durante la plática de aquellos dos buenos aeñoreí, el co- 
ronel j ti cura. 

Inmediatamenlfl que se desbarat6 la concurreDcia y ae qué- 
dalos soba, oonHUzaron & murmurar á rienda suelta de k» 
piadoaos consejeros, sin contenerlas mi presencia: ¡ya se ve! (^ 




14il 

(ieoes tü de que el maidUa NariguetM tiea ua bufoa makria» 
doy ni de que el cura y tu euñado sean unos imprudeotee» ioi- 
poiítíeoe, que quieran convertir los estrados ea iglesias 6 «en* 
tas eseuebs? Déjalos que hablen laas qu# ua loco, que coa 
no hacerles caso se compone. 

Ya se ve que sí, decía Eufrtisinat ¿pues qué oaso habia y.o 
de hacer de sus sermones? Mi hermano los echa bien sepú- 
da» y con tanto fervor como el que han oido; pero yo me rio 
de él y de sus sermones, y le digo que ha errado vocación de 
medio á medio; pues para misionero no tiene precio; pero aun* 
que me burlo de su sencillez en persuadirme que alguna ves 
he de acordarme de sus ideas, no defo de eafadarme de ciiaa* 
do en cuando con su tenacidad. 

To no puedo negar que lo quiero, pues á mas de que es U0 
buen hombre, al fin es mi cuñado, y basta que quiera tanto ft 
Matilde; ¡ya se vé! que ella le ha cogido el lado del morir, por* 
que mi hermana es el amén de cuanto dice su marido. Yo no 
he visto muger mas zonza ni mas condescendiente. Si D. Rq- 
drígo dice: soZ, sale: si dice: no salgas, no sale: si quiere que 
ae vista asi, se viste: si quiere que de otro modo, también: ea 
fin, día lo obedece con mas puntualidad que una novicia á su 
prelada: y lo mas célebre ea que se conoce que lo hace con- 
tenta y no por fuerza. Ya ustedes la conocieron de doncella, 
y se acuerdan de que era muy alegre, y tan curra como la que 
mas; y ahora ya la ven hecha una vieja sesentona que apenas 
sale de casa, y eso vestida como quiera. Toda su diversión 
es su almohadilla y su clave, y todo su encanto, su hija y su 
viejo. Yo no sé como Matilde dié tan repentina vuelta. 

No te admires, niña, decia Adelaida; si los viejos son el mis- 
mo diantre: cera y pabilo vuelven á una pobre muger como la 
conozcan buena desde el principio. £n este caso, los muy 
picaros se vuelven unos santos delante de sus mugares, y á 
íuerza de sermones y de meterlas en escriipulos, haciéndoles 



de todo cargo de coscioncia, m «alen con cuanto quieren; y 
a>! laa tienen iaóecentu, eDcerrada* y hecbaa unas criadas da 
honor. No tienen elloa la culpa, uno laa bobea que lo» creen 
y loa obedecen como las niBaa í lae maestrea. ¿No advertiste 
que cuando predicaba tu cuñado, ni peetaHiba Matildel Pue* 
para qué reas que btni enaeSadila la tiene. 

9f, decía Eafroeina, sí ea mi hermana una pobre tontíta, 
cuanto dice ea marido lo cree como ai lo dijera un santo Pa- 
dre; no en balde él la quiere tanto y está tan contento con elta: 
como que no tiene muger, sino una hija que lo obedece al pen- 
samiento. Yo en parte me alegro, porque no la he viato re- 
ñir ni una vez. Deeera tengo de verk» enfadados ai quiera un 
din, y ya ven ustedes que esto es un milagro, porque casi to- 
daa laa mogeres sndamoa 4 mátame y te mataré con nuestros 
maridoB por cualquiera pamplina. 

Si lo es en efecto, decía Rosaura: yo tengo un marido que 
no lo merezco, porque me quiere en extremo; pero por no de- 
jar de mortificarme, tiene un grandísimo defecto, y es ser 
i zeloso nuo Judas. lAv niñas! ^ 




143 

ido acompañado con él á visitarme: si me asomo al balcón y 
veo por una parte y por otra, dice que sí por allí ha de venir 
el señor: si estoy triste, piensa que es por otro: si estoy ale- 
gre, lo mismo; en fin, yo no puedo hacer nada que no lo enze. 
le: de todo teme, todo lo asusta y de todo desconfia, y con es. 
to me da una vida de los perros. 

Sí lo creo, deoia Adelaida; pero ¿en dónde dejaremos las mu- 
geres de ser infelices? Mi marido peca por el extremo opuesto: 
él me permite cuanta libertad quiero, y no se mete conmigo 
para nada; pero no es porque me estima, sino porque ya se ha 
enfadado de mi y no me hace caso: y eso ¿por qué? Porque de 
pocos días á esta parte está embelezado con la maldita tuerta 
de todos mis pecados; pero me la ha de pagar. Sí, jurada 
se la tengo; no me la ha de ir & penar por vida de Adelaida.-— 
¿Pero qué tuerta es esa que yo no la conozco? decía Eufrosi» 
na. — ¡A Dios, no la conozco! como á tus manos la conoces. 
¿No te acuerdas de aquella que vive por Santo Domingo?— 
¿Cuál, la Hipólita? — La misma.-^-Pues niña esa no es tuerta. 
Es un poco turnita; pero le agracia porque tiene los ojos dormí- 
dos, y es una muchacha muy bonita. — Para mí es roas fea que 
el mismo diablo, decía Adelaidd; será porque no la puedo ver. 
— ^¿Pero qué motivo tienes para pensar que tu marido h, tra- 
ta? decia Eufrosina, porque D. Félix es muy hombre de bien, 
y la Hipólita es una muchacha de mucho juicio: yo sé que fre- 
cuenta los sacramentos, y días pasados estaba pretendiendo en 
las Brígidas. 

¿Ta ves todo eso? pues yo sé mi cuento, decía Adelaida: esa 
es de las que las cogen á tientas y las matan callando. Con 
toda 80 hipocresía no le parece mal Félix. — ^¿Pero qué le has 
visto?— «Nada; pero ¿qué mas he de ver sino que el otro día en 
el paseo se rompió su coche, y Félix la hizo entrar en el nues- 
tro con su madre, y desde entonces dio en visitarme? ¡ya se vé 
que no por mí, sino por el caballero! á ipí no me acomodó na« 



144 

da aemcjanta Tinte, y asíj tnté de deatemrla de cam, y lo 
consegaf muy bren, poníÓDdoIe mal modo y no riútándola. 
¡Santo remedio! coa ovto se ha desterrado] pero ^qué importa u 
él TB i au caaa aegan me han dichot 

[CoDque tú no lo labee^ decía EofroaÍBa, ni loa haa Tiskt 
junloal — No, nijla, Dios me libre de ver tal coaa, i pesar ds 
que be hecho ya mis boenaa diligencias para oogerios, y nada 
he podido conssguir. 

Pnes niBa, decia Rosaara, yo pienao que tú paaaa mala, rida 
per.zeloBa, y ya porque me zelan sin motivo. Yo sufro k mi 
marido, y tengo que sentir con su geoio seloao y endiastrado' 
pero tú A tí misma no te aguaolás tus zeloa, y no tienes ra, 
son para quitarte la vida: porque esa niña que dices la cono- 
cea bien, y sabes que es medio parienta de tu espeso, y asi et 
haberle ofrecida tu coche ostuvo muy en el orden. \o pedia 
haberse excusado, el lance no era pera menos: la pditica y e' 
parentesco lo estrecharon, y os!, á la verdad, tú no tienes razoa 
de haberte formado tan mal concepto de esa pobre niña: y so- 
bre lodo, déjate de ser :<dosa, porque te quitaría la vida ea 




145 

¡Bien hayas tú que has dado en el punto de la dificultad, de- 
cía la chata! la mezquindad y la miseria de muchos maridos, 
es la que los hace tan considerados y virtuos3s, y los convier. 
le en predicadores y misioneros contra las modas, como al cu- 
fiado de Eufrosina, á quien acabamos de oír predicar con tan* 
to fervor. 

A m! no me hace fuerza que predique contra el lujo mi cu- 
fiado, decía Eufrosina: él es algo mezquinillo, y no tiene ma- 
yores proporciones. Lo que sí me incomoda demasiado, es que 
todo viejo, gaste 6 no gaste, convenga 6 no convenga, ha de 
declamar contra, todos los usos nuevos, sin advertir que lo que 
se usa no se excusa. 

¡Ay, niña! ¿No sabes en que está eso? decía la chata. Pues 
DO está en otra cosa sino en que como ya pasó su tiempo, to- 
do lo del nuestro les enfada. Menosprecian el mundo, no por. 
que no les gusta, sino porque ya el mundo los abandonó á ellos. 

N^ verás viejo que no haga del santurrón, que no predique 
desengaños y reniegue de las modas y las modistas; pero, ya 
digo, esto es porque no pueden mas. Saben que no hay mu- 
chacha que los apetezca, y mas si son pelados, y así se des- 
quitan hablando mal de lo mismo que quisieran. ; Arredro va* 
yan los vejancones hipócritas, que ya bien los conozco! Se pa- 
recen á la zorra, que no pudiendo alcanzar las uvas de un par- 
ral por diligencias que hizo, fíngió una santa conformidad, y 
se marchó diciendo: ¡Al cavo están verdes! 

¡Qué mala eres, chata de mis pecados, qué mala eres! decía 
Eufrosina: mira qué juicio tan temerario has formado de los 
pobres viejos. Pero después de todo, es necesario confesar 
que dices bien, porque yo he conocido unos víejecitos verdes 
y arriscados como los mozos, que delante de la gente los he 
oído predicar contra las modas y abominar de las muchachas 
compuestas; y á solas los he visto mas enamorados que Cupi- 
do» Yo pudiera nombrar uno que otro que á mí misma me 



146 

han ecbailo mii polñlloa de cuando en cuando coa buUnle 
empeño, y li loe oyerai platicar de k virtud y contra las mo. 
dw y lai mugores^ dirías que era la mera verdad, porque ba< 
cen unos consejeros, que bosta ellos miamos lo creen. 

Sí, sí lo creo, decía la cbatíUa, i mí me ba pasado lo mismo, 
y no de ahora, sioo desde doncella. Tú cono ciste á mí madre 
(Dios la haya perdonado), y ya te acuerdas que era uñase, 
ñora verdaderamente virtuosa. ... ¡Ojalá fuera yo como ella! 
Pues, niña, iba & mi casa un maldito viejo de mis pecados i 
quien mi madre quería mucho, y lo tenia por un santo, por- 
que todas sus pliticsB eran del infierno.'de la eternidad, de la 
gracia y de la virtud. Desde que entraba i visita hasta que 
salía, todo se le iba en contarnos la vida de S. Alejo. Tenia 
la cabeza llena de oraciones, jaculatorias, ejemplos y milagros^ 
y todo lo vaciaba & presencia ds mí madre; y la buena seño- 
ra estaba encantada con su D. Ciríaco, que así se llamaba el 
caballero. 

¿Hablar delante de él de modas? ni por pienso. Todas, de> 
cia, que eran invenciones del diablo. No so podía decir en 




47 

quería arder para •ietnpre eo los infiernos, que tomara su con- 
tejo y no me llevara. 

Mi madre, que había menester poco, porque era una santa, 
ú me llevaba alguna vez á un baile, era solo á ver bailar y 
sin despegarse de mí para nada, y eso porque no la tuvieran 
por desatenta; pero si antes oia al viejo condenado, resolvía no 
llevarme, y se disculpaba lo mejor que podía. Con esto me 
quedaba echando zapos y culebras contra el entremetido con- 
sejero, y muchas veces estuve por decirle á mi madre lo que 
pasaba; y si no lo hice, fué porque temí que no me creyera, y 
Ole echara un buen regaño. 

¿Pues qué te sucedió, niña? decía Camila; porque cierta, 
mente que mirándolo despacio, el señor D. Ciríaco decía el 
Credo, y no podía menos sino ser un hombre muy cristiano y 
muy arreglado. 

No era sino un picaro muy hipócrita, decia la chata: como 
mi madre estaba alucinada, y no solo lo tenía por hombre de 
bien, sino por un hombre ejemplar, le permitía la entrada fran- 
ca en mi casa, y muchas veces me dejaba sola con él en el es- 
trado, cuando tenia que hacer en otra pieza; y entonces se 
descosía el perro viejo á su salvo. * 

Primero me empezó á enamorar con las majaderías del tiem- 
po antiguo, dándome muchas perlas, diamantes y rubíes. • • • 
¡Hola! dijo Eufrosina: esas no son majadericos, sino un bello 
modo de enamorar. Sí yo hubiera tenido un pretendiente tan 
rico, sin duda no me caso con Langaruto; porque, mi alma- 
dádivaa quebrantan peñas. Tü fuiste una tonta en no haber* 
lo admitido mas que fuera mas viejo que la sarna. 

No, no fui tonta en eso, sino muy hábil, respondió la chata 
tendiéndose de risa: pues qué ¿piensas que las perlas y los dia- 
mantes que me daba, eran engastados en oro ó plata en algu- 
nas halajitas^ No, hermana, me las daba envueltas en pa- 
pel. •• • Entiéndelo de una vez; me las daba en verso, y no 
flolo eao, sino soles y estrellas á millares. Ya verás y qué ri« 



u ealBrin yo con aeoMJaales preaeM; pero ea ñú, ««te fuá n 
primer ensayo. 

Yo lo dfliprecié como en '¡ario; y viendo ét que no ma ehi- 
ciiuba con tonteríu, apeló á loa oarifloa y tornecM. 8t tA lo 
vieras suspirar y Honr en mi praseDcie. hinearse delante de 
mí y querer besarme los piAa como si fuera saata, lerantarae 
de repente deseeparado, jurar, volar, renegar, y darse de bofe- 
tadas, hubieras echado las trípsi de risa, porque no hay rato 
mas divertido que ver í un viejo verde enamorado y deprecia- 
do delante de la muchacha que lo burla. jVaye, >i estos viejos 
supieran el ridiculísimo pape) que haoen en semejantes lancesi 
y la mofo que hacemos de ellos, sin duda que no se meterían 
á enamorar! 

Yo le decia i. este abuelo mil claridades; pero 61 las escucha- 
ba como si fueran requiebros. ¡Es gana! le dije muchas veces; 
vd. se cansa, y pierde el tiempo. No quiera á *d. no lo quie- 
ro. Yo soy rouchachO) y si me coso, 6 quiero i algnoo, será 
algún muchacho como yo; no á un tata señor que me espante 
con su loa. Ya vd. es muy viejo y muy baboso, ya tiene un 




149 

iM fae dichOy trató de provocarme contándome los cuentos mas 
obaoMKM que se pueden imaginar, leyéndome unos versos dic- 
tados por el mismo Asmodeot y propasándose á hacer en mi pre- 
sencia algunas acciones tan feas, que yo no quiero ni acor- 
darme. 

¡Ay, niña! dijo Rosaura: esa era una grandísima picardía. 
To creo que eso lo hacia cuando estabas sola con él; pero 
¿por qué no lo dejabas con la palabra en la boca, y te ibas 
adonde estaba tu madre?— Porque mi madre me hubiera rega- 
ñado,* diciéndome que no fuera malcriada, ni dejara sola la vi- 
sita. — ¿Pero por qué no le decías lo que pasaba? — Porque no 
lo hubiera creído.— ¿T por qué no le decías que te espiara, y 
escuchara al viejo cuando te quedabas sola con él? — Porque él 
viejo era muy malicioso, y solo me hablaba de esto cuando es- 
taba bien seguro de que mi madre estaba en parte desde don- 
de no lo podía escuchar.— Pero yo, en ese caso, hubiera pro- 
curado tener alguna compañía á raí lado. — Cuando podía, lo 
hacia así; pero no siempre había esa proporción, porque mi 
familia era muy corta. No se cansen, niñas: el viejo era muy 
malicioso, y mi n^^adre muy candida. Ahora conozco que es 
verdad que no conviene que las madres sean tan buenas, esto 
es, tan sencillas y confiadas, porque cualquiera las engaña. 

Bien que, por otra parte, yo no culpo á la pobrecíta de mí 
madre: porque ¿quién no se hubiera engañado con la hipocre- 
sía de ese santurrón maldito? La inocente señora (que en paz 
descanse y mis palabras no le ofendan) solía decirme algunas 
veces: Hija, ¡qué bueno es el señor D. Ciríaco! toma sus con- 
sejos, mira que de estos hombres ya no hay muchos. Cuando 
yo lo veo sentado platicando contigo, me parece que estoy 
Oyendo á tu difunto padre, y suelo decir entre mí: ahora en 
mi casa está la tirtud en el estrado. Así se explicaba mí 
madre- 
Consideren ustedes icómo no estaría aturdida, ni cómo yo 



IM 

ent capaz de haberla perauadidD i que aqusl VHJo en mi 
constante y lascivo seductor, cuando machas ncof «ataba él 
diciéndome cosas que por no oirías hasta me tapaba lu orejasl 
entraba mi madre 4 este tiempo, y el perro viejo al inatants 
bajaba los ojos, mudaba de tono y enredaba la conreraacioD 
con ella de este modo: |No es verdad, señorai que la digo bies 
á esta DÍBa, que no hay cosa como el pudor y U honestidad es 
las doncellas, porque asi se haoen amablea de todo el mundo, 
y parlíoularmeote de Dios, que es & quien debooioa agradar 
sobre todas las cosasl Pues, porque en todas partes está, y 
ve hasta nuestros mas escondidos pensamientos. 

Otras veces decia: Le digo i esta niña que sea muy reoata- 
da con los hombres, y muy devota de 8, Luis Gonzaga, para 
que el santo le alcance la castidad, que es una virtud angelí- 
caL To le traeré una semanita del santo para que )a rexe y 
se le encomiende muy de veras. ¡Ojalti yo viera 4 mi Vioen- 
tita (i mí) de monja! Pero Dios hará lo que le convenga. 

Así engañaba eete malvado i mi maare; y en fneraa de es- 
ta engaüo, |qué efecto había de haber hecho en su e 




151 

¡En qué habia de parar! en tragedia. ^ El viejo condenado 
oe volvió un veneno con mi cariño, y enfurecido comenzó á le- 
vantar la voz y á maltratarme, llamándome mocosa, atrevida, 
insolente y ¡qué se 'yo! al tiempo que mi mamá entró á la sa- 
la y lo halló temblando y con el papel en la mano. ¿Qué es 
eso, D. Ciriaco? le dijo, ¿qué ha sucedido? ¡Qué ha de suceder, 
señora, dijo el viejo, qué ha de suceder sino lo que le tengo á 
vd. dicho muchas veces! ¿No se lo he dicho á vd. no se lo he 
dicho, que á las muchachas de estos tiempos es menester te- 
nerlas en un puño, porque son la deshonra de las madres? Pues 
eso es lo que ha sucedido. Mire vd. qué papel tan escándalo* 
so le he hallado á su niña en la almohadilla. Si teniendo 
vd. tanto cuidado con ella, admite esos papeles, que no los ad- 
mitiera la ramera mas páblica de México, ¿qué fuera si vd. se 
descuidara con ella? Siento el decirlo; peijp ya me parece que 
á la hora de esta su niña de vd. perdió todo lo que tenia que 
perder. En fín, lea vd. el papely haga lo que quiera, que es su 
madre, y quien ha de dar cuenta á Dios de ella. Diciendo es- 
to, dio el papel á mi madre, y se marchó para la calle. 

Mi mamá tomó el papel, y mientras se puso los anteojos pa- 
ra leerlos, pensaba yo en huir ó disculparme; pero á nada me 
resolví, y me quedé como una estatua, temblando mas de c6-' 
lera que de susto. t 

Apenas leyó el primer verso, cuando escandalizada y llenli' 
de enojo, rompió el papel, me afianzó de los cabellos, me tiró 
al suelo, y me dio tal tarea de golpes y patadas, que si las 
criadas no me defienden, me mata allí mismo sin remedio. 

Ya yo libre de sus manos, me disculpé como era natural, y 
le contó cuanto me habia pasado con el viejo. Esto, lejos de 
serenarla, la irritó de tal modo, que si hubiera estado sola, me 
vuelve á dar olra tanda de bofetadas. ¿Eso mas? me decia; ¿eso 
mas, grandísima puerca^ ¿también eres habladora y deslengua- 
da? ¿no te basta ser una cuzca disoluta, sino que quieres echar 



Ib culpa de bu livisiidadeB y picardíu i un bombre ton virtuo- 
so y tan honndoT ¿qué dieras, grandÍBime perra, por pare- 
certe& la suela de un zapato viqo del señor D^ CiriaooT Paro 
anda, hija vil y deshauealai que do me han de volver & poner 
á otra vergüenza. Has de acabar tus días en Sen Lucas * 6 
en la Casa de Pobres. 

Consideren ustedes cómo me quedaría yo en este lance, 
viéndome golpeada y aborrecida de mí medre, y at mismo 
tiempo con mi honor eo opiniones entre las criadas, pues mi 
madre en lo mas vivo de su calera se produjo indiscretamente 
con peores expresiones que las que he dicbo. 

Yo temía que cumpliera su palabra, porque era muy resuel- 
ta, y que de la noche & la mañana me puaipra en unas Recogi- 
das; pero yo no sentía tanto tan injusto castigo, cuanto que 
se quedara riendo el maldito viejo. 

{Y se quedól preguntó Camila. ¡Cuándo se había de que- 
dar! dijo la chata. Yo me vengué de un modo muy bonito, 
y fué este. Andaba en solicitud mía el que ahora es mi ma- 
rido, i quien yo, la verdad, no quería mucho; pero jto que ea 




158 

una de las ruedas del mismo coche, le quitaron los calzonei^ y 
con la cuarta del cochero le dieron una vuelta tan desaíbrads, 
que por poco lo matan. A lo menos mas de veinte dias estu- 
vo en cama. 

No paró en esto. Luego que se acabó el cruel misereref lo 
subieron al coche, encendieron un cerillo, sacó mi novio un 
pedazo de papel y un tintero, y poniéndole una pistola á los 
pechos, le juró matarlo allí mismo si no ponia una carta á mi 
madre restituyéndome mi crédito, contando el pasage como 
fué, y pidiendo perdón de la calumnia que me habia levan- 
tado. 

£1 triste viejo que se vio entre aquellos sayones, que tales 
le parecieron, sin el menor recurso y bien azotado, creyó de 
buena fe que cumplirian su palabra si no obedecia en el instan* 
te, y así, quiso que no quiso, puso el papel como se lo dicta* 
ron, y lo firmó como era regular. 

Hecha esta diligencia, le intimaron que cuidado como toLi 

« 

via ni á pasar por mi calle, porque lo habian de hacer tasa- 
jos. £1 infeliz viejo juró y rejuró que ni se volvería á acor- 
dar de mí. Con esto, lo llevaron hasta cerca de su casa, adon. 
do el pobre llegaría casi arrastrándose. Ya yo no volví á sa- 
ber de él. 

Pues niña, ¿qué no volvió á tu casa cuando sanó? dijo Eo- 
frotína, porque era regular que él se quisiera vengar de tu 
venganza. Pues ya no le quedaron esas ganas, decia la cha- 
ta. Lo cierto es que al otro dia cuando mi madre me dijo 
que me vistiera para llevarme ante el corregidor, ya tenia yo 
la carta en mi mano, y con esta satisfacción le dije: Mamá, 
voy á vestirtfie, pero no para ir á ver ese señor, sino para que 
nos vayamos á misa como siempre. Irá vd á donde yo la He* 
vare, roe dijo mi madre muy enojada. Pero yo le dije muy 
humilde: Sí señora; mas antes será bueno que lea vd. esa car- 



HA 

lA que le envia d Koar D. Ciríaco, i quien ma aé como pa. 
gar)e loa favores qoe le cMw. 

Mi madre me ecbó una minuk muy ■¿ría: lomó el papel y 
ae puso loa aoteojoa. Hemos de catar en que su merced cono- 
cía muy bien la letra y firma del viejo, como qoe habia sido m 
apoderado en cierto negocio; mas con lodo eso le cogió tan 
de wrpreaa este papel, que lo leyó mas de cuatro veces, no 
queriendo creer i sus o)oa. Sacó oirás firmas de él, las con- 
frontó, y asegurindoee en que la ¿Kima era de la misma menOf 
no pudo menos que llenarse de gusto y de ternura al ver que 
yo no era como babia dicho D. Ciríaco; y echiodome sus bra- 
zoa, comenzó á pedirme perdón, y las dos i llorar i un mis- 
mo tiempo. 

Así que nos serenamos, me preguntó ^cómo habia llegada 
aquel papel i mi poderT y entonces yo le refeií aeneitlamente 
lo que había pasado, quién lo babia beebo, por qué Ínteres, J 
la palabra que yo tenia empeñada, y que cumplirla con su li- 
cencia. 

Mi madre rae prometió que como el sugeto fuera igual i mí. 




165 

hacernos ver que cuando declaman contra las modas, contra 
los bailes y contra las mugeres compuestas, no es por virtud, 
sino de corage de que ellos ya no pueden gozar de estas co . 
sas. ¡Ya se vé, que tú no dirás esto tan en general! 

No, ni lo permita Dios, decia la chata: ¡cómo había yo de ser 
tan temeraria! Uno es uno, y otro es otro. Una cosa es la chan- 
za, y otra son las veras* ¿Cómo hemos de dejar de conocer y 
confesar que hay muchos viejos muy honrados, y verdadera- 
mente virtuosos, (así como hay jóvenes lo mismo) que hablan 
contra los vicios ó por obligación, como los padres de familia y 
los predicadores, ó por caridad y en clase de consejo como 
ahora el señor cura y tu cuñado? De todo hay, y yo solo ha- 
blo de los viejos verdes, hipócritas y mezquinos que quieren 
hacer de la necesidad virtud, pues con los buenos no me meto 
ni quiero oirlos, porque no me acomoda que me asusten* To 
conozco que dicen bien; pero soy muchacha, y me gustan la 
moda, los bailes, el coliseo, los toros, la Orilla, la Alameda, y 
todo cuanto hay, y tengo dinero, y no me he de enterrar en 
vida, sino que he de pasear, y me he de divertir bien y á mi 
gusto, que para eso me casé, y no me quise meter á capu- 
china. 

Bien hayas tú, niña, decia Eufosina; bien ayas tú que eres 
de mi modo de pensar. Nos divertiremos ahora que somos 
muchachas y tenemos con qué, mañana seremos viejas y tal 
ve^ pobres, y no habrá ni quien nos dé la mano si nos cae- 
mos. Asi se lo suelo decir á mi cuñado; pero no es meneter 
mas para que comienzo á predicar. 

Luego me dice: Si, todo se puede hacer, pero con orden, sin 
escándalo, sin profanidad, sin desperdicio: porque ese dinero 
que se gasta tan superfluamente en modas y bureos, al fin 
hace falta á la familia. Llegará tiempo en que muchos hijos 
desearán ipara carnero lo que sus padres han tirado en to- 
ros. • • • De que mi hermano se suelta por este tono, no hay 



13fl 
quien lo pueda sufrir, y yo lo que hago ea dejarlo y no hacer- 
le caso. 

Y em ea lo que debemos hacer, decía la chata, porque loa 
hombres son fatales y amigos siempre du llevar la aaya ado- 
Isnle, y así lo mejor es no hacerles caeo. 

Mi marida es un Juan Lanas que no me mortifica demasiado; 
sin embargo, por no dejar de tener al^na falta, ha dado «n 
que sus hijos han de ser muy hten criados, y sobra esto cadk 
rato hay en casa campaña, porque él quiere criarlos de an no- 
do y yo de otro. 

Yo dejo que los muchachos corran, griten, trareséen, que 
coman cuanto hay y á las horas que quieran; y él siempre an. 
da riñendo porque ya uno so rompió la cabeza, porque el otro 
está empachado, porque aquel es soberbio, porque este es rai> 
gativo; y asi por todo. 

Yo luego te digo: Déjalos, hombre, que hagan lo qua quio. 
Tan; están en su edad, y os fuerza dar tiempo al tiempo: no 
pueden ellos comenzar ¡>or donde nosotros acabamos, aaa mu- 
chachos, &,c. pera nada me vale: al señor no le entran pun- 




167 

contra mí. Esa es mucha indoleneia, me decía, y mucho con. 
•entímiento. Así salen los muchachos licenciosos, soberbios y 
malcriados, enseñándose á salirse con cuanto quieren, sea 
justo 6 injusto. ¿Qué respeto te han de tenes, tus hijos cuan- 
do crezcan, si desde muchachos Jos enseñas i que tú has de 
hacer lo que ellos quieran y no lo que tú les mandas? Ahora 
dices que son chiquitos y no saben lo que haceci; pero lo cier- 
to 68, que los muchachos saben mas de lo que tú piensas. Co- 
nocen muy )l>ien que con llorar han de conseguir lo que quie- 
ren: están acostumbrados á que por no oírlos lea den gusto, y 
por eso lloran y mas lloran hasta qqe lo coimiguen. 

Semejante modo de consentir y malcriar á los muchachos, 
masque amor es tiranía, pues así se hacen soberbios, orgullosos, 
descontentos, ambiciosos y poco sufridos, con cuyas bellas cua- 
lidades no es mucho que sean infelices mientras viven. 

La semilla de los hombres picaros y de las mugeres sin ho- 
nor, no son sino los muchachos y. muchachas malcriados. Con- 
siente á Luis como hasta aquí, que él te dará el pago cuando 
crezca. Si ahora me rompió el rclox, de grande te romperá 
la cabeza. Aun no tiene malicia, y ya tiene caprichos. Ta 
te acuerdas del mal rato que te dio el otro dia por los imposi- 
bles. Conque sigue, sigue malcri ándelo, que tú lo llorarás. 

Tal fué el sermón que me echó mi buen marido, que los 
echa largos como el cuñado de Bufrosina, y me fué preciso 
aguantárselo hasta la bendición, porque estaba el hombre muy 
enojado por su relox. 

T se enojó con justicia á mi entender, dijo Camila. ¿Qué 
fué eso de'los imposibles? — Cosas de los muchachos, contestó 
la chata. Mira tú que el otro dia empezó Luis á llorar por- 
que queria jugar con mi hilo de perlas; y tanto me molió, 
que se lo di, y al dárselo le dije: toma, que un dia eres tú 
capaz de querer imposibles. ¿Quién se volvió á acordar de 

semejante expresión? Pues cátate ahí, que cuando menos pen- 

5—2 



lí» 

sé comenEÓ á Uonr otra rez con mas fuentt y i pedir 1m ta- 
les impo8ÍU«a. Le dibaraos dulces, bíscodu», fruta y caan- 
loa goloainas había en casa 6 pasaban por la calle; pero no ba- 
bia modo de callarlo, porque como todo lo conoce, no ae la po- 
dían pegar. Eite es dulce, decía, estas son roaquítas, estas 
Bon peras; yo quiero imposibles, yo quiero imposibles, denise 
imposibles. Ya me desesperaba yo, no sabiendo cdmo con- 
tentar ó qué darle al maldito muchacbo para que se callara, 
hasta que la costurera advirtió darle una cosa que no hubie- 
ra comido, Y en el aire nos acordamos de esos frijdes gordos 
' que llaman ayecoUt, los que él no habia visto en su vida. 
Al instante fué una criada i buscarlos i los bodegonea, y no 
paró hasta que los encontró y los trajo. Los peló en d mo- 
mento, y se los dimos secos y con sal. Como él no los cono- 
cía, y le ponderamos que habia costado mucho trabajo hallar- 
los, creyó que asi era, y pasaron los frijoles por imposibles. 
Todos los días fe acuerda su padre de este chistoi y me da con 
esto en la cara. 

En verdad que estuvo bien gracioso, y tú le verias faarto 




169 



n-:^' CAPITlJIiO XI. 

Que tnU de la primen educación de loa niños, y de otna eoMs que no 

dÍBgttatar¿n ai lector. 




[oMo me dilaté en la vivienda de Eufrosina, me extrañó 
el coronel y preguntó el motivo. Le contesté que habia es- 
tado divertido oyendo platicar á la aeilora Doña Eufrosina con 
9U8 visitas» Esto excitó su cusiosidad, y quiso saber las ma- 
terias que se trataron en la conversación, y yo lo satisfice con- 
tándole lo que no le podía agraviar, como fué lo de los imposi* 
bles de Luisillo. 

Reian grandemente loa señores con este cuento, especial- 
mente Matilde, que apenas lo queria creer, hasta que su ma* 
rtdo le dijo: No te haga fuerza, hija mia, la tal impertinencia 
de ese niño, porque todos loe consentidos son lo mismo. £1 
Abate Blanchird trae otro caso igual. Tenia una señora un 
niño de estos enseñado á que le habian de dar cuanto querrá. 
Los criados estaban impuestos á obedecer su gusto, porque el 
niño DO habia de llorar sin que se complaciese. Engreído con 
esta costumbre, un día comenzó á llorar y mas llorar, con tal 
tenacidad, que lo oyó su madre,¡[y llena de cólera reconvino 
al criado que lo cuidabaí dícíéndole que ¿por qué no le daba al 
niño lo que quería? El criado respondió: Señora, es iroposi- 
ble que yo le dé lo que quiere, pues me pide que le baje la lu - 
na y la ponga en un vaso de agua. Bien puede, pues, estar 
llorando hasta el fin del mundo, que yo no le bajaré la luna*^ 
La señora quedó convencida de la impertinencia de su hijo; 
pero el autor no dice si quedó corregida. 

Ninguna cosa contribuye tanto á corromper las costumbres 
de los niños y hacerlos orgullosos y malcriados, como la indis- 
creta condescendencia de las madres. Conducidas por un 
amor excesivo y|por un imprudente cariño,^ contemporizan 



160 

con ellos en cuaato quieren. Por tal que el niño no llore, le 
dan todoloqueapeteee,end namento^ue insinúa su rolunted 
con tas ligrimas. De nqni nace que se crian indóciles, orgu- 
llosos é impertinentes: pierden et respeto á me padree y el 
amor i un mismo tiempo; y enseñados á haceree obedecer con 
el llanto, no agradecen los mismos agasajos, creyendo qoe m 
lea deben de juslicía. 

Como estamos convencidos, dice Blancbárd, de que loe llan- 
tos de un hijo bien 6 mal comprendidos, y bien 6 mol dirigí. - 
dos por la terDUra de las madrea, hacen casi todo el arto 
déla primera educación, añadiremos algunas reflexiones jui- 
ciosas que hace á este asunto Mr. Rouueait en su £inÜa, en 
donde entre tan gran número de errores peinicioeos, se hallan 
verdades útiles. „Los primeros llantoa de los niños, dice, aon 
ruegos: si no se cuida de ellos, en breve llegan i, ser órdenes; 
comienzan por hacerse esistJr, y acabas haciéndose obede- 
cer...." 

„Los largos llantos de un niño que nn eati alado ni enfer- 
mo, y i quién no le (alta nada, no apn sino llantos de hWto y 




161 

mkiiia.causa qoe los hace llorones á los tres años, los hace se- 
dieioeos á los doce, discolos á los veinte, imperiosos á los trein- 
ta, é insoportables toda su vida.'' 

Loego que un ñiño manifiesta las primeras señales de cono- 
cimiento (continúa el Abate citado) es necesario precaver en 
él toda <^tinaeion é indocilidad. La porfía es el defecto de 
la mayor parte de los niños; pero se puede decir que lo deben, 
caá siempre, á la primera educación, pues se condesciende á 
todas sos fantasías. Lo que se ha negado á sus ruegos, se 
concede á so importunidad, á sus llantos y á sus violencias: 
y aan los dejan vengarse y dar golpes. „To he visto, dice el 
autor del Emüio, ayas y madres imprudentes animar la porfía 
de un niño, excitarlo á pegar, dejarse pegar ellas mismas, y 
reír de sus febles golpes, sin pensar que eran otros tantos ho- 
micidios en la intención del niño furioso, y que aquel que quie- 
re pegar siendo chico, querrá matar siendo grande.^* 

Estas son, querida Matilde, unas verdades tan evidentes, 
que no necesitaríamos que nos las recordaran los autores, si 
atendiéramos con reflexión "á la experiencia. No son los ni- 
ños mas consentidos los menos llorones, lo contrario, son los 
mas impertinentes y enfadosos. 

To convengo en que es muy tierno y natural el amor á 
nuestros hijos, que causa pena el verlos afligidos y llorando, y 
soy de parecer que se les debe dar gusto en cuanto sea inocen- 
te y razonable; pero no generalmente en todo, solo porque no 
lloren y por excusarles un ligero sentimiento. Aquí está to- 
do el daño de la imprudencia. Es lo mismo que querer curar 
nn mal pequeño con uno grave. 

No es menester mucha penetración para conocer los funes- 
tos resultados que trae á los hijos y á los padres la ciega con- 
descendencia de estos, ni es tan difícil el poderla reprimir en 
los principios. .Mientras los padres ó las madres amen á sus 
hi>os como deben, les será fácil el desentenderse de sus llantos 
cuando convenga* para hacerlos aumiaos y obedientes. 



162 

Si un niño llorara por coger^son h mantta un nlacruii aa. 
guro eeti que la madre mas indolente ae lo diera aunque Iloia- 
ra haslo no mas. ¿Y por quéT Porqué conoceria que aquella 
sabandija era venenosa, y que podía picarlO/'y acarrearle la 
muerte, ó un graviaimo daño á au salud. |Puea por qué no 
tiene igual cuidado en no permitirles que logren su* capricbotí 
como que son siempre nocivos y bastantes á bOTenenarles el 
espíritu, y acarrearles unas enfermedades morales que no po- 
drán curar en toda su vidal 

Por desgracia, ordinariamenle los niSos no w ven rodeados 
sino de un enjambre de mugerea ignorantes, que con muy bue- 
na intención conspiran á hacerlos malcriados é insufribles. Laa 
madres, las nodrisaa 6 ekiekiguai, las ayas 6 pUmaauu, laa 
maestras, laa parientas, las amigas y basta las criadas de las 
casas, ¿qué hacen aino pervertir el espíritu del nifio desde loa 
principios, fomentar sus caprichos, inspirarle errores, apoyar 
sus falsas ideas, deiénder sus extravagancias y adular aua in- 
clinaciones i diestro y á siniestroT 

La ira, la envidia, la venganzat la falsedad, el disimulo y 
otroü de fe c loa como estos, no se notaran tan teraprano e; 




m 

éJ, hasta que te lo dan» y así le fomentan la envidia: «e tropie^i 
za con el perro, te cae y llora, y al momento cogen al perro y 
te lo preeentan para qae lo golpee, y atl leintpiranJa vengan, 
za: llora otrat veoet por lo qne te le antoja, y para callarlo b 
dicen: „no, mi alma, no lloret: los nifiot lindot como tú. no lio* 
ran: eso te queda para etos muchachos feot como el hijo de la 
cocinera*: y este es un modo muy propio de inspirarles sober* 
hia y vanidad, haciéndoles formar un alto concepto de si mis- 
mos, y ensefiándoles á abatir y despreciar al ínfóliz. Si con es* 
ta y otras diligencias semejantes, aun no se calla, le hacen un 
ruido extraño, .ó le señalan un cuarto obscuro, diciéndole que 
por allí ha de salir el viejo, el coco ó la bruja, que se lo ha de 
comer, y con tan terrible amenaza se logra que no llore; pero 
de paso se hace pusilánime, y se dispone su fantasía para ad- 
mitir en la mayor edad las mas crasas supersticiones. Si 
quiebra un vaso 6 hace otra travesura y lo regañan, no falta 
quien lo defíenda, diciendo que no fué el niño sino el gato, y 
así aprende á mentir y á disculparse á toda oosta. 

Pero ¿para qué he de insistir en probar con ejemplares una 
verdad que se nos entra por los ojos? Ello es cierto que hay 
personas que si estudiaran por principios el arte de malear á 
los muchachos, no lo habían de hacer con tanta gracia como 
lo hacen sin ningunos estudios, sino por una mera afícion al 
niño* 

ho peor es, que mil veces los hijos se educan mal contra las 
sanas intenciones de sus padres; ya porque no pueden encar- 
garse de observarlos todo el dia, ó porque las madres son aban- 
donadas y opuestas á su modo de pensar, y entonces tienen 
los padres que ceder conociendo el perjuicio, por no chocarse, 
y acaso perder la paz del matrimonio. ¡Felices los casados 
cuyas voluntades van acordes en un asunto de tanta gravedad; 
pero roas felices los hijos i quienes cupo en suerte tener tales 
pad 



Juá haMri» <* 8(noiwl< iw 1 Jo i«tafrMipi6 «^ caNvanMÍon 
aUTÍafc. Erts hé k mdfa de k nifla Oeitnidú 6 Tali- 
tm, flono la dwiui, aqnrik aUjada iM ootoimI á qnim oom- 
fi6 al eoiiUa de PadamúaB «Mcla muy tiamu XHía ya 
Imitas cono dioB y asta 6 diw y Mto «fioi^ y antao aob b»> 
pita, aino muy habaodoaa, konUda y giAngoadon. So ibR' 
ilrtt» • • ■ (panaa que la aat^ minutdo) en. usa aaflon.eoB>D 
de oÍBcaenta tSiout Uuoa, tatia euu, ds ojoa azalea, do om 
nariz may a^Mb, de sd cuerpo muy bien proporcionado, y 
ano^iM flon naehaa anugaa y poeoe dientea, ae conoda que 
no aeria deipre<Hable en aoa qoinco. 

Su trafe era uf lúnico muí de indiana coa holancito blan. 
co, un nbm da Sultepec y an paünelo con que le abrigaba 
la cabeza. Luego que encontró y paaaron lat acoalnmbra- 
daa aalutafiionae, «e aentó, y dírigiando la palabra al coronal, 
le dijo: iQaé habrá vd. dicho, compadrito, que oainlo ha fuo 
no pereceo por «cal Pero ya n vá. los trafanjói da una 
pobre muger aola, que le aa^uro i vd. que no tengo lugar ni 
de raacarma la oabe^. Todo ol dio ae me va en hacer la di< 




166 

y me Jia preguntado que si no tengo nada seguro» que de qué 
me mantengo, y otras cosas: y cuando le he dicho que no ten- 
go sino tal cual costura y la caridad que vd. me suele hacer, 
te ha compadecido mucho de mí; pero desde el otro dia que le 
d\je que tenia una niña acá, se compadeció mucho, y me dijo: 
¡Válgame Dios! ¡qué lastimas, qué miserias se ven en este Mé. 
xico! ¡Estar una madre separada de su hija, y una pobre ni- 
ña arrimada en casa agena {y fuera del abrigo de su madre! 
¡Jesús, qué cosas! Pero vd. señora, me decia, ¿por qué tiene á 
esa niña lejos de su lado? ¿No sabe vd. que ai ojo del amo en- 
gorda el caballo, y al lado de la madre se hacen felices las hi- 
jas? Vaya, que vd. no debe de querer á esa pobre criatura. 

íSí la quiero, señor! le decia yo: de fuerza la he de querer 
si es mi hija, y no nació de las yerbas: ¡sabe Dios lo que lloro 
cuando me acuerdo de ella, sin embargo de que está como en 
su casa! Entonces me preguntó que dónde estaba y cómo se 
llamaba. Le dije que acá con su padrino, que ella se llama- 
ba Tulitas, y le di sus señas. El señor se alegró mocho al 
oirme, y me dijo que ya la conocia, que erado mucho mérito, 
y era una lástima que careciera de su madre: que si la única 
causa de esta separación era la pobreza, que no tuviera yo cui- 
dado, pues él era rico y solo, y no tenia en que gastar su di- 
nero sino en hacer obras de caridad: que sacara yo á mi niña 
para que me acompañara: que contara todos los dias con dos 
pesos diarios: que buscara una casita de diez ó doce pesos y 
una moza para que nos sirviera. Por lo que hace á la ropa, 
que él tendrá buen cuidado de que no nos falte nada. T para 
que yo no pensara que estos eran ofrecimientos de boca, tne 
dejó dos onzas de oro encargándome que buscara ln casa, y 
que en cuanto la hallara le avisara para que se compraran los 
trastos que me hicieran falta. 

Ta ve vd. compadre, que de estas fortunas no se hallan to- 
dos los dias, y quizá Dios ha tocado el corazón á este caba- 
llero para que nos remedie: y asi vengo a darle á vd. los agnr* 



IM 
decimiantot por el, tienpo que tu («nido i mítM an ea tun, 
y í llevinnelB pan que me aconipaSe, parque ym. tengo yo to- 
mada la oais, y está ea ella la moaa, que el mEnno asBor me 
Ib buBcó. Tiene rail gnoÍBa: ayer me UerA áot eanas nmy 
buenaa j nn baalito con doa piexa* de bretaüa, diex Tana dt 
indianillB fina, cuatro pareí de mediaa, doa tápalos, odo de a»- 
da y otra de trafalgar, y otras mnehaa eoñtaa que tolo n» en- 
■eñó, y cerróy as llevó la liare: porque dice que haata que Tu- 
lilai esl6 en oaaa me la dará, y le regalará á ella una o^ita & 
atbaJBi que era de au mugar y no tiene á quien diraela; y atl, 
compadre, yo rengo por Tulilaa, porque eita ocasión no ea de 
perder. 

Oy6 el coronel todo el rexonaraiento de la riqa, y luego qae 
acabó le dijo: En verdad, eomadre.qne eee caballeo es dema. 
BÍado bueno. ¿Conque conoce á Talitas, la ha riato en el bal- 
cón, y dice que tiene mucho mérito, y después de esto quien 
hacerle á td. bien y buena obral ¡Vá^te Dioa por caridades! 
Si Td. diera sola, 6 si hi bija que tiene fuera fea, yo lo apoe- 
H orejas á que no enconlrnba un caritativo semejante; 




167 
tidad j por moda, para que les digan niñas de convento: que 
allí lo que aprenden son muchas monerfas y ridiculeces, que 
salen mas hip^ritas que cristianas, pues acompañándose con 
muchas viejas supersticiosas, sirvientas necias y niñas forza- 
das, ó que están allí á fuerza, y que tienen bastante malicia 
para enseñar sus malas mañas, las aprenden fácilmente sus 
amigas, y pierden en los conventos la sencillez que conservan 
en sus casas al lado de sus madres: y por último, dice el se- 
ñor que es bebería meter en colegio 6 convento á una niña 
que no tenga vocación de ser monja, sino que piensa en ca- 
sarse, pues en una clausura con dificultad se proporcionan no- 
vios; y que supuesto que mi bija no ha de ser monja, porque 6 no 
tiene vocación, ó no tiene dote, que mejor es que se quede en 
la calle conmigo, pues así se consigue que me asista y acom. 
pane, y que tal voz mañana ú otro dia se case con ventaja, lo 
que no sucederá si la metemos en conventos, porque santo que 
no es visto, no es adorado. 

Todo esto me dice el señor, y ya ve vd. compadre, que dice 
may bien, porque yo he visto mucho de lo que me ha dicho, 
y tengo muchísima experiencia, como que de muchacha estu- 
ve en convento, y allí supe muchas cosas, y aprendí mil ton. 
teras y malas mañas: porque 'lo que era bueno y lícito, lo te- 
nia por pecado, y escrupulizaba de ello,] y así se enfadaba el 
confesor conmigo cuando le decia: „acásome padre que dije 
delante de los hombres en reja, que me dolían las piernas, que 
tenia an tumor en Una nalga, ó una roncha en el ombligo^^ que 
son partes del cuerpo que yo llamaba con unos nombres que 
aun en los fandagos hacen reir. Mi confesor, como dije, se 
incomodaba de esto, y me regañaba muy seguido. Me acuer- 
do que un dia, víspera por cierto de la Ascensión, me dijo: 
Ta le he dicho ••• . . Porque mi confesor era muy santo y muy 
serióte. A nadie hablaba de tá ni platicaba, sino por mucha 
fuerza, fuera del confesonario, ni recibía ningún regalito de 
sus hijas, ni quería á unas mas que á otras, ni admitía papeli- 



168 
(01. ui escribía ninguiioa, ni servia de empeño, ni hablaba en 
el eonfeeonario sino da asuntos de conciencia, ni aprobaba 
virtudes, ni creia revulaciones, éxtasis ni arrobamientos, * 
ni ... . Déjese vd. de tantos nú, comadre, decia á coronel, que 
yo no quiero saber la vida de hu confesor, aunque por lo que 
me ha dicho conozco que era un buen ministro de Dios; pero 
eso no viene al caso. Diga vd. qué fué lo que dijo la víspera 
de ta A,Bcension, y acabe bu cuento antes que se me olvide lo 
que yo le he de contestar. 

Pues, compadre, decia la vieja, lo que me dijo mi padreci. 
to> ■ • . ni así quería que le dijéramos sus hijas, sino nú con. 
feseró mi director. Vea vd. que tal era de serio; peroenfin, 
me dijo: que ere menester un diccionario particular para con- 
fesar í las necias de conventos, 6 una singular inteligen- 
cia para comprender sus fraudes y gazmoñerías. Ya le he 
dicho que se confíese en castellano y no en esa gerígonxa que 
no entiendo, sino i costa de mil preguntas. También Ja be di- 
cho que se confíese sin rodeos, y sin buscar frasea con ^e 
ocultar ó disimular sus faltas,, porque este modo de Gonlwarw 




169 

be «{ae no 68 virtuosa» como aparenta, siiio una soberbia que 
YÍene á la sagrada piscina de la penitencia, no á purificarse 
d» sos colpaa con coraaon contrito y humillado, sino á revol- 
cañe en su mismo cieno, y á salir del baño saludable mas man- 
dMda de lo que entró. 

Le he dicho que la vwdadera virtud no está reñida con la 
«aeeridad: que los escrúpulos son peijudicialísimos para ade- 
hatar en el camino de- la perfección: que hay escrúpulos de 
timas timoratas, y escrúpulos de hipócritas, como los suyos. 
8e viene á oonfesar de que le di6 un palo al gato de su na- 
na, * y no ee confiesa de que se lo di6 por vengarse de ella, ni 
de que se quiso vengar, porque la regañó por haberla desobe- 
decido yéndose al patio á platicar con esa moza que le ha en- 
señado tantas cosas que nunca debia saber, y por que le ha 
evitado esa compañía que ha sido tan perjudicial á su con- 
deneia. 

¡Cuánto trabajo me ha costado sacaros todas estas cosas, y 
haceros confesar las culpas mortales que os queriais ocultar 6 
con malicia ó con ignorancia culpable! pues seguramente 
no queriais confesar otra cosa sino que le disteis un palo al ga- 
to, lo cual no puede ser culpa grave. ¡Ya verá vd. que tal se- 
ría mi confesor. 

Era muy bueno, dijo el coronel; pero no sé si me admire 
mas déla candidez de vd. en confesar sus pecados, ó de la me- 
moria que conserva de la reprensión de su director, pues la 
sabe como una relación; porque ese estilo se echa de ver que 
no es el de vd. sino el de su confesor. 

Pero, después de todo, es necesario que vd. advierta que esc 
señor no dice bien en todo lo que ha dicho. Es verdad que 
en los conventos ó colegios de mugeres hay defectos que seria 
de desear se corrigiesen. ¿Mas en qué parte no los hay en es- 



i • kú m»^" 1m niñas » 1m moojw i cayo evrgo eftiou 

■ A 



6 



7 



170 

tt vida mortal y ffliwnUel Ea tambieii verdad que algunai 
■e enlraD en !ob conventoB, 6 por deseo, ó por antojo, ó por 
Decesidod, 6 por ftieraa, y no son eslaa seguramente tas que 
cumplen mejor con bus obligaciones; pero no ea menos cierto 
que tales casas no se fundaron para ser hospicios de disipa* 
das, rrírolas) ni holgazanas, «no para ser loa planteles de la 
-virtud, y loa asilos de la inocencia, como efectivamente lo son. 
Los ConfwonarioB son crisoles donde esta se prueba, y loa púU 
pitos teatros en que se publica y se panegiriza cada día. Y 
ai no hubiera sido por los conventos, colegios y casas de en- 
aeñanza y clausura, establecidas para defender la virtud y bo. 
nestldad de muchas, ¿cuíntaa i esta hora hubieran sido tris> 
tea victimas sacrificadas i su indigencia y al libertinage de 
una tropa de infames seductoresT 

La utilidad de semejantes piadosas fundaciones es innega. 
ble, por mas que en ellas entren algunas personas díscolas, y 
no fallen defectos que seria muy del caso corregir. 

Llamo defectos á muchas preocupaciones que no dejarin 




171 

ó prostituida; y aquí m verifica que el hábito no baee al 
rnouge. 

Ahora se debía advertir por las enemigas de los túnicos y 
trages del siglo, que no todas las ñiflas que entran en los con. 
rentos llevan designios de quedarse en ellos, ya por falta de 
vocación 6 ya de dote. Muchas entran por aprender las la- 
bores, costuras y curiosidades que aprenden las mugeres ha- 
cendosas, muchas por necesidad, muchas por antojo y algu- 
ñas por fuerza. Todas estas van con la intención de salirse 
luego que aprenden lo que quieren, 6 cuando mude su suerte, 
6 cuando ya no quieran estar, ó no quieran que estén los que 
las mandan. 

¿No es cosa bien extraña que se les prohiba á todas estas su 
propio traget Y por último, si el túnico, si el tápalo, si el pe- 
lo asi 6 asado, son escandalosos en los conventos, si se han de 
ver como retraentes de la virtud, ¿por qué en muchos se per- 
mite? ¿Diremos que en esto son las preladas mas laxas, ó me- 
nos preocupadas? 

Los perjuicios que acarrea esta preocupación contra los tú- 
nicos, no son ni raros ni remotos. Hay muchachas pobres 
que desean recogerse en un convento: acaso hallan este ó el 
otro bienhechor que las ayuda para pagar su colegiatura, ó 
piso^ como llaman vulgarmente; y ¿qué sucede? Que no en- 
tran, y pierden esa coyuutura, y tal vez se extravian en la ca- 
lle, porque no tuvieron ó valor para dejar el trage con que las 
criaron, ó proporciones para variarlo; y he aquí un daño pa- 
ra esa pobre, el que puede acaecer con demasiada frecuencia. 
Si yo quisiera que dentro de los conventos 6 colegios se ad- 
mitieran todos los trages que usan las señoras en la calle, se- 
ria un temerario; porque esta permisión general abriría la 
puerta al lujo y la profanidad, opuestos á la moderación y mo- 
destia que debe sobresalir en tales casas; pero, lejos de tal ne- 
cedad, solo deseara que se permitiera que se vistieran las ni- 
fias en las clausuras según se visten fuera de ellas las jóvenes 



ira 

hoifeiUa y timantM, poet ds eato modo m oftan de k rir- 
tad, ae eorngirJa esta pmocaptcioa, que mil recaa btúdo 
apeUidir ignonmci» y ridl«aln. 

No qaiann haUu do otraa dabotos que m notan en naw- 
jKntM oomimidKdpii que m ao nn tan pábticoa oomo al qoo 
acabamoa da nfiítar, no aon idukm ftecuealM y peqndicialei. 
Laa praditesoioBoa qns laa n aa w * tieneo eon «ata niSa mu 
que conaqueHarlaiamiBtadeafntimaadennaaiiUiasoaniHiBa: 
tes confianzai mútuaa entra unaa, j la indiferancia ooa otras: 
la eatimacion y aun dútincíonea qne gMan laa ríoaa oofan tai 
pobrea: f ia acepción da ohimaa: loa euentoa que Ubnnanta 
ae' penniten, y aun ae fomentan deeapantaa, de viaionaa, y «nn 
de milagroa apócrifoa 6 imaginaríoa, f y otras oodllas á sato 
modo, originan zeloa,' envidias, nnciHai^ murmnnctonei^ es- 
crúpulos nectoe, pensamientos tamerarioe, sopentieienee y ira 
enjambre detestable de tíoíob, y tanto mas detestables eaaato 
que se provocan y ejercitan entra mnclías peisonaa que tiaott 
que TÍvir juntas, y fiscalizarae muy de cerca. Si el %nto R0y ' 
David decía que en bueno y agradable el vivir loa h 




171 

(jaé ftase nos valdríamos para ponderar la malieia y grave» 
dad de la colpa de aquellas que se aborrecen de muerte, que se 
procuran poner en mal con las superioras, que hacen cuantos 
daños pueden, que se malquistan mutuamente, y llegan hasta 
á negarse las comunes salutaciones, ó lo que dicen, quitarse la 
hahla? Apenas se f udiera creer, si no se vierOf que entre cris- 
tianos prevaleciera tanto el espíritu del odio y la venganza y 
qoe llegara hasta á tenerse por agravio la vista y el eco de la 
voE del objeto que aborrecen. íTeman estos infelices, teman 
la ira de Dios en el último dia de los siglos! El mismo dice 
en las sagradas letras: Áqudque quiera vengarsCf sentirá ¡a 
vengaaxa dd Señor, y Dios no olvidará jamas suspecados. El 
hombre se encona contra el hombre^ y conserva contra él su «no. 
jo: ¿y así se atreve á pedir á Dios misericordia? El no la tiene 
can sus semejantes^ ¿y así pide se le perdonen sus pecados? 
Acuérdate^ miseraiUe mortalf de tus novísimos, y déjate de ene» 
mistades. * Así habla un Dios en provecho del prójimo, y el 
hombre vengativo habla muy, al contrario con ofensa de Dios. 
¿Pero acaso porque en algunos convenios y casas de comu- 
nidad se noten extravagancias ridiculas y viciosas, habremos 
de hablar con impiedad de semejantes fundaciones? ¿Echare- 
iBoe á sus institutos la culpa que tienen los vicios? ¿Nos es- 
candalizaremos de ver en ellos lo que no falta en parte algu- 
na? ¿Querremos que las comunidades de las mugeres sean per- 
fectas y limpias de todo individuo díscolo y quizá extraviado, 
cuando no hay una corporación exenta de esta plaga? ¿01 vi. 
daremos que la congregación de Jesucristo se compuso de so* 
loe doce individuos escogidos por la suma Sabiduría, y sin em. 
faorgo, entre solos doce se halló un Pedro infiel y un Jadas pér- 
fido, traidor y criminal hasta el extremo? Pero ¡qué mucho- 
La primera asociación que hubo en el mundo fué de dos indi- 



Ecclef . Mp. t8. 



174 

. vidtws, Adu> y En, y y* ntntm lo quo Kittdjó. El piioMr 
hombre teaao do hnlMerE prenncsdoi ñ U mtigsr prinMA ao 
lo hubiera ndncido. ¿í ui queriáD lu ftleoa tíiUom» que ea 
Im conreDtoa no hsjra deléata alguno, 6 lo que m lo míemo, 
que kM frailea, monjas y niñas enclanstrailaa sean impecableaT 
Aal eería de deeear, pero esto no ea dado aino i loe babltan- 
tes del paiatao celeatíal, que eetán coofirnadoeeii la gracia. 

Mae por último, eefiora comadre: lo qne no tíena duda aa, 
que cuando cae D. Gerrasió au niién>'pi«tectori repugna tan* 
to qne entre Talitaa en convente^ no ht anima aeg u ramente al 
eapirítu de S. Hblo, ni ü da algnn otra ApMM 6 Santo Fa- 
áñ, dno la coBcapticeneía de lá carhe. fiien'olaro roe eoi' 
plioo; pero ai vd. no lo entiende^ Upase qne I» la quien «■■ 
oerratla, porque no puede séHe' útil' dentro dala elauaurB< 
Afeatá compasión h&ota la múchB(iha,'J' disnáiSs á vd. de qne 
t^ asegure en un colegio, no por virtud ni poraiAor que le tiai 
ne, aino ¡lorque en la calle tiene libertad pi 
perBDza tle BatÍBfacor sus apetitos, lo que no seria tan Ti- 
Q convento. ¡Malffífns sean eras caridades! Oi 




# 176 

y jra Terás qoé vida nos pasaroof . 
Te llevaré á comer la verde grama, 
te pasearé por todos loe sembrados: 
el tomillo y el maíz, alfalfa y trigo 
te prevendrán un delicioso plato. 
Un lobo malicioso y lleno de hambre 
así le hablaba á un eorderillo incauto. 
• El tonto k) creyó: salió, y al punto 
el eompanfoo lo hizo mil pedazos. 

iOh cuántas jovencillas infelices, 
víctimas son de un seductor tirano, 
por creer, como el cordero incautamente 
su fingida promesa y falso halago! 



¡Qué tal, comadre! ¿le gusta á vd. la fabolitaf pues aprové- 
chese de día en beneficio de Tulitas! En casa no le falta na- 
da de lo preciso. Si no come en banquetes, no tiene hambre: 
si no viste con lujo, no está desnuda^ y si no la tiene vd. á su 
lado, vive segura de que está en una C€isa de honor. 

Conque vea vd. lo que hace, y no la exponga á ser victima 
de un lobo seductor; no sea que después tenga vd. y ella q^e 
]1orar su ligereza y fíilta de consejo, r 

¡A.y! no, compadre, decia la vieja» Vd. piensa muy temerá» 
ríaniente del señor D. Gervasio. [Sobre que es tan bueno el po* 
brecito! tan rezador, tan caritativo: y después de todo, ya os 
señor grande, y no se ha de meter en esas cosas. • 

¡Vajra, comadre! decia el coronel: ó vd. es muy candida, ó 
quiere pardearlo. Ese señor tan bueno, tan rezador, tan cari- 
tativo y tan viejo, es un hombre, y un hombre-que quiere be* 
oeficiar á vd. porque sabe que tiene una hija bonita que le 
guate, y DO ae resuelve á hacer toda la gracia que ha ofreci- 
do, sino hasta que la muchacha esté fuera de mi «asa. ^Eh! n o 
vd. ignorante: él quiere que le venda vd. á su hija, satis. 



Tscer au Kpetilo i costa de ciulro ptNoa, y después absndoniu 
á las dos- 
Deseche vd. BUS favoreSf desprecis sus promesas, deje á su 
hija en mi casa, coDfárineBe con su suerte, sirva í Dios es su 
estado, y viva segura de que no le fattart que comer, porque 
priniero faltari el sol que deje de cumpliree su palabra diviu. 
No se espante vd. señora, ni arrugue la cejas a) oírme asu- 
rar que no le faltari la subsistencia si teme & Dioe. porque yo 
no lo digo, sino el mismo Seüor que no puede engañarse ni en- 
gañarnos, porque es infalible «i sus promesas. Atienda vd. 
sus palabras: No padecen pobreta ht que temen á Dioe. Loi 
rieotievieron neeetüado* jf con hambre; 'pero álot que bueea» 
oí Señor, no les f abará lodo frten. * 

¿Quiere vd. mas seguridad que la palabra del Todopodero- 
sol No es vd. la primera madre ^ah tnpoTie & svis hijos ü \i 
mas vergonzosa prostitución, queriendo escudarse con la po- 
breza que padecen; mas vd. y cualquiera que lo haga cargan 
con una terrible responsabilidsd ante el tribunal supremo, y no 
tendrán allí la mas mínima disculpa que lea valga; porque eala» 
prostituciones no se efectúan por la pobreza, no, es mentira: i 




•irr 

arbitrios que vd. y Tulitas! ¡T cuántas que se han atenido á 
los criminales auspicios de los hombres* vivieron alegres cua- 
tio días, 7 casi subieron á la cumbre de la felicidad temporal, 
para ser precipitadas en su edad avanzada hasta el horrible 
abismo del deshonor y la miseria! Vd. y yo conocemos mu* 
chas de una y otra clase, y nos seria ftcil hacer un catálogo 
de sus nombres- 
Conque no sea vd. boba» conozca el mundo, conozca á los 
hoDibreSy no fie de sus promesas, cuídese á sí misma, y deje á 
su hija en mi poder, que esto les importa, y nada roas. 

Cuando yo esperaba que la buena vieja agradeciera los sa- 
ludables consejos del coronel y el interés que tomaba por la 
felicidad de Tulitas, ao levantó . de la silla, y con un aire de 
enfado dijo: Vd. dice muy bien, compadre; pero yo he veni- 
do resuelta 4 llevar á mi hija; porque lo que no le doy no se 
lo debo quitar, ni he de echar esta fortuna á puerta agena. 
A mas de que, ¿quién la ha de querer mas que yo que soy su 
madre, y sabe Dios lo que me ha costado? y con todo eso, muy 
bien sé que va segura, porque el señor D. Gervasio Protasio 
es muy hombre de bien, y muy cristiano, y muy caritativo, y 
muy liberal, y muy honrado, y muy todo: y por fin, yo no de- 
bo juzgar vidas agenas, ni Tules es chiquita: ya sabe bien don. 
dele aprieta el zapato; y si ella fuere tonta y se dejare engañar, 
allá se k) haya: su alma y su palma, y Cristo con todos. Y 
así compadre, yo le agradezco á vd. mucho y á mi comadrita 
los dias que la han tenido en su casa, y con su licencia me la 
Uevo. Anda, niña, recoge tus trapitos, y vamonos. 

El coronel se incomodó, como era regular, con la terquedad 
de la vieja, y asi se retiró diciéndole que hiciera lo que qui- 
siera* La niña repugnaba el irse por el amor que tenia á los 
señores, y porque era naturalmente juiciosa; pero instando su 
madre roas y mas, tuvo que obedecer contra su gusto. 

Recogió su ropa, y abrazando á Doña Matilde y Pudencia^ 
na con la mayor ternura, sin poder articular una palabra. 



I 



(liiípiíso el roroncl mi marcha, la q 
sentimiento que Tulitas. 



* . 



CAPITri.€ 

Sn el que el eoronel díeeiine eobre lo ^ 
wpnMemoí algim irte ú ofido mecánioo 



ij 




[l fin de cinco años de auseí 
y laego qae llegué á ella, fui á bt 
' coronel. 

Se deja entender que al efecto 
Dionisio Langaruto, quien con su < 
recibió con bastantes muestras de 
preguntas y repreguntas acerca de 
bia estado, á las que yo contesté 
otras sin ella, seguro de que todo < 
creer, solo porque yo decia que lo h 



179 

ció 8u sahid,^ ¿ornó casa frente de la Alaineda) por ser mas có- 
moda que la que ocupaba en 8U compañía. 

Luego que aupe eeto, lea pedí las señas de la «asa, me las 
dieron, y al instante, me despedí de aquellos señores, porque 
ja se me hacian siglos los minutos que tardaba eo v^rá mi 
apreciable D. Rodrigo. 

Cuando entré, estaba Doña Matilde tocando en su clave y 
éí coronel leyendo un libro; pero no bien me vieyron, cuando 
dejaron ambos los objetos de su diversión, y se levantaron 
apresuradamente para abrazarme. 

Yo correspondí sus cariñosas demostraciones con las pala- 
bras y señales que en semejantes casos dicta la urbanidad, el 
amor y la gratitud. Doña Matilde disparó sobre mí una des- 
carga cerrada de preguntas acerca de las particularidades de 
mi viaje y de las tierras que habia visto, á las que yo contes- 
té con mas prudencia qu¿ en casa de Doña Eufrosina, y pro- 
curé cuanto pude economizar las mentiras, como que sabia 
que el coronel no era nada vulgar, y podía sorprenderme cuan- 
do yo estuviera' mintiendo mas alegre. 

Mucho sentimiento manisfestaron estos señores cuando su- 
pieron que habia fallecido mi padre. „Ciertamente que me es 
muy desagradable la noticia, me dijo el coronel, porque tu pa- 
dre fué mi amigo verdadero, lo traté mucho, analicé su carác- 
ter, y siempre lo advertí virtuoso sin superstición, sabio sin 
vanidad, benéfico oculto, buen padre, buen esposo, buen amo, 
y hombre de bien á toda prueba. Los que lo conocieron co- 
mo yo en esta capital, y los que por tantos años lo trataron 
a^ dentro como fuera del real colegio de Tepotzotlan, donde 
fué nn médico apreciable, serán perpetuos panegiristas de 
sus virtudes. Ni dudo que los pobres de aquel pueblo llora- 
rían su falta y acompañarían con lágrimas su entierro. £1 
llanto de los infelices socorridos siempre riega los túmulos de 
flQs benefactores. Procura, pues, no olvidar las máximas que 
te inspiró de religión y de moral cristiana, y de esta manera 



« 
I 



uw caiu, nua levaniamos do los asie 
denciana. 

Entramos á su cuarto, y la hallai 
do un pañuelo. Luego que me vio, f 
racíbimieato que yo debía esperar ( 
da educaeion. 

• 

Muy diferente fué el tratamiento 
estaba allí de visita, pues embelesad 
ae miraba al espejo con tal atencioo 
darme» hasta que Doña Matilde la 1! 
dolé: mira, niña, quien está aquí. ¿Q 
blale. Entonces Pomposita volvió 
breve ralo, y con un aire de proteo 
vd, lanumo* 

Yo no pude menos que sorprenda 
tan vano y petulante, que se propE 
«n habianne otra cosa, dirigió la pa 
Estoy beaba, un veneno contra la m: 
que caracoles me biao tan feos, pare 
Unos mas altos, otros mas baios: mí 



m 

r 



181 

estoy nos fuimos todos á la sala, y la dejamos atareada en su 
importantísimo negocio. 

Pudencianita me contó como ya sabia leer, escribir, contar» 
coser, bordar, dibujar, y estaba aprendiendo á tocar el clave 
oon su madre. Otra cosa sabes que no le has dicho á Joa- 
quin, dijo el coronel. Es verdad, dijo Pudenciana, se me ha- 
bia olvidado: ya sé componer relojes. ¡Componer relojes! re- 
petí yo con mucha admiración. Ese oficio 6 arte es propio 
de los hombres, y por lo mismo en vd. será una rara habili- 
dad. P&sará por tal, dijo el coronel; pero solo entre aquellas 
personas preocupadas que piensan que en la almohadilla se 
encierhi todo lo que necesitan 6 lo que pueden saber las mu- 
geres. Aunque yo no encuentro una razón sólida para que 
sean excluidas del conocimiento de las artes y oficios en que 
se ejercitan los hombres. De aquellas artes digo que no re- 
quieren fuerzas fisicas, sino solo una constante aplicación. 

Mucho mas extraño esta exclusión, cuando considero que 
las mugeres son infatigables en el trabajo que pueden soportar- 
por prolijo que este sea. ¿Quién tendrá la paciencia que ellas 
para sacar de un cambray superfino con mucha cuenta y cuf- 
dado, treinta mil hilos, para dar dobles puntadas y lazaditas, 
y hacer unas filigranas primorosas? ¿Quién no se cansará 
solamente de verlas ensartar guardando dibujo y proporción, 
millares de cuentecillas de chaquira para hacer una trenza, 
una cigarrera ú otro cosa? Lo mismo digo de todos sus arte- 
factos. 

Pero si á proporción del premio hemos de juzgar del méri- 
to de las obras, ninguno tienen las de las mugeres, porque nin- 
gunas hay mas mal pagadas. ¿Y esto de qué proviene, sino 
deque la aguja, el dedal y las tijeras son los únicos instrumen- 
tos que manejan (odas? esto es, todas las que son mugeres. Pa- 
ra una camisa hay doscientas costureras, y para una cosita 
de primor y curiosidad, hay comunidades y congregaciones 



Pn- íh< orilla, d.|„,„„°^; " 

L« vmda ,„. ,„ed, p„b,e „ c„„ 
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'" P">P"'rion«n, „,, „„,,,! °'° 

"•r«'"*'>"""™>.r..J„i,¡o.,„; 



183 

la aguja, á la eocina y á' todos loe quehaceres domésticos 
en su primera edad. Esta fuera una lieregfa social. Cada 
miemb'ro del estado debe estar en aptitud de desempeñar aque- 
llos cargas á que ordinaríameate se destinan los de su chse, 
y siendo el primer cargo de la muger cuidar de* su marido». de 
sus hijos y su casa, es de su primera obligación aprender á 
cumplir eon este cargo, el que no llenará nunca la muger ri- 
ca 6 pobre que ignore á lo menos cómo se sazona un puchero, 
cómo se haca una camisa, se asiste á un enfermo, y se con- 
serra el orden económico y el aseo en una cása.^ 

Por tanto, toda muger desde su niñez debe instruirse en es- 
tos pormenores solamente porque es muger, aunque sea rica» 
porque no sabe sí llegará á ser pobre; pero las que no tengan fa- 
cultades, después de saber lo mas preciso, podrían con mejor 
fruto aprovechar el tiempo que gastan en aprender á bordar, 
deshilar, labrar, embarcenar, ensartar chaquira y hacer flore- 
citas de seda ó de papel. Yo hablo aquí como en mi casa y 
como padre de mi hija, cada ano en la suya hará lo que le dic- 
te su prudencia ó su gusto. 

A este tiempo entró Pomposita en el comedor hecha una 
Filis, con los rizos tan bien puestos como si se los hubiera me- 
dido á compás, y con la mas exacta geometría* 

Nos sentamos á la mesa, y durante la comida se habló de 
varias cosas. Entre ellas me contó el coronel como Doña 
Eufrosina había dado á luz dos niños, que existieron poco en 
d mundo, porque las chichiguas y pilmamoi les dieron pron- 
tamente sus pasaportes para el cielo. Doña Matilde no tuvo 
mas que á Pudenciana, y acaso se esterilizó por alguna im- 
prudencia con que la trataron en su parto según el coronel 
temia. 

No dejó de hablar Pomposita; -pero con un aire de orgullo 
y satisfacción* que yo no cesaba de admirar, y no tanto por 
iu vanidad, cuanto por su estilo ampollado y pedantesco. 



m;; ' " "' P"'"^' ""«'í- e' core 
ma me con «us costumbres. Una „ 

_ ^ « * Matilde, como que cafli 
^'«í.quéWenn.epare.^ri.re 

pues Codo esto v al<r/i ««^ 

• / algo mas seria a) lo 
poique la. „«,^ co^umbresllÍ, 
"M" cuando hav p»™ i **"' 

i.» Juatifi^ueaXTpre'rr. '"'■"" 
' ''"^P'8'endanjustific 

T!~*J Pe~ gaataba en vano nu 

PnoK^ve«rkpe™„ad¡,de„navZ 
« te«««no , ue querer ablandar „„a1 

podít^""" *"""""•' ^ '- ft't 
P^w ttcarrearnoe su t»» ¡^ j. 

««o. prBte^ando pñZoL T^""* ''' 
'• comodidad que Tp^J ""^'^ ' 
hemo. salido .1 1^.!"'*'""""' ^""^ 



165 

con instancia; y lo peor es que muchas veces es preciso con- 
temporizar, por no ofender las leyes de la amistad 6 de la po- 
li tica, por no parecer ridículo y misántropo. 

Apoyéy como era justo, el discurso del coronel, y por saber 
qué juicio hacia del afectado estilo de su sobrina, le dije: En- 
* tre las nulidades que vd. ha observado en/ la niña Pomposita, 
luce su instrucción lo mismo que una perla entre muchas pie- 
dras falsas. A Jo menos, así me parece, después que en la 
mesa la oí explicarse en algunas materias con términos técni- 
cos ó propios de lo que se trataba, lo que me hace creer que 
estaba bastante instruida. 

Debía estarlo, contestó el coronel, porque tiene bastante ca- 
pacidad; mas ha llenado su entendimiento de impertinencias 
y bagatelas, y con esto ha conseguido hacerse una erudita á 
la violeta, y bachillera perdurable. Los hombres de juicio la 
compadecen, al mismo tiempo que los tontos la celebran. 

Toda la causa de la ignorancia y pedantería de Pomposa 
ha sido la indolencia y falta de precaución de su padre. Al 
principio no cuidó de que se instruyera, y después le permi- 
tió leer indistintamente los libros que él había comprado para 
adornar su gabinete. Con esto la muchacha ha picado de to- 
dos y de cada uno sin el menor discernimiento, y se ha llenado 
de multitud de ideas heterogéneas ó diferentes entre sí, las que 
saca á la plaza cuando quiere: y como carece del verdadero 
conocimiento de las materias que trata al mismo tiempo que 
de la legítima significación de los términos con que se expre- 
sa, las mas veces habla unos desatinos tremendos: y en ver- 
dad que es una lástima que no haya aprovechado sus luces, 
pues caando raciocina con juicio se cpnoce que no es tonta y 
ha leído algo. 

T aun eso es una maravilla, dije yo, porque siempre he oí- 
do decir que la muger mas hábil no pasa de tonta. • • • Vd. 
dispense, señora Doña Matildita, que yo no digo lo que siento, 



.c* iijií-iiiíi aptitud qiK 

Ahora, que esta disposición sea 
que en otras, que las mas no la cult 
teDgaOy 6 que no la puedan ejercitar 
TÍertov que hablo del entendimiento, 
lo miamo: entre elloa unos tienen mas 

• 

lo emplean mejor que otros. 

La educación bien 6 mal dirigida c 
da á que nacen sujetos, hace que uno 
ilustrados, j otros vulgares ó inculioc 
necedad decir que todo payo, que todc 
tonto por ser cochero, cargador 6 cam 
dirseáque toda muger es tonta solan 
pues la que tenga ana regular capacic 
aprender lo que le enseñaren y hacerse 
cho iatiumerables, cuyos ejemplares pi 
el aibqto. 

ün gran catálogo se podia formar de 
distinguido en el mundo por sus sebres 
el siglo Xm «omentos á brillar el se: 






187 

más hechizos de su sexo. A los veinte y seis recibió el grado de 
doctora» y leyó públicamente en su casa la Instituta de Justi- 
niano. A los treinta logró por su grande reputación una cátedra 
en que enseñó el derecho aun prodigioso concurso de todas las 
naciones. Reunió en si las gracias de muger y las ideas de 

hombre, y cuando hablaba, hacia olvidar el mérito de su be- 
lleza. 

En el siglo XIY se renovó el mismo ejemplar en dicha ciu- 
dad» y se repitió otro semejante en el XV. 

Por los años de 72 y 73 del siglo pasado desempeñó una 
muger una cateará de fisica en Bolonia. 

En el siglo XIV se distinguieron en Vcneeia dos cóleboBs 

cnogeres: la una (Modesta di Pozzo di Zorzi) compuso mu- 
cbad obras buenas en verso serio» jocoso, heroico ó tierno» y 
algunas églogas que fueron representadas en los teatros. La 
otra (Casandra Fidele) una de las mugeres mas sabias de Ita* 
Ha, escribió con igual suceso en las tres lenguas de Homero^ 
Virgilio y Dante» así en verso como en prosa. Fué muy sa- 
bia en la filosofía de su siglo y demás precedentes: qultiyó 
la teología» defendió conclusiones, enseño públicamente en Pa* 
dua muchas veces, añadiendo la música á todos estos conocí» 
mieotos» y ensalzó mocho mas sus talentos, por sus buenas 
costumbres, las cuales le grangearon el aplauso de los Sumos 
Pontífioeiif y el bomenage de los reyes. 

En Milán hubo una ilustre doncella de la casa de Tribulcio» 
que pronunció en la lengua antigua de los romanos muchos 
elocuentes discursos en presencia de algunos soberanos. 

En Ñápeles, la llamada Sarrochie que compuso un famoeo 
poema» y fué en su vida comparada con el Taso. 

E^ España lució una Isabel de Foya y Rosares» que habien- 
do predicado con aplauso en la catedral de Barcelona, fué 4 
Roma en tiempo de Paulo III, donde convirtió muchos jodk>s 



Aloi.¡, Sigo. d. ToteJo, ,„,, ,,,. 
■1 tam g„.i,. ^ ' proporción , 

^«'."«i-o,:;,™':"::;--;-'.^ 

'••mmre. A„„ h ' '"°'''° '" 

^"P.cu,™„,r;::::;:¿«».-o^ 
:!í^í.--'^p:-r:zL.í! 



189 

padres v madres no solo no se afanan en cultivar los talentos de 
sus hijas» sino que se creen exentos de esta obligación, y tie- 
nen por perdida toda la instrucción que pudieran recibir. ¿La 
niSa lee mal, escribe peor, no conoce un número, ignora los 
(bndaroentos de su religión, comete al hablar mil barbarismos, 
está llena de supersticiones, y últimamente, es una criatura 
la mas ignorante de lá familia? No importa, es muger, no 
ha de ser sacerdotisa, ni jurista, ni médica, dec* dec, y asi na- 
da se pierde con que no sepa ni hablar. 

Así se explican muchos padres con su método de educación, 
creyendo que porque sus hijas son mugares quedan á cubier- 
to de la nota de ignorantes, y ellos de la que les acarrea su in- 
dolencia; pero en realidad ellos siempre pasan por unos des- 
cuidados entre los sensatos, y hacen á sus hijas un agravio, 
pues abandonar á estas por mugeres, es lo mismo que decir: 
JIft hija €9 muger y pues aunque sea una bestia. 

Lo peor es que al tiempo que se descuidan en ensenar á las 
mugares lo útil, se pone el mayor esmero en llenarles la fan- 
tasía de necedades, y en que aprendan lo que jamas debian sa- 
ber. 

Si son bonitas, desde muy tiernas se les hace conocer su 
mérito con las repetidas alabanzas que se les tributan: si son 
de genio vivo, se les persuade que tienen gran talento: si son lo- 
cuaces 6 habladorcillas, se les significa qoe son sabias: y en una 
palabra, si bailan, sí cantan, si tocan ó tienen alguna mínima 
habilidad, se la encarecen con los mas lisonjeros encomios. 
Las pobres mugeres creen que no tienen mas que saber y que 
son en su clase Salomones. 

Con semejante método ¿qué hay que extrañar que el común 
de las mugeres sea necio, superficial, vano y soberbio? ¿Pue- 
den ser mas, cuando no se les enseña otra cosa? ¿Y culpare- 
mos al sexo de ignorante é inútil, ó á los padres que lo educan 
entro las bagatelas 6 ignorancia? 



190 

Los sjamploi de ntu luugana üuitm qiu hs tütado, prue- 
ban haeta la evideocia que el eeso ea capaz de nber y de peo. 
sar lo mUmo que los hombres enseñados; mas no poi esto di- 
go que se dediquen tudas tas mogeres & los eatudioe serios y 
abslractosj ni que todas aspiren i merecer regentar una cile- 
dra, ni pronunciar una oración en una iglesia. Esto seria 
pretender que saliesen de su esfera- Las mugeres sabias y ra- 
Tonilea no son oomunesi pero se citan para demostrar que el 
sexo no es embarazo para tener ni saber cultivar un buen ta- 
lento, como se piensa vulgarmente' 

Sin embargo, estas mugeres raras * son mas para admin- 
das que para seguidas, y jo estoy muy lejos de persuadir que 
se hagan las mugeres estudiantes. A la verdad, que no han 
nacido sino para ser esposas y madres de familia. En sabien- 
do cumplir con estas obligaciones, seguramente serin muge- 
rea s&bias en su clase, y útilísimas á la sociedad. ^Pero aeaso 
es muy poco lo que tienen que aprender las que desean desem. 
penar estos cargos perfectamente?.... A este tiempo entró el 
ranchero Pascual, y su visita inlerrumpió el discurso del co- 
ronel, que continua en el capitulo decimotercio. 




191 
mo lea idoT ¿cono eatá su prenda?^ — No hay novedad, Pascual 
dijo d coronel: ¿qué ocurrencia te trae á la ciudad? 

— iQjdé he de traer, señor amo, sino un asunto de muy gra- 
vísima importancia?' Y yo espero en que sus mercedes me 
sacarán del apuro» por vida de la niña E^idenoiana. El cuen- 
to es que Culás, mi hijo el grande, ha dado en que se quere 
poner en gracia de Dios, con Marantoña la hija de tío Beníno, 
el marido que fué de la Carranca, aquella que tenia arrenda- 
do el molino prieto años pasados, cual molino vendió D« Celr- 
doño á D. Andrés el cojo, por la malobra que le hizo á su hija 
Petrona4el mayordomo Juan Bla0y cuando hubb' aquellas he- 
ridas por el amigo de'« • •• 

Bueiio|sstá, Pascoaf, decía el coronel: sigue tú eniento, y dé 
jate ahora de ensartar cosas que no vienen ai caso. Estás di" 
ciendo que tu hijo se quiere caiíar con esa hija del tío Benigno: 
ya esto queda entendido. ¿Cuál es el empeño que traes? — El em- 
peño es que yo, como quera que no soy muy ansí na, sino que sé 
muy bien que tengo mi alma, y me he de morir como todos se 
mueren, y sé la doctrina de cueríto á coeríto, y sé que el cata- 
cismo dice: Darles estado no contrarío á su volunta, no me que- 
ro disponer al gusto del muchacho. Y ansina lo dejo que ha- 
ga lo que quijiere; y una vez que se qiiere casar, que se case 
muy denhora buena, yo no se lo impido, á bien que ya es gran- 
de; mi compadre el mestro escuelero, dice qué no es tonto, si- 
no muy ladino y muy destruido; porque á lo menos él diantre 
del muchacho sabe mas que kio yo, porque sabe leer, y echa 
unos retos en las loas sin turbarse, porque es muy memorísta, 
y lotro dia hizo un diablo en una pastorela, que la gente se 

quedó con la boca abierta; y'i^o tuve miedo que no le hicieran 
daño*««« 

•«•Como yo te lo voy teniendo á ti, pues según lo imperti- 
nente y cansado que estás, creo que no acabas tu relación en 
ocho dias.'-Perdone su roercé, señor amo, que yo no estoy can- 
sado* Quedara yo bien de cansarme de Tacubaya acá que 



DO nlá nns que nn psM. Para al «nato «i qw Cidte m 
quera poner en gncia da Dice, y jo quero qve su meroí y aü 
ama wm» los padrinoa, porque eoto añ eeri todo boano. 

— Si aaf te habiena explicado deade A prinoipiot n hafariaB 
ahorrado tanto* epiaodioa importunoa. Eiti maj \im, tmn- 
moa tua padrinos eon roncho gnto; pero dime, ¿ooále* >ob las 
circunatanciaa da la noriaT — Ella no ea fta, ni may bouln, 
reqMDdió IPaaeml, ea pasadetita: tendrá diez y odra aSo^ j 
muy trabajadora, y ea para cuanto sn ntcreé la boaqna. 8i 
ea para la cocina, haee nnaa tortiUaa que paracan un papri di 
btancaa y delgada», y ai ana maroadea oomieían de ana ■laaa 
unos chilea roltenoa, un mole de guajolote, una dianfaina y 
y otros guiaadoB como oatoa, haato ae dtopaian loa dadea. Bi 
ea por lo qna hace á cuidar i un hoobra, as on reguileto, por- 
que sabe coser, lavar y tejer unos ataderoa y oefiiáona qaa ea 
un primor. Y ¡qué le diré 4 au mercé de cuidar las eoaaa da 
la cosa, y del oampo y de loa animalea? ¡Oh! poieeo ea ua 
lumbra el diantn de la muchacha, porque ella aabe donda dan 
quince y el sope, y.volveree con c4 medio: porque sabe snando 
está «lleca la gallina, cuándo as ha de echar, cuál ea eleodú- 




193 

pa, queren lavandera: para hacer la cama y barrer la casa, 
queren recamarera: para hacer los mandados, mandadero, pa- 
ra dar el gasto, ama de llaves: para cerrar la puerta de su ca- 
sa, portero; y para cada cosa un criado, de manera que yo 
me espanto de ver cómo su mercé y mi ama Doña Matildíta 
viven con una ó dos mozas cuando mas, y no luego esas se- 
ñoras que yo no sé de qué les sirven á sus maridos, pues has- 
ta para criar á sus hijos nescsitan arquilar chichis, como si 
ellas no tuvieran las suyas. Ya se acuerda su mercé del cuen- 
to de los perritos. ¡Ya se vé que si no saben hacer nada, sa- 
ben deshacer los caudales con esos puntos, telarañas, modas, 
coliseos, tertulias, to^os, bailes, paseos, y todas esas cosas en 
que gastan el dinero de sus maridos y el ageno! ¡Ah! fu- 
cha en semejantes mugcres. ¡Qué gusto que mi hijo Gu- 
las se va á casar con una jirohe ranchera, y no con una scño_ 
rita de amdá. ¡Ya so v6 qué cuándo lo hubiera yo con. 
sentido, aunque me hubieran pesado á puro oro al muchacho 
y me lo hubieran ido á pedir padres descalzos! ¡Gracias á Dios 
que mi Culás no fué de la smdá! 

Y gracias mil á la eterna Magestad, dijo el coronel, porque 
has acallado tu narración imprudente aunque sencilla. Para 
alabar las virtudes de tu nuera, no es preciso murmurar las 
costumbres de las ciudadanas. E#s cierto que hay algunas do 
estas lo mismo que las has pintado; pero no lo son cuantas te 
parecen. En todo cabe la reflexión juiciosa, y no debemos 
aventaremos £ confundir los culpados con los que tienen solo 
las apariencias, lo que sucede á cuantos como tú no saben ha- 
cer las justas distinciones. 

£s una verdad incontestable que hay algunas mugcres do' 
mediana, y aun de escasa fortuna, que olvidándose de su con- 
dicion, aspiran á competir en lujo con las señoras de la mas 
elevada gerarquia, y para realizar sus desordenados deseos, no 
excusan á sus pobres maridos mil disgustos y continuos em- 
peños, con los que arruinan sus casas, pierden el crédito, se 

«—2 



hacen d ol^eto de Ib immuinteioii de loe oonoeMoe, j dqan 
por último i soa mftlicea híjoe por p&tríimnío, la bo^iaiie- 
ria Y la miaeria, Eite ea «I fruto ordinario de I< ininodara- 
eion y desperdicio- 
Pero cuando coniésamoa que oataa mugerea obnn «n dea- 
arreglo y ain cordurmí no benuM da aaegurar lo miaoM de 
aquelloa aefiorae que por razón de an Mtado aaeliaiien una de- 
cencia aobremliente al oomun de laa demaa, j mucho menea 
si Tienen suficientes proporcionlM pora SDateBerla. Cada indi- 
viduo de Ib sociedad debe portarse como ios demás de su cla- 
se, cuando puede hacerlo buenamenie. Este es el 6raeti,el 
que se inrierle ó por un eieeao de disipación, 6 por un aban, 
dono ó mezquindad misenbla. 

Un mismo mueble puede sar neceaario, indüérenté jr gtft' 
voso, según fuera la persona qne lo tenga. El cocha, por ejem- 
plo, será neceaario i una señora de titulo, muger de un t(^a* 
do, dcc, seri indiferente para una señon particular, 7 aeti 
gravoso para una que no tenga lo preciaoi, para maataMrio. 
Si todos nos contuviéramos en nuestra esfera, leodriaaqs m»- 




105 

pobieT Raras han sido estas á la verdad, pero no falta una que 
otra en nuestro siglo corrompido. Ninguna alabanza es igual 
á su mérito en mi concepto; pero viven seguras de que su cari- 
dad queda bien escrita en el libro de las eternas recompensas. 

Como Pascual se quedaba en ayunas de las tres partes de 
lo que el coronel nos decía» no pudo sufrir mas; y así á este 
tiempo» que le pareció oportuno, le dijo: Pos señor amo, ya 
me voy: á bien que ya voy contando con el favor de sus mer- 
cedes para el apadrínamiento de Culás; y agora solo quero que 
su Diercé me preste veinte y cinco peso^que me pueden falta'' 
para el completo de los derechos del señor cura, y otras cosas. 

El coronel le dio el dinero, y le previno que volviese á ayi-. 
sar la víspera de la boda. Con esto se fuó^ Pascual muy con- 
tento, dejándonos harto que reir con sus siroplesas. 

Apenas había salido el ranchero, cuando entraron las niñas 
Pómposita y Püdenciana, y se sentaron con nosotros. 

A roí no se me ha olvidado que el coronel cortó el discurso 
á la entrada de Pascual, y como deseaba oirlo hablar, le su* 
pliqué acabase de decir qué cosas debían saber las niñas que 
se criaban para ser nlgun día madres de familia. 

D. Rodrigo condescendió con mi gusto, y nos dijo: No es 
poco lo que tiene que aprender una niña que probablemente 
se ha3ra de jmijetar al matrimonio, porque tiene que instruirse 
en muchas cosas que deberá después enseñar. 

„E¡s indispensable, dice un autor respetable, * que una niña 
de estas aprenda a leer y escribir correctamenle. Es una 
vergdenza, pero cosa muy común, el ver que mugeres dota- 
das de entendimiento y de civilidad, no saben pronunciar lo 
que leen ellas, ó se paran donde no deben, ó leen cantando, 
cuando debieran pronunciar simple y naturalmente, con fir- 
y arreglo á la puntuación; En orden á escribir come- 



* £1 lUmo 8r. D. Fnnciseo de 8«ligiiM de k Mote Feaeloo, siso* 
^ispo de Cambrsj, m su librilo titolsdo: Edt^cqom di ku 



106 
ten frecuentemente muchos errores notables, ó AH el modo de 
fürmar los caracteres, ó en el modo dé jinilBriot. ^nséflese- 
les, pues, fi las niñas, cuando m^nrá, i hacer las ünoas dere- 
chas, y i fórmiir los caracteres limpios '^ legibles." 

„Taiiibien es necesario que las niñas sepan ta gramática de 
BU lengua. No es estu decir qne la aprendan por rc^lu, co- 
mo los gramiticoa aprenden la lengua latina, sÍdo que as lea 
acostumbre sin aire de lección, á no tomarun tiempo porotro, 
¿servirse de términos propios y puros, y á explicar sits pensa- 
mientos con arden, con IIn(»eEa y de un modo correcto y pn. 
ciso. Por este medio se les pondrá en estado de qne^puadan 
'enseñar algún dia i sus hijas i hablar bien sin ningondalu- 
dio. Se sabe que en la antigua Roma, la madre de loa Gneeoa 
contribuye mucho con su edabacion i formar la grattde olo- 
cuencia de sus hijos." 

„La ciencia de la aritmética y su uso es indispensablailts 
fiiñas. No ignoro qne esta cienkia poespinoss paiB muchos 
gentcé; pero el hábito tomada desde la íi&noia de hacer va. 
rias especies do cuentas con el socarro de las reglas, facilita. 




197 
nómico, experiiDcntarán la necesidad de estos conocimientos 
para manejarse y para no ser engañadas. ^^ 

„Si ha de ser casada, dénsele reglas para la economía domés,^ 
lica, para* criar bien los hijos, para conducirse con la familia* 
\ fínalmentc, enséñesele el modo de gobernar bien todas, aque- 
llas cosas que según las apariencias ha de manejar.'* 

Todo esto y mas, quiere el señor Fenelon que sepan las hi* 
jos que han de ser madres; y aunque todo es útil y necesario 
ya nos contentaridmos con menos. Mucho sabrá en nuestros 
tiempos una señora que sepa ser muger, cuidar lo que el ma. 
rido adquiera,' asistir en su basa, y no desentenderse de la edu. 
cacion de sus hijos, sin prescindir de estas forzosas tareas, 
fiada tal vez en que tiene dinero, pues este suele fkltar, y en. 
tonces los hombr^ís echan de ver al instante todos los defectos 
de las mugeres. 

Las riquezas mientras duran, suf>len la inhabilidad de las 
mugeres; pero luego que faltan se hace mas intolerable su ig. 
norancia. Por esta razón se puede decir que en cierto modo 
el dinero es perjudicial á aquellas personas que naciendo con 
él, no tuvieron la fortuna de lograr unos padres activos y pru- 
dentes que dirigieran bien su educación. Esto es común en 
hombres y mugeres. El pobrS^'instruido y laborioso padece 
sus cuitas, pero jamas pí.sa los 'jmbrales de la miseria; antes 
mil veces se labra su fortuna con su industria; pero el rico 
inútil, vano y perezoso, luego que lo desamparan los doblones, 
cae de plomo en la mendicidad mas vergonzosa. 

No es esta plaga poco común. ¡Cuántos ricos hay que no 
saben, no digo adquirir un peso, pero ni conservar los que he- 
redaron, y que si los gobiernos no los pusieran en clase de pu- 
pilos bajo la tutela de las leyes, disiparían en dos dias los roas 
pingües capitales! Ricos he conocido que no saben leer 
una carta, y cuyas firmas apenas las conocerá el boticario 
mas liábil, y ricas que no saben echar uu punteen una media, 
ni un dobladillo en un pañuelo. ¿Pero qué se puede esperar 



IM 
da nnu penoau eriadu entra la adultcioii, k'botguKiwrfa y 
la ignonneiaT ¡FMÍdm nn rin duda aquén» nífioa, eujot 
buBDoa padrea aprotrachan mi dinora gaaliodolo «d baoarioa 
áÜIei á sf y i aiu nmqantea! Batoa hijo* no amtirin el pe- 
ao de la nüaaria en el maa ii^rato leréa de la fiírtntia. 

Cuando decía eato el coronel, paró un eoebe i ta puerta de 
la caiai ae aaomú PompoaiU al balcón, y entró lu^o, lueg» 
diciendo: Mí mamá, mí mami, y viene con la aeBora Jaeobi- 
ta y con Labio. ¿Qué Labio ea eaeT preguntó el eorond. T 
la niOa reapondió: D. Enrique Lebioi tío, el mayor de Uqgtla, 
— jOh! bien: yo penaé que era algnn criado de tu com. El 
caballero Labín ea un bombre muy circanapecto, y por au 
edad podía aer tu padre. 

En esto entraron laa viritaa, y paaadoa k» primeroa cum- 
plimíentoi^ dijo EufroaÍBa: Hermano, nn pardamoa tiempo: 
Jecobita tiene un baile eata noche con motíre del oanmiento 
de 8U hermana Teodora. Le be merecido que ella mima ha. 
ya ido en persona i con*idarnoa; pero quien que rd. Ib haga 
I di vera i o 




109 

no, respondió el coronel, cada día hay nuevaí cosas que ob* 
servar; pero ¡ya sq vé, que todos los maridos quisieran que los 
que cortejan á sus mugeres, fueran tan honrados como el se- 
ffor Labin« con quien mi cuñada está demasiado segura de to. 
da seducción! Yo apostaré á que estaba vd. de visita en su 
casa cuando Tué la señora Jacobita á convidarla para el bai* 
ley y ella le suplicó á vd. que la acompañara á casa. Así fué, di* 
jo el oficial: las dos roe instaron ¿ que viniera, y me han com- 
pTometido!4 asistir á las bodas, de las que juw serán tan tristes 
mjLS $oes, como son alegres sus principfDS«^Y poir qué? — 
Forqoe la novia tendrá diez y siete años, y el novio no pasa 
de diez y ocho. Ya vd. verá, compañero, qué resultadospo- 
drá esperar una muchacha que se casa con un muchacho. 
En esta edad agita la sangre en los dos todo el fomes de 
la laseiviay se entregan á sus placeres á rienda suelta, debi- 
litan su salud y se anticipan la vejez. La muger, ó por su 
constitución mas débil ó por los efectos de la concepción, par* 
to y lactancia, iTeva siempre la peor parte: se enferma mas, se 
avejenta mas pronto, y cuando el marido tiene treinta años, 
se halla conque tiene por muger una vieja achacosa. Enton- 
ces abre los ojos, y se arrepiente de verse atado á una están- 
tigoa, que tal le parece su muger. A este arrepentimiento se 
signe la aversión del objeto que la causa, y á este un odio que 
aneie dorar hasta la muerte. Tales son los efectos de los ca- 
samíentos muy tempranos, especialmente por parte de los 
hombres. Yo, la verdad, siempre los reprobaré. Y con ra- 
zón, dijo el coronel: porque los efectos que vd. ha dicho son 
consiguientes á las causas. Los antiguos debieron de obser- 
var los mismos funestos resultados que se notan en el día en 
aemejantef matrimonios Aristóteles es de sentir que el hom- 
bre debe tener doble edad que la muger con quien se case: de 
modo que el hombre de treinta años y la muger de quince, ha- 
rán un enlace proporcionado en razón de la edad, pues cuan. 



200 
(lo el sea de cincupnta. ella será de treinta y cinco, y todavía 
no le pareceri vieja. Bien que aquellos que no sou llamados 
para ti celibato, y cuya continencia corra peligro en tal es- 
tado, deben casarse muy júvcncs, conforme al consejo del 
Apóstol. 

A eslc tiempo .«alieron Inx scñoTas y las niñas muy compues- 
tas, y habiomln dcjailo DoHa Matilde prevenido todo lo oece- 
sario, y encargada su cnwi al cuidado de una Bcfiora vieja que 
la acompañaba, se Tiicron para la de Doña Jacobita. donde los 
esperaban los novj^con una porción de convidados. ^ 

Era muy cerca ile iinoclicccr cuando llegaron ú llegomoab 
■|iii> yo también giiK' de esa función. La sala calaba comple. 
(amento iluminada y «iirlída de señores y señoritas jóvenes, 
sin fallar ali£unos vipjns y viejas, de aquellos quo ao se c: 
san de divcrlirse en toda ja vida, ó que van á C3tas/rasea« 
lo por comer de viilde. . Los ojos se lea iban bácia Uta r 
sns dfl refrcscd que se dejaban ver en uno de ios cuartos ip. 
medialn*; pero aun no era llegada la bora dcnombalc, y 
se conlcnlaban Ips mas ¡¡olúsos con lamerso los bigotes, como 




20 

prisa. Efectivamente, se procedió á las solemnes ceremonias^ 
y se enlazó ante Dios y los hombres aquel nudo que hace las 
delicias de la vida cuando lo aprietan las voluntades de los 

contrayentes. 

•* 
Concluido lo principal de la función, y pasado los abrazos 

y parabienes que on tales ocasiones se prodigan, entramos con 

los novios, padrinos, conyidados y entremetidos, á la sala del 

refresco. 

A41Í ompetia la profusión con la curiosidad. Babia dos 
mesas: una surtida de todo género de dijRes y helados, y otra 
de masas de bizcocho, buen queso, jamones en vino, aceitunas, 
y cuanto podía provocar el apetito de los exquisitos licores 
que abundaban. Mil aróos de flores y ramos de carturina 
hacian la mas agradable perspectiva. 

Colocados los circunstantes en forma de batalla, se dio por 
los padres y padrinos de los desposados la sefial de ataque, y 
al instante acélietieron á los dulces y demás golosinas con 
la mayor intrepidez, de modo que en pocos minutos fueron 
todas derrotadas y desaparecidas por la glotonería mas deci. 
dída. , 

Yo me divertí aquel rato, observando los genios y educa- 
ciones de todos, y decía para mi sayo: No hay duda sino que 
en una concurrencia de estas, cada uno manifiesta sin querer 
sus principios; porque vi que los hombres que los habían teni- 
do finos, solo se ocupaban en servir á las señoras con el ma- 
yor comedimiento, cuando á otros todo se les iba en aprove- 
charse de lo mejor, despedazar sin orden, y embaular desafo- 
radamente. Muchos haciéndose corrientes, no solo comían ó 
devoraban cuanto podían, sino que llenaban las bolsas y pañue- 
los de lo mas exquisito, sin perdonar las botellítas de licor. 
Yo creí que alguno se habría guardado una fuente de plata, si 
fie la hubiera podido acomodar on el bolsón de la levita. En 



909 
fin, d rafraaeo m eonelayd aim qoadar ai nifaju pan I» 
viente*. 

Ti con loa eatóiugoi habiliudo^ puiroa i k nía, 3 
conM&BÓ el baile qm oeompaBaba nna completa orqncata. 
loa principios ae bailaron unaa beleraa y algnnoe 
pero loa moziloai canaadoa de bailar eataa piezaai 
i bailar wala y contradanza. EnlAncea todo ae toItíó 
«I^ta en loa doa aeioa. 

En breve paaaran reviata y minnann con todaa laa 
de la aata. Pomnpaita ae llevó laa ateneioDea y Im pi 
apUuKW, no aé al^or au cara, por aa habilidad 6 por aa 
eo&do en d bailar, annqne aeria por todo aagurameata. 
vo la floria de canaar en d wala i cuatro aeñoritoa y á Im ] 
aicoa, que ya daban al diablo la par a averaecia dala infirfi 
ble bailadora. 

INidenciana no dqó de bacar au deber ni ocnp6 el aaii 
en valdei porque con permiao de aua padrea bailó doa varHi 
boleraa dieatrameale. Querian loa cu rioaoa probaria • 
wala; pero ella bien enaeBada por an padre, ae axcuaft eos 
DO sabin, y lodos se quedaron deseando verla bailar este 



bolh; 




308 



CAPITVIiO XIT. 



En «I ^ot M deteabte k caiiw de k YÍnta de Eufroeme, que faé unten 
timiento qoe teaie de eo eoñedo, 7 le ■etirfeecflon qne eete le dio. 




;ufossAifi>o estábamos, cuando Doña Eufrosina entró 
con su maridoy muy cuidadosa, al parecer, por la salud del 
coronel; pero á poco rato no pudo disimular el motivo verda- 
dero de su visita; y así le dijo: Muy bien conocí, hermano, 
qoe vd. anocbe no tenia otra enfermedad que su maldito genio 
hipocondriaco y escrupuloso. ¡Caramba, que es vd. fatal! me 
biso vd. desesperar, y me desairó como acostumbra, no con- 
sintiendo que bailara Pudenciana un walsesito, y esto, solo por- 
que era empeño mió y se habían interesado al efecto aquellos 
caballeritoe. Sí, por eso fué, por eso: porque decir que no 
sabe bailar wals Pudenciana, es negar la liiz del dia; y á mas 
de que semejante muela se les podia encajar á los demás; 
pero no á mí que estoy cansada de berla bailar con Pomposi- 
ta« Pero ¡ya se vé! que vd. lo hará porque se crie su hija reca- 
tada; aunque en esto de buena crianza nada le va á deber á la 
mía, porque yo y su padre ta rabien sabemos lo que se hace, y 
al fin es una grosería que una muger no sepa bailar cuanto se 
osa, ni que por ser zoma desaire á los que en una concurren. 
cia la conviden. Yo por mí, hermano, ya me guardaré de su- 
plicarle á vd. nada en una publicidad, pues tengo mucha ex- 
períencia de que siempre se empeña en que quede mal. 

No es para tanto, hermana, dijo el coronel; vd. no debe sen- 
tirse porque no vailara wals Pudenciana. En verdad que se 
k) tengo prohibido, y me parece que con razón. Soy su pa- 
dre, y tengo cuanta autoridad necesito para impedirle todo 
aquello que me parezca mal. 

No por eso pretendo que la educación que yo le doy á mi 



3M- 
liiJQ sea norma por U qus n ligui k» demii. Cada uao n 
dueño da su can y |tt4Ñrd&w« Hjmtys¥ui «xno le pare. 
reciere. El mundo n compone de opiníoiNi. 

¡Vaya, vaya! eeo tm lírar ia piedra y wcnodei la oaaoi 4d>' 
cía Doüa Enfroana: á vd. ito b aemnAdkn loa baihk; porqn 
ya es viejo. ... i[, por eso, y no quíaiera que niaguno baihn; 
pues yo he oído decir qne los baiW aoa baenoa y en toil»J tf 
mondo ae baila, y yo y Pomposa bemoe de bailar aobn al dÍB^ 
blo. Quedábamos bien con metemos i recoletas tan linpn- 
no. Mi hija est& an Ta 0or de su edad, y cuando yo no pw. 
da bailar por vieja, no be de embarazar qno bailé la maeha. 
cbsi que eso Fuera como el perro det bortelano. A más ¡iá tp» 
hasta en los conventos dé frailei y monjas bailan de éqaádo 
en cuando, jvea vd. por qaé no heinoa de bailar noaotna^ifH 
estamos en el mundo y todavía se not menea nn pié! 

Dice vd. muy bien, hennana, pmsifaiA el eoi^^ gftom. 
ha dicho sino lo que yo, esto ea,.quatp4o> pi<)iisanQ0BaB4»«. 
beza, y cada un9 bari 09 ni casa lo que le par^i^ift. - ^ 

No |ior esto crea vd. \\ue aborrezco toda clase do bailes por 




205 

litas al rededor del becerro; pero ¡cuan diverso fué el espíritu 
de estoe bailadores! 

Bailar por alegría, bailar conservando las leyes del honor y 
la modestia, es buen bailar, no hay quien lo condene. Los re- 
yes, los hombres mas juiciosos y timoratos han autorizado es- 
ta diversión^ no solo asistiendo, sino dando ellos mismos unos 
bailas suntuosísimos. Tales fueron los que dio Catalina de 
Mediéis á los reyes de España, el memorable que dieron los 
padres del Concilio de Trente en esta ciudad á Felipe II, año 
de 1562, y el muy distinguido que dio Luis XII en la de Mi- 
lan« rompiendo el baije el mismo monarca, y danzando en 61 
los cardenales de S. Severino y de Narbona. 

Estos bailes, y todos los que sean arreglados, son loables y 
pueden frecuentarse sin riesgo; pero no son todos así segura- 
mente. Yo asistiré y llevaré á mi hija á los que me parezcan 
tales, acordándome que el sabio Blanch&rd dice: nO^e en 
cnanto á sabef bailar es un ornamento que es bueno procurar- 
se! porque seria llevar el rigorismo muy lejos, impedir abso- 
lutamente el baile á las personas del mundo, y no se puede 
condenar sino el abuso de él.*' Pero en virtud del parecer de 
este autor y por las obligaciones que me impone la religión sé 
que no debo llevarla á ciertos bailes que comienzan con cere- 
monia y etiqueta, y acaban en manoseo y retozo. Esto haré 
yo; pero no me opondré á que vd. y los demás hagan lo que 
quisieren. Calló el coronel, y Doña Eufrosina, no pudiendo 
sufrir mas esta reprensión, varió de plática, y á poco rato se 
con su marido. 



A pocos dias encontré á Tulitas la ahijada* del coronel; pe- 
ro en un estado tan infeliz que no la conocia, porque estaba 
may sucia, trapienta, descolorida, flaca y enmarañada. La 
pofage-me habló y en un instante me contó sus desgracias, y 
cómo hábia estado en la cárcel y acababa de salir del hospi- 
tal, y que estaba arrimada en casa de una vieja que habia sido 

7 



amiga de sd madre. Yo me compadecí de clin, la 
Id que pude, y me despedí. 

Le conié cato pasage al coronel delante de Doña Matilde y 
de 9U niña, y me dijo; No le admire 
radero do las jóvenes bonitas que nc 
Rervar su honor con constancia. 
alhaga y las lisonjea por u 



I inratnia en los brazos de la n 



E\ mundo las seduc*. Us 
pero b1 fin lai abandona 
ría y de una vejez harto 



in feliz 



Después que corren alegremente un poco de tiempo pisan- 
do flores por el camino de la prostitución, después qae mar- 
chitan BU juventud con los placeres, bailes, fiestas y bureos, 
cuando menos lo piensan se hallan despreciadas de sus adora- 
dores, hechas el juguete de todos, y encuentran eQ el hospital 
6 la cárcel los mejores lugares en que llorar el fruto de tu mal 
apreciada lilierlod. Gertrudis me compadece, pero tiene mi 
compañeras dignas de la misma compasión. ¡Ya se vé, que ei 
ta muchacha no se hubiera perdido, li no hubiera sido por su 
madre! — ¿Lo preguntaste por ella? 

Si le preguntó. Me dijo que habia muerto, y añadió mu. 




207 
Gertrudis. La frase con que ella culpa á su madre es bien 
adecuada. Por la codicia venden muchas á sus hijas y las 
bacen desgraciadas toda su vida, y con razón estas las hacen 
acreedoras al desprecio universal: ¿deque execraciones no se- 
rán dignas las madres impías que trafican vilmente con sus 

bijas! 

En esto estábamos, cuando entró el ranchero Pascual muy 
contento á avisar al coronel como para el inmediato domingo 
estaba prevenida la boda de Culás. D. Rodrigo recibió la 
noticia con agrado, y le dijo que el sábado estuviese en Mé- 
xico con ocho caballos buenos, porque queria ir la fami- 
lia de su cuñado. Pascual ofreció hacerlo así, y dejando mu- 
chas memorias á su ama, se fué para su rancho. 

Ble gusta este Pascual, decia el coronel, por hombre de bien 
y candoroso. Sin embargo do que la malicia ha extendido su 
imperio por todas partes, se encuentran entre estos pobres 
rústicos algunas almas tan sencillas y algunos corazones tan 
limpios, que es preciso amarlos luego que se tratan. Por lo 
común DO conocen el disimulo, la mentira, ni la vanidad, y es- 
to los hace recomendables ptira toda gente sensata. Ellos es 
verdad que ignoran la finura, cumplimientos y* faramallas do 
las ciudades; pero en cambio poseen muchas virtudes morales 
y cristianas, con las que pasan en su estado una vida feliz, y 
al fin aseguran la eterna. Por esto dice S. Agustín que los 
indoctos arrebatan el cielo. Es una lástima que se eduquen 
tan groseramente, y que se instruyan tan poco en su religión. 
Si muchos de estos tuvieran mejores conocimientos de Dios, 
de sus atributos y perfecciones, de la naturaleza en común y 
de la suya propia, serian menos idiotas y mejores padres y 
maridos, y darian á sus virtudes mas brillo y elevación, con- 
servando las que poseen y adquiriendo las que no conocen. 

¿Pero en que está, dije- yo, que á pesar de la natural buena 
inclinación de estas pobres gentes, las vemos algunas veces co- 
meter unos delitos enormísimos, y los advertimos incurrir ea 



308 
unas bobenu caii incraíblM, eapecislmenle los indios, en loa 
que n Dotao anos dofeclDs tau comunea y geaenlcs, qu« do 
parece sino que pasan por herencia da padrea i bijoat porque 
losindioa un mezquinos, rudos, embueteroa, siipenticíoao^ 
desconfiadoa, y muchos borrachos y ladronea. ¿En que esta. 
r& esto? quisiera yo Baber, porque no comprendo por qoi en 
cada claae do gentes sobresale cierta claae de vicioa que pare* 
ce que le son privativos. En los ciudadanos veo reamltar la 
intriga, la blsedad, la adulación, la vanidad, la soberbia j el 
orgullo ai BOD ricos; * si son pobres, loa veo holgazanes, descni. 
dadoa, atrevidos, sinvergfienzaa, necios y abandonados i k» 
vicios mas torpes. En los payos ó gente rústica veo que ao. 
bresale la barbarie, el despilfarro, la grosería y la superstieion, 
y en loa indios lo que ya tengo dicho, y así discurriendo por 
las dem&s clases del estado. 

Hijo mió, tu duda ea curioaa é inleresaatei dijo el corond: 
yo no sé si te la podré satisfacer. El clima, laa costDmbn^ 
laa leyes y la religión del pais donde se nace, influyea pa<laTO* 
sámente para foimar el carácter de los hombrea. Entiendo 

r carScler aquel apego y entusiasmo con que cada n 




209 

Eo esta inteligencia, no es extraño que los payos, los po- 
bres y los indios tengan un carácter diferente ó unas diferen. 
tes inclinaciones respecto de los {ciudadanos ricos é instrui- 
dos. La educación y los principios de estos son diversos de 
los de aquellos: por consiguiente, debe ser diverso el carácter 
de unos y otros. Esto nada tiene de raro* 

BuaquOToos en la educación el origen de los vicios y de las 
virtades de los ^hombres, y no nos será difícil encontrarlo. 
Mientras la educación sea burda y abandonada, los hombres 
serán groeeros y se inclinarán á los vicios roas torpes. En el 
estado natural, cuando el hombre abandonado á sus pasiones, 
sin religión, sin leyes ni gobierno, sin seguridad y sin cultu. 
ra, vagaba por los montes ya oprimiendo al desvalido, ó huyen- 
do del mas fuerte, ¿qué eran sino unos bárbaros que tan pron- 
to se engreian con el mas criminal despotismo, como se encor« 
vahan bajo la esclavitud mas vil? De cualquier modo deshon- 
raban la humanidad, ya tiranizando á los infelices, y ya sir* 
viendo de infames instrumentos para que los poderosos satis- 
facieran sus caprichos. 

En medio de estos casos progresivamente apareció la reli- 
gion» se reunieron en sociedades, se juraron las leyes, se esta- 
blecieron los gobiernos: y mira aquí al hombre convertido de 
asesino en filántropo, de ladrón en custodio de los interés de 
sus semejantes, de holgazán en laborioso, y últimamente, de 
salvage temible en ciudadano provechoso. 

Tal ha sido la suerte de los pueblos, y tal es y será la de to- 
dos los individuos de la especie humana. Según la idea que 
se formaren de la religión y del gobierno, según la sociedad 
en que se crien, la educación que reciban y las costumbres 
que vean practicar, asi saldrán ellos como he dicho. 

El pobre ranchero, el infeliz indio,^el plebeyo abandonado, 
qoe ignora la religión que dice profesa, que no conoce la jus- 
ticia de las leyes, ni advierte la gravedad de los delitos que co- 
mete, y á mas de esto, se ha criado en medio de una familia 



üoe7^ e<lucitilo con los pésimos ejemplos de unos pudres vicio* 
sos é ignorantes, ¿qué podrA ser sino un inculto barbaján, y 
acaso un vicioso perdurable^ Sin advertir la mutua conve- 
niencia que nos resulta de sujetarnos á las leyes civiles, sin sa. 
ber cuánto nos obligan las eternas, sin probar jamas los dulces 
frutos de los ciencias, y sin noticia de lo que es probidad, he- 
nor y vergüenza; j,qiié puede ser, repito, un hombre de estos, 
sino un necio, un mal padre, un peor marido, y un péñmo in- 
dividuo de la especie humana? 

Tú me preguntarás ¿i quién le toca poner el remedio so- 
bre estas cosas, y velar acerca de la buena educación de es- 
tas gentes? y yo no me detendré para decirte que al gobierno. 

Los reyes en primer lugar, y en segundo los quo bann sus 
veces, son los que tienen esta sagrada obligación conforme al 
sagrado texto: ¿Te ha constituido Dios, (dice el Eclestístíeo), * 
superior de e^tos individuos? Pues ten cuidado de ellos. 

Nuestros soberanos, penetrados bien de este principio, has 
querido siempre desempeñar este divino precepto. Las repe- 
tidas y piadosas órdenes que en todos tiempos han expedido 
para que se establezcan escuelas en todos los pueblos, las acá- 




211 

te kt disposiciones de los reyes, publicando sus órdenes y 
iéndolaa valer en lo posible. Pues si esto ha sido as!, di- 
! ¿En qué consiste que en el reino haya tanto holgazán, 
orante y vicioso como se ve? No sé si atinaré con la res- 
sta; pero escucha. No siempre depende de las primeras 
intadee el que se cumplan sus benéficas intenciones* Ni 
reyes, ni los vireyes, ni los magistrados, ni cualesquiera 
Bftores son como Dios, que con un solo acto hace cumplir 
roluntad por sí, sin^ necesidad de ageno auxilio. Todos 
borobres son muy miserables y limitados: siempre estamos 
elidientes unos de otros, y necesitamos valemos de los de* 
I para verificar muchas veces nuestros designios. He aquí 
BMriocíon del problema. 

•oe reyes han querido que sus vasallos se instruyan y se 
i|Qen rectamente: para estu han mandado se establezcan y 
salen escuelas en todas partes: sus viceregentes han co- 
deado las reales órdenes á los jueces y curas de los pue- 
, eomo que estos son los agentes inmediatos y á quienes 
eaponde llenar las benéficas intenciones del soberano. Y 
i: ¿|se cumplen en todas sus partes y como debia ser? Los 
Itadoe dicen que no, por mas que loe subdelegados y par- 
ia digan que hacen cuanto pueden, 
ío ignoro que algunos de estos se desvelan y se afanan 
im los indios de sus pueblos reciban la instrucción mas 
reniente y proporcionada á su capacidad; pero también 
ue no son los mas, y por e^ta verdad responde la estúpi- 
da loa indios de casi todas las provincias del reino. 

aolamente en los pueblos se lamenta este descuido en la 
lera educación de los pobres. En las ciudades y en la ca- 

1 misma no se observa mejor con corta diferencia. ¿No 
ia multitud de muchachos trapientos y haraganes que va- 
todo el dia por las calles? ¿No te encuentras á cada paso 
una tropa de vagamundos que andan jugando á los cía vi - 
f al picado en las esquinas y plazuelas, sin mas aparenta 



ocupación qua vender villeteil ¿No te hft eaundilizftdo el nt 
pedir liiDoatiB unu cri&tur» de cuatro y de cinco aAoit Poei 
•ato tqu6 prueba aino que tienen unoa padrea indoleateei y unoi 
curas que tal vez ignoran que tienen aemejante claae iniUia 
de feligreaait 

DeapucB que yo veo la abundancia de mnchoa perdnlañoi 
<]u«BobracargBncoDiupeao la sociedad, no roe bacefiíerue» 
contiar uno* hombres borrachoi tirados en las callea como oaai 
beslias, ni me admira que baja tantos ladrones y viciosoeeme- 
trando una cadena, aufriendo unos azotea afrentosoí 6 ptgai- 
do en el último suplicio sus delitos. Nada de esto me admin, 
porque ea consiguiente á la abandonada educación que reci- 
bieron; y seria un delirio esperar frutos sazonados da aamillas 
ruines. 

Ya vea aquí descubierto e) origen de los vicios que espeeial- 
mente notas entra la gente pobre é ignorante, y ves con» no 
bastan & impedirlos las mas awTnia providencias de los reyes ni 
las ineñcaces diligencins de los que gobiernan en su nombre. 
Ims ojos que miran de cerca 6 sus pueblos y las manos que 
eatin deslinndas pora repartirles el pan de la doctrina, son 




218 

»l encontrar sujetos de probidad ó inétruccion que des* 
m él titulo de maestros á satisfacción de los coras; pe« 
Lndolos regularmente. Mas querer hallar hombres Ins. 
I y á propósito que se sofeten á esta fastidiosa tarea 
inte 6 catorce reales semanarios, es imposible, 
ense bien esas plazas, y sobrará quien las ocupe digna* 
8i se me preguntara ¿de qué fondos debían salir 
lotacionest Yo dijera, que de las cajas de comunidad de 
lios y de las particulares de los comerciantes y hacendé* 
I sos pueblos, pues á todos alcanzaba el beneficio de la 
edacacian de los muchachos. 

es esto tan difícil como parece. Si los señores páirro. 
BTSoadieran á los indios de las ventajas que resultarían á 
' á sus hijos de la buena educación que estos les dieran, 
bicieran ver que era mas grato á Dios y provechoso i, 
ue educasen bien á sus hijos, que no que gastasen su di. 
n fiestecitas, ni en vestidos de soldados en la semana san- 
comedias, loas, reíos y otras frioleras inútiles cuando 
miciosas á ellos mismos, seguramente recibirían los pa- 
os consejos de sus curas; porque el indio en concibiendo 
I interesa alguna cosa, se presta á ella á costa de los ma« 
sacrificios, y abrazada por ellos esta idea, franquearían 
*cas, y se hallaría con que dotar maestros hábiles, que 
nasen sus escuelas, que es la primera condición que se 
ve para la buena educación de los pueblos. 

Mgunda no es menos importante, y consiste en celar que 
uchachos vayan á ellas; porque si no ¿de qué servirán \ÍB 
m maestros? Esto me parece menos dificil que lo príme- 
t queriendo que lo sea los que mandan en los pueblos, 
dificultad hay para saber cuántos muchachos hay en un 
o? ¿por qué no se podrán llamar por lista todos los dias 
80 hace con los soldados? Faltando alguno, ¿qué teolo* 
> necesita para averiguar en quién consistió la falta, si 



m 

en el imichaclio, ó en su padre, ni para cculigar írreroisible- 
menle al culpado? y por último, ¿qué no pudieran hacer el 
maestro y el , gobt^rnador, auxiliados por el subdelegado y el 
cura? Seguramente se conaeguiria el fin, y se lloiiarian muy 
en brevo las íntencioneade nuestros benéficos monarcas. 

Lo mismo y con mas facilidad se podría hacer en las ciu- 
dades; y ves aquí, según me parece, realizado en dos palabras 
el plan de educación general, que hasta hoy tenemos en un 
pié lamentabe; Bvenoa maestros que «nseñen, y vtMcko cuidadü 
para que los muchachos aprendan. Si por fortuna á este cui- 
dado se juntara algún amor del bien público de parte de loi 
párrocos y Jueces, y procuraran animar á la juventud con al- 
gunos premios y cariñosas distinciones, entonces yo aseguro 
que no muy tejos, dentro de diez años, se harien demasiado 
perceptibles iae Ventajas. 

Pero yo me be distraído mucho en esta conversación, que 
quizá le habrá enfadado por prolija; aunque tú has tenido la 
culpa por haberme tocado en un punto que siempre he vista 
con el mayor ínteres y compasión. Son ya las doce, y se me 




215 



CAPITVIiO XV. 



Ed ei que se cuenta la deigraciada aventura de Pomposita, y el casamien- 
to de Culis y Marantoña. 




X día siguiente pasé mi catre, mi baúl y mi corto ajuar 
á la casa del coronel, y el inmediato sábado llegó Pascual con 
los caballos. Sin pérdida de tiempo se avisó á Doña Eufro- 
sina para que dispusiera el paseo por su parte, y ella contestó 
que por estar enferma iria en coche con unas amigas suyas; 
pero que D. Dionisio y Pomposita irían á caballo. 

En esa noche se dispuso todo lo necesario en las dos casas. 
A otro dia oimos misa temprano, y cuando volvimos de la 
iglesia ya estaba prevenida Doña Eufrosina y sus amigas, 
D. Dionisio, el anciano eclesiástico, el señor Labin, el Licen- 
ciado Narices y algunos otros. 

¿Santa Bárbara sea conmigo! dijo Pascual al ver tan gran- 
de y lucida comitiva. Todos oimos su desaforado grito, y lo 
vimos coser la barba con el pecho; pero á ninguno le ocurrió 
preguntarle la causa: tal estábamos de entretenidos. 

Se ensillaron los caballos, y el de Pomposita se adornó con 
un famoso sillón: cada uno fué montando en el que le tocaba. 
Pero ¡cuál fué mi admiración y la de muchos cuando vimos 
salir á la niña Pudenciana y á su mamá vestidas con sus tá- 
nicos de montar, calzadas con sus zapatos de botín, con aci« 
cates do plata, y adornadas sus cabezas con unos gorros muy 
prcciosob! 

Inmediatamente que llegaron adonde estaban sus caballos, 
montaron en ellos con bastante ligereza,^ comenzamos núes. 
tra agradable caminata. 

El acompañamiento era tan grande y tan lucido, que traía 
feubrc bí l'd curio^jidad üc las gente;» ^juj encontrábamos por las 



318 

calles, aiendo Mttílda y n hij» lo* objolM que nUMltenlMB Ik 

atención. 

Loa ceballenM que noa aconipaffalmn m deabaciui en elo- 
gioB de PudenciaoB, cuyo garbo lea en'deintriailo agradable. 

Unos deciao que parecia una Pilaa, otroa ana Amazctna; ea- 
toa, la emperatriz de laa Ruiias cuaodo fui al frente de loa 
ejércitoa á atacar i la Puerta Otomana: y todoa i porfia la 
colmaban de alabanzas y le dirigían sus comparaciones naa 
ó menos adecuadas, pero según podían. 

Tan repetidas alabanzas lastimaban fuertemente loa oidoa 
de Pompoeita. quien do pudiendo ^ aufrir qneenaalsaaen 
tanto í aa prima en su preaenoia, dijo: ¿Qué te parece, niñal 
Cierto que haa caído en gracia á estos seBorea. ¡Qné bien ha 
hecho mí tio en enacñarte i andar á caballo como loa hom- 
bres' Yo la verdad, estoy envidiosa de esa tu rara habilidad, 
y desde ahora prometo que voy i empeñarme con papá para 
que LailsoD * me instruya en el arte de la equitación, por si 
algún día me viere en necesidad de hacer maromea en el cir- 
co; aunque iü estis muy adelantada, y podrás hacerme el ia. 




217 

Mr tan ridicula ni tan machorra que montara á caballo co« 
mo hombre! Mi pap& y mi mam& dicen bien» que eso es una 
indecencia en una muger» y es querer hacerse muy singulares 
entrar por semejantes monerísb. 

—Sus padres de vd. dirán lo que quisieren; pero pienso que 
segaramente se equivocan* To he andado por diferentes par- 
tes de la Europa, donde he visto que casi todas las sefSoras no 
montan de otra manera. Áqui en México hemos visto seguir 
esta costumbre á algunas extra ngeras y españolas. Pero pres- 
eindiende de los ejemplos, la razón y la experiencia nos ma« 
nifiestan la bondad y la inocencia de este uso *• Nada tie- 
ne de nocivo á la salud, cualidad que no falta á estos sillo- 
nes f • To aseguro que con el movimiento del caballo, ya no 
lleva vd* la cintura muy á gusto, y no hemos andado media le- 
gua. ¿Qué seria en un camino largo? 

Tampoco tiene nada de indecente usándose con las precau- 
sienes que es(a niña. Ya vd. habrá visto que apenas se apea, 
cuando, si quiere, con abrocharse los botones de otro modo, ya 
está con tánico y enteramente en (rage de muger. 

Careciendo este uso de la.s malas cualidades de indecente y 
nocivo á la salud, tiene las ventajas de facilitar á una muger 



* £1 señor Labin tal vez no ignoraría que Dios en el capitulo XXII 
del Dcoteronoinio, prohibió expresamente que el hombre se ▼istiera como 
moger y la muger como hombre; pero sabia que un caso do necesidad in- 
deltB de esta observancia y el caminar puede ser este caso: por eso defen- 
dió la costumbre solo con esta ocasión» dejando á los teólogos la resoln- 
cien decisiva de la materia* 

Nota sxl Editob. Es falso que el tioge de que se habla en este logar 
y man las señoras para montar á caballo sea de hombre^ aunque algunas 
piezas lo parezcan, pues nadie ni aqni ni en Europa ha visto á los bom. 
bres usar el túnico abierto que para esto se visten las mugares. 

I Las propensas á hemorragias ó flujos de sangre y las grávidas, pue< 
den reaentir el montar á caballo de cualquier modo que sea. 



ül cabalgar, de hacerla meDoa pesada á Iga hombreu que la 
acompañaa, de proporcionarle la carrera lin riesgo, de librar- 
la por consiguiente de un peligro; y de precaverla, aun en el 
caso que caiga, de que so ofenda su honestidad. 

Que me señalen iguales ventajas en al uso de los sillones; y 
ai no las pueden señalar, sujetémonos á la razón: y cuando 
mas, que no admitan la moda; pero tampoco se burle nadie ile 
quien la sigue, puea en eato se acreditará su necedad. Tvi 
malo es seguir Ins modas malas por capricho, como no seguir, 
las buenas por preocupación, y mas cuando la razón nos con- 
vence de su utilidad. 

Tanto se embobó Pomposita oyendo al señor Labio, que ae 
le cay6 el paragua sobre las orejas del caballo. Esto, sin embar- 
go de BU mansedumbre, se espantó al verse con aquel embara* 
z<> delante de los ojos, y sin esperar razones, dio la estampida, 
y ó poco trecho cayó eit tierra mi señora Doña Pompota, ntal 
ríe <K grado; pero un tan indecente postura, que cuando menos, 
nadie dudó de qué color eran sus ligas. Los mozos corrieron 
á iilDJar el CHballo, y nosotros Tuimos apriesa á socorrer á la 
desventurada. 

InuiediH lómenle lu Icvaulumos y la metin 
Pur fortuna no recibió mas daño que i 




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219 

rosa exclamación que acababa de hacer en México á Santa 
Bárbara no pudo menos sino preguntarle con el mayor empe- 
ño la causa de su aflicción. ¿Qué tienes, Pascual (le decia), es- 
tas enfermo? — No, señor. — ^¿Tehas arrepentido de que se case 
Culás? — ¡Ojalá fuera ese mi cuidado! — ¿Te falta dinero para 
alguna cosa precisa? — Aunque me falte y aunque lo tenga» de 
nada me sirve agora. — ^¿Pues qué tienes, hombre? ensánchate, 
á ver si podemos consolarte? — Apurarme mas podrán sus mer • 
cedes por hora; pero eso de consolarme, cuándo. — ¿Conque 
nosotros podemos afligirte? ¿De qué modo? Vamos explícate, no 
nos tengas en duda de ese enigma. 

—-Pues señor amo, si no se ha de enojar su roercé, voy á 
confesarle la purísima verdad, aunque me cueste harto traba- 
jo decirla; pero por eso se dice que mas vale vergüenza en ca. 
ra, que rencilla en corazón: y que es mas mejor ponerse una 
vez colorado que ciento descolorido, pues al buen pagador no 
le duelen prendas 

— Vamos, hombre, acaba con tantos refranes, que te nos 
vas volviendo Sancho Panza entre las manos. Despacha, 
¿qué es lo que tienes? ¿qué te aflige? 

— ¡Qué me ha de apurar, señor! ya sabe su mercé como el 
diablo que no duerme hizo que mi muchacho Culás viera de 
buen ojo á Marantoña, esa que va á ser su muger agora mis. 
roo; y luego que me lo dijo, le dije yo: ,.Hijo, yo estoy opuesto 
á cuanto tü quieres, porque la muchacha es buena, y mas me- 
jor es que te cases que no te quedes ansina.*^ Y yo luego luego 
di traza para pedírsela á su padre el tio Benino, quien no se 
hizo mucho de rogar, y como ya todo estaba de punto, quije 
que no quije fué menester buscar dinero, porque para todo que- 
ren dinero en esta triste vida, y por el dinero baila el perro 
como su mercé sabe* • . . 

Estimo tus favores, dijo el coronel; pero sigue tu cuento sin 



320 
rodear tanto, pues según vai, pienm que oo lo kCkbu n ocho 
días. . . . 

El eclesiiatico y los demás BB&oree luplícuon & D. Rodri- 
go que dejase h&blar &au criado cuanto quiíienii yque M ezpIU 
caía coaroinie fuera bu gusto, porque ellos no lo recibían me- 
nos al escucharlo. El coronel dijo k Pascual que contínan- 
ra, y este con la miama sencillez que comenzó, prosiguió su 
cuento de esta manera; Pos seQor, como era menester dinero, 
¿que hago? Cojo y vendo un burro mostró, con perdón de ans 
mercedes, y dos vacas paridos, que por todo me dieron cincuen- 
ta pesos; ajuera de esto, empeñé las tierrítaa de Culis en f«in. 
te pesos, que hacen treinta.... cuarenta •••• cincoenta.... 
setenta pesos; y como no alcanzaba para los gastos, ae icor. 
dará su mercé que te pedi veinteainco pesos prestados^ que 

BOU cincuenta.... sesenta etenta. ... setenta y uno, 

setenta y dos, setenta y tres, setenta y cuatro, setenta y cin- 
co y veinte, son noventa y cinco pesos cabalitos, sin medio 
mas ni medio menos; y de este dinero gasté diez y seis pa- 
sos que le di al señor cura por el casamiento; seis varas de 




221 

por contar el motivo de su aflicción, dijo: Perdone sii mercé 
qae la encuarto; pero yo he gastado todo ese dineral, pensan- 
do quedar bien debajo de ser un probé; pero como no hay gus- 
to cumplido en esta triste vida, de una hora á otra se me cayó 
el goBO en el pozo, porque la verdad, yo pensé que vinieran 
solo sus mercedes y la señora Dofía Frosina y su nifia; y roe 
voy jallando esta mañana con todo el patio lleno de gente, y 
estoy que se me quée la cara de vergüenza, al ver que agora va- 
moa entrando en Tacubaya con coche y tantos caballos, y se- 
fiores y señoras tan decentes, que parece que van al casamien- > 
to de la virreina, y todo el pueblo se alborotará; y yo quijiera 
quedar bien, y eñ esto que no alcanza la comida, pues cuan- 
do mas y mucho habrá para veinte almas, y solo aquí vamos 
nws de los veinte, ajuera de los parientes y conocidos que es- 
tan alian casa, que no se como nos vendrá la gurupera. Vea 
•a mercé si mi apuración es moco de pavo, y si tengo razón 
no digo para ir triste, sino para llorar lágrimas de sangre; 
porque será bravo dolor que después de despulsarme por que- 
dar bien, no tenga agora ni que darles de comer á estos feño- 
res, que para su mercé no faltará. 

Rieron todos á carcajada suelta luego pue Pascual acabó su 
relación, porque al concluirla miró á todos, suspiró y puso 
una cara de jugador cuando se le arranca el último peso, y no 
tiene ¿ quien pedirle. 

La bulla y algazara que armaron fué tal, que la oyó Eu- 
frosina, quien hizo parar el coche para informarse del motivo. 
Se lo contó el señor Labin en dos palabros, y todas las niñas 
que iban en el coche alternaron en la risa con los hombres. 

Pascual no dejó de ciscarse, * y no quisiera verlos tan alegres 
¿ tu costa. £1 coronel advirtó la incomodidad de Pascual, y 
para sosegar un poco la risa general, llamó la atención de to. 

* Ponene colorado por la Tergüenza. — E, 



i 



224' 
•los, diciend»; Señores, la candidez del pobre Pucuat me tue 
¿ la memoTÍe el cuenlecillo de aquel re;^ V* habiendo salido 
á caza, la anocheció, y perdido sin encentrar el camino real, 
no tuvo otro arbitrio que hospedarte en un cortijo 6 rancho 
miaerable, donde loa monteros, aoldadoa y criados acabaron 
con cuanto habia para dar de cesar al rey y au corte, y ce- 
nar ellos. Pas6 la noche, y el día siguiente al despedirse el 
rey del pobre viejo, dueño del rancho, le dijo que le pidiese aU 
guna merced. El ealánces con lágrínina en los ojos le dijo: 
Señor, el mayor favor que pido i vuestra Magostad, es que en 
la vida me vuelva á hacer otra visita, porque sí en una noche 
han destruido sus criados todo el fruto do mi trabajo de mu- 
chos años, en asegundando otra visita, roe echará vuestra 
Magestad á pedir limosna con mi familia. Al rey le cayó en 
gracia la ingenuidad y sencillez de aquel labrador, y lo dejó 
consolado, resarciéndole sus pérdidas generosamente. Tú, 
Pascual, consuélate también, y está seguro no solo da que al- 
canza la comida (¡je has dispuesto, sino que sobra; porque 
todos estos señores son de muy poco comer. No calmó mu* 
a la tristeza de Pascual; y asi continuó en 




la misa, trató de que fuésemos á la casa de la novia para con- 
ducirla á la iglesia. 

Ya estaban esperándonos los novios, sus padres, amigos y 
parientes. Culás estaba de gala con sus calzones de pana 
azul galoneados y bien surtidos de botones de plata: unas bue- 
nas botas picadas y bordadas de oro y azul: sus zapatos abo. 
tinados de cordobán, de los que llaman de boca de cántaro: 
una muy curiosa cotona de indianilla verde guarnecida de 
listoncito de color de rosa: su mascada del mismo color: su 
sombrerito redondo, pardo y con toquilla y galón de plata, 
concluyendo este lujo con una famosa manga de paño azul con 
dragona carmesi y ñecos de oro. 

La novia no estaba menos decente en su clase, porque tenia 
un trage de indiana fina de fondo lacre: su mascada de las que 
llamaban de arco-iris: sus aretes de piedra inga muy relum- 
brantes: unos tres ó cuatro hilos de perlas finas, aunque me- 
nudas, sus cintillos de iguales piedras que los aretes: una por- 
cion de listones en la cabeza, á los que sujetaba una peineta de 
carey; y remataba su compostura con unas medías de seda, nue- 
vas de primera, y unos zapatos de raso color de rosa bordados 
de plata. 

Culás era un moceton alto y bien formado, rubio y como 
de veinte y seis años de edad; y Marantoña, como lo decía 
Pascual, seria como de diez y ocho ó diez y nueve, gordi- 
ta, no muy alta, blanca, huera, colorada y con unos ojos 
grandes y negros, los que juntos á una buena tez de cara y 
á una boca pequeHa, encarnada y habilitada de buenos dien- 
tes, hacian una figura agradable. 

Luego que pasaron las humildes salutaciones de todos aque- 
IkM pobres, sacó Doña Eufrosína un túnico negro, una man- 
tilla y un abanico: todo muy bueno, como que era de gala, y 
quería que luciera la ahijada de su hermana; pero esta luego 
que entendió que la iban á vestir con aquella ropa, poniendo- 
se mas colorada de lo que era, le dijo: ¡Ay! no señora; yo con 



324 

üu licencia ao me pango eaos sacoa priotos. Eaos m quedan 
para las señoras como bu mareé; pero ¡para mf que soy una 
pobre paya! En mi vida me he pueato eso: [qué dirin mía 
amigas b¡ me lo ven puesto? Ya parece que las oigo. Diráa: 
Mire In ranchera motivóse: ayer andaba arreando vacas con 
BU9 enaguas de gerguetilla, y agora sale izque con túnico n^ro, 
como una marquesa ó una conda. Así dirán, y otras co«U 
mas peores. Conque no señora: yo iré á la iglesia con mi 
reboio de seda que me ha comprado mi aeñor padre, y que sa 
queden esos vestidos para los ricos, 6 para los probes que que. 
ran ser ridiculos,... ^Pero esto como se tréeT Preguntaba por 
el manejo del abanico. 8e lo enseñó Eufrosina, y abriaodolo 
con las dos manos, se soplaba con mucha gracia y decía: *Pos 
mire, este si que es un bonito aventador. jAy! cuánto mufie* 
quito tiene! cuántas florecitas! y qué varitas tan doradas!* 

Este ai lo llevaré para soplarme en la iglesia anaína que me 
apure la calor. 

Todos se roían por la sencillez de Maris Antonia, que bu- 
biera llevado el abanico como decía, si se lo hubier&D dejada; 
ü Matilde le dijo: Hijila, esto no lo puedes llevar s 




225 

con ella. • • • No es eso lo que te digo: me agrada en ella su 
carácter sencillo y su juicioso modo de pensar. ¿No oiste que 
oportuna lección de confocmidad dio á mas de cuatro que la 
escuchaban cuando rehusó ponerse el tánico negro? Esta es 
mucha humildad y moderación en una payita joven, de quien 
se debía esperar que estuviera deseosa de parecer bien y de 
cfHnponerse* aunque fuera de prestado, como lo hacen tantas 
aunque no estén de boda; pero María Antonia ha conocido la 
vanidad de este deseo, y no quiere exponerse á que sus igua- 
les, envidiosas de su decencia, se la murmuren llamándola ro- 
ia y wtot n aa a ^ como ella misma dice. 

Como la iglesia estaba inmediata á su casa, de donde sali • 
mosy no tuvo tiempo el coronel para hablar mas sobre esto, y 
mucho menos, porque luego que de la torre nos vieron ir, hi« 
cieron señas de dejar. Con esto nos apresuramos. 

Estaba ya el cura revestido, y luego que entraron los no* 
▼ios y padrinos, procedió á las sagradas ceremonias del matri* 
monioy y cantó la misa después dé ellas. Concluida, salió de la 
sacristía y nos condujo á todos á su casa. 

Fascual estaba entreverado, unas veces alegre y otras tris- 
te, acordándose de que no alcanzaba su comida para tantos, 
y mas triste se ponia al acercarse la hora de almorzar. 

Pero ¡cuál fué su sorpresa y su alegría cuado oyó decir al 
cura: Señores, vamos á la huerta á tomar alguna cosita, por- 
que ustedes ya lo han de menester, como que madrugaron y 
han caminado, aunque poco! Diciendo esto se levantó el cu- 
ra de su asiento, hicimos todos lo mismo, y nos dirigimos á la 

huerta. 

Ai entrar en ella se acabaron de trastornar Pascual, los no* 
▼ios, sus parientes, y poco faltó para que á nosotros sucedie- 
ra lo mismo, al ver la magnifica sencillez con que estaba todo 
prevenido* 

La naturaleza por una parte, y por otra la curiosidad del 
cura, habían formado en aquel frondoso sitio una huerta útil 



226 
y un pcDsil ameno y delicioso. Laa varías frutas que malizabui 
el alegre verde de los árboles, colocados en bien dispuestas ca. 
lies; las diferentes florea que adornaban una multitud de arriates 
y tiestos curiosos; los agradables aromas que las yerbes y ro- 
sas exhalaban; el gorgeo de mil hermosos pajarillos que trina- 
ban alegres sallando de rama en rama; el suave murmullo de 
las cristalinas aguas que Be deslizaban por los caños para re- 
gar las plantos y las flores, y el conjunta de todas estas cosas, 
halagaban los sentidos y suspendían el espíritu dulcemente. 

En medio de la huerta estaba una graciosa fuentecilla, y 
á su lado se formaba una herraoía galería, en la que estaban 
colocadas las mesas en donde se hsbia de servir el almaerzo. 

Mil lazos de amapolas, xúchÜM, claveles y rosas se entrete- 
jían con el mejor orden de un árbol á oiro, fingiendo las pare- 
des del salón, y haciendo un tapiz tan alegre como natural. 
Los rayos del sol no penetraban en aquel lugar delicioso, por- 
que sobre las copas de los árboles estaba formado un magea- ' 
tuoso pabellón de damasco carmeai con cordones de soda ver- 
de y oro, y el pavimento estaba entarimado y cubierto con 




227 

cído, peoBando, seguD después nos dijo, que esperaban elali* 
mentó de su casa. 

El señor cura dispuso que el padre vicario fuera á cumplí* 
mentar á los parientes y convidados de los novios en otra me- 
sa que tenían prevenida muy lejos de la nuestra. 
. Ya todos sentados en sus correspondientes lugares, tiró el 
cara de un cordón, sonó una campanilla, y al momento se pre- 
sentaron cuatro graciosas inditas, ricamente vestidas según su 
trage, y comenzaron á servir los platos y las copas. 

£1 primer brindis se dirigió á la salud de la novia, y á se- 
guida comenzamos á escuchar un agradable concierto de mú- 
nea; aunque no velamos la orquesta, porque el cura la ocultó 
sagazmente tras de un emparrado para que nos cogiera mas 
de nuevo. 

Lo opíparo del almuerzo, lo divertido del lugar, el golpe de 
la música y el trato dulce y cortés del coronel, del cura y otros 
señores, contribuía á aumentar en todos la alegría mas ino. 
cente* No se hablaba en la mesa de cosa que no entendieran 
bien los novios y sus padres. El campo, las siembras, las se- 
millas, las cosechas, los carneros, tos toros y las vacas dieron 
asunto para toda la conversación, que manejaron muy bien 
los entendidos, haciendo hablar sobre todo á Pascual, á su hi- 
jo y aun á la novia; y como se les hablaba sobre materias que 
entendían, estaban contentos, menos vergonzosos y muchas 
races satisfechos, porque quinaban en asunto de campo al co- 
fonely al cura y á otros, como que hablaban con instrucción 
y con experiencia. ¡Qué cierto es que cada uno es voto en 
su profesión. 

El señor Labín y el otro eclesiástico excitaban aun mas 
nuestra alegría con sus chistes salados y corteses. A todos ha* 
cian reír de cuando en cuando, especialmente á la novia, á 
quien dirigían sus chanzas sazonadas, dejándola contenta. 
Dos cosas aprendí con la ocasión de asistir aquellos señores á 



Ib mesa: Ib primera, que así como en cualquier concurraaeia 
decunte se hace despreciable el fkceto que á cada irntante 
quiera & coeta suya y de avergonzar i oíros, arrancar la riw 
i los que lo oyen, aal m hace apetecible un hombre de talen- 
to que sin hacer profesión de haeme reit 6 de bufón, nbe 
mantener en todos la alegría eiii ofenn ¿a ninguno. Esto 
fué lo primero que aprendf, y lo segundo: que la chanza para 
que agrade ea necesario que tenga cuatro circunstanoias: jo- 
rnal, inocente, oportuna y dwereta: de suerte qae en careciendo 
de cualquiera de ellas, ó degenera en s&tira picante, 6 en ana 
insulsez fría y sin gracia. Por lo cual no es tan fteil deaom- 
peBar con aire el papel de chancero en una función púUica, 
y no deba meterae á ello el que no sa considere dolado del ta- 
lento y . gracia particular que se requiere, para no pasar la 
pluza de ridículo 6 desatento. 

Finalmente, con general complacencia y satisfacción se 
concluyó el almuerzo: después nos levantamos todos, y noa foi- 
moa á pasear por la huerta. 

Nada le faltó que prevenir al señor cura para que i 




. . : -c 



*, -í" ■ 






r 



229 

sofá leyendo un libro: ya otra cantando una aria ó un terceto^ 
mientraa las mas jóvenes se divertían apedreando los árboles 
para bajar frutas sazonadas, ó meciéndose en los columpios, 
6 jugando en los cañitos de agua, 6 cortando las mas fragan. 
tea Toeas» con que se adornaban el pecho y las cabezas. 

Parece que la Inocencia y la Álegria habían bajado de los 
dehe á ojueZ higár ameno y delicioso. Yo observé que en un 
instante las mugares cortesanas depusieron el aire de etique- 
ta, y las payitas su natural encogimiento. Todas conversa- 
ban, óorrian y retozan alegres y contentas con la mayor fa- 
milíaridadt Hasta Narantoña que por razón de novia debia 
haber estado mas cuitada '^ que las otros, andaba con todas 
saltando como ona. cabra, y trepándose á los árboles con mas 
ligfresa que una ardilla, para tirarles á las niñas los chaba- 
canos maa grandes, y las peritas mas maduras. 

Así permanecieron jugando y divirtiéndose como hsstala 
una y media del dia, á cuya hora mandó poner las mesas el 
señor cara, y trató de que fueran todos á comer. Fácil es 
eonocer que las muchachas llegaron muy cansadas de retozar, 
muy eoloradas por el sol y el ejercicio, y las mas con alguna 
avería; porque unas llegaban con los túnicos rasgados, otras 
con los zapatos llenos de lodo, esta con un brazo raspado, 
aqudla con la peineta hecha pedazos; pero todas llenas de ri- 
sa, andando y rebozando la alegría por todas partes. 

El weSor cura las recibió con mucho agrado, y después de 
que todos nos sentamos á la mesa, decia el coronel: Vea vd. 
con disimuto, cuánto gusto tienen estas niñas y qué conten- 
tas han estado. Ciertamente que si todas las señoritss de la 
ciudad tuvieran proporción de divertirse si quiera cada ocho 
diaa de esta manera, padecerían menos ñatos é histéricos que 
loe que padecen. 

* No hay rtson psim que las novias w avergüencen 6 se acuiten: 
pero ya lo han hecho eottombre, principalmente las aldeanas. 

7—2 



!tSO 

El ejercicio en el campo y entro penonu alegres y jovia- 
les, es mucho mas provechoM pars la aatud y maa inocante 
en lo moral que los baileí que apadrinan por lícitoa muchu 
personas. Pues, hablo de los bailea en general, que en lo parti- 
cular ya sabemos que puede haber bailes donde se jiinle la hon. 
ra y el provechoj pero el campo, el campo es el depositario de 
la alegria, de la salud, de m riqueza y de la inocencia. 

De esta manera altefnamn bus conversaciones ya aaríu, 
ya jooosasj pero todas instructivas é inteligibles á aquelloa po- 
bres rúüticoa que nos acompañaban; y luego que se Goncluy6 
la comida, dio gracins í Dioe el cctesi&stico de qnien habla- 
mes en el capitulo 8> ° que se llamaba D. Jaime: anuimos 
conversando un poco mas por sobre mesa, y deepues fuimos ca- 
da uno tomando nuestro sofá ó canapé dolos muchos que ha- 
bia debajo de la sombra de los árboles, y nos acoitamos á re- 
posar la^GÍestn. 

A las cuatro nos sirvieron cafó y chocolate, y subtBKM i la 
vivienda del párroco: allí se aguardadlos demás de la comiti- 
va, mientras que el coronel, su esposa, su hija, la familia de 




231 

;odo8 agradecer» porque ninguna obligación tenia de hacerlo. 
Entonces redobló ana expresiones Pascual y todos los suyos, 
sonfissándoee esclavos del coronel, de su familia y de su cura • 
Bl fervor con que prorrumpia aquella buena gente sus agrá- 
léctdas expresiones, manifestaba que las decían de corazón, 
y d alegre semblante con que el coronel las escuchaba, daba 
á entender que estaba satisfecho de su sinceridad: ¡ya se ve! 
qae los beneficios que se hacen á los pobres, como que van des- 
nudos de interés, por lo común se perpetúan en sus corazones 
para el agradecimiento. 

En fin, llegó la hora de despedirnos. Todos abrazamos á 
los nóTÍosi y les felicitamos su enlace con palabras mas sen- 
cillas; pero Pómposita acordándose de su genio cortesano pe- 
dantesco, dijo á María Antonia: Me alegraré de que disfrute 
vd« el amable consorcio de su esposo los años de Néstor y con 
|a paz del tiempo de Augusto César Octaviano. Atónita se 
quedó la pobre ranchera con esta arenga, que entendió lo mis- 
mo que si se la hubieran dicho en griego. Doña Matilde y 
Pudenciana hicieron por disimular la risa, y no pudiendo, vol- 
vieron los rostros á otro lado y se taparon las bocas con los 
abanicos: esto lo advirtió la payita, y pensando que se reian 
de ella, se acortó mas, y le dijo á su Madrina: ¿Y agora qué 
digo yo, porque maldito lo que entiendo á esta niña? Dile que 
viva nül años, le respondió, el coronel. Lo dijo así, se repi- 
tieron loe abrazos, y nos marchamos para la calle. 

Cerca de las oraciones de la noche llegamos á las casas cú- 
rales, donde nos sirvieron el refresco, y concluido, nos despedí- 
IDOS del señor cura y regresamos á esta hermosa capital adon- 
de llegamos en media hora, acompañados de dos mozos que 
■os puso Pascual para que cuidasen y volviesen al rancho los 
caballos. 



CAPITVIiO XVI. 

Eli >l que M refiere el príndpio de IftIriMe hiiloritila Cariota 7 4» Wila. 

(er. ErU rMueIre íncorponrie & la 'Igleut eatótica: hace dd anilirii d* 

Ion ruuilimentoa mu ■ótiiloi de nueibm religión, recibe •! BautÍMiMt, jtb 

i la Habatia í negodoi de u 



J^^?tTBAH08 en México, paró el cocha en Ik cbu de Doña 
Eufrosina, y todos dos apeamos en ella, llevando los mozoe loe 
caballos á su destino. 

Cuando subimos i la sala encontramos en ella 4 un jótsd 
como de treinta años, muy bien presentado, que habia llega- 
do á esta capital esa misma mañana, y hábia ido i cata de 
Doña Eufrosina en solicitud del oabaltero Labin, A quien ve- 
nia recomendado de la ciudad de Washington de donde era 
nntural, y se llamnha Jacoho Welsler. 

Este individuo nos captó la voluntad luego que comeme6 k 
platicar y darnos razón de su patria y del fin de su viaje, que 




283 

IMde laego el amor enredó los corazones de ambos, y por 
mas que hacían uno y otra por disimular mutuamente su pa. 
sioD, no podian. Cada vez que concurrían juntos, tenían sin 
duda un rato muy amargo. Los ojos de Jaoobo se encontra- 
ban con los de Carlota y se expresaban con demasiada vive- 
za: esta recibía las miradas con agrado; pero en el momento 
apartaba la vista de su amante» manifestando la mayor indi- 
ferencia. De manera que Carlota estaba asegurada de la vo- 
luntad de Jacobo; pero este no estaba cierto de la correspon- 
dencia de su amada. 

Así pasaron como seis meses, hasta que una noche, agita- 
do fuertemente su corazón con la memoria de su adorado oh. 
jetOy y DO pudiendo dormir, comenzó á dar vueltas y mas vuel- 
tas en la cama, á suspirar y hablar solo con tal tono de voz, 
que su compañero el señor Labin, temiendo no estuviese en<* 
íermo, le preguntó desde su catre ¿qué tenia? Jacobo le res- 
pondió que nada; pero que no podía dormir. Disimuló en. « 
tonoes, y se sosegó por unos cuantos minutos, al cabo de los 
cuales volvió á su primera inquietud. 

El señor Labin temió que su compañero estuviese para per- 
der el juicio, y como lo quería mucho, trató de ver como lo 
serenaba, haciéndose primero informar de la causa de su 
aflicción. 

Resuelto de esta manera, se levantó, se cubrió con s\i ropón, 
18 poso sus chinelas, se dirigió á la cama de Jacobo, y sen- 
tándose en ella, con el mayor cariño le dijo: Welster amigo, 
¿qué tienes! ¿que te aflige? ¿por qué me disimulas tu cuidado? 
^Tienes algún motivo para desconfiar de mi amistad, ó ya me 
ha hecho indigno de la tuya....? Qué, ¿inclinas la cabeza sobre 
el pecho? ¿me miras con vergüenza? ¿enmudeces, y las lágri- 
roas destilan de tus ojos? Vamos, Welster, habíame por tu vi. 
da: yo me intereso en tus desventuras tanto como tú mismo; 
declárate, ensánchate, ¿qué tienes? 



284 

Eolónces Weluter, desarrollando aua sentiinieabw da una 
vez, y apretando U mano del aeñor Labin contra ni pecho, le 
dijo: |Qué be de tener, amigo, qué ha de tanerT una rabia, usa 
desesperación, un fuego que ma consume el alma. Tengo 
amor, SÍ! adoro & una joven hermosi, cuyas recomendaUn cir- 
cunstancias ban avasallado mi corazón, en términos que no 
soy dueño de mí. . . . Este abatimiento es vergonzoso en un 
hombre de mi carácter, lo confieso; pero tú eres discreto, sí; 
tú conoces que no siempre le es muy íkcil al hombre el resía- 
tir i BUS pasiones: muchas veces estas nos dominan y aran- 
llan contra los mas poderosos gritos de la razón. En este ca- 
so me hallo, compadéceme. 

Desgraciado de tf, dijo el seüor Labin, si has pensado al- 
guna vez estar exento de las humanas flaquezas. Wslater, 
todos toa hombres tenemos nuestras imperfecciones: nadie vi. 
ve sin delitos, dijo uii antiguo, y el mejor hambrees el que tie. 
no menos. El amor es una pasión propia de las almas gene- 
rosas y sensibles como la tuya. Las virtudes por tí mlaniaa 
son amables, y cuando se hallan en una muger hermosa me 
parecen aun mas atractivns. j,Qué hay, pues, que extrafiar 




235 

y te be empeñado mi palabra. Duerme ya sin cuidado, que 
mañapa escribirás, y yo haré porque todo se allane. Con es- 
to ee sosegó un poco Welster, y se recogieron. 

A la mañana siguiente, cuando el señor Labin se levantó, 
ya tenia Jacobo escrito el billete para su amada, el que puso 
en manos de su amigo, y este salió para la calle. 

Llegó á casa del coronel, con quien estábamos almorzando, 
y allí nos contó lo que va referido. Doña Matilde no pudo 
reprimir su curiosídod, y así rogó, al señor Labin que si no 
desmerecia su confianza, y si el billete estaba sin lacre, se lo 
leyera; porque deseaba ver como se explicaba Jacobo. £1 
señor Labin condescendió con su ruego, y les leyó el papel 
que decía de esta manera. 

Bella Carlota: yo os amo con pureza: no puedo ya resistir al 
dulce imperio de vuestros ojos. Decidme si os ofendo, 6 si al* 
gun dia podré esperar que hagaüs para siempre venturoso al 
infdix 

Jacobo. 

¡Qué poco escribe! dijo Matilde; pero se explica bien. ¿Y 
vd. cómo piensa salir de su cuidado? Fácilmente, respondió 
el señor Labin: la señora su hermana de vd. tiene mucho ar- 
te para todo, y además lleva una amistad muy íntima con 
Carlota. De ella pienso valerme, y creo que pronto tendré. 
mos la respuesta en nuestra mano. 

Asi fué en efecto. A los dos dias volvió el señor Labin, y 
nos manifestó la contestación de Carlota concebida en estos 
términos. 

Caballero WeUter: una de las virtudes que mas me agradan 
es la ingenuidad y sencillez. No hay para qué deshnutar los 
afectos cuando son inocentes. En esta inteligencia, sivd.me. 
asía, está correspondido, y se lograria sin duda nuestro amor 



COR «I /loitroM enlace qtnvd.por m parte faeüHa; ptro par la 
mh ha¡f doi obH&adoit intiiperaVlM fue h impide». Loa I» 
yn cidileí y edetiáttiatt atan en imeitra contra. Yo mo pM- 
doauarmetin licencia de mi ]>odrt, opuetlo ñew^n, ma »i for 
qué motivo, al matrimonio; y «mi» puedo tmirme em oHo ttlmit 
con quien no profeta la religión caUliea. Si vd. me amm csno 
dice, haga por allanar tilos ineoeeniaite*, jr podrá útagwrwne 
de que será tuyo el eoraxon de 

Caiuta 

La carta ina parece muy bien punta, dijo Matilde: d» i 
entender <]uo b muchacha no es tonta ni laca, y pierna eon 
juicio; pero lamhicn es demasiado fncil para corraapOBder: ao 
parece sino que estaba deseando la ocABion. Cuando asi aeat 
contestó el coronel, yo no m lo tengo i mal, puea >i ella eaU 
tan apnsionada como él, desearía dar desahogo á su pasioB 
correipondiendn á su amante. No lienea las mugares nwMa 
derechos que \oí hombrea para usar de la verdad licitamaDle, 
y la misma Cnrlotn lo da á entender cuando dice qua no kof 




237 

do lo abandonaría, porque todo ae debe abandonar por Car- 
bta. 

¿Feto do qué manera piensas vencer los dos inconvenientes 
que ella dice? le preguntó el señor Labin; y Jacobo sin dete- 
nerse respondió: Por lo que toca á la religión, estoy resuelto á 
abrazar la católica. Este debe ser el primer paso: y por lo 
que respecta á persuadir á su padre para que le conceda su 
permiso, creo que no habrá mayor dificultad, pues yo no ca- 
rezco de bienes suficientes para sostenerla con decencia, y tü 
y el amigo coronel tienen, á lo que entiendo, mucho inñujo so- 
bre el caballero Tadeo, y no dudo que ambos haréis por mí 
cuanto os sea dable. 

Puedes estar seguro, dijo el señor Labin, de que el coronel 
y yo te serviremos en cuanto esté de nuestra parte; pero en 
confianza de la aoiistad, debo advertirte, que examines bien tu 
corazón: mira que las pasiones, aun las mas puras, cuando son 
▼ehementes, nos ofuscan, y no nos dejan ver lo mas cercano. 
Se necesita vocación asi para entrar en el cristianismo, como 
para abrazar el matrimonio. Yo te he oido hablar siempre bien 
de nuestra religión; pero jamas te he observado tan dispuesto 
como ahora para recibirla, y esto me hace pensar que Carlo- 
ta ha hecho esta repentina mutación. Si así es, entiende que 
no se debe seguir á Jesucristo por particulares intereses, sino 
6nicamente convencidos por la pureza de su ley y por la efu- 
sión de la fe. Conque si quieres ser cristiano, mira lo que 
haces, registra tu interior, examina el origen de tu deseo, ins- 
truyete en nuestros principios; y si después de bien explorada 
m intención, resultare que es recta, adopta como la mejor y 
Im mas cierta la religión catotolíca. 

Advierte también, que no es lo mismo desear la posesión de 
ana muger como muger hermosa, rica, ó prendada, que desear- 
la para esposa, madre de familia y compañera única hasta 
la muerte. Para lo primero basta ser hombre, porque todo 
hombre se inclina á la muger; pero para lo segundo es nece- 



239 
■ario creer y conocer la gracia y virtud del «acramento del 
matrimonio. 

AuD cuando el casamiento era solamente un contrato natu- 
ral, desagradaba & Dios tanto que se hiciese ünicaroenfe por 
saciarse con los placeres sensualeoí que en tas sagradas letraa 
se nos cuenta de aquellos siete maridos que tuvo Sara muer> 
toa por el demonio Asmodeo en las mismas noches de tas bo- 
das, y temiendo Tobias casarse con ella porque no le suce- 
diera otro tanto, lo animó el ángel S. Rafael diciendole: El 
demonio toh tiene poder ¿obre aqudlo» que *e cosan tin acor- 
darte de Dios, y útiicamerOe para tatiifaeer su Ueiandad, 
como el caballo y el mulo ^ue carecen de etiiendimieMo. 8Í ac- 
to sucedió según te dije, cuando el matrimonio era un mero 
contrato nafur&l, ¿qué se delierA esperar hoy que se halla ele* 
vado por Jesucristo á la dignidad de sacramento? 

Verdad es quo no oimos referir ejemplares tan terribles co- 
mo el pasado. Se cansnn muchos, muchísimos con el mismo 
ñn quo los maridos de Sara, y con todo eso no los mata As. 
modeo; pero sobre estos cesados llueven treinta mil plagas, que 




239 

bores del estado, porque ya sabes que en esta vida miserable 
no bay uno que no los tenga, y seria un necio el que se repre- 
sentara el matrimonio como un jardin lleno de flores, y sin 
ningunos abrojos ni malezas. Así lo pinta el amor, visto de 
léjoe; pero luego que entramos en él, advertimos que en el me- 
jor» en el mas pacífico y feliz no &ltan algunas espinitas, que 
aunque no hieren, lastiman. Conque, vuelvo á aconsejarte 
que antes que te resuelvas lo pienses bien, con la prudencia 
propia de tu carácter. 

Así desempeñaba el caballero Labin el cargo de amigo ver- 
dadero de Welster, y este correspondía agradeciendo su ins- 
truccioni y observando en cuanto podia sus consejos. 

No dejó de traslucirse en la tertulia de Doña Eufrosina la 
mutua inclinación de los dos nuevos amantes, y tanto, que las 
amigas de Carlota la llamaban la inglesiia, sobrenombre que 
á ella no le desagradaba. 

El señor Labin, ufano con la resolución que tenia su ami- 
go Jacobo de hacerse católico, fué á casa del coronel y la par- 
ticipó muy placentero. Doña Matilde, desconfiando de la 
verdad de la vocación, le dijo: Yo me alegraré de que piense 
d inglés * en ser cristiano, pero dudo de que lo quiera ser de 
Teras. Carlotita se puede lisonjear de esta repentina conver- 
sión, aunque yo no quiero ci'eerla todavía; antes juzgo que si 
como ella es cristiana, fuera mora ó judía, Welster se volvie- 
ra judío ó moro con la misma facilidad que quiere ser cristia- 
no. Es mucha la fuerza del amor. 

Es cierto, le dijo su marido; pero aun cuando Jacobo quie - 
ra abrazar la religión católica por interés de Carlota, no eá 
extraño. En verdad que siendo este solo el motivo, no es 
may puro; pero la muger fiel santifica al marido infiel, y mu- 
chas veces Dios se ha valido de las mugeres como de medios 



* Aunque no 9^ inglés lo llamaba aii Matilde por sa idíema, paea 
como era anglo-americano hablaba inglés. — E 



340 , 

oporlunoa pira la converaion d« I» gentiles y aun de ntan 
enteros. Escribiendo S. Pablo í los de Corinto, 6 instinyen- 
do con doctrinas Mgrsdu á la Iglesia de Cristo que comenn- 
tn entonces, y no estaba aun bien enseñada, entre otra pre- 
ceptos que les dio fué uno, este: "Si alguna muger ciütiuia 
está casada con varan infíel, no to dcjct ni se aparte da éh por> 
que algunas veces ha sucedido que el marido infiel vino i aer 
santo por mediode la muger cristiana." Estas palabru traa. 
Iad6 S. Gerónimo á una noble señora romana llamada Lata, 
muger de Toxacio, hijo de Santa Paule, del cual tañía nna 
hija del propio nombre. 

¿Pero para qué hemos de citar casos particulares en pnw- 
ba de esta verdad, cuando sabemos que las mugerea eriatía. 
ñas colocadas en los tronos, hicieron cristiana la mayor parto 
de la Europa, atrayendo al cristianismo á sus maridoaT Por ms- 
dio de ellas recibieron el Evangelio la Francia, la Inglaterra, 
parte de la Alemania, la Baviera, la Hungría, la Bobemiti la 
Liluania, la Polonia, ikc. y también por su medio renuncia- 
ron el arrianismo la España y la Lombardia. Con qus na- 
sefi qUe Carlota «a el instrumento de la coBrefrioa 




841 

buena suegra. En efecto, esta empleó las caricias, las ame- 
naiasy la autoridad, el desprecio y los ultrajes hasta llegar á ar- 
rastrarla de los cabellos; pero todo fué en vano, pues la reina 
cristiana resistió con una inflexible firmeza sus malos trata- 
mientos, y con tan heroica paciencia, que todo lo disimuló y 
ocultó á su marido, sin quejarse jamás, ni faltar al respeto y 
afabilidad á su cruel enemiga. 

Sin embargo, fueron tales los excesos de Gosvinda que lle- 
gó á saberlos Hermenegildo, y admirado de la virtud de su es- 
posa, conoció en el contraste de ambos procederes, la diferencia 
de las dos religiones, y juzgó que la de Ingunda no podia inspi. 
rar tanta virtud sin ser la verdadera. 

Con este pensamiento se dirigió á su tio 8. Leandro Obis- 
po, quien lo instruyó en los misterios de la fe, y abjuró el ar- 
rianismo. Este fué el día de mayor gozo para su virtuosa 
muger, que no le duró mucho, pues habiendo sabido Leovigil- 
do la conversión de su hijo, se irritó contra él furiosamente, 
y procuró reducirlo ¿ su antigua secta ¿ toda costa. 

Probó los medios de la dulzura; le salieron vanos, y se ni. 
lió del poder. Se dirigió á Sevilla, la sitió, la tomó, y myó 
Hermenegildo en sus manos. 

Fué puesto en una prisión, y cuando Leovigildo se oinsó de 
mortificarlo, le envió á ofrecer su libertad, y restituirlo á su 
trono como se convirtiera al arrianismo. El santo preso des- 
preció las ofertas con resolución cristiana. 

Por segunda vez le envió su padre ¿ su hermano Recaredo^ 
asegurándole que lo admitiria á su gracia con U condición so- 
la de que recibiese la comunión de mano de un sacúdete ar- 
riano. Respondió Hermenegildo que la religión católica no 
permitía estos disimulos en la fe. Esto irrita á Leovigildo 
tanto, que inmediatamente mandó que le co;iasen la cabeza 
en la prisión. Su esposa huyó con su h^o Teodorico i la 
África, donde á poco murieron los dos. 



9 




243 

Leovigitdo deapuQB lloró la muerte de bu hijot y au Miüi> 
miento se convirtió en un odio mortal contra loa c&lólicoa* 
Desterró á loa obispos y al miemo S. Leandro so cuff&do: dea- 
pojó las iglesias de sus bienes y ornamentos: quitó la vida & 
los mas ricos y poderosos señores, y cometió otras crueldades 
semejan tes. 

En el mismo año se enfermó de muerte, y sucedió una con 
rara estando próximo i ella, y fué que mandó llamar á S. 
Leandro para q>iu instruyese & su hijo Recaredo. en lot dog- 
mas de la rdigion católica, y deseando que su hijo fueía cris- 
tiano, él murió herege, sín querer abruzar una religión cuya 
verdad conoció 6 las orillas del sepulcro. En una palabra, la 
virtud de Ingunda convirtió á Hermenegildo, y la sangre da 
este mirtir se logró en la conversión de su hermano Recaie- 
do y de toda la nación de los Uodos de España. 

Esta es en breve la historia, que haco ver como una mugar 
fué el medio de que Dios se valió para que en menos de dos 
aioa casi toda la nación Goda abjuraí^o el arríanismo. |Por 
qul; no se podri valor de Carlota para que Jacobo deteste los 




248 * 

che, dijo el señor Labin. — Pues quedamos en eso: no se olvide. 

¿Cómo había de quedar mal el señor Labin? A la noche 
fué con su camarada Welster, según que lo ofreció, y amho!^ 
fueron recibidos de todos los de la casa con general compla . 
cencía. 

Se les sirvió un refresco que se les había prevenido, y po- 
co después no pudiendo Matilde resistir mas á la curiosidad 
que la deboraba, dijo: Señor Welster, ya liemos sabido la re- 
solución de vd. sobre hacerse calólico, y nos hemos alegra- 
do mucho, y hemos dicho que semejante resolución prueba 
bien -su talento. 

Gracias, señora, contestó Jacobo, por el favorable concep- 
to en que ustedes me tienen; pero mi determinación mas es 
obra del don vencimiento de la verdad, que del escaso talento 
mió. — 

¿Pues qué, está vd. plenameíite convencido de la verdad de 
nuestra religión? — Si no lo estuviera, desde luego no variaría 
de comunión; no soy lan débil. — No puedo comprender cómo 
haya sido tan pronto este convencimiento. — Oiga vd. señora: 
el largo tiempo que he vivido con los católicos, la íntima amiS' 
tad que he llevado con algunos do las luces y probidad del ca- 
ballero esposo de vd. y del señor Labin, y la tal cual instruc- 
ción que he tenido por los libros que he leído, despertaron días 
hace en mi corazón unos vehementes deseos de incorporarme 
en vuestra religión; pero siempre resistí á ellos haciéndome 
violencia^ porque esperaba volver (i mi patria, y no me deter- 
minaba á sufrir con constancia los desprecios y aun los ultra- 
jes que tendría que experimentar de los míos cuando supieran 
que había variado de religión; pero ahora que estoy resuelto 
á domiciliarme para siempre en esta capital, no tengo ya que 
temer, y así quiero acallai los incesantes gritos que la verdad 
me da en el corazón, haciéndome católico con todo gusto, y 
convencido de la solidez do los principios de vuestra religión. 



244 

Vd. dispense mi curíosidkd, dijo Matilde; pero yo quiaien 
saber ^qué priDcipios fundamentales son los que han persuadido 
á vd. á esa verdad? Voy i darle i. vd. gusto, señorita, dijo 
Webter, y prosiguió de esta roaueni: Seis son para mí loa 
principios mas funda mentales de vuestra religioni que me han 
alraido ¿ su gremio, y que me parece serian bastantes para 
persuadir á cualquiera que los examinase sin pasión. 

Primero, las revelaciones. Segundo, la pureza de la moral 
de Jesucristo. Tercero, sus milagros y su resurrección in- 
contestables. Cuarto, el modo con que se estableció la reli- 
gión. Quinto, la constancia y la uniformidad de la tradi- 
ción. Sexto y último, la perseverancia y unión de la Igleúa 
católica. * 

Si atendemos ¿ las revelaciones, se ven exactamente cum- 
plidas en la persona de Jesucristo, habiendo sido escritas en 
tiempos muy anteriores á su venida, en diversos lugares, en 
distintas Épocas y por distintos profetas. De estas rebelacio- 
nes fueron algunas tan circunstanciadas y prolijas, que mas 
parecen historias de lo pasado, que predicciones de ló futuro. 




. 245 
nuestros apetitos, dar á otro nuestros bienes, perdonar los agra- 
vios, y hacer bien á los que nos injurian, son sin duda unas 
leyes muy desconformes con nuestra natural inclinación; pe- 
ro por eso son tanto mas elevadas y heroicas las virtudes que 
deben resultar de su observancia. 

Los milagros de Jesucristo y su resurrección, fueron muy 
públicos. Sus mismos enemigos, los que lo aborrecian* de 
de muerte, los que lo calumniaron en los tribunales, lo mal- 
quistaron con el pueblo y lo hicieron morir en un suplicio, ja- 
más se atrevieron á negar que los bizo. Ellos quisieron de- 
primir su mérito fingiendo patrañas y atribuyendo su virtud 
al poder de Beelzebü 6 del Demonio; pero no se atrevieron á 
negar los hechos, ¿Ni cómo podrían hacerlo, cuando estos fue- 
ron tan públicos y repetidos? Todos los milagros del Me- 
sías fueron hechos delante de testigos, que á veces se contaron 
á millares. 

Su resurrección tuvo igual carácter de verdad. Predicba 
por él mismo, cosa que no se atrevió á hacer Mahoma ni el 
seductor mas famoso, se verificó. Sus enemigos la habian oí- 
do muchas veces de su boca, y la temieron: por eso tomaron 
todas las precauciones oportunas. Pusieron guardias que cus- 
todiaran el sepulcro y serian escogidas y bien pngadas. Este 
sepulcro estaba bien cerrado con una losa bien pesada; sin em- 
bargo, Jesucristo resucitó dentro del plazo que habia prefija- 
do, y sus enemigos, no pudiendo negar la sobrenatural falta 
del cadáver, dicen que los centinelas se durmieron, y quo 
mientras, se robaron el cuerpo los discípulos. Mas ¿es creí- 
ble que todos se durmieran? ¿es creíble que los amigos de Je- 
iucristo rompieran el sepulcro, levantaran la pesada piedra y 
extrajeran el cuerpo con tanto silencio, que no despertó nin- 
guno de los soldados? ¿Acaso estarían ebrios? Pero ebrios 
ó dormidos, ellos no vieron robar el cadáver, aegun asegura- 
ron, y sin embargo fueron creídos sobre su palabra. Tenían 



loa ujos cerrados, y depusieron del robo como testigos de tÍ»> 
(a. ¡Quó contradicciones tan nhüurdas! 

Si atendemoR h la moral de Jesucristo y al modo con qne 
estableció su religión, nos hemos de confirraar en su verdad. 
La mordfjpuB^ta á tas paciones, es desagradable á los hom* 
brea: por lo mismo debía de baber sido poco seguida la del 
Mesías, y mucho menos según el modo de su establecimiento. 
Este fué mas raro y mas maravilloso. 

Considerémoslo comenzado por Jesucristo y perfeccionada 
en su virtud por los apóstoles. ¡.Quién fué Jesucristo en el 
mundo? Un hijo de un artesano y de una costurera,* ocrfdes 
en su origen, pero humildes, obscuros y abatidos por su mu- 
cha pobreza y ningún nombre. ¿Quiénes fueron los Apósto- 
les, BUS principales agentes? Unos pobres idiotas, sin dinero ni 
representación en la república: estos ealablccieion la religión 
católica. ¿Y cómoT No prometiendo riquezas ni delicias tem- 
porales, no ampliando el libertina^re délos iiombres, no auxi. 
liados da la fuerza de las armas, no alucinando con ftbu- 
las ni mentiras á los pueblos idólatras y necios, como lo 




247 

cuando lo recibieron con ramos cantándole: Alégrese en las 
altmras: alégrate, Hijo de David, ¿Esto no maravilla? ¿no 
pasma? ¿no prueba hasta la evidencia que este Jesucristo era 
el Mesías verdadero? ¿Cuál de los seductores que ha ha- 
bido, ha establecido su ley tan áspera, tan contradicha por 
loe hombres, tan de^igradable á sus pasiones, tan sin huma. 
no0 aazilios, y milagri>sa mente acreditada?. • • • Señores, per- 
donen ustedee qne me exalte. Yo me entusiasmo en favor de 
la religión cristiana cuando hablo de ella seriamente, y consi* 
dero que sus principios son tan evidentes, que me pareco basta 
el criterio humano para convencernos de su verdad. 

Siga vd. señor Jacobo, dijo el coronel, pues vd. mismo no sa- 
be el gusto que nos da cuando se explica en una materia que 
nos debe ser la mas interesante. 

Yo agradezco mucho á ustedes su política condescendencia, 
dijo Welster; pero ciertamente me enageno cuando considero 
estas cosas, y ya quisiera hallarme perfectamente instruido en 
vuestra religión para recibir cuanto antes el bautismo, que es 
la puerta, según enseña la fe, para entrar al gremio de la 
Iglesia. 

¿Pero cómo no se ha de arrebatar mi espíritu, señores, al 
considerar lo que me falta que decir? Mientras que Jesucris- 
to, este sagrado I^^gislador vivió, pudieron haberse engañado 
los que lo seguían en fuerza do sus promezas: pudieron haber 
creído con la esperanza de mejorar de fortuna; ¿pero qué de- 
bían haber hecho cuando lo vieron preso y acusado ante los 
jueces por hechicero, revolucionario y traidor contra el César 
romano? ¿Qué, cuando lo vieron morir por esta causa en un 
afrentoso suplicio? La razón natural nos dicta que debían 
haberse arrepentido de haber seguido su doctrina, y detestado 
para siempre sus máximas y hasta su nombre. Mucho me- 
nos que esto se necesita para que los hombres se abandonen 
unos á otros. Solo el ser pobre es una causa muy eficaz para 



34S 

qua IB descoDozoan basta k» parienta- iQué n debía eipem 
que hicieran loa apóstoles con Jesucristo después de verio 
muerto afrentOBamente en una cruz por su doctrina? A loa 
principios hicieron lo que se debia esperar de cualquier hom- 
bre: huyeron, lo negaroD, se eacondieron y lo abandonaron, 
refugiándose con Marta en un mesón. Y después ¿qu6 suee- 
dió? Bbj6 sobre ellos el espíritu de Dios, vieroa á Cristo y 
predicaron al Mesfas con la mas santa intrepidee. S. Pedro, 
el mas cobarde de los apóstoles, pues espantado por una mu- 
gercilla negó i su Maestro asegurando que ni lo conocía, fué 
el primero que predicó su doctrina en Jerusalen; pero ¿con 
qué viveza y con quó espíritu? Sus primeras palabras mas pa- 
recen reconvenciones de juez que persuasiones de orador; y 
sin embargo, se convierten millares de enemigos do Jesucris- 
to á Jesucristo mismo en el primer sermón. Eslo no es obra 
de tos hombres. 

Comentaron í verse perseguidos loa apóstoles por ni predi- 
cación: fueron aprisionados, fueron entregados i las afren- 
tas y á la muerte que sufrieron por sostener el crédito de su 
Maestro. 




249 

dice que es precuo creer tmos testigas que ae defan degaÜar. 
Si atendemos á la tradición, ¿qué cosa mas igual ni mas 
constante? Desde Jesucristo hasta nosotros todos han profe- 
aado una misma fe, han creido unas mismas cosas, y han ido 
fundados sobre unos mismos principios. Es increible que si 
hubiera habido falsedad en este sistema, no se hubiera descu* 
bierto entre tantos hombres sabios que han predicado la pure- 
za de de la religión, como un Pablo tan inmediato á Jesucris- 
to, y como un Agustin, un Gerónimo y otros no muy distan- 
tes de la pulioaeion del Evangelio; pero todos inmediatos 6 dis- 
tantes, han ido acordes con sus priaeipios. 

Por último, yo he leido el Tratado de las variaciones de las 
Iglesias protestantes, sabiamente escrito por el señor Bossuety 
y veo en él como cada Iglesia 6 comunidad ha padecido nota- 
bles alteraciones en sus artículos, en sus dogmas y en sus cul- 
tos; cosa que no advierto en la verdadera religión de Jesucristo» 
pues esta, á pesar de sus muchas y sangrientas persecuciones, 
ha sido siempre una, santa, católica, apostólica, romana. ITíia, 
porque es uno el Dios (l quien adora, una la fe que profesa, uno 
el bautismo, una la cabeza invisible de la Iglesia que es Jesu- 
cristo, y una su cabeza visible que es el Pontífice do Roma. 
Sania es, porque es santa su cabeza invisible, santa la fe que 
profesa, santa su ley, sus misterios y sacramentos, y solo en 
ella puede haber santos, como los ha habido, los hay y los ha- 
brá hasta el fin del mundo. Católica se llama» que es lo mis. 
mo que universal, porque en todas las naciones que le abra* 
zan es una misma, sin variación alguna en la fe, en los pre- 
ceptos» en los sacramentos ni en cosa substancial; y porque nin- 
guno puede salvarse fuera de su gremio. Llámase también 
apostólica^ porque fué fundada por Jesucristo en sus apóstoles; 
y por último, se dice romana, porque su príncipe visible, que 
es el Papa, reside en Roma; y por cuanto loe católicos son 
miembros de una iglesia que tiene tan honrosos epítetos, st 



f. 



%0 

bonroB Ibm&ndoBe eritUmu», caUHau, ejKMHeog, romanot. 

Estos MB ea brevv, señorita, los motivos qae yo he tenido 
pira decidirme por ta religión do vuestros padres. Decidme 
■i tango razón ó si he procedido con ligereza. 

Doña Matilde enteroecida no iupo responder; pero el coro- 
nel la demmperló abrazando í Jacobo y dtciéndole: Vd. ver- 
dadoramente pertenece i la herencia del Señor: él lo condujo, 
rin'ii lo ha hecho radicar por unos caminos imprevistos. To 
II. - :i<uTÍtt de que ha de ser vd. muy buen cristiano, pues se ha 
I ^'i'i^i^lo masbien como un instruido catequista, que como 
lili ii.>óñ(o. Dele graciasal Padre de las luces, pues se las ha 
querido comunicar tan ampliamanle, y apresúrese para reci* 
iiir el bautismo. 

Jacobo correspondió estas afectuosas expresiones nmaíÉés. 
1:1 TI. '.I ciK Hf>seo«, y el seSor Lsbin d i jo'que estaba muy pr6lt. 
ma k recibirlo, porque apenas le faltaba que saber, de manera 
quo para el domingo inmedinto tenia dispuesta la función que 
debía de ser en el Sagrario, por ser la parroquia á que corres- 




251 

do Bautismo^ que se dignó adminisirarle el ilustrísimo señor 
arzobispo de esta diócesis. |Felíz acto en que la Iglesia cató- 
lica recibió en su seno á tan buen hijo, regocijándose con es- 
te nuevo triunfo de la fe! 

Después que recibió el sagrado baño, en el que á petición 
suya le pusieron por nombre AgtisHn, se cantó un solemne Te 
Deum, y se celebró el santo sacrificio de la misa, en cuyo tiem- 
po recibió el adorable Sacramento del altar con la mayor hu- 
mildad y manifestando la mas devota compostura. 

Concluida la función religiosa, se desnudó en Ja sacristía 
la vestidura blanca, y habiendo correspondido los abrazos y 
parabienes que le dieron los convidados, tomaron todos sus 
coches, y se dirigieron á la casa de Doña Eufrosina en don- 
de se habia preparado el refresco. 

La sala estaba llena de señoras, y ya se deja entender que 
no faltaria entre ellas Carlotíta. Estaba allí en efecto, vcsti. 
da muy de gala y mas hermosa que nunca. Su regocijo era 
inexplicable en el instnnto que vio á Welst^r: este tuvo mu- 
cho que hacer para disimular su pasión; mas ella no tenia en. 
tónces la prudencia nncesaria, y mas de dos veces advertí que 
estaba á pique de declarar su amor, á pesar de la presencia 
de su padre, cuyo respeto la contenia. Sin embargo, como 
la alec^ría era general y la bulla mucha, se ocultaron sus cari- 
uosas imprudencias, d lo menos para los que ignoraban sus 
amores. ToiK) aquel dia se pasó en pláticas y diverniones 
agradables, y á la noche concluyeron con un lucido Imile. 

Después que se acf.bó, se retiró D. Tadüo con Carlota pa- 
ra su casa, Welslor con Labin para la suya, y todos hicieron 
lo mismo. 

Muy contento Welstcr, de verso admitido en el gremio de 
la Iglesia católica, trataba ya de arreglar sus intereses tempo- 
rales, para lo que le fué necesario ir á Id Habana; pero antes 
tuvo cuidado de ascígurarse de la firmeza de Carlota. Hizo 
mil experiencias, que tolas correspondieron á sus deseos, y 



cuando y& no le qued6 ninguna duda de que lo amaba mu*" A* 
veraa, le di6 por eacrilo palabra de esponrales, y un rico cin- 
tillo de biillantea en aeSa) da que la cumpliría. 

Carlota recibió ambas cosas con el gusto que se deja cono, 
cer, y las correspondía de igual manera. Le di6 su palabra 
ñrmada de su mano, y un relicario da oro con su retrato, que 
recibió Welstsr con U mayor satisraccion. 

Llegó por ña el día de la partida, y como Doña Eufrosina 
cataba ya impuesta en los negocios de Carlota, so le facilitó i 
esta la ocasión de despedirse en su caso dj au amante. Pa- 
ra esto fué ¿ visitarla con Adeilada á la hora en que la habí a 
citado Welster; poro no bien se vieron, cuando asomó 4 sus 
ojos el sentimiento de sus corazonea. Eata visita pareció 
de duelo. El señoor Labio procuró disminuirles el martirio, 
acelerando la de^iedida. Llegó el momento critico, y no pu- 
diondo disimular la vehemencia de su pasión, ae abrazáronlos 
dos píibl ¡cemente, se juraron de nuevo na firmeza, renovando 
con mil tiernas expresiones las promesas que se tenían hecbaa 
por escrito, y se separaron con el dolor que es ficil co- 




253 

ria; pero por fin se redujo y consintió, y lo mismo será 
contigo. A los principios se opondrá, te reñirá, y aun te lie, 
nará de amenazas; pero después poco á poco se irá amansan, 
do, hasta que consigas tu deseo. Yo misma te prometo ser 
tu empeño, y te juro que no me saldrán vanos mis esfuerzos. 
Con estas expresiones se consoló un poco mas Carlota, y 
se despidió de Eufrosina. jPobrecita! el éxito no corres- 
pondió á estas lisonjeras esperanzas, como se verá en el ca- 
pitulo que sigue. 



CAPITULO XVII. 

Deacabre Adelaida los amores de Carlota á su padre: se indígena este, y 

le hace recibir por fuerza el hábito de monja: pasa el año del noviciado 

y llega Welster la ylspera de la profesión. 




ígg^UE cierto es que el interés es la piedra de toque de la 
virtud y la amistad! Muchos afectan muy bien la probidad y 
la amistad mas constante; pero apenas media el mas ligero 
choque por causa de intereses, cuando se quita el oro aparen- 
te del honor y la constancia, y se descubre el vil metal del vi- 
cio y de la falsedad. Esto mismo experimentó Carlota con 
8U hermana. 

Un mes hacia que se habia embarcado Welster, cuando un 
dia de repente llegó á casa de Carlota una criada con un pa« 
pelito de su hermana, por el que esta le pedia prestado el cin- 
tillo que le habia dado Jacobo. 

No era mezquina Carlota: varias cosiljas le había dado á 
va hermana en clase do prestadas, y ni habian vuelto, ni ella 
se las cobraba nunca; pero no fué tan generosa con el cintillo 
de su amante. Redondamente so lo negó, diciéndole que ya 
sabia que podia mandar en todo cuanto tenia, menos en elcin- 



254 
tillo de WeUteC) porque llegar á lo suyo era llegar i h-: ni. 
ñas áe SU9 ojos. Adelaida, como no acostumbrada k Mine- 
juates negativaB, se enfureció, y propuso vengarae de su Irar- 

Dejó pasar como ocho días, y al cabo de ellos fué & visitar- 
la, y la halló cosiendo con Doña Ana, que era una señora viu- 
da, ya vieja, y tía de las dos, que tenia D. Tadeo en su coas 
para que acompañara 6, Carlotita. Esta señora queria mu- 
cho á su sobrina y era depositaría de susaecrctos, motivo por 
que no receló de ella Adelaida. 

Luego que entró abrazó á sit hermana con mucho cariño, y 
comenzaron á parlar- Le preguntó jcóino le iba de ausen- 
cial i lo que Carlota respondió con sencillez, que cada áia 
extrañaba mas á bu Jacobo. Ya te considero, mi alma, co- 
mo estarás, decía la pérfida hermana; y tienes mil razones de 
estar triste- no es para menos el lance, porque ciertamente que 
Welster tiene mil prendas; yo no lie visto Joven mas fino ni mas 
amable: ¡sobre que yo no tengo las relaciones que tü con élt 
y In quiera líinto, que ya no veo las horas Je que venga, y que 




255 

\ gente; pero yo no quería el cinf illo maa que para cotejarlo 
1 ano que me venden. Aquí lo traigo; míralo, y pi^éstame 
tuyo á ver si se parecen. 

Entonces sacó Carlota el cintillo de uno de los secretos de 
ftlmohadilla, donde también estaba la palabra de Welster y 
nnas cartas. Adelaida lo observó todo, vio el cintillo, y se 
rolvió diciendolé: abí puedes guardar la purerita. Cario- 
recibió el consejo, y platicaron de otras cosas. Le sacó á 
hermana vino, queso y bízcocbos, y dentro de breve rato se 
(pidió. 

,Qoién habia de esperar de una hermana tal villanía, y 
nos no habiendo dado motivo? Ello es que sucedió, por- 
I es mucha la malicia de los hombres, y no se queda atrás 
le las mugeres. A los cuatro ó cinco dias espió Adelaida 
lora en que su hermana salia á misa con la tia Doña Ana, 
uando la vio en la calle, se entró en su casa, donde halló 
áejo D. Tadeo contando dinero. Lo saludó con mucho 
iño, le besó la mano, se sentó y comenzó á hacer su nego- 
de este modo: Pupa, ¿qué está vd. haciendo balance para 
ie su parte á Carlotita? ¿Y para qué quiere dinero Carlo- 
iTdijo su padre. ¿Cómo para qué? ¿pues no está ya para ca- 
se? — ¿para casarse Carlota? — Si señor: ¿ahora está vd. en 
? Dias hace que está prendada y apalabrada con D. Agustín 
M>bo Welster, ese inglés que se bautizó el otro día en el Sa- 
TÍo y que visitaba tanto á Eufrosinita. ¡Vaya, tú has ve- 
o de gorja! decía el viejo: ¿cuándo la pobre (de mi hija píen- 
sneao, y mucho menos con extrangero á. quien apenas ha- 
, TÍsto tres veces? 

Tres veces? dijo Adelaida; trescientas se han visto en cua- 
dias ó cuatro meses que se conocen. • • • ¡Vaya, no dude 
ni lo quiera alucinar mí hermana! Registre vd. su alroo- 
lilla, y se convencerá de que no vino á engañarlo, sino á 
cubrirle la verdad; porque vd. al fín es mi padre, y me duc. 



le ina§ que ella. ¡Ya se vél que sí *d. quiere que ao can, qa 
se cRse Bohorabuena. V. et Umbíen su padre, y nbe lo qa 

¿Que se casel decía el viejo echsDdo lumbre por Im ojee 
primero la vea hecha pedazos. Espárame aquí, voy i sacar ■ 
almohadilla. La 8ac6 en efecto, y la traidora hermana pun 
en sus manos los papelea, el cintillo y la purera. Cuando al 
viejo vio Us cartas y la palabra de Melster, poco falt6 para 
que DO se echara por un halcón: tal eitaba de ciego de la có- 
lera. 

La pérfida Adelaida lo serenó diciéndodolé: No es inanes 
ter, señor, que vd. se incomode tanto, ni que lo pague ni 
salud: con modo se harin bien todas las cosas, Vd. es su pi, 
dre, y si no quiere que se case, no se caaar& aunque el man. 
do se venga abajo. El caso es que aspa vd. sostenerse para 
que otra vez no le pierda ¿ vd. el respeto. Caattgusla tí, ps. 
ro sin encolerizarse, y eso que sea di castigo moderado, pnes, 
porque es mi hermana, y es fuerza que me duela. Diciendo 
esto se 




257 

¿Conoces esta purera, ves este cintillo, entiendes la letra de 
estos papeles? ¡Vamos! hija ingrata, indecente, sinvergüenza: 
¿no te confundes convencida de tus criminales procederes? 
Habla, responde, discúlpate si puedes. 

La desdichada Carlota, no pudiendo negar lo que tantos 
docamentos aseguraban, hecha un mar de lágrimas se arrojó 
á loe pies de su padre y le dijo: Es verdad, señor que he te- 
nido la debilidad de corresponder á los afectos de Welster. Si 
es delito el amar, yo he amado, lo confíese; pero ahora ya no 
tengo mas remedio que pedirle á vd. perdón de mi delito. Sí, 
amado papá: perdone vd. á esta desdichada. 

Está bien, contestó D. Tadeo con toda gravedad; pero me 
has de dar palabra de ser monja y de aborrecer para siempre 
á ese infiune Welster. ¿Qué dices? ¡Ah señor! respondió Car- 
lota: no merece Welster que lo aborrezcan. Cuando el rayo 
se desprende de la nube no hace mas estrago que el que hicie- 
ron estas expresiones en el corazón de aquel tirano padre, 
quien arrastrando á la infeliz Carlota y bañándola en sangre 
á bofetadas, le decia: hija vil, hija ingrata y atrevida, ¿así me 
faltas al respeto? ¿Aun no estás contenta con proceder mal, si. 
no que en mi propia cara haces alarde de tu inicua livian- 
dad? To te pondré en las Recogidas para siempre. 

Así que se cansó de golpearla, se paseaba furioso por el 
coarto, mientras la triste Carlota permanecia en uo rincón 
hincada de rodillas, lavando la sangre de su rostro con las lá- 
grimas qne corrían de sus ojos. 

Un espectáculo semejante hubiera enternecido á un tigre; 
pero aquel viejo estaba empedernido. Se paseaba apresurada, 
mente frotando una mano con otra; la barba le temblaba debajo 
del pañuelo que tenia flojo y descompuesto: sus ojos despedían 
oobro Carlota nnas miradas de fuego, y con un tono de voz de 
condenado le decia: „Conque, maldita» ¿no quieres darme gus- 
tOf DO quieres aborrecer á ese vil, ni ser monja? ¿te has em* 



f: 



358 
l>cfuido on llenar de amargura el corazón de tu pobre padrea 
¿Ciuieres abruviar miü diati y dar conmigo en el sopuleroT Pues 
nmln, hija ingmln y dr^conocidn: no seas monja, no; pero asi 
bl ciclo derrame snlirc li sus mnldiciones: confundida y arras- 
trada te VCOM un eslcmundo: jamá-4 tu corazón pruebe los pla- 
ceres de la pa/.: sea toda lu vida un cíiculode afrentas, dolo- 
res y miserias, y en la hora inevitable de tu muerte, el Dios 
eterno que me excucha permita quo no halles confesor que le 
absuelva, para i]iie muriendo impenitente, reciban en loe in- 
ñcrnoB por toda la eternidad el premio de lu tenaz inobe- 
diencia." 

No pudo la inocente Carlota soportar el temor qne le in- 
fundieron calus iiii|iías cxocracionei * y auí, trémulo, deaco- 
lorida y palpitándole fuerlumente el corazón, se abalanzó á loa 
pies de HU cruel padre, se los hesó mil veces, los empapú con 
sus lágrimas, y a|)enas articulando las palabras te decia: ^ya 
está, papá de mi altn.% ya asta: yo aeré monja y cuanto Td. 
quisiere; pero deje ya de maldecirme. . . ." 

Entonces el cruel viejo, aparentando una alegre aerenidad, 
la levantó 6. sus brazos, y estrechándola en ellos, le decía: ya 




259 
padre. Con tal que me des gusto y me cumplas esa palabra, 
ya DO te reñiré en mi vida, antes te recibiré á mi gracia, y te 
daré gusto como siempre. 

¡Vamos! siéntante, serénate, no llores: si yo te quiero mu- 
cho, si eres mi hija, ¿no te he de amar? Ahora, ¿qué[[imposi. 
bles te pido? Que seas monja: mira tú cual es el daño que te 
hago. ¿Acaso eres que en los conventos se pasa mala vida? 
No, hija, todo lo contrario: cuantas están allí, están contentas, 
sin echar menos la calle para Dada.¿ Qué te podrá faltar en el 
convento? Allí tendrás tu celda muy compuesta, tus macetas, tus 
pajaritos y cuantas golosinas apetezcas. No te faltara un peso 
que gastar con libertad, ni amigas con quienes amistarte. Tam. 
poco carecerás de diversión, pues en los cpnventos tienen sus 
días de recreo, sus rejas, sus visitas y azoteas: hacen también 
sus máscaras y mogigangas, sus comedias, sus jamaicas. . . • 
£n fin, no extrañan la calle para nada. 

A mas de esto, ya sabes que mi hermana es la abadesa: 
oon ella vivirás, y te tratará como tu tia, y como que te quie- 
re y te ha querido tanto. Por esta misma razón, las monjas y 
laa niñas te traerán en las palmas de las manos. Últimamen- 
te, tú vas á asegurarte de los peligros de este mundo, vas á 
llenarte de la gracia de Dios, á merecer la bienaventuranza 
con tus virtudes, y á ser nada menos que esposa del mismo 
Jesucristo. ¿Quieres mas dicha? ¿quieres mas satisfacción? 
¿quieres mas gloria? 

Conque, ¿qué dices? ¿te resuelves á aborrecer d Welster y 
á ser monja? jAy papá! respondió Carlota sin poder interrum- 
pir su llanto, ya le dijo á vd. que seré monja; pero aborrecer 
á Welster es imposible. — ¡Vaya, vaya! tú estas apasionada, te 
«disculpo: al fin fres muchacha y no sabes lo que hablas ni lo 
<|tie haces. Me contento con que seas monja. En el con- 
vento, después que no sepas dn Welster, cuando pasen dos 
años y no tengas ni esperanza de verlo, se apagará en tu pe- 



dio esa llama que ha encendido tu infame sedactor, y ya bd 
te volverás á acordar de él; pero ea preciso acelerar este paso 
antes que se enfrie esta vocación. Mientras vuelvo, vístete y 
serénate. Te dejo encerrada, porque no quiero que tu tía ni 
las criadas te vengan a incomodar ni á informarse de lo que 
ha pasado. Ya vuelvo. 

Diciendo esto el viejo, la encerró y se salió para la calle. 
Fácil es concebir que Carióla viéndose sotase desahogó á su 
satisfacción, se bañó en su llanto mil veces besando el retrato 
de Welsleri que no se le caia del pecho, le decia como si ha- 
blara con él mismo: ¿Dónds estásT jsy! Jacobo de mi vida, he- 
chizo de mia ojos, bien de mi corazón .... ¿Para qué veniste 
k esta tierra que te había de ser tan azaróse; para qué me 
amaste taa de reras, y ya que me amaste, ¿para qué te ausen- 
taste de mis ojos? ¡Ah Welster desdichado! Ven, vusía en las 
alas del amor á socorrer i tu infeliz Carlota: mira que te la 
arrebatan de los brazos. ... Si, yo te voy á perder eterna, 
mente. Ya no volveré á ver ese semblante tan lleno de candor 
y de inocencia; ya no escucharé de tu boca aquellas tiernas 
Gxpresioneíi, aiiuüllns nobles sentimientos que me manlñestaban 




261 

sí, y advirtiendo que habia pasado largo rato y que podía ya 
volver su padre, escondió el retrato, se limpió los ojos y se 
vistió. 

Apenas habia acabado, cuando entró D. Tadeo, y le man. 
dó se pusiera el túnico negro y la mantilla. Obedeció al 
instante; y tomándola el padre de la mano, bajaron la escalera 
y entrando los dos en un coche, la llevó al convento, en cuya 
portería la estaba esperando la abadesa. 

Esta la recibió con mil cariños y la introdujo en su habita- 
cion. Como D. Tadeo tenia dinero, facilitó todas las cosas 
de modo que al tercer día toráó el hábito de religiosa. 

Esto fué con tal secreto, que ni Doña Eufrosina, ni ningu- 
na de sus amigas, ni su hermana Adelaida, ni las mismas cria- 
das de su casa lo percibieron, ni pudieron rastrear su parado- 
ro por mas pequizas que hacían. 

El viejo se unió con la abadesa, y entre loe dos tomaron 
las precauciones necesarias para impedir que Carlota avi- 
sara á nadie donde estaba. Continuamente tenia sobre sí 
loa ojos de la tía ó de una monja de su confianza; no se le 
permitía jamás bajar á la puerta, subir á la azotea ni tener 
reja: se le prohibió absolutamente toda amistad dentro del 
convento; se le quitó de la celda el tintero; se le impidió bajo 
de graves penas que hablara sino con la abadesa ó con la mon- 
ja su perpetua centinela; y para acabar de quitarle todo re- 
curso, se le hacia dormir sola en un cuarto, bajo de llave. 

La infeliz novicia cayó en la mas negra melancolía. Siem- 
pre llorando, sola, y sin hablar con nadie del convento, se en- 
tregó á rienda suelta á la tristeza. A muchas instancias y 
regaños comía un bocado: el sueño se retiró de sus ojos, y con 
semejante vida en cuatro días se estragó su salud notablemen- 
te- Ella se puso ñaca y descolorida, en términos que infun- 
día compasión á cuantos la miraban. Su confesor con quien 
jptodia haber tenido algún desahogo, estaba coludido con su pa- 



2n2 

are. y asf en vez de consolarla, la reprendia ásperamente, tra- 
t ándela de loca y de inconstante. 

Tnntos verdugos junios dieron con ella en una cama, doD- 
de padeció mas do seia meses. Cuando avisó la abadesa i 
su padre que estaba de peligro, y que no la asogiiraban los 
médicos, respondió: ¡Ojalá se muera' mas bien la quiero muer- 
ta que casada. 

No so cumplieron sus indignos deseos, porque ya por la re- 
sistencia de au edad y su constitucioa, ó por los auxilios de 
la medicina, se fué restableciendo poco á poco, hasta que lo- 
gró ponerse en pió. 

Cuando ae levantó de la cama ae halló con otra aiSa que 
tenia la abadesa, llamada Irene, con quien le permitieron anís- 
tarae, pero sin perderla de vista como siempre. Esta joven era 
muy amable y padecía la misma enfermedad que Carlula, e«- 
lo es, estaba apasionada por un hombre do bien) pero era ¡m- 
brc, y los padres de ella para ver si lo olvidaba, la pusieran 
en el convento. Asi que tas dos se comunicaron sus penas, 
estrecharon mas su amisiad, y se consolaban mutuamente 6 




203 

Carlota. Tres veces le escribió, y otras tantas se quedó es- 
perando la repuesta; ¿pero cómo la habia de tener si en Mé- 
xico no sabian sus^^conocidos donde estaba? El señor Labin, á 
quien venian las cartas de Jacobo, se volvía loco por inquirir 
el paradero de Carlota; pero todas sus diligencias eran vanas. 
Mil veces llegó á pensar que la habia matado su cruel padre. 
Como que era amigo verdadero de Jacobo» tomaba el mayor 
ínteres en serenarlo, y así, unas veces le decía que estaba en 
una hacienda al tiempo que salió el correo maiítimo; otras, 
que estaba algo enferma, y otras, que se habia extraviado la 
contestación en el camino. 

Esto acongojaba demasiado al sensible Welster, porque atri- 
buía el silencio de Carlota á alguna inconstancia mugeril; y 
asi apenas se alivió, cuando se embarcó para este reino, sin 
dar noticia de su viaje á su intimo Labin. 

Ta se acercaba el tiempo en que estos dos amantes apura- 
ran de una vez el amargo cáliz de su áltíma separación. Las 
horas volaban para apresurar el fatal momento. Ja cobo des- 
embarcó sin novedad en Veracruz, y como su pasión era ve- 
hemente, no pudo sosegar: trató de acelerar su viaje á esta 
capital, y lo verificó á marchas dobles. 

Dos días faltaban para la profesión de Carlota, y ella no 
había tenido un rato proporcionado para escribir al señor La- 
bin como deseaba, porque su vigilante cuidadora estaba en esos 
diasmas alerta que nunca por especial encargo de su padre. 

Pero no todas han de ser descrracias en la vida. Un acci- 
dente que pudo ser funesto, facilitó esta ocasión deseada. La 
antevíspera de la profesión, como á las doce de la noche, aco- 
metió á la abadesa un fuerte insulto apoplético. Se alborotó 
el convento: llamaron al confesor y al médico, y en estas horas 
nadie pensaba sin3 en restablecer la salud á la prelada: entra- 
ban y salían en su selda atropelladamente, y nadie se acorda- 
ba de Carlota, ni su perpetua cuidadora. Ella aprovechó es« 
tos preciosos instantes^ y cogiendo una pluma y, una poca de 



364 
tinta en un vasito, k entró i escribir en au rscámara, que- 
dándose Irena guardando la puerta coa díiimulo para que no 
la sorprendiera. 

A las cinco de la mañana volvió en sí la abadesa, ein seo. 
tir ningunas resultas temibles del pasada ataque. Todas m 
retiraron, y la centinela de Carlota, no pudiendo ya reiistir 
el sueño, se quedó dormida como una piedra, yeeto rirñó pa- 
ra dar lugar á enviar el papel á Labin. El interet lodo lo 
vence, y así no se dificultó encontrer una moza que deaempe- 
peñara bien bu encargo. 

Todo salió [como se habia de menester. A loa ocho del 
dia ya habia recibido el señor Labin et papel de Cariotai 
y luego que lo leyó, su penetró de compasión hacia gIIsi y da 
rabia contra su indigno padre. Despidió á la mandadera moy 
contenta porque le dio dos pesos, rogándole mucho que puiia- 
ra la repuesta con todo recato en mano de la miaraa que le ha. 
bia dado el papel prírooro. 

No bien salió la mandadera de su casa, cuando el señor La- 
bin se dirigió h la de su amigo el coronel, á quien díó parto 
del suceso. 




266 

Todo8 nos enternecimos con la lastimosa despedida de Car* 
Iota» y cuando estábamos compadeciéndola, entró en la sala su 
padre el.tirano D. Tadeo. Su visita nos sorprendió, y al coro- 
nal lo llenó de tal colera, que apenas pudo disimularla. La 
sangre se replegó á sü corazob, según lo dio á entender lo des- 
colorido del semblante; pero como estaba dotado de bastante 
prudencia, recibió al impío viejo con su acostumbrada urba- 
nidad. Este, á pocos momentos, aparentando que hacia un 
gran favor en revelar el gran secretg, refíri ó que su hija era 
monja, que iba á profesar el dia sjguiente, y concluyó convi- 
dándolo y á todos sus amigos para la función prevenida. 

Entonces el coronel, no pudiendo encubrir su indignación, 
le dijo: Temo mucho, señor D. Tadeo, que esta niña va á pro- 
fantr contra su voluntad una vida, de que quisiera desprender- 
te este instante. El secreto que vd. ha guardado ocultándo- 
nos por un año el lugar en donde se hallaba por mas pregun- 
tas que se le han hecho, me asegura de este temor. Si ella hu- 
biera entrado con verdadera vocación, con pleno conocimicn- 
to de lo que hacia, y con deliberada voluntad, no habia un 
justo motivo para¡que vd. negara la verdad. Lo cierto es que 
mi cuñada, sus amigas, y su misma hermana Doña Adelaida 
no han sacado de vd. sino equívocos pueriles cuando le han 
preguntado por ella: luego nada mas se necesita para in- 
ferir, y aún para asegurar, que su ingreso al convento fué 
forjado, lo mismo que será su profesión. 

Si así fuere, yo me admiro, me asombro, extraño esta vio- 
lencia en el juicioso talento de vd. y considerándolo padre 
de esta niña desgraciada, me espanto de que en un padre quepa 
•emcyante crueldad. Acción menos tirana fuera que vd. di vi- 
diese su corazón con un puñal, que no que la obligue á con. 
donarse por su boca á una prisión eterna y sin delito. 

No es vd. ignorante, amigo D. Tadeo: sabe vd. muy bien 

que la autoridad de los padres no llega hasta el extremo de 

8—2 



266 

violentar & loa] hijos 6 que abrazen ud estado púa el qos oo 
ticneo vocación, eslo ea, para violentarlos sin juatícia. 

El mismo autor de la nnturalezsi aquel gran Dios que noi 
crió y nos conserva, y que C9 arbitro de la vida y de la muer- 
te <lc los hombres, no quiso apropiarse BU alvedrfo, sÍdo que 
!us dejó en plena y absolul^L posesión do su voluntad, para que 
obrasen en todo según les pareciese. Pues ni el dueño de loe 
boinbrca les deja esta inesEimable libertad, ¿por qué loa padrea 
lian de qiinrer opropiarap unos derechos que el mismo Dios re. 
nuncio en favor de loa miacros morlalea? Si este Supremo 
Monarcn Imbicra qunrido, nos liabria quitado la libertad, y 
enL'ütocaso obedece ría moa aii voluntad con el misma meca- 
ni.srno quo el sol, la luna y las estrullaa; pero no seriamos me* 
recedorcs del premio ó del castigo. La voluntad del hombre, 
bien ú mal dirigida, hace que ae haga digno del odio ó del 
iiniiir del Ser Supremo, y por lo miamo acreedor á uuaa penas 
ú á unas f<;licídades eternas. Vea vd. amigo, ai podrin loe 
padrea forzar ú sus hijos í abrazar un estado de cuya bueoa 
elección depende au felicidad temporal y eterna. 

El santo y general Concilio do Trento, inapirado per el Es. 




287 

contra su voluntad en monasterio, ó á tomar el hábito de cuaL 
quiera religión, ó á hacer la profesión; y la misma penafidmi' 
na contra los que dieren consejo, auxüio ófawr; y contra los 
que sabiendo que entra en él monasterio, 6 toma el hábito, ó ha^ 
ce la profesión contra su voluntad, concurren de algún modo á 
estos actos, ó con su presencia, ó con su consentimiento, ó con su 
autoridad, • • • (Sesión 25 cap. 18.) 

Todo eetá muy bueno, dijo el obstinado viejo; pero no ha- 
bla conmigo, porque Carlota va á profesar con su voluntad, y 
ella misma me enóargó que no publicara que era monja hasta 
este dia» porque no quería tener visitas, y yo no he hecho mas 
que condescender con su gusto. 

El coronel/ conociendo la malicia de D. Tádeo, le dijo: 
Está muy bien, amigo: la niña profesará como vd. quie- 
re; pero yo sé y muy bien, que no profesará con su volun- 
tad. En fín, vd. es su padre, lo quiere así, y basta; pero aca- 
so en los infiernos se acordará del coronel Rodrigo, cuando 
maldiga su avaricia, que es la causa de sacrificar al claustro 
la voluntad de Carlota, ofrecida por ella misma á Welster. To- 
do lo sabemos, y ya no puedo disimular mi justa indignacion- 
Es vd. un hombre pérfido, un ciudadano inútil, y un padre 
verdugo. Por no desmembrar su capital, dándole á su hija la 
legítima que le corresponde, la va á entregar á la última des- 
gracia separándola de su inocente amante, y condenándola á 
á una eterna desesperación. Pero vaya vd. señor D. Tadeo: 
haga creer á su hija que tiene sobre su voluntad un poder que 
Dios no le concedo: compre seductores á su antojo: válgase de 
medios reprobados, y haga las infamias que pueda, que algún 
dia> algún dia se ha de acordar de mí en los infiernos, cuando 
sorprendido por la muerte, conozca la fuerza de estas verda- 
des, y maldiga en los abismos el poder^de su maldito dinero. 

No, no será vd. el primer padre que gemirá en aquellos obs- 
curos calabozos. {Cuántos están allá por la misma causa* 
Muchos, D. Tadeo, muchos han ido á los'infiernos por violen" 



lar el alvedrfo de bub bijas. Las han hecho nr mOBJaa pw 
rosorvnr el diaero, el mismo dinero que no aprovBcharon nu 
hijas, pero lo tiraron mu sobrinos en juegos, bureos y d¡?er. 
siones. 

En fin, señor D. Tadeo; vd. dispense si me he excedido ea 
favor de la infeilce Carlota, de quien presumo ó sé con eñ- 
dencia que va i profesar contra su voluntad, y derae por ex- 
cusado del convite. 

Todos dijeron lo mismo, y D. Tadeo. sesalió avergonzado; 
pero no arrepentido de su maldito proceder. Luego qu6 Re- 
gó á BU casa se le olvidA la seria reprensión del coronel, y n 
entretuvo en disponer las cosas para el siguiente.dia. Es mo- 
cho el poder de la avaricia. 

Toda aquella mañana la ocup6 en sus particulares negociost 
y á la tarde. . • • pero hagamos una visita en su convento á 
la desventurada Carlota. Hasta las tres no tuvo lugar Irene 
de darlo la carta de Labio. Abrióla muy sobresaltada, y ape- 
nas vio la de su querido Welster y reconoció la letra, cuando 
se enterneció su corason sensible, y las ligrimas salieron i 
sus ojos. Besó el papel innumerables veces, lo humeció coa 




269 

salían muy alegres los mozos de servicio metiendo cajones de 
dulces y bizcochos, fuentes, vasos, mesas, ramos de flores, y 
otras cosas. No pudo contenerse, y acercándose ai portero 
poniéndole en la mano un peso para tabaco, le dijo: Amigo: 
vd. dispense: dígame vd. ¿quién vive en esta casa, y por qué 
causa hay ahora tanta bulla? ¿Estos preparativos son para 
alguna boda? porque á lo menos así me lo parece. Señor, di- 
jo el portero, aquí vive mi amo el Señor D. Tadeo González 
de la Mora, y la bulla que vd. ve es porque se está disponien- 
do el refiresco para mañana que profesa de monja su niña la 
señorita Doña Carlota, en el convento de* • • • ¿Quién, amigo, 
quién dice vd. que profesa? preguntó Welster con mucha pre- 
cipitación; y el portero le decia con igual flema: ¿ya no dije, 
señor, que la niña Carlotita? — ¿La hermana de Doña Adelaida? 
-^i señor.— ¿Aquella joven muy hermosa que tiene un lunar 
debajo de la barba? — Sí, señor, esa, esa mismísima es la que 
va á profesar. — Hombre, vd. se engaña. jSi eao no puede ser! 
¡sobre que esa niña está para casarse! — Eso yo no sé; pero vaya 
vd. mañana al convento, y allí saldrá de la duda, y vd. perdo- 
ne que no le dé mas contesta, porque me está gritando el amo. 
Con esto se despidió el portero, y Welster se fué para el me. 
son, lleno de las ideas mas tristes, y no queriendo creer lo que 
pasaba. 

No pudo conciliar el sueño en esa noche, y así luego que vio 
la luz del dia, se vistió y comenzó á pasearse por su cuarto, 
deseando que llegara la hora de ir á la iglesia para ver por sus 
ojos lo que le habia dicho el portero; y haciendo contra la ino- 
cente Carlota los mas injustos discursos. 

Llegó por fin la hora funesta, tomó una taza de café, y en. 
trándose en el templo vio é hizo lo que sabrá el lector, si quie. 
re leer el capitulo que sigue. 



270 
CAPITVIiO XTllI. 

n gI que BR concluye la hutoríi do JKobo j de Ciriola. 



J^y^o hay que eiperar firmeza en esta vida. Todos los hom. 
brés son variableaj pero maa que los hombres laa nuigeraa. 
Ellas sos el depósito del ñngimienlo y la supercheria. Sai 
ternezas son adulaciones, y sus mas firmes juramentos no pa- 
san de unas mentiras estudiadas. Mal haya el que se cree do 
unos entes tan débiles y miserables, que abusan üe tos dotM 
de la naturaleza y de la ternura de su sexo para engañar an 
corazón sensible y generoso. Mas ¿quién no se creerá de una 
muger hermosa, cuando jura y promete ser firme baata la 
muerte; y raes si llama el llanto para que sostenga su menti- 
ra? Las lágrimas y loa suspiros son unos arbitrios eficaces» 
que tienen ft mano estas viles criaturas intrigantes pan alu- 
cinar á los incautos. . . . 




271 

de diez y seis años * supiste despreciar la ▼anidad, y cea pié 
firme hollaste en mundo falaz que te seducia con sus placeiee 
y pompas lisonjeras, para seguir con tu cruz á Jesucristo hi 
esposo predilecto. • • • 

Jacobo oía el sermón, y cada palabra del orador hería sa 
espíritu yÍTamente, renovando el mal juicio que se habia for- 
mado de Carlota. 

Concluida la misa, el preste y los ministros del altar se di- 
rigieron al coro para solemnizar la profesión. Las religiosas 
se ordenaron en dos filas con vela en mano, la abadesa tomó el 
Kigaf que le correspondia, y entonces Welster que estaba muy 
inmediato á la reja pudo ver bien á su amada Carlota. Esta te- 
nia los ojos bajos, y su macilento semblante manifestaba su es- 
tragada salud. Jacobo la veia de hito en hito, observaba las 
ceremonias religiosas, y observaba los cánticos sagrados con 
una atención imperturbable. Amaba |t¡ernamente á Carlota, 
y su vista renovó su cariño; pero al mismo tiempo que se creía 
abandonado de ella sin motivo, en un instante convertía en 
odio mortal aquel afecto que volvia á desechar para quererhu 
De modo que su atribulado corazón batallaba á un tiempo con 
dos pasiones opuestas entre sí, el aborrecimiento y el amor, 
y sintiéndose agitado de las dos, no tenia libertad para deci- 
dirse por ninguna. 

Entre estos amargos momentos llegó el de la profesión de 
Carlota. El sacerdote le hizo una exhortación breve y paté- 
tica acerca de la vida religiosa, durante la cual, ella no alza- 
ba los ojos de la tierra que estaba regando con sus lágrimas. 
Así que el sacerdote concluyó; pasó la novicia á hacer la pro. 
fesion en sus manos. Cada movimiento, cada palabra de ella 
era un puñal con que atravesaba el corazón de Jacobo sin sa- 



* Solo cQmplidoi los diez y seii años se debe admitir la profesión: 
hsdéndose con menos edad es nula por disposición del dtido Concilio. 
8e», 95, cap. 16. 



LÍ 272 
berio. Eflte )i contemplaba sin morerie; pero cuando laoyó 
cir, aunque con débil voz. Yo, lor Carlota de Juum, fu^ 
h y pnmtío. ... no pudo contenerse: perdió el jnieío, « ol 
dú de In prudencia, y sin atender al lugar en donde alte 
con una voz fuerte ó indignado, ^le dijo: ¿Qué prowutBa,f 
jura?. . . . ¿Me conoce*? 

El formidable grito de Jacobo penetró los oido* de Cario 
Levantó sus ojos abatidos, y los dirigió hacia donde oia el< 
pavoroao; conoció k su amantci y con una voz des&Ueeii 
dijo: ¡Ay Wdtler, . . . lafuena. ... No pudo artionlaT ol 
palabra. Un sudor frió bañó su hermoso rostro: sn viste 
eclipsó: la convulsión sacudió sus miembros fuertements 
hubiera caído en tierra desmayada, ai no la hubieran ioa 
nido las monjas. 

Todoa se sorprendieron con tan ineaperada novedad. I 
sordo murmullo se extendió por el templo: I^bin, que bal 
ido conel cura D. Jaime para cerciorarse de la proraiioo 
estaba cerca del coro, luego que oyó á su amigo Welitari oi 
rió adonde estaba y le dijo: Ya ea menester que te sostengí 

Bscindalo es mucho. Haelo tú por mí, le respondió We 
g estoy pam hacer ni decir cosa á dergcbi 




■^ 



278 

mente notificara á la abadesa en su nombre que le diese su 
ropa de secular, y se la entregara; lo cual verificado, pasara 
aquella señora á la casa del conde de la Roca, en la que se 
mantendría en clase de depositada, hasta que el señor virrey 
determinase si podía ó no casarse. ' 

Entre tanto que esto pasaba. en Palacio, volvió en sí Carlo- 
ta, y creyéndose ligada con los votos, y desunida para siem* 
pre de su amante, prorrumpió en tan aqnargo llanto, y en tan 
lastimosas exclamaciones, que enternqpíó á todos los oircuns 
tantea. Solo su padre estaba inflexible, y como le dijeron que- 
habian ido á consultar al Arzobispo, temia se le frustraran sus 
intentos, y agitaba á la abadesa para que recibiera la profe- 
sión de su hija; pero el sacerdote que presidia aqud acto, lo 
embarazó cuanto pudo, hasta que volvieron Labin, el cura 
Welster y el secretario. 

Sin pérdida de tiempo practicó este último las órdenes del 
prelado; y habiendo Carlota protestado la fuerza conque iba á 
profesar, porque su intención era ser esposa de Welster, noti- 
ficó á la abadesa se la entregara, pena de excomunión mayor i 
reservada al Arzobispo. La abadesa obedeció al punto. Lle- 
varon á Carlota para adentro, la vistieron de secular, y des- 
pues la bajaron á la portería donde la esperaba Welster y sus 
amigos. 

Luego que se la entregaron al secretarío y se vio libre de 
las monjas, corrió hacia Jacobo y lo abrazó sin hablar una 
palabra, porque las lágrimas se lo impedian. Ella no tuvo ni 
miramiento ni vergüenza en aquel acto. ¡Qué cierto es que 
una pasión vehemente no deja reflexionaren nada! D. Tadeo, 
que todos estos lances presenciaba, hubiera querído matar á 
su hija y á Welster, cuando los vio abrazarse; pero sus amigos 
|e impidieron acercarse á ellos. 

Sin embargo, ya que no podia usar de su mano contra ella, 
ligaba de la lengua, llenándola de los oprobios y confundién- 



< 



274 
dola entre sua Bcostumbradas niBldieionei, qne no atendió 
Carlota, embriagada con el gueto de haber visto & au espo», 
y de haberse escapado de ser monja: Iñen que cl secretario y 
tos demás señores, hicieron mu cbo por no dar lugar i que oye- 
ra á BU padre, apresurando la despedida de las monjas; j lue- 
go que esta ceremonia se conclbyó, la subieron al coche y !> 
condujeron i la casa del conde- 

Naturalmente nos interesa el bien de nuestros senwjantasi y 
así todas las gentes que ^bian precenciado este raro suceso, y 
se habiftn informado de Ib causa y circunstancias de él, feli- 
eilabui & Carlota. iPobrecita! decian: igracias á Dios que 
ya no fué monja á fuerza! iMaldito sea el viejo <MdÍcioao de n 
padre! 

Ya ae sabe cuanta es la desvergüenza de un pueble como. 
vido. Estas palabras no las decian en voz baja, sino muy re- 
cío pan que las oyera D. Tadeo, que se quedó pateando j 
blasfemando en la porterb. Sus amigos fueron desfilando 
uno por UKo, hasta que lo dejaron todos, y él se quedó solo re- 
pitiendo: „Yb no es monja, maldito sea sea su padre." El co* 




275 

dispensara la edad, y concediera su permiso para que se ca- 
sasen cuanto antes. 

Se despidió Welster y los demás señores de los condes, y 
suplicando al secretario que los acompañasct fueron á pidacío 
en la misma hora, é informaron á S. E. de lo acaecido. E 
virrey dijo á Welster que pusiera su pretensión por escrito, y 
que resultando cierto Cuanto exponia, podria espiar un de- 
creto favorable en justicia. Con esto se retiraron todos muy 
consolados, dejaron al señor secretario en el arzobispado, des- 
pués de haber dado las debidas gracias á su Illm^. Luego el 
señor Labin llevó á Welster á su mesón, y él con el cara fué 
á casa de D. Tadeo para consolarlo y persuadirlo á que desis- 
tiera de la tenaz resistencia que oponia para el casamiento de 
su hija. 

Trabajo costó al cochero poner el coche frente á la puerta 
de D. Tadeo, porque la gente plebeya se había agolpado allí, 
y casi no dejaba pasar á nadie por la calle. La causa era, 
que D. Tadeo les estaba arrojando por el balcón los dulceSf 
bizcochos y licores prevenidos para el refresco. Subieron La- 
bin y el cura, y lo encontraron solo en su sala y en la mas ri- 
dicula figura, porque estaba sin casaca, con el chaleco desa- 
tacado, la camisa rota hasta la cintura, con la barriga y la 
calva al aire, porque había tirado la peluca, y todo él hecho 
un asco, lleno de dulce, empapado en vino; pero muy afanado 
en tirar á la calle hasta los vasos, repitiendo sin cesar: „Ya no 
es monja, maldito sea su padre.^' 

El señor Labin y el cura se compadecieron del miserable 
viejo, procurando consolarlo y hacerlo sosegar; pero todo era 
en vano. Por momentos se ponía mas furioso. 

A este tiempo entró su hija Adelaida, y apenas la vio cuan- 
do creyendo quizá que era Carlota, lleno de la furia n^as in- 
fernal, le dijo: no hay herencia, maldita, no la esperes. Di- 
ciendo esto le tiró con un frasco de cristal con tanta fuerza y 




376 
tal tino, que m lo hizo pedazos en la ean. Ctyü an tiem 
Addaicla bañada en sangre, y su padre aobra ella d&ndole la- 
rioiBa puñadas, y «un la bubiera ahorcado con sus meiioa, ■ 
no entraran el cochero y el page, con cuyo auxilio pudieroa li- 
brarla el Sr. LabÍD y el padre cura. 

Lo alaron como era regular, j lo metieron en su reeimaia: 
pusieron en otra í la desventurada Adelaida: llamaron un mb" 
dico, y se encargó el cura de cuidar la cosa en compañía dal 
escribiente, que por oaaualidad llegó á ese tiempo, y el Bti 
I^bin pasó á informar á 8. E. quien, como conocía su hon- 
rada conducta, le previno por orden escrita que recogien to- 
dos sus papeles, Isa llaves de laa arcas, y se hiciese cargo dt 
lodoa loe intereses, ioventaríándolos con noticia del cajero 
mayor, y reteniéndolos en custodia, cuidando ni mismo tiempo 
de la salud de D. Tadeo. 

Todo se hizo como el virrey determinó. A Adelaida la pa- 
saron i su casa en una camilla, porque podía perjudicaila 
mas el movimiento del coche. Alguna terrible puñada reci- 
bió en el pecho, porque echaba sangre por la boca. Luego 
que entró S su casa y la vieron en inl estado su marido y sua 




277 

«a: se dispuso cristianamente: otorgó su testamento, mejoran- 
do en gran parte á Carlota: mandó que entrase su escribiente 
y después que le dictó una carta reservada, la cerró con su 
sello» se la entregó ai Sr. Labin, suplicándole que después de 
su muerte y funerales, la pusiese en manos de su bija, á la 
que no se atrevía á ver, confundido de su inicua conducta. 
Recibió los santos sacramentos, y el dia siguiente murió co- 
mo cristiano quien habia vivido como idólatra de su dinero. 
No se pudieron ocultar estas cosas al esposo de Adelaida, 
porque esta lo enviaba diariamení j á saber de la salud de su 
padre; pero tenia bastante prudencia, y así fué fácil que las 
hijas ignoraran la muerte de su padre, hasta que Adelaida se 
restableció. Ella padeció mas de un mes y quedó con la ca- 
ra señalada para siempre, lo quo no fué poca fortuna. 

£1 señor Labin, eixura, el coronel, y Welster mismo em- 
plearon sus talentos para dar á las hijas la triste noticia del 
fallecimiento de su padre, y para inspirarles la debida con- 
formidad con la voluntad divina, especialmente á Carlota qne 
conjp la mejor hija, lo sintió mas; pero por ñn, las dos se con- 
aron á la fuerza. 
Entonces so vistieron los lutos de costumbre, y cuando al 
«eñor Labin le pareció las hizo estar juntas, y en su presencia 
abrió la carta de su padre, á su ruego la leyó, y oyeron que 
decía de esta manera. 

Carta de D. Tadeo a su hua Caklota. 

Querida hija mm: á las orillas del sepulcro hiere la luz de 

la verdad poderosamente nuestros ojos. Apasionado por la 

maldita codicia del dinero^ creyéndome inmortal^ y temiendo me 

fáUara, te iba á precipitar en un abismo de miserias, te iba á ha- 

cer infeliz eternamente, precisándote á abrazar un estado para el 

que no tenias vocación, sin considerar que no era mi autoridad 

ilimitada, y que el Dios de bondad y de justicia no exige de 

9 




278 
noSStmt taerijicioM vwAentot, ni aprecia los que te hacen á aula 
de m ley sacrotanía; mal yo, ciego por el vü interés, me deten. 
íoitíi de estas verdades, snfoqué el continuo clamor de mi con- 
ciencia, desprecié los avisos de los hombres de bien. 3/ airoprBi 
con las censuras de la Iglesia, kaciéndome á un tiempo odioso 
al cielo y ala tierra. 

Pero ya que el DÍ<is de las misericordias ha querido derra- 
marlas sobre mi con tanta liberalidad, concediéndome el uto de 
la razón que hahia perdida, quiero yo corresponder en algim 
modo á su bondad, 1/ aprovechar estos pocos instantes que me 

Conozca mi error, ¡o confieso, lo deleito, y con lágrimas de 
mis ojos íe pido perdón, hija mia, de los agravios que le inferi. 
Perdóname, Carlota, perdóname, hija de mi coraion: no te 
acuerdes que tuviste un padre cruel, ni ceses de rogar á Dios 
por (1. 

Pídele también de mi parte perdón al joven Weltter, al t 
ronel, al señor Labin, y á cuantos escandalicé con mi audaco 
duela para contigo. 

Perdona asimismo á tu hermana, que fué causa de t^asesc 




279 

düate tus años en la mas perfecta salud: Dios te llene de bk' 
nes y de gracia^ y te haga feliz eternamente, 

A DÍ0S9 hija querida; á Dios para siempre, hija Carlota; re* 
cibe en tu corazón él de tu arrepentido padre 

Tadeo. 

Bien se deja entender la conmoción que causaría en todos 
la lectura de esta carta, especialmente en los interesados. Ca- 
da uno manifestaba su dolor, á proporción de la parte que te- 
nia en él. Carlota y Adelaida levantaban sus ayes hasta el 
9Íelu: Welcster estaba sin moverse apoyando la frente en sus 
dos manos: Doña Matilde y las demás señoras no podian in* 
terrumpir sus sollozos cuando consolaban á Carlota: el coro- 
nel y el cura se paseaban en silencio por la sala, limpiándose 
los ojos cada rato: el señor Labin le dio la carta á Welster bu. 
medecida toda con sus lágrimas, y se fué á sentar en un rin- 
cón. En una palabra, todos estaban penetrados de la ternura 
y. el dolor. 

Este se aumentó vivamente cuando Adelaida, hecha un 
mar de lágrimas, se arrojó á los pies de Carlota, y abrazán- 
dola por las rodillas, entre avergonzada y compun gida le de- 
cia: ,t¡Ay hermana de mi alma! yo he sido la causa de tus des- 
gracias y de la muerte de mi padre. Soy una vil, una indig- 
na, que por un ratero interés tomé de tí una venganza cruel; 
pero el cielo me castigó por la mano de nuestro mismo padre. 
Yo llevaré en mi cara toda la vida las señales de mi maldito 
proceder; pero las llevaré con^gusto si logro volver á tu amis- 
tad. Perdóname, Carlotita, perdóname, hermana de mi vida.'* 

Era muy sensible Carlota para dejarla proseguir; y asi le- 
vantándola á sus brazos, la estrechó en ellos, la besó mil reces 
en la cara, y mezclando sus lágrimas con las suyas, le decia: 
^Calíate por Dios, Adelaida: ya basta, ya todo se acabó: yo 
jamás te he tenido rencor: siempre te he amado, y desde ahora 
te juro que te he de amar, mas que nunca " 



Todos loa concurrontea se interesaroo en sepArarlaB,ycuan- 
(lo á Tuerza de llorar calmó un poco la congoja de tas dos, di. 
jo el coronel: Ya basls, señoras, ya csla bueno: seamos sen. 
■ibies. pero no nos entreguemos i U pena ain prudencia y sin 
moderación. No se hable ya otra palabra sobre los pasador 
agravios. D. Tadeo y esia señora han borrado muy bíeo 
sus flaquezas con su sincera compunción, ni Dios noa pide 
mas para perdonarnos, que un arrepentimiento verdadero. 

Por lo que respecta á sentir la muerto do vuestro amado 
padre, es muy justo; pero ya se ha dado harto desahogo al sen. 
[¡miento: ahora es menester sostenerse on los idoIítos que te- 
néis de consuelo. Advertid, que vuestro padre descansa en 
paz. Esa carta maniñesta una disposición cristiana, y eata 
le abrió las puertas del Paraíso. 

Así lo debíamos esperar de la misericordia del Señor. Si 
no lo hubiera querido para sí, si su condenación hubiera esta» 
do decretada, la muerte lo hubiera sorprendido en uno de loa 
accesos de su locura; pero pues Dios le restituyó el juicio, y 
él se previno con tan cristiana disposición, señal ea que fué 
L hace por acaso. ¡Ojalá 




281 



CAPlTVIiO XIX. 

Discurre el coronel sobre el estado religioso, y comienza á instruir & 

su hija acerca dol matiimonio. 




¡ON Rodrigo, que de todo procuraba sacar partido para 
la instrucción y aprovechamiento de Pudenciana, cuando es- 
tuvieron juntos en la mesa, dirigiéndose al padre D. Jaime, 
le dijo: ¿Qué le parece á vd. señor cura, de la extraña histo- 
ria de Carlota? 

¡Qué me ha de parecer, respondió el prudente eclesiástico, 
sino que la mano del Señor ha andado entre todos sus actores, 
pues ha sido una grande felicidad que haya rematado de esta 
suerte! ¿Qué fuera de Carlota si hubiera profesado sin voca- 
ción^ Su vida seria muy infeliz, y su muerte quién sabe co- 
mo. Welster acaso hubiera prevaricado, creyendo que la re- 
ligión católica sostiene cstQs abusos. Por otra parte, ya que 
Carlota por fin no profesó, Adelaida pudo haber muerto entre 
las propias manos de su padre, que ya la ahorcaba, no pudien- 
do el señor Labin favorecerla solo, porque yo como viejo débil, 
apenas hacia cosa de provecho; y por último, D. Tadeo pudo 
haber muerto en su demencia, en cuyo caso se hubiera con. 
denado sin remedio. Nada de esto sucedió, y todas estas des. 
venturas se excusaron por unos caminos poco comunes: con- 
que vea vd. si anduvo en esto la mano del Todopoderoso. 

Así fué en efecto, dijo el coronel: yo de todo me alegro; pe- 
ro mas, de que hubiera muerto D. Tadeo como cristiano, y de 
que no hubiera profesado Carlotita. El estado religioso es 
el mas perfecto, ¿qliién lo duda? pero no es siempre el mas se- 
guro. La clausura perpetua, el voto de pobreza y de obe- 
diencia, son como la castidad, de consejo evangélico, no de 
precepto: por tanto, la vida monástica no se debe abrazar sino 
c 3n verdadera vocación, conociendo muy bien lo que e.o, y á 



la qiio obliga, y consultando nuestras fuerzas. El qu« no «u- 
fre sobre sus hombros el peso de dos arrobas, menos sufrirá el 
de seis: y sí se las echn acuestas con imprudencia, caeri en 
tierra sia poderse mover por raas que quiera. 

Asi es en lo espiritual. Si apenas puede Palmira cumplir 
los diez preceptos del Dec&logo, ¿cómo se atreve á cargarse de 
otros cuat/o mas, que son los rotos? 

Antes de tomar el hábito debía loda niña entender que no 
es lo mismo ser monja que religiosa. Para lo primero, basta 
con vestir el hibiio, y cumplir, aunque ee|^fuena, «on lo 
material de Us reglas; para lo segundo, es niñí^río saber 
desprenderse del todo de su propia voluntad, reDuJkíar da co- 
razón y para siempre el mundo, y sus placeres, y no perder 
un in&tanle sin aspirar i Is verdadera perfección. 

Esto es muy fácil decirlo; pero no es as( para cumplirse. 
¿Cuintas muchachas entran á los conventos, toman el hibilo 
y profesan, llevadas de uo furvor mundano, que ellas juzgaban 
vocacionT icuintiks ignoran qué cosa es, ni i qué obliga el vo- 
to de castidad? ¿cuántas lo liacen sin estar en edad, para st. 
ber cual es su vicio opue-^lol ¿cuántas se retiran á los ino> 




283 

96 el hombre á si mismo, dice S. Pablo, examine cada uno su 
vocación, su espiritu, sus inclinaciones, su fervor, el fin que lo 
lleva al claustro y las obligaciones respectivas que le impone 
el nuevo estado que pretende abrazar, y si después de un exa- 
men serio, detenido y consultado, hallare que le convieney abrá* 
zelo enhorabuena; pero si lo hace sin e.>tas condiciones, abri- 
rá después los ojos, reconocerá sus pocas fuerzas, advertirá 
que no son bastantes para soportar el grave peso que se impu- 
so, y cuando reflexione que no hay remedio para eximirse de 
él, entonces llorará su imprudencia, trabajará sin fruto, y se 
precipitará á la desesperación, especialmente si es muger. 

Para las'que entran en los monasterios con verdadera voca- 
ción, todo es suave, todo llevadero, todo fácil. La castidad es 
una virtud angelical, la obediencia un sacrificio humilde, y 
la clausura un asilo contra los peligros del mundo. 

No así para aquellas que entran por alguuo de los motivos 
que he indicado. Para estas la castidad forzada que guardan 
sin ser vírgenes en cuanto al espiritu, es un martirio: la obe- 
diencia una esclavitud: la pobreza una miseria, y la clausura 
una prisión insoportable. ¿Cuál será la vida de estas muge- 
res infelices? No es mucho que algunas se hayan desespera- 
do con tal vida. £1 Dr. D. José Boneta en su librito titula* 
do: Gritos del infierno, hablando sobre esto, refiere de una 
monja que estando para morir, preguntó al confesor: Padre, 
si me muero ¿dejaré de ser monja? Sí, hija, respondió el con- 
fesor; y la miserable al instante comenzó á acetarse la muer- 
te apretándose el cuello con las manos. jCuál seria la vida 
de esta monja desesperada, dejándonos tan malas señales en su 

* 

muerte! 

Todos los estados necesitan tiempo y madurez para elegir- 
los y especial vocación de Dios para abrazarlos; pero entre 
una casada y una monja que hayan errado vocación, encuen- 
tro yo notable diferencia. La casada qnc no consultó bien su 



284 
elección, y m halle ligada con nn hombre que lo da malft vi- 
da, liene aun dos esperanzas que In consuelan; una ead di- 
vorcio que protegen las leyes y los cánones en ciertos casosi 
y otra es que muora el cnnrido. En el primer caso se subs- 
trae de su dominio, se separa de su conipañín y se libra de so 
tirano cruel; y en el segundo, se rompe el vinculo en lo abao- 
luto, y queda Ubre para siempre. 

La monja no es asi: si no tiene un derecho muy claro par» 
anular la profesión y dinero suficiente para dirigir & Roma su 
negocio, lo que no se facilita sino de tarde en tarde, bien pue- 
de creer que no tiene remedio si no es á cosía de su vida, que 
es In mismo que no tenerlo. 

No por ero so crea que yo pretemlo malquistar el catado re- 
ligioso. Estoy muy lejos de tal extravagancia. A nadie, ni 
á mi propia hija, disuadiré en ningún tiempo Je que sea monja. 
Sé que el Santo Concilio excomulga igualmente í loa que vio- 
lentan á persuaden á las mugeres á ser monjns, como á los que 
tinjtuta cauta, impidieren de algún modo el santo deseo quo 
tengan do tomar el bábito, ó de hacer la prufesion las vírgenes 




285 

Pocos días después, estando Doña Matilde sentada en el es- 
trado haciendo una labor con Pudenciana, se levantó esta 6 
buscar no sé qué cosa, y al volver dijo su madre: ¡Qué larga 
se va poniendo esta muchacha! El coronel tomó de estas pa- 
labras ocasión para dar una oportuna leccioncita á Pudencia- 
na, diciéndole: En efecto, hija, ya estás bien grande. El ta- 
naaño de tu cuerpo señala tus años, y me avisa que debo ya 
darte las instrucciones correspondientes á tu edad. 

Jamás me hns hablado de mongío, ni yo exigiré de tí tal co- 
sa. Has presenciado la historia de Carlota, y me oiste dis- 
currir el otro dia acerca de la perfección que se requiere pa- 
ra profesar en la vida religiosa. Si esta no es de tu vocación ^ 
no hayas miedo que yo te la persuada; pero si lo es, concurri- 
ré con mucho gusto al logro de tus santos deseos. Conque ¿qué 
dices? ¿quieres ser monja? — Hasta, ahora, papá, la verdad no 
lo pienso, respondió Pudenciana; y prosiguió su padre: Pues 
eso es lo que me agrada, que me hables la verdad. Pero su- 
puesto que po quieres ser monja, tal vez te agradará el matri» 
monio, ¿no es asi? .... Vamos, no te pongas colorada: no hay 
para qué. 

El matrimonio es un sacramento santificado por el mismo 
'Jesucrióto. En él se puede servir á Dios como en cualquier 
otro estado elegido con verdadera vocación; y si la tuya e» 
para el matrimonio, yo contribuiré al logro de tus deseos, pues 
pueden ser tan santos como los de entrar en la religión maa 
perfecta, si se reducen á servir á Dios en ese estado; mas para 
que seas buena casada, es preciso que sepas qué cosa es el ma- 
trimonio, y cómo te has de manejar para contraerlo: cuáles aon 
las obligaciones que impone, y cómo las ha de desempeñar una 
muger cristiana. 

Pero antes, hija mia, te voy á dar un consejo muy útil, de cu- 
ya observancia depende toda tu felicidad. „Ahora que tu in- 
fancia ha pasado, no nos mires solamente como tus padres, si. 



366 
nu como tus dibj antiguos, tus mas fíeles y mejores amigos, i 
■¡uieoes cierlameate la vida es menos apreciable que tu bien 
estar, & quienes no les falla experiencia ni los conocimientos 
necesarios pam darte en cathi ocasión los mejores consejos. 

Con este convencimiento, abre tu corazón á tu padre y i 
tu madre sin ninguna reserva: deposita en nuestro seno todos 
tus pensamicnlos. tus sentimientos, tus deseos: nada nos ocul> 
les, ni aun tus faltas y flaquezas: bien persuadida de que nun- 
ca abusaremos de tu conlianza fílial, que nunca contestaremos 
á tu franqueza con amargura ni severidad, sino siempre coa 
una (ernura verdaderamente paternal, y que dirigiremos tus 
pasos con tanta bondad como celo. *" 

¿Has entendido, bija? — Si, papá. — Creo que no me baa en- 
tendido bien. Te lo diré mas claro. Ya tienes quince bBm ó 
cerca de ellos, posees algunas babilidades que ¡e recomiendan, 
y si no tienes una hermosura peregrina, á lo menos tu cara 
no carece de gracia y atractivo. Debo también advertirle, 
que vas á entrar en un mundo nuevo que no conoces, y así ei 
necesario que te ponga el farol en la mano para que no tropie- 

is entre sus innumerables 




287 

advertirlo. Las calles, los zahuanes, los paseos, las casas y 
los mismos templos, serán para tí otros tantos lugares en que 
pueda peligrar tu honestidad con los repetidos asaltos que te 
dará el libertinage de un corrompido seductor. ¿Y qué debe- 
remos hacer para asegurarte de esos asaltos? Fácil es la res- 
puesta. Tu madre deberá cuidarte sin cesar, yo aconsejarte 
con prudencia, y t6, seguir con mucha docilidad mis consejos. 
El primero que te doy es el que ya escuchaste. Míranos, 
no solo como á tus padres, sino como á tus mejores amigos, y 
los mas interesados en tu bien. En esta inteligencia, deposi- 
ta en nuestros pechos tu confianza, ábrenos tu corazón, nada 
DOS reserves, ni tus mas ocultos pensamientos, satisfecha de 
que te hemos de atender con dulzura, y te hemos de aconsejar 
con amistad. 

Llegará tiempo en que las criadas, el aguador, tus amigas, 
tus parientas mismas se^án los agentes del que solicito tus fa- 
vores. ¡Infeliz de tí, si mas que de nosotros te fiares de ellos! 
En tal caso tú persnrás que lisongean tu gusto, y que son 
acreedores á tu reconocimiento, y engañada con este falso jui- 
cío, les deFCubrirás tus secretos, y pondrás en sus mano tu opi- 
nión, y entonces á Dios honra, á Dios crédito, á Dios reputa- 
ción. De boca en boca no quedará uno que ignore tus flaque- 
zas, si (io que Dios no quiera) tuvieres la desgracia de come- 
terlab* 

Pero si reservándote de todo el mundo, te descubrieres únr- 
camente con tus padres, entonces, ¡cuánta será la diferencia! 
¡con qué amor no te enseñaré á conocer los artificios de tos 
hombres! ¡cómo me valdré de mi experiencia^ dándote leo- 
cienes oportunas para que te burles de las ase^^nzas que te 
quiera poner un libertino seductor! ¡con qué cuidado te li- 
bertaré de los peligros! ¡con qué prolijidad te evitaré las 
ocasiones que á ellos te puedan inducir! Y si algún dia tü He. 
gares á amar algún hombre de bien que te merezca, ¡con cuan- 



to gusto me prestaré & realiur siu ÍDt«ncioiM>, ú mtu Eo». 
ren unirte con 61 eo el estado santo del matrimonio! ¡Dicbo 
sa tú, hija mia, ai cooperares por tu parte i que se verífiqueD 
mis deseos! Estos no son ni pueden ser otros sino loa de tu 
verdadera felicidad. A ella he aspirado toda mi vida, y que 
seas feliz seri mi único conato, liasta que 4a muerte cierre mía 
ojos para siempre. 

Pudenciana abrazó á su padre, y le besó la mano enterne- 
cida, dándole las debidas gracias por sus paternales oonaejoa, 
y prometiéndole seguirlos ciegamente, pues estaba convencida 
de que se encaminaban á su bien. 

Entonces el coronel te dio su bendición y la envió i la co- 
cina, diciéndole que quena cenar aquella noche un bocadito 
de su mano. Pudenciana fué i hacerlo muy contenta, y lue- 
go que se retiró) prosiguió D. Rodrigo hablando con su eapo. 
sa de este modo: [Ya oíste el consejo que acabo de dar á Pu- 
denciana? pues tú necesitas de otros doa que no son de menoe 
importancia. 

El primero es, que le abras los ojos & tu hija. . - . No, no 




289 

virginidtd corportl. Díle en qué consiste esta virginidad t 
cómo se puede perder y cómo se conserva: adviértele que 
perdida una vez, no se restaura el honor sino mal, tarde y 
pocas veces: haz que se llene de temor cuando sepa que de 
flu conservación depende el honor >de !as mugeres en el es- 
tado de doncellas, y que cuando se pierde no se pierde sola, si- 
no juntamente con la honra y la opinión: instruyela en los ar- 
tificios de que se valen los hombres para seducir á las incau- 
tas, siendo el mas trillado y el mas antiguo el proponerles un 
yentajoso casamiento: aconséjalo que á nadie de estos crea ni 
corresponda sin darnos parte de cuanto le pasare: dile que 
los hombres que parecen mas rendidos y apasionados son los 
mas sagaces seductores, los clarines que publican la debilidad 
de la muger que encuentran fácil á sus antojos: enséñale que 
]o que los hombres de bien aprecian mas en una muger para 
casarse con ella, es el recato y su integridad corporal: declá- 
rale que los hombres de honor se conducen con mucha medi- 
da cuando solicitan una niña para esposa: dile que la que lle- 
ga al tálamo sin su virginidad ignorándolo el marido, se expo- 
ne á pasar una vida amarga é infeliz, pues á la menor queja 
ó incomodidad que haya, le estrejirará en la cnra su anterior 
licenciosa conducta, avergonzándola á cada instante, deseen- 
fiando siempre de su fidelidad, y mirándola con una indiferen- 
cia que en breve llega á ser un aborrecimiento declarado: re- 
pítele una, dos y tres veces en qué consiste el mérito y honor 
de una niña doncella: explícale mas claro lo inestimable que es 
la presea de la virginidad, y cuánto le conviene conservarla: y 
por ultimo, dile que para esto debe en primer lugar, huir to- 
das las ocasiones de familiarizarse sola con los hombres, sean 
de la clase ó condición que fueren: é insiste en que nos descu- 
bra su pecho con la confianza mas sincera. 

Esto es por lo que respecta á su bien moral: por lo que toca 
al fisico, permítele que cuando se ofrezca, oiga hablar de las 



■x« 



390 
pasionei y grav&menea que tma ooosiguientei á au mzo: déji- 
la que sepa como se debe conducir una rougcr en las diferen- 
tes épocas de su vida: de qué cosa se debe precaver, cuilm 
debo observar en obsequio de la conservación de su salud y 
bien desús hijos y fsmiliai hazle ver que una muger onrerina 
por su descuido y desarreglo, hace una mala madre pare sus 
hijos, una esposa de bástanle gravimen pnra al marido, y un 
eterno fastidio de su casa. Todo eslo debes enseñar i tu bi> 
a en esta edad, y esto ser& abrirle los ojos con p rovecho. 

Es una ridicula preocupación la de muchas madrea qua coa 
pretoxlo de no abrirles los ojos á las nifías, las crian con tal 
encof;imienlo y con tal ignorancia, que ni saben qué ea sar 
doncellas ni casadas, madres ni esposas. Eslo no llamo yo 
recato, sino gm^erísima tontera. jCuintas pobres mucha- 
chas hnn dejado de ser vírgeaes sin saber lo que han perdidoi 
ni las funestus resultas de esta pérdida! ¡cuántas se ban ba- 
cilo enfermas toda su vida por no saber manejarse en toa li«n- 
])os de sus enfermedades periódicas! ¡y cu& nías so casan sin 
saber qué obligaciones contrdcnen tal estado! 




291 

ya él muy bien lo sabe. Y he aquí el segundo importante con« 
sejo que debes observar en la presente educación de Pudencia- 
na. Ningún cuidado, , ninguna vigilancia ni precaución está 
demás en su presente edad. • • • 

¿Pero no la cuido yo? dijo Matilde, qué ¿quieres que la trai- 
ga yo como llavero? Sí, señora, sí, decia el coronel, no debe 
apartarse de tus ojos un instante. £n la calle, en la casa, en las 
visitas, en el templo, en todas partes ha de ser su custodia tu 
presencia. Si al ojo del amo engorda el caballo, al ojo de la 
madre se conserva la honestidad de la hija. Siempre las ni- 
ñas han estado expuestas á una misma enfermedad, y siempre 
se les ha ordenado el mismo remedio de precaución. S. Ge- 
rónimo que conocía bien el mundo, instruyendo á una señora 
llamada Leta en el modo con que debia criar á su hija Paula, 
|e dice: No la dejéis jamás ir aparte alguna, si no fuere en 
vuestra compañía; y niá visitar las capillas de los mártires ni 
á la» iglesias vaya sin su madre. No consierUas tampoco que 
seria y hurle con eUa ningún mancebo, ni de los que traen co. 
pete; y cuando hubieres de velar ó trasnochar para celebrar la 
fiesia de algún santo, * hágalo nuestra doncellita de tal modo 
que no se aparte de su madre, ni aun por espacio de una pulga - 
da> Hasta aquí el Santo Doctor á nuestro intento. 

Su toridad es muy recomendable; pero sin comparación lo 
es mas la del Espíritu Santo, quien dice en las Sagradas Le- 
tras: X Si tienes hijos, ensénalos, corrígelos desde niños; sitie»' 

* En la primiÜTa Iglesia acostumbraban los fieles celebrar á los san- 
tos mártires en los templos, empleando en ellos toda la noche de las vis- 
peras en cánticos y alabanzas. A este desvelo se llamaba, vigilia; pero 
por los abusos y desórdenes qse se cometían después que se fué enfrian- 
do el primer fervor del cristianismo, está reducida en el día al ayuno y 
abstinencia ¿e carnes, exceptuándose solamente la de la Natividad de 
Nuestro Señor Jesucristo, en la que se cantan maitines y se celebran mi* 
sas á madia noche. 

^ £ccle«ast. cap. 7, 25 y 26. 



292 
nes hijas, guárdaks tus cuerpo*, esto ea, su virtud, su vi^a. 
dad. |Y cómo cumplirá con esta obligación una madie aban- 
doDada que permite que la hija yo grande salga sola i la ca- 
lle, ó cuando maa con una criada ó una amiga! ¿que se até 
sola, si se ofrece, en el estrado, charlando y aun retozando con 
el caballerito cortejante? ¿que con pretexto do visita se aparta 
de su madre dos, tres ó mas dias? ¿que á titulo de pobre, sal- 
ga á la tienda y á hacer otros mandados? ¿ó lo que es peor que 
lodo, á pedir prestado á nigun hombre un peso ú dosT Puei 
todo eslo se ve, y no se quedan ocultas Ins resultes. Lo mai 
gracioso es que muchas madres du estas, después que ellas mis- 
mas permiten á sus hijas cuanta libertad apetecen, se asustan 
y se escandalizan asi que las muchaclias traen á sus casas el 
fruto de) abandono con que las tratan. Entonces son las lá^> 
mas, loa gritos, los regaños y los golpes; golpes que mas bien 
los merecen elhs que sus hijas, porque son la causa original 
de su ruina. Ello es cierto que si no hubiera tantas madres 
descuidadas, no hubiera tantas hijos prostituidas. ... 

Aqiit llegaba el coronel, cuando entró Pudenciana avisando 




293 

Ya hemos visto la conducta del coronel y de Matilde para 
con SQ hija, y las sanas instrucciones que le daban, y también 
hemos observado el modo con que educaron á Pomposa suspa- 
dres. Nada extraño es que fueran ambas primas tan distin- 
tas en costumbres, como íüé la doctrina que recibieron. 

Pomposita todo el tiempo lo empleaba en componerse, en mi- 
rarse al espejo, en hacer ademanes ella sola, ensayarse á ha- 
cer dengues y favores con los ojos, ayudada del cristal en que 
se pintaba ^ carita, y en recibir lecciones de su madre. 

Es verdad que esta era su menos nociva directora, pues no 
veía en ella ni oia cosa descaradamente opuesta á la sana mo. 
ral. Otras tenia de mas infame cbndicion. Tales eran sus 
buenas amiguitas. 

Entre estas habia una llamada Rosamunda, muchacha po- 
bre, alegre y lisonjera. Esta babia cautivado el corazón de 
Pomposita, de suerte que era la depositaría de sus secretos, y 
la plenipotenciaria de sus negocios. El lector querrá hacer- 
se cargo de su carácter, y debemos en esto darle gusto. 

Una tarde estando sola con Pomposita, sin advertir que yo 
la espiaba por el agugero de una mampara, platicando con 
ella le decia: En verdad niña que. • • • no es por levantarte los 
cascos, pero no ores bonita sino linda. ¡Caramba! que tienes 
una cara como el sol. Es mucho que á la hora de esta no 
tengas un sin fín de enamorados: yo no soy ni para descalzar- 
te, y con todo eso tengo cuatro. 

¿Cómo no? dccia Pomposa, yo también tengo diez que me 
solicitan para casarse conmigo, y ninguno me gusta. Mira 
tú: uno es oficinista, tres son militares, y me han enamorado 
por sus grados, porque uno es teniente, otro capitán y otro te- 
to está de bu parte para que sus hijos se logren, y sin embargo, estos ■• 
peiTÍerten por si mismos; poro esto es lo mas frecuente. Regularmente 
IM hijos aprenden de las costumbres de sus padres, y corresponden a la 
educación que se les da. 



2M 
niente coronel; mai ¿qué me puede dar ninguno de elloi^ ñ to- 
dos están i ración áe hambre? Otro de mis enamorados es 
médico, ma y liueno para ponerme d dieta: otro ea abogado, 
que me dará muy lindos pareceres: Iretj son colegialca, de loa 
t\tiB ya sabes que no llega su principal á una peseta: el último, 
que en el mejor de todos, es comerciante y no pasa de un Ira- ■ 
pero. Ya verús tú qué tales son mis navios. 

^Conquu en reAumidas cuentas, decía Rosamunda, ninguno 
de ellos le gustal — No, ninguno, porque el mejor es «1 ccmar- 
cianle, y no pntia de un baratillero por mayor. Aunque me 
pueda dar lo qiii! yo necesite, ¿quién sabe si tendrá para po- 
nerme cochcT y por fin, yo no me tengo en tan poco, que ya 
que roe enso, me contente con quedarme con mi nombre. No, 
yo ha de mudar de nombre cuando me case, 6 no me caso 
nunca. Pero, mi olma, ^c6mo te lias de mudar nombreT So- 
lo las monjas hacen eso, decia Rosamunda: esa mudanu 
que tü quieres hacer, me coge muy de nuevo. Puea antióo. 
delu, proseguía Pomposa: yo aspiro i casarme con un titulo 
para que no me digan la señora Doña Pomposila, aíno la mar- 
quesa de aquí ó^de acullá. Mi sangre C3 ilustre, no soy pobre 




295 

gracias, cada día tienes mas de quo preciarte; pero volviendo 
á nuestro cuento, tú haces muy bien de pensar de ese modo. 
Y ¡cómo que sí! contestaba Pomposa, yo he de ser de título, y 
pésele a^que le pese. ¡Ay, niña! ¿habrá gusto como oirse lla- 
mar de señoría, y no ese vd, y ese doña fulanila por aquí, y 
doña fulanita por allí, que ya me tiene hasta los ojos'' Mar. 
quesa he de ser, 6 me he de quedar para veslir imágenes. Si 
yo quisiera casarme, ya ves tú que me sobran novios; pero 
ninguno de ellos es marqués, y así se quedarán sinque; * pero 
eao de que yo les dé mi palabra ¿cuándo amores? f 

Ello es cierto que á todos los entretengo, y les doy esperan- 
zas; pero no mas por chonguear y pasar el rato, y no por- 
que los quiera. 

Haces muy bien, nina, decía Rosamunda, de entretenerte 
con esos babosos. Tú no tienes necesidad; pero si la tuvie- 
ras, te diría que les arrancaras á todos cuanto pudieras, cosa 
quo es muy fácil en sabiendo el modo. El asunto es decirle 
á cada uno de por sí, que es el preferido en nuestra estima- 
ción, que es el único que queremos, y que no amaremos á otro, 
ni por todo el oro del mundo. Con esto se engañan todos á 
un tiempo, y se dejan desollar vivos. 

Pero no apruebo yo el modo de algunas tontas pedigüeñas 
que enfadan á los hombres, pidiéndoles luego, luego y por Iq 
claro. Esto no es sal)er vivir. Lo que debe hacer una mu- 
chacha de mérito como tú, es escascar mucho sus favores á 
los amantes: irlos poco á poco apasionando, y cuando ya están 
borrachitos, entonces no se les pide nada por lo claro, sino que 
ae les da á entender que una necesita esto, ó que le cuadra lo 
otro. Apenas una muger se expresa con ellos de este modo, 
cuando los muy bebones se endrogan, se despulsan y se sacri- 
ñcan; pero traen lo que una quiere, y entonces hace una que 

* Refrancillo muy vul^r. 

t w. 



agradece la cosa, pero que na Ia quiere recibir, porqua eso se* 
ria uD chasco, > jqué se yo, y qué m cuandol Ellos w xpu> 
ran {lorque se les reciba lo qite han traído: una se resiste, haa- 
ta que por fin se coge, porque no digan que «a desaire, y ae 






I grací 



e quedan muy contentos 
I idtaresnblc, y que le ba- 
rn el carárter Je la direc- 
rias. íQuÉ tal saldría ellal 



De esle modo se pulan vivos, 
loa hombres, creyendo que una ui 
ce mucho favor en pelarlos. Tal 
tora de Pomposa, y de estas tenia 

En efecto, era cierto que visitaban su casa algunos colegia- 
les, y que le echaban sus polvillos, pero de cole!;¡al; quiero de- 
cir, la chuleaban y se entretenían Con ella, dándole á enten- 
der que la adoraban, y la pobre creía sus mentÍTas como los 
artículos de la fe. Algo hubiera dado porque no hubiera pi- 
sado su casa un colegial, pues i cala familia debía el titular 
contra su gusto, como vamos á ver- 

Siete de ellos visitaban ¿Doña Eufroaina y i Pompoaita,que 
mas valía que la hubieran visitado loa siete pecados capitalea. 
Todos eran la piel de Barrabás; pero el mas maldito era an 
payo alto, obeso, chato, carirredondo, de ojos alegres y saltonee 




297 

Así que acabaroD, sacó cada uno su paño de narices y se 
limpió el dulce de las manos y la boca. Iba uno á tomar el 
bandolón; pero lo embarazó nuestro payo, quien sentándose en 
el lugar preferente, les dijo con mucha seriedad: Señores, ami« 
gos y compañeros mips: después que habernos refosüado las 
barrigas con estas pocas migajas que nos han hecho favor de 
regalarnos, bueno será que tratemos un negocio de gravísima 
importancia que dias ha estoy para comunicaros, fiando el 
acierto de vuestra sapientísima resolución. Atendedme. 

yyYa sabéis como por constitución inmemorial de los cole- 
gios, cada uno debe tener su sobrenombre. Yo cuando vine 
hallé esta costumbre establecida, recibí el mió con la mayor 
humildad, y después acá he procurado cumplir con mis debe- 
res, poniendo á todos su nombre, según mi corta capacidad. 
Tú, por mi cuenta te llamas Séneca, por sentencioso: tú, el 
Aplastado por chaparro: tú, el Alambique por tus desafora- 
das narices: tú, el Discreto porque eres de Qucrétaro: tú, el 
Zorro por astuto é hipócrita: tú, la Niña por bonito y afe- 
minado: á mí me llamáis Sansón Carrasco, por panzon, por 
grandote, ó por lo que os da la gana: de manera, que cada 
uno de nosotros los presentes, ausentes, pretéritos y por venir, 
tienen, han tenido y tendrán su sobrenombre usque in saeeúla, 
hasta el fin de los siglos, sin que ningún bicho viviente en el 
colegio se quede sin el suyo, de capite ad calcetn, esto es, des* 
de el rector hasta el portero. ^^ 

^Reflexionando esto con la debida atención y madurez, y 
considerando que nuestra jurisdicción ó autoridad de poner 
nombres, no está limitada dentro de las paredes del colegio, 
sino que se puede extender ad lihiium, á nuestro antojo, he 
acordado que seria muy bueno y muy loable, poner su nom- 
bre á una señorita á quien visitamos, y en cuya casa nos ha- 
cen agasajo. ¿Úué mejor prueba podemos darle de nues- 
tra gratitud? ¿Ni de qué mejor modo le pagaremos los biz- 
cochites y él chocolate que nos da su madre, sino titulando á 



sus 

su hija more tiotlro, según nuestro modo y nuMtr» criiDut* 
,.Ed este caso 'encajíndole un titulo i cuestas i la hija da 
nuestra proteelnra, obraremos no solo con justicia, aino coi 
habilidad magniñea " 

„En esto inteligencia, habéis de «aber, preclaro é ilualríñnw 
congri-so, que la señora Doña Pomposa Langaruto y Contra- 
raü, que en pnz descanse. . . ." ¿Pues qué ha muerto? dijo A 
Zorro muy espantado, y Sanion respondió siguiendo ni dis- 
curso: „Ella no ha muerto; pero su nombre propio murió €■ 
ella desde esta misma noche, y en virtud de hollarse sin Dom- 
hrc, os he convocado, sapientísimos y prudentísimos aeñorcii 
para que determinéis cuál es el que se lo debe poner." 

„EI caso L'N de los mas graves, v de los mas urgeot»; COD' 
que Tusolved Ate et nunr, ahora y sin separarnos de aqai, qoé 
nombre se lo deberá poner & F$la señora." 

Por mi que se le ponga la Areniada, dijo el AhmUque, con 
olüsion á su mucha vanidad, Aunq<ic hay alusión, dijo d 
Aplanado, es nombre muy bajo y muy equívoco, pun quien 
no sepa por qué se le puso, creerá que está enfermai y esto ce- 
de en contra de su honor, lo que por ningún caso nos ea licito. 




299 

bien á los infínitos caracoles de Pomposa. Es verdad, repli- 
có la Niña; pero ese nombre por ese motivo está mal puesto 
pues aquí han dicho que se trata de ridiculizar su carácter 
DO su cuerpo ni su modo de vestir: y asi si mi sentir valiera, 
yo le pondria la Desdeñosa, Eso no significa nada, dijo 
otra vez el Aplastado, porque nada particular especifica de 
ella. ¿Qué muchacha bonita hay que no sea desdeñosa? y así, 
ponerle ese nombre, es lo mismo que no ponerle ninguno, pues 
lo que á todos es común, á nadie es particular; y pues que 
entre nuestras opiniones hay tanta discordancia, diga Y. S. 
aa parecer, señor presidente. 

„Nada extraño es, sapientísimo congreso, dijo Sansón Car- 
rasco f que en los grandes asuntos haya también grandes difi- 
cultades, ni que se encuentren las opiniones entre sí. Yo, 
después de admirar vuestro tino y vuestra ilustración, ¿qué 
podré decir, que merezca vuestra aprobación apetecible?^^ 

„Sin embargo, pues me habéis honrado dias hace con el tí tu. 
lo de vuestro presidente, y en vista de vuestra indecisión que- 
réis que diga mi parecer, con el permiso de esta respetable 
asamblea, y protestando siempre sujetarlo al mejor voto, digo: 
que debiendo tener el nombre que se le ponga á Pomposita 
las cualidades de ridículo, significativo, gracioso y convenien- 
te, creo que no hay otro que mejor le cuadre, ni que reúna 
en sí todas estas circunstancias, que el de la QuijotUa.'"* 

„Sl hacemos un paralelo entre la demencia, modales y ca- 
rácter del caballero de los leones y la de Doña Pomposa Lan- 
gamto, hallaremos, que salvando la debida proporción, hay 
entre ambos alguna semejanza. Probémoslo. ^^ 

hD. Quijote era un loco, y Doña Pomposa es otra loca. D. 
Quijote tenia lúcidos intervalos, en los que se explicaba be- 
llamente, no tocándole sobre caballería: Doña Pomposa tie- 
ne los suyos, en los que no desagrada su conversación; pero 
delira en tocándole sobre puntos de amor y de hermosura. El 
fantasma que perturbaba el juicio de D. Quijote, era creerse 



30Ü 



el mus esforzado caballero, nacido p 
andanteaca; el que ocupa el cerebro de 



i resucitar su orden 
)üa Pompos 
i cnbal dama del 
nacida para vengar su sexo de los desprecios que sufrn d« los 
liombres, hacienda ú eslos confesar en campal batalla 
trndo, que la belleza es todo cuanta mérito necesita t 
ger para atraerse todas laa adoraciones del universo, D, Qui- 
jote siempre esperaba llegar á ser emperador á costa de It 
fuerza de sti brazo: Doña Pomposa siempre espera ser C( 
grande. Ututo do Castilla cuando menos, & favor del poder de 
su belleza. D. Quijote lenia su dama imaginaria, i qoiea 
juzgaba princesa: Doña Pomposa ya lendrft un la cabeza al- 
giin amante prevenido á quien hacer digno de sus favores, y 
este será un embajador ó un general. D. Quijote en lo9 ac- 
cesos de su locura á nadie temía: Dona Pomposa en lossap» 
á nadie teme, y se espone á los mas evidentes peligro 
los bnmbrcs, creyendo salir siempre victoriosa de sus asaltos. 
D. Quijote acometió una manada de carneros como si fuesen 
lados: Doña Pompo.sa entra ñ. las batallas amo- 
presentan m ilibata lloros armados de it 




8(U 

lo sepa ella, y que lo sepan todos cuantos puedan. Para está 
«8 necesario decírselo no ¿ secas, sino con un versito que le 
guste. Este maldito Altmlnque es medio poeta, y él nos sa- 
cará del cuidado. 

Soy contento, dijo el Alambiqu*^: ¿y qué se puede perder 
por servir á ustedes y á la bella Quijotital A ver el tintero 
para acá» • • • 

En menos de dos minutos escribió el poeta una decimita 
que á todos les gustó, y el dijo: Ya el verso está hecho, aho- 
ra ¿quién le pone el cascabel al gato? ¿quién lo lleva, "y cómo 
«e le da? porque á tanto no me arriesgo yo. 

No hay que apurarse, dijo Sansón: el Zorro nos sacará de 
«ste cuidado, pues siempre los zorros son astutos. Amen, 
amen* amen, contestó el humilde Zorriio; y quedaron de 
acuerdo en que lo llevar ian el primer jueves: que irian todos 
los siete juntos, y para que no pudieran culpar á ninguno de 
ellos, ni venir en conocimiento de que eran los autores del 
pasquín, llevarian otros cuatro compañeros mas, con eso había 
muchos de quien pudieran sospechar, y ellos, los tertulios de 
la casa, echarían la culpa á los nuevos compañeros que lleva- 
ran, en caso de quo la Q^ijotüa 6 su mamá les reconviniera. 
En esto quedaron, cuando la campana les avisó que era hora 
de cenar, y se fueron corriendo al refectorio. 



CAPITVIiO XXI. 

En el que se cuenta una conversación que tuvo el coronel con su so- 
brina Pomposa, 7 la gran cólera que hizo esta, cuando supo que le ha- 
bían puesto Quijotita, 




;Ldia siguiente fué Pomposa, alias la QuijotiiOf á visitar 

á Pudenciana, para que le hiciera un cordón de chaquira, de 

<iue colgar un retrato suyo. Estaban las dos muy divertidas 

9—2 



30^ 
mirando la miDiatiirai cuando enlró el coronel & su cuarto, 5 
le dijo Pudenciana; Mira papá, y qué bonito eetá el retrato 
de Pomposa. Si está, eQ efecto, y ya quisiera tu prima pa- 
recerse en todo al retrato. — ¿Paes qué el retrato no se parece 
á míT- dijo Pomposa. El as parece á tí, le respondió su tio; 
pero tú no le pareces á él, porque el retrato tiene doa venta' 
jas que tú no tienes. La primera es que ealS muy bíen Bíe- 
gurado con el cerco y na le da ni el polvo, por estar debajo 
de vidrios; y tú no tienes mucha seguridad. ¿Con quién vh 
niste? — Con la recamarera. — ¿Y lu madre por qué no »ii» 
contigo? — Porque estaba ocupada. — Cualquiera ocupación 
importa menos que acompañarte, y no dejarle andar soben 
la calle. ¡Pues no le digo & vd. que no vine sola, sino con la re. 
camarera? — jGrande persona para que le cuide! — ¡A Dios, lio! 
¿Pues qué me ha de suceder? — ¿Cómo que? darte un tropeEOD. 
— ¡Qué Iropezon me lie de dar! Si ya soy grande. — Por lo mif- 
mo. Las niñas grandes son las que tienen mas riesgo de Ira- 
pezar, y cuando en uno de esos tropiezos caen de eapaldaí, 
no sanan del golpe en su vida. — Pues yo tendré cuidado de m 
caerme, tío.— Dios lo quiera. — ¿Y no me dice vd. cuil ei la 




308 

cuenta de ese frágil don de h naturaleza. Una fiebre, unas 
▼iraelafl mal asistidas, ü otro accidente, de la noche á la ma- 
ñana dejan fea á la muchacha mas bonita; si no es esto, y vi. 
Ten sanas las hermosas, los años les arrancan los dientes, les 
emUanquecen el pelo, les pliegan y manchan el cutis, y las 
desfiguran de modo, que ni ellas mismas se conocen al verse 
en d espejo* Solo una muerte temprana las libra de caer en 
la fealdad. 

¡Ay» tio! pues mas que me muera yo muchacha, como no 
me ponga fea. — Esa es mucha presunción, hija mia: estás 
muy pagada de tu hermosura; pero no te engañes.- Mejor es 
que conserves la belleza de tu espíritu que la de tu cuerpo. Es- 
ta es una prenda de la naturaleza, que debes apreciar, y darle 
por eNa infinitas gracias á su autor; pero no debes de ninguna 
manera fiar tu felicidad de tu carita. 

loL belleza de las mugeres puede ser el origen do sus dichas 
6 de sos desgracias temporales, según el uso que hicieren de 
ella; pero como por lo común, hacen mal uso, se sigue, que 
apenas hay bonita que no sea desgraciada, especialmente en. 
tre las pobres. 

La carita hermosa es el imán de infinitos seductores: estos 
oercan al dueño, y tratan de poner todos los medios para ren. 
dir su honestidad, y su recato. Si entre estos medios se cuen. 
tan las dádivas y las promesas de parte de los hombres, y la 
necesidad de parte de las mugeres, será casi un milagro hallar 
entre roirde estas una siquiera, que tenga la firmeza necesaria 
para resistir tan poderosa tentación. 

Por lo regular estas bonitas se rinden muy fácilmente, y ren- 
dídas á uno, después son el estropajo de todos. Andan de ma. 
no en mano como en el juego de los dados; y este es el modo 
mas corriente con que se labran su desgracia. 

Las hermosas ricas no están muy libres de estos peligros. 
También se ven acosadas de enemigos que las seducen incc. 



30* 

sBDlemenle, nunque el maldito ínteres do inlluye en ellas UU' 
lo, Eale medio inicuo, l&n poderoso cuando se encuentra coa 
la necesidad de la mogpr. no tiene fuerza ningunn, 6 á lo ni 

nos se debilita mucho cuando esta no conoce la pobreza: por 
eso pienso yo que hay menos ricas infelices que pobres. 

¿No has oido decir que la fortuna de ¡afea la bonita la de- 
sea.' Pires eslo no signilica oira cosa, sino que hay algún» 
mufjreres que no habiendo lo^^rado de la naturaleza unos ros 
tros hermosos, se dedicaron á cultivar su espíritu con la vic 
tud y la instrucción para hacerse amables de los hombres: f 
como estos, cuando son pMidentes, solicitan mejor para casat' 
se tina muger que no una miniatura, do ohí es, q^JO muchu 
de estas no bellns eucucntran algunas reces unos hombretdc 
bien que las estimen, conociendo el mérito que li 
tu suerte puede una fea * labrarse su fortuna: fortuna que dc- 
Ecará tal vez una bonita, que no teniendo mas atractivo que 
su cara, ¡lasa mala vida, á porque habiéndose concluido los 
dias de su belleza, la aborreció el marido, que solo se casó coa 
ella por bonita, ó porque, el mnrido que pasa i 
e la dar¿ muy dulce & s' 




305 

principio que no debes olvidar) de la muger, trabajar por ilue- 
trar au entendimiento con la instrucción, y adornar su alma 
con las virtudes morales, cuyos medios son mas eficaces que 
la belleza de la cara para hacerla amable de los hombres sen- 
aatoB, y conducirla & una felicidad sólida y permanente. 

¡Eh! insensiblemente ya les he dado un rato de conversa* 
clon. Sigan ustedes ensartando su chaquira. Diciendo esto , 
ee retiró el coronel y las dejó solas. 

¡Ah caramba^ niña! /y que tieso es mi tio! decía Pomposa. 
Mira que sermón tan largo nos ha echado en tanto que el ai. 
re. ¿Qué siempre es así? Siempre, contestaba Pudenciana: mi 
papá no deja ocasión que no me instruya con buenos docu. 
mentos y consejos. Dios se lo pague, y me lo gu arde muchos 
años. — ¡Ay, niña! ¿Pues qué te gusta que te estén sermonean. 
do todo el diaf — Como esos sermones se redu cen á mi bien, 
no me enfadan; antes los agradezco como es justo. — Es ver- 
dad; pero lo harás td que ya estás hecha. Yo como no estoy 
acostumbrada, no sé que se me habia de hacer que me estu « 
vieran predicando sin cesar. — Pues hermana, si no te gusta 
oir á mi papá, no vengas á mi casa, porque yo no le he de 
decir que se calle la boca por no disgustarte. A mas, que la 
instrucción de ahora te la dijo á tí pira que yo la entendiera. 
Le tengo bien comprendido su modo: así no creas que dirigió 
el sermón á tí. 

Pero, después de todo, proseguia Pomposa, mi tio es muy es- 
crupuloso, muy tétrico y adusto: me parece que te tiene en un 
puño, y que te pasarás una vida de monja recoleta. — Pues te 
engañas de medio á medio, porque mi papá me quiere mucho, 
y tiene un genio muy dulce y muy afable, y me da gusto en 
cnanto quiero- Si vieras cómo me acaricia como si fuera una 
criatura de tres años, variarías de concepto, y aun te llena- 
ras de envidia si lo vieras cuando estoy enferma. ¡Jesús! si 
es mucho. De un dedo que me duela, ya no sabe el pobreci* 



to de papá que bucerae conmigo. El me curai me canlnmpb 
y me chiques con la mayor ternurn. Yo fuera la hija mu 
ÍDgrata ilel mundo si dejarit do agradecer sus línezas. No len- 
go con que pagarlas sino con amarlo muclio, y dárselo i eD- 
tender, obedeciéndolo ea cuanto me manda: y esto lo hago Un 
de buena gana, como que conozco que nada me manda ni me 
aconseja que no sea por mi bien. 

Pues entonces yo me liabía engañado en pensar que te n* 
ganaba mucho, y te tenia muy oprimida; pero siendo como 
dices, haces bien de quererlo lanío. Lo mismo será mi til, 
joo ca verdad? — Lo mismo. Si mi mamá es un terrón de amo. 
res. — Así son mis padres, niña. En todo me dan guato, de- 
cia Pomposa: no hay baile, tertulia, pasco, comedia ni fieale. 
cita á que no me lleven; no hay moda en que yo no entre, y 
de las primeras: no huy amijia que no me consientan: no hay 
visita adonde yo no vaya: no lingo cosa que no me alaben, y 
si hago algo malo, todo me lo sufren con prudencia. En fio, 
ellos me dan gusto en cuanto hay, y yo puedo decir que foy 
dueña de mi voluntad, porque hago cuanto se me da la gana, 
le embaí 




307 

Pudenciana. Mia tíos sabrán lo que dicen; pero, según papá* 
eí respeto de ios hijos & los padres consiste en la obediencia* 
no en el tratamiento, pues este puede ser en si indiferente, y 
en caso de que sea lo mismo hablarles de tú que de usted^ co. 
roo en efecto lo es, mejor es hablarles de tú. Este tratamien- 
to sin ser grosero inspira mas confianza: virtud necesaria en 
los hijos para amar á sus padres, y seguir sus consejos con fir- 
meza. Entre los antiguos nunca se usó el usted» Todos se ha- 
blaban de tú lisa y llanamente, sin que por eso dejasen de res- 
petar el hijo al padre, el criado á su amo, el esclavo á so señor, 
el vasallo á su fey, y todo subdito á su respectivo superior. 

La diferencia de tratamientos se ha introducido por la so- 
berbia de los hombres; pero no por una necesidad, pues sin 
ellos sabrian hacerse respetar. 

El tratamiento de tú ciertamente que inspira mucha con. 
fianza; ¿pero de qué confianza no es digno un padre y una 
madre? Nuestros padres nos engendraron, nuestras madres nos 
concibieron y alimentaron en sus vientres, y nos han nutrido 
con su sangre: la de ellos circula en nuestras venas: tenemos 
8U misma substancia: somos unos con ellos mismos, y para de- 
cirlo de una vez, nuestro cuerpo es una parte del suyo. ¿Ha» 
brá cosa mas conexa y de mas intima relación? No tiene tan- 
ta entre sí el marido y la muger, y es corriente que se hablen 
y 88 traten de tú. 

Todo esto dice mi papá, y en efecto, yo conozco que es una 
preoeapacion ridicula el creer que es preciso que los hijos tra- 
ten de uited á sus padres para que les conserven el respeto* 
Yo trato de tó á los mios, y á fe que no soy capaz de verlos 
disgustados un momento por mi causa. 

Pero, por ultimo, dime hermana, ¿á quien debemos tener 
roas respeto, á Dios ó á nuestros padres? seguramente me res- 
pondes que á Dios. ¿Y quién fué el mejor maestro de los hom- 
bres en todo, Jesucristo ó los mismos hombres? Jesucristo dirás. 



Estas conversaciones tuvieron nii( 
cordoncito. A la liora regular com 
á la tarde llegó el coche para llevar i 

¡ ta le rogó & Pudenciana que no dejan 

porque había fra$ca^ y se iba á cele 

I dresy y quería que la acompañara. Q 

pidió Pomposita de sus tíos. 

Pero como no hay plazo que no se 
i y Doña Eufrosina envió á convidar 

I para que fueran á su casa. 

' En efecto, fueron todos el jueves, no 

no después de almorzar; pero ¿cuál fué 
de Matilde y Pudenciana al hallarse c< 
te, y á Pomposa en medio muy colorad 
de rabia, con un papel en la mano dic 
sí, los malditos colegiales me han puest* 
jalüa. ¿Qué me ' ven esos malditos de 
80 loca, flaca, ni trigueña^ como D. Q 
¿Tengo Rosinante? ¿Tengo escudfim? 



800 

Denos les prometo que no ha de volver á pisar mí cast 
in colegial. 

esta manera se explicaba Pomposita, hecha una furia» 
. que el coronel le dijb: Vaya, vaya: ¿qué te han hecho los 
[iales, que estás tan enojada con ellos? íQue me ha de 
leVf tío, respondió Pomposa' jqué me ha de suceder! esos 
os, groseros, indecentes, me han puesto por mal nombre 
otita, y me lo han dicho casi en mis bigot^yi^ 
¡re vd, que atrevimiento. Este papel dBBSaron esos 
snados dentro del clave. Quien sabe como diantres lo 
ron sin que yo lo viera, y luego, luego se despidieron y 
dron. 

icir esto Pomposa, y poner el papel en manos de su tio, 
fué uno. Entonces el coronel se sentó, y como habia mu- 
personas de visita, lo hubo de leer en alta voz, y todos 
in que decia ni mas ni menos como sigue: 

Pomposa: aunque seas bonita, 
Y aunque ves que te queremos, 
No por eso dejaremos 
De llamarte quuotita: 

Y pues tu locura incita 
A ponerte este renombre, 
Ten paciencia, y no te asombre. 
Que ya sea en prosa, ó ya en verso, 
Diga todo el universo: 
Quijolita sea tu nombre. 

abó de leer el coronel: las visitas prudentes se sonreían» 
no prudentes soltaron la carcajada» con lo que se paso 
or condición Pomposa, y echando espuma por la boca de* 
,qué dicen ustedes;? no son infamias los de estos perras, 
riados, indecentes? iQuijotüa yo? ¿Yo QuijoUtal ¡Voto á 
«cados! Esto no es sufrible. ¿Qué me habrán visto de 



QmjMüa eitoa raalditosl Pero como vuelvan, yo le» prometo 
que lea he de decir cuantas son cinco, y los he de echar nm j 
mucho noramala de mi casa. 

Aaí se explicaba la dolorida Pomposa, y pur mas que ha - 
cian sus padres y lúa visitas por coDsolarla, diciéndole que 
iquién hacia caso de esns cosas! y que todo ello no pasaba de bd 
mero juguete de muchachos, ella no se aquietaba, sino que 
con l&grimasy gritoa repetia el nombre de Quijolila, y tanto, 
que no que no quedó ni un criado que ignorara el chiste y el 
nuevo dictado 6 título de su ama, á la que después no cono- 
cien por otro nombre entro ellos, & lo menos cuando esta k» 
reñift con aspereza. 

El coronel procuró que Pudenctaua llevara á eu prima Pom- 
posa & la recámara, y cuando lo hizo, se levantó, fué adonde 
estaba, y le dijo: mira, no seas tonta: con esos gritos y escán. 
dalos que has dado, no has becho otra cosa sino perfeccionar 
la obra de los colegiales. Ninguna necesidad habia de que 
todos esos señores y señoras que están en la sala hubieran sa- 
bido que te habían puesto ese nombre: si lú hubieras visto el 




811 

na 4*^. valen un potosí para ahorrarnos de un sin fin de 
as y pesadumbres al cabo del año, cuando las sabemos 
lodar á tiempo. 

r ejemplo, si uno gasta conmigo una desatención, y yo 
uiero incomodarme, la juzgaré como una tfiodserlencia 
le todo hombre es capaz, y en este caso lo di8culparé« y 
1 me daré por sentido, 

mismo te hubiera sucedido á ti, si hubienurnAsxioDado 
e los colegíalos son jóvenes, alegres, capaces de di vertir • 
D un entierro, y de chancear con un anacoreta* En es- 
10, tü te hubieras reido, y hubieras tratado de vengarte 
los ingeniosamente y con secreto; pero como pensaste 
itropellaron tus respetos y los de tu casa, y atribuiste i 
[roseria imperdonable su travesura, te incomodaste mu- 
creyéndote no menos que infamada sin razón por una 
soez. 

s ya se acabó todo, hija, ya se acabó: serénate, sal afue- 
reséntate alegre como siempre en la tertulia, y no vuel- 
hablar sobre el asunto. 

;o se serenó Pomposa con los consejos del coronel; pero 
^ron tarde: el daño estaba hecho, y desde entonces co- 
í á ser conocida entre todos por la niña QuijotitOf lo que 
i>ria sido si ella hubiera sabido disimular. ¡Qué cierto 
la prudencia lo compone todo, mejor que los gritos y loe 
lalos! 

fin, aquella mañana se pasó en bullas, brindis y alegría, 
ita del bolsillo de D. Dionisio, pero se festejaron loe 
idres. A la noche se dispuso el baile, y á las dies se 
el coronel con su familis. 



GAPITIIIiO XXII. 

Tmn peqaaño romo inlaretinM i. 1«* qne lo leyaien. 

^Ijjjo fueroD EuRcienlea laa rozones del coronel para calmr 
del todo Ib cólera &. nueslra Quijotila. Cada vez que ae acor- 
dabu de su nuevo titulo y de la decimila que halló en el ckveí 
rabiaba contra los colegiales y los llenabn de improperíoii 
Sus expresiones excilabín la risa de !o8 que la escucbabaoi 
y cada risa aumentaba el enojo de Pomposa. 

Tanto se lo exaltó la bilis, que no solo ee negó & tomar ali- 
mentó, sino que se resintió su salud de tal modo, quo como i 
la media nuclie le atacó un violento cólica, que puso en bu- 
fante cuidado & sus padres. 

A la misma hura, i posar de loa fuertes aguaceroa qne por 
desgracia de los criados estaban cayendo, se repartieron lo- 
dos estos en solicitud de médico y confesor. íQué trabajo 
les costó hnlUr estos auxilios! Pero en fin, al cabo de 




818 

!«, se expone á un aire frío 6 á un aguacero, como yo ahora, 
lega á la casa y se halla con que ya no se necesita confesor, 
morque todo ha sido un chiqueo de la señorita. Ustedes dis- 
pensen que les hable tan claro; pero siento que me hayan in- 
comodado sin necesidad. {Bien hayan los padres que no se 
evantan de noche ni por Dios ni por sus santos, sino que des- 
pachán á sus parroquias á los que los llaman, por mas ejecutivo 
€\ue sea el caso! 

Todos se sorprendieron con el regaño del padre, y aun iba 
& satisfacerlo D. Dionisio, cuando el medico, ahorrándole el 
•raba jo, 1 e dijo: pad recito, ¿qué hemos de hacer? vd. y yo es- 
fcamos expuestos á semejantes lances por razón de nuestro mi- 
nisterio. Yo también me he incomodado saliendo de mi casa. 
Ka verdad, dijo el eclesiástico, pero á vd. le pagan. — Y á vd. 
también. — ¿A mí quién me pnga? ni aunque hubiera ignorante 
que me pagara, ¿cree vd. que yo seria capaz de cometer tal 
simonía como vender el sacramento de la penitencia? — '¡Ya se 
Ve que no, padre mió! estoy muy lejos de presumir de vd. ni 
de ninguno de su carácter tal exceso; mas á la primera pre- 
^nta que vd. me hizo de quién lo pnga, digo que Dios le pa- 
gara cuantas veces se incomode por cumplir con sus obliga- 
ciones. Y por lo que á mí toca, no crea vd. que soy un mé- 
dico tan venal que solo me levanto de la cama cuando me 
promete mucho interés la visita. Yo, cuando me llaman á 
deshora, me informo de los síntomas que le advierten al enfer- 
ino, y si conozco que el mal es grave, me levanto al instante, 
y vuelo á socorrerlo, sin meterme en averiguar donde vive, 
quién es, cómo se llama, qué empleo tiene ni otras menudcn- 
cias, para inferir si me estará bien ó no salir do casa, como 
me dicen que hacen muchos de mis compañeros, aunque yo no 
lo quiero creer de ninguno: pues este proceder es una falta de 
caridad, y no como quiera, sino una falta criminal: porque el 

que no socorre á su prójimo en necesidad grave, lo mata, y 

10 



I 

P 



tu 

yo no quiero eet reo de miu asesinatos de Iob que cameti 
mi impericia en mí facultad, aunque estos son inToIuníarios, 
pues estudio y hago todas las diligencias que están á mis al- 
cances para aliviar á los enfermos, no siempre con fruto, por- 
que los mejores médicos andan á lientas poco mas ó menos, j 
solo el Autor de la naturaleza sabe in&liblemento el modo co- 
mo esta obra. 

Pero dcjnndo esto aparte, padre mió, ni vd. ni yo nos hemos 
incomodado sin necesidad. Efectivamente esta ni ua estaba bien 
mala, y si los remedios no le hubieran laxado el vientre, acaso, 
se hubiera muerto antes de amanecer. La naturaleza obedsi 
ció & la medicina, ó porque los remedios la obligaron 6 poi; 
que Dios quiso; pero eslo no prueba que la enfermedad no fus> 
ra grave. Todo dolor agudo puede ser pronóstico de muertCi 
si no cede 6. los medicamentos. Los dolientes de un enfem» 
ni pueden dirigir los remedios, ni prevenir la calidad del mal: 
y así, hacen muy bien en implorar en estos casos los uuxíIÍm 
espirituales y corporales, y el médico ú el confesor que se ne- 
mpartirlos, es en mi juicio un reo de eterna condena- 




815 

aeñores» dispénaonme » que yo protesto la enmienda. 
^K Üionieio y Doña Eufrosina procuraron complacer al 
Éifetor y al médico del mejor modo que pudieron, y se cod- 
^qr6 este acto interesante. 



CAPITIJIiO XXIII. 

En el qae m trata de la htitoría de Irene. 

HBo todos han de ser disgustos en esta vida; algunos ratos 

han de consagrar á la alegría, y mas cuando hay quien nos 
&ee como Doña Eufrusina que se empeñó con Welster, pa- 
•doa los dias del luto, para que tuviera un dia de diversión en 
I casa. 

El anglo-americano, que era muy político, no quiso* que se 
Misara de él que era misántropo ni mezquino: y así dispuso 

dia enfrasca que apetecía Eufrosina, porque muchas veces 
m hombres hacen algunas cosas contra su gusto, por condes- 
Mder con ágenos respetos. 

En efecto, se citó este dia deseado de Eufrosina y sus ami* 
Wt convidando Welster á unos por ceremonia y á otros por 
mistad, como lo hacen todos en tales casos. 

Entre los convidados por amistad, fueron el señor Labin, el 
>roDel y su familia, el cura D. Jaime y otros. Carlotita se 
rusentó ese dia con todo aquel lujo que le correspondía en su 
aacy sin degenerar en profano, porque no es necesaria la in- 
icencía en la mugeres bien nacidas para parecer mas her- 
toMUí de lo que son; mas para parecer coquetillas les es in- 
iapensable el descoco y la desnudez. 

Jaeobo Welster era muy fíno y poseía la ciencia del mundo, 
leneia útil y necesaria á todos; pero que no todos saben ma- 



/ 



DiiTeslar. El y bu esposa recibieron y trataron & eua codtí> 

dados can 1a mayor atención y generosidad, sin parlicuhn- 
zarse con ninguno donde pudieran ser notados del coman ik 



En esto n 



dieron una lección 
ugar para i 



ipreciftblí 
lurmurnr i aquellas 



áodad, j 



ino proporcionare 
tes. que cuando tienen una diversión en aii caJ>a, hacen djílin- 
cionea groseras entre los convidndoB, dedtciindode á obsequiar 
& los mas ricos con visilile desprecio do los que no lo son, aua* 
que estos sean sus antiguos amigos y A quienes han merecido 
mas cariño y mns favores. 



Estaa 
cómo cim 


uitüdas personas, todas se alrojitn 
plir con las leyes de la nduliicion y 


déla 


aabíento 
smíslai 


faltan á Ir 


sangradas qu 


esta prescribe, por 


llenar 


luvílct 


que aquel 

Ordina 

en la mesa 


a impone. 

¡amonio b los 


amigos y parientes se 


dej*.inhíW 
comer, por ri.. 


seqi.iar é 
palian su 
ridicula. 


ingraliiud y s 
Perdona, mí 


cumplimiento. La d 
1 fíiltn de ciencia de n- 
Imil. dieen las mixrrre 


sculpaeonqiw 
lindo, es bario 




817 

BubiertOy dejando algunos lugalva vacíos para los que se in- 
broduzoen de parte de señor eí^adiUa sin ser llamados, y á pro- 
porción de los platillos que se han de servir, sin dejar á los 
criados muertos de hambre en el dia de banquete. 

2.* No particularizarse con ninguno, sino hacer á todos 
igual aprecio y tenerles iguales consideraciones. 

Se encierran en dos estos preceptos, y es fácil su cumpli- 
miento en queriendo que se verifique. 

Welster y su esposa los observaron. Ningún convidado ce- 
ñid fuera de la mesa, y en lo restante del dia apenas se senta- 
ron los señores Jabobo por un lado, Carlota por otro, un rato 
son esta familia y otro rato con aquella; con todos conversa- 
MiD, á todos divertían, y nadie tuvo ocasión para quejarse. 

A la noche siguió el baile, y todos se divirtieron sin emula- 
riones ni etiqueta. 

Como las diez de la noche serian cuando estando bailando 
Carlota en una contradanza, entró una señora vestida do ne- 
;ro, con el velo echado en la cara y un bulto bajo del brazo, 
a cual habiéndose detenido un corto rato en la puerta de la 
ala, luego que observó que Carlota no tenia qno ñ<;tirar on el 
Miile, entró apresuradR, la tomó de nn brazo, le hsihló dos pa. 
abras, y se fueron á la recámara, ocupando otra señorita el 
ugar de Carlota. 

Todos hicieron alto en esta novedad; pero ninguno fué en 
u seguimiento. A poco rato salió Carlota sola, y continuó 
1 baile hasta su conclusión, que fué á las dos de la mañana, 
¡n que nadie supiera quien era la tapada; pero el lector es 
Lierza que lo sepa. 

Al día siguiente fué Welster á casa del coronel, á tiempo 
ue iba á almozar con su familia: lo recibieron todos con ex- 
resion, y le dieron asiento en le mesa para que los acompa- 
ara en el almuerzo. 



/ 



Durante este, le dijo Dona Matilde. Por fiti, ¿quién fué It 
tapadita de anoche? que cierto que nos diú algo en que penau 
«U ailencio, la hora y el extraño Irage en que entró. AvenlO' 
ras, señorita, aventuras, respondió Welster: sobre esto ven^o i 
consultar al señor coronel. El caso es que Ih tapada es uní 
joven de diez y ocho años, nada fea y bien nacida, según di- 
ce: se llama Irene, fué muy amiga de mi mug^r en el conren- 
to, donde la pusieron sus padres para ver si olvidaba á un j6- 
ven llamado D. Jacinto, con quien ella quiere cacarse. En efec- 
to, después de seis mesea de encierro, Irene ñngió tan bien 
que ya habió prescindido de su amor, que engañado su padre, 
la sacó y la llevó á su casa muy contento. 

Ocho días hace, que aun ignoraba [rene por qué motivóla 
habían sacado del convento; pero su padre la sacó muy preato 
de esla duda, dícíéndole que le tenía ajustado un ventajoso ca- 
samiento, del que jamás tendria que arrepentirse, pues el no- 
vio la queria mucho y era muy rico. Irene preguntó quiéa 
era, y so le respondió que D. Co:jme Santibaues. Irene co- 
Docia bien al dicho D. Cosme, como que visitaba su ca»a coo 
frecuencia: y nsí, luego que oyó nombrar el sujeto á quien It 




810 

dia hacer lo que Se estuviera mejor, aunque á 41 le coetaie la 
▼ida el perderla. 

Ireue recibió esta carta con la pena que se puede conside- 
rar, y resolvió no casarse con nadie, á no ser con D. Jacin. 
tOf y mucho menos con D. Cosme, pues dice que es un viejo, 
payo, muy barbaján, grosero y zeloso; pero como tiene dos 
buenas haciendas, ha alucinado no solo á su padre, sino á su 
madre y & su hermano, prometiéndoles á todos una ventajosa 
mudanza de fortuna, luego que se verifiquen sus bodas. Con 
esto, todos están interesados en que se case Irene con él, y aun 
cuando ella no manifestaba una declarada repugnancia, no 
dejaba de persuadirla á que verificara con gusto el enlace, de 
suerte que la infeliz Irene no tenia en su casa otra persona 
con quien desahogarse, sino con una vieja que la crió, llama- 
da nana Felipa. Con esta pobre lloraba y se quejaba amar- 
gamente. 

Mientras esto pasaba, su padre no perdia tiempo para agí* 
tar el casamiento, como que tenia dinero á su disposición* 
Irene que es muy cobarde á lo que entiendo, y teme mucho á 
an padre y al hermano, no hallaba modo como decirles que 
no queria casarse, y nana Felipa, le aconsejó que se valiera 
de su confesor. • 

Lo hizo así Irene, y el buen sacerdote hizo también cuanto 
estaba de su parte, tanto para embarazar que se casara con 
D. Cosme, cuanto para que el padre diera su permiso para 
que se enlazara con D. Jacinto; pero todo fué en vano, por- 
que D. Lúeas, que asi se llama el padre de Irene, es un poco 
peor que mi difunto suegro. 

El confesor de Irene le hizo ver que no debia ni podia vio- 
lentar la voluntad de su hija para abrazar un estado que le era 
repugnante, ni ligarse con un hombre á quien no tenia la roaa 
mínima inclinación: quo el D. Jacinto era un mozo bien na* 
tiáOf que lo conocia mucho y i tus padrest que era muy kom- 



320 
bre de bien; y ú no tenia el caudal <]ue D. CoaiBc, no le faL 
taria i, su hijo lo preciso, pues tenia en una de las oGoinu 
reales de esta ciudad destino decente y con escala: que pan 
ella que era una niña pobre, no estaba desigual el casamiento: 
que era mejor dejar á las bijas casarse á su gualo. ijue no d- 
ponerlas á. hacerse infelices toda su vida, y de camino & lot 
los hombres con quienes se unen. En tin, el buen sacerdote 
le dijo cuanto pudo; pero, como he diclio, todas sus dilig«n. 
cías fueron vanav, porque D. Lücns estaba inexorable. Decjt 
que nadie sabia mas que él lo que le importaba íl gu bija, pues 
al fin era su padre: quo era excusado lo persuadieran á que li 
dejase casar con el pelado de D. Jacinto, ¡joniue tenia isa 
favor la pragmática sanción publicada en Madrid en 37 ila 
marzo do 1776, según la cual no se casarla sino con quien él 
quisiera, mientras no estuviese habilitada de la edad, y quen 
se casara sin su consentimiento, ayudada de algunos que 1& 
quisieran favorecer, anularia el matrimonio, pues como OraM 
padre, tenia facultad para lodo. 

El eclesiástico procuró sacarlo de estos errorea, diciéodolí 
que el espíritu de la ley era sujetar ft loa liijos para que 00 
abusasen de su libertad 




MI 

pftra otrm gom sino para irritar al encaprichado D. Lúcaa, y 
^ confesor, viendo que nada conseguía, se despidió. 

Inmediatamente el malvado padre, consultando con D. Cos- 
me, con su muger, con su liijo, y con todos, menos con Irene, 
trató de apresurar d casamiento. 

Para esto, luego que se fué el confesor, salió él también á la 
calle con el mayor disimulo, y á la una del día volvió, y en- 
cerrándose con Irene le dijo. Parece que id no has escarmen- 
tado con el convento: aun te inclina mucho eso pelagatos de 
D. Jacinto, y repugnas casarte con el honrado D. Cosme, 
con un hombre macíso, de experiencia, que te quiere mucho, 
y nos puede hacer felices á todos, porque es muy rico y tiene 
dinero que le sobra. Si vieras lo que te ha prevenido para 
darte de donas el día que des el Sí, te espantarías. Un rope« 
ro te tiene todo de ropa nueva, de última moda y hecha á tu 
medida: porque con tiempo se han pedido á tu madre, cami- 
sas, tánicos, medias, y hasta zapatos tuyos. Por lo que toca 
á alhajas, no tienen número, pues á mas de las de sus difun- 
tas mugeres, que ha tenido dos, te ha comprado muchas del 
dia, y de valor. Fuera de esto, me ha prometido dotarte en 
seis mil pesos, por si muriere sin hijos: habilitarme con cuatro 
mil, para que yo los gire en lo que quiera, sin tomar 61 nada 
de las utilidades, y poner á tu hermano de administrador de 
una de sus haciendas con buen partido. 

Conque ya ves que estas fortunas no se proporcionan todos 
los días: que si esta coyuntura se pierde, no se ofrecerá otra 
toda la vida, y que tú puedes hacernos felices á todos, con so- 
lo que olvides al picarillo de Jacinto y te cases con D* Cosme. 

Si yo te pidiera que ayimaras ^ pan y agua cuatro meses, 
que te desollaras á azotes, que te sacaras las muelas, ó que te 
dejaras matar, barias muy bien de no obedecerme, porque es- 
tos serian unos sacrifícios muy costosos; pero que te cases 
con D. Cosme ¿qué difícultad hay en ello, qué iuconveniente, 
qué imposible? Es verdad que él ya es viejo; pero debajo de 



|B berbft cana rlve la mugar honrada. E* un pttjrc tonto; v*> 
ro tú DO lo bes de querer para que te predique «ino para 
te dé gtislo. A mas de que, por lo mismo qne ta »iejo, 6¿a 
easaTte con 61 de biiena gonn, porque en cunfro días se imitnt 
y poca guerra le darí; y como líi le scpaa hacer la lajlM,li 
dpjnrá heredera de todo cuanto tione, que es baatanle pin )»- 
cernea ricos é, todos. Cátate ahí que enlODeea que^M 
chacha, bonita y con dinero, y le casarás con quien leJicn 
gana. Conque. (,<|Tié dices, hija mia, le casos con D. OmmT 
parque ya ealá lodo prevenido. 

Papú, dijo Irene, yo no aprecio el dinero mas que mi fo»* 
j si vd. me pregunta la verdad, yo con quien quiero casirrai 
ea con D. Jacinto, y por él despreciaré á un rey. jEmni 
dicen i mi, mocosa, perra, atrevida, malcriada, inaolfnUlli 
respondió D. Lúeas. Pues oye: ya yo tengo empefiada 
palabra, y te has de cnsnr con D. Cosme, 6 so ha do llemrd 
diiililo toda mi casn. ¡Y.i me conores! ¡oh! ¡va me conocw! 
Conmigo no se juega. No pienses que yo soy como el pu- 
guate del padre do !n monja (lo decía por mí suegro) que» 
volvió loco, se murió y no liÍ7,o neda. fío. yo no soy tan pe- 
ra poco, \ mi mo nliorcarin, pero no me moriré de pesadum- 
bre, ni serii por nadii, sino por algo- Mira, ¿ya ves estepu- 
flal nuevecitol pues lo he comprado hoy para matarle si» 
me obedeces ciegamente. Csta lardo ha de venir el con i 
tomarte el dirlio, y yo he de estar presente. Conque resuélvele! 
6 le dices que es tu gvslo catarle con D. Cosme 6 ya puedH 
hacer ncios du contrición, porqMQ esla larde mueres & mii Mo- 
nos. Diciindo esto, se salió del cuarto ó oposenlo. 

Yq se deja entender el confliclo de esta infeliz rauchach». 
Comió por ceremonia. A In tarde á cosa de las cuatro Ikg4 
el curo de la respectiva parroquia con un nolaríoi Ilamaroai 
Irene: salió la trisle Ibrzada. y parado su padre detrás daell». 
metida la mano en el faldón de la levita, mirándola con 0)01 



m 

)a barba catu vUe la muger homda. £■ na pajo tonla; p» i 
To tú no lo bea de querer para que te predique aíin para qw 
te dé gusto. A mns de que, por lo mismo que es viejo, daba 
casarle con él de buena gana, porque en cuatro diaa le mnerit 
y poce guerra le dari: y como tú le sepas fakcer ta barba, le 
drjará heredera de todo cuanto tione, que es bastante para ba- 
cernos ricos á Iodos. Citate ah! que entonces quedas tmi- 
chacha, bonita y con dinero, y te caiarás con quien tediers 
gana. Conque, ¿qué dices, hija mia, te casas con D. Cosmal 
porque ya eal& lodo prevenido. 

Papá, dijo Irene, yo no aprecio el dinero mas qae mí gusto, 
y si vd. me pregunta la verdad, yo con quien quiero casanu 
ea con D. Jacinto, y por él despreciaré & un rey. ¿Eso ms 
dicea á mi, mocosa, perra, atrevida, malcrindn, insoIenteT le 
respondió D. Lúeas. Pues oye: ya yo tengo empeñada mi 
palabra, y le haa de casar con D. Cosme, ó se ha de Iterar el 
diublo toda mi casa. ¡Yrt me conoces! jeh! ¡ya me conoces! 
Conmigo no se juega. No pienses que yo soy como d pas> 
guate del padre de la monja (lo decía por mi suegro) quan 
voU'iü loco, se murió y ijo lii/.o imdu. No, yo no soy lanpl- 




cenCellaiites, la obligó á dar el H» y á decir que era su toIud. 
tad casarse con D. Cosme. Sa mano trémula firmó su sacri- 
ficio, y se concluyó aquel acto terrible. 

Al dia siguiente llevaron á su casa las donas, que según ella 
dice, son de costo; pero las recibió con demasiada frialdad, y 
sobre esto la riñeron sus padres y su indigno hermano. 

Esto fué el viernes: el sábado le dijo su padre que ya esta- 
ba conseguida la dispensa de vanast que es de amonestaciones 
6 publicatas: que el domingo seria la boda ó la dada de manos, 
como suelen decir. ¿Cómo se quedaria Irene con esta nue- 
va? Fácil os inferirlo. 

Llegó el domingo. En la mañana fué á verla el novio, y 
por primera vez le habló de amores; pero esto á presen* 
cia de todos sus tiranos. El paso seria de los mas célebres. 
La muchacha lo cuenta con mucha gracia, porque dice que 
D. Cosme es en efecto un macho cargado de plata: un vejan- . 
con muy r(\stico, criado en las Batuecas, y lleno do ignoran- 
cia y de engrandecimiento con su dinero: circunstancias que 
lo hacen ridículo y odioso hasta lo sumo. 

Irene sufrió una hora de penitencia con estar hablando con 
él: la angustia de su corazón era mucha: no sabia como es- 
caparse del próximo peligro que la amenazaba, ni tenia de 
quien fiarse sino de nana Felipa para avisar á su amante que 
en aquella noche debian verificarse sus desgraciadas bodas; pero 
aun de nana Felipa desconfiaba, porque dice que es muy ton- 
ta y muy escrupulosa. 

Sin embargo, atropello con todo, y con muchas lágrimas y 
cuatro escuditos de oro de á dos pesos le suplicó llevase i 
D. Jacinto un papel mientras comían, y que no so volviese 
sin respuesta. El oro todo lo vence. La vieja llevó el pa^ 
peí, y después de siesta entregó á Irene la respuesta de D. Ja- 
cinto, que se reducia á decirle que desdo la siete de la noche 
estaría un coche parado en la esquina, y él en un zahuan de 



SS4 
en frente de su casñ, con oiro coropañero; que si se ratoltis 
á no casarse, que hiciera por salirse, y que estando en la ca- 
lle, venan enire los doa qué se hacia. 

Trabajo le cosió á Irene resolverse á una fuga tan inconside- 
radaj pero el tiempo corria, amaba á D. Jacinto, aborrecía ■) 
novio viejo, y ya lo parecia que la casabnn con él en esa no* 
che: y asf, ya cerca el loque de las oraciones se deterniiBA i 
salirse do su casa. Hizo un lio con alpino de su ropA, goat- 
dó sus alhajitas, y lo escondió lododebnjo de la escalera- 

A esa hora llegó el peluquero, la peinó muy bien, y m im- 
dre la compuso como novia con el mejor (único y las mejorw 
alhajas, que le habia comprado el viejo, quien dice que anda- 
ba muy contento, rasurado, y hablador. 

D. Lúeas no cabia en sí do gusto: la mudre y el hennaao 
estaban loco^: los criados entraban y salían previniendo el 
refresco, y la novia hÍ7.o tan bien el papel de que estaba tnuj 
alegre, que los engañó á lodos complelnmenle. 

Pendientes estoban loa viejos y ella del relox. Loa viejea 
deseaban que dieran las siete, á cuya hora esperaban al cura. 




335 

En fin, entre estos ■ustoi llegaron al coche, subió j se ale* 
jaron de su casa i todo trote. Su querido Jacinto la procuró 
serenar y la obsequió del mejor modo, aunque ella nada quiso 
tomar. 

En andar calles se les fué la noche sin atreverse D. Jacín- 
to á llevarla á ninguna casa de sus conocidos, por no expo- 
nerla á que se hablara de su honor. Ella tampoco queria ir 
á ninguna casa de sus conocimientos, porque tcmia que se lo 
avisaran á su padro. Con esta irresolución pasaron por ca- 
sa & las diez de la noche, oyeron raásica, se informaron de 
que habla baile, y preguntando ¿quién vivia allí? les dijeron 
que la monja, ó la Carlota, la muger del ingles. Alinstante 
se acordó Irene de su amiga y compañera, y le dijo á D. Ja- 
cinto que en ninguna parte se juzgaba mas segura, porque 
Carlotita la queria mucho, y era de muy buen corazón, y que 
á mas de esto su padre no podia presumir que estuviera allí, 
porque no la conocía sino por el nombre. Con esto se des- 
pidió de su amante, subió la escalera, se detuvo en la puert a 
de la sala para ver á Carlota, y luego que la conoció, se acer- 
có á ella y se entraron las dos á la recámara como vieron us- 
tedes. Esta es la aventura de la tapada. Ahora pregunto, 
señor coronel, ¿qué deberé hacer en este caso? 

En verdad que no es muy fácil la respuesta, caballero Wels- 
ter, contestó D. Rodrigo: por todas partes se presentan difi< 
cuitados. Si vd. la tiene en su casa, hay el riesgo de que lo 
sepa su padre, y que no solo le acarree á vd. mil incomodi- 
dades, sino de que lo comprometa á un lance de honor, por- 
que él es un necio atrevido, y vd. no ha do consentir que 
la saque de su casa con tropelía. Si vd. so la entrega á él lla- 
namente, es lo mismo que entregársela al verdugo. Si se le 
da parte al juez eclesiástico, dirá que no tiene que ver en eso; 
y si al juez real, puede mandar que la entregue vd. 6 su pa- 
dre» ó que se ponga en un depósito á su disposición, y de to- 
dos modos queda expueatísima la muchacha entre sus padiesi 



■u heriDBDo y el lal D. Cosme, pues lodoa conspirAn A m ruu 
na. iVálgale Dios por padres crueles, y & qii¿ peligro» ei- 
ponen i aua hijaa! ¿Na hn coosullado vd. esto can nuestro 
amigo Labin? 

Se lo consulté, respondió Jacobo, y e* de parecer que la teo- 



! cómo se pone en un 

:ion de su padre; pero 



ga yo en casa unos días, mientra 
convento do orden del jucz,sin ¡ni 
no debe de eslar muy seguro de a 
envió acá á consultar con vd. 

Pues yo suscribo i la opinión del señor Labin¡ pero Eola 
quisiera que se acelerara ese paso, porque Importa mucho 
que el ingreso de trene al convento sea muy pi-onlo. 

En esto quedaron, y Welster se deapidiú para busc&r & La- 
bin, y dar traza de asegurar A Irene. 

A poco rato llegó Ponposiin en coche, acompañada deis 
recamarera á ver & su prima con no s6 qu6 pretenlo. El co. 
ronel, al verla sola, te dijo: ¿Qué no hay otra persona en tu 
casa do mas respeto que le acompañé? ¿es fuerza qiio la reca- 
marera sea lu custodio? ¿ú es la que 1e merece mas confianin 
á tu madre? ¡qué cosas! 

Se cono ció que se enfadó un poco Ü. Rodrii 




887 

hacer en Im Tisitasy ni delante de la gente, porque dirán que 
todas somos unas, y has de advertir quo yo soy tu ama, y t6 
mi criada para que me trates con respeto. 

¡Ay niña! íqué soberbia ha amanecido vd. ahora! La ver- 
dad que esas son muchas quijotadas.— *M ira, Manuela, que no 
eeas tan grosera ni malcriada, porque, • •• — ¿Por qué, niña? 
—Porque te haré escupir las muelas á bofetadas* — ¿A mí? sí; 
fípue$ cuando!. • • • era menester que tuviera yo las manos amar* 
radas para dejarme dar de vd. 

Iba Pomposa á levantarse con el tenedor en la mano, hecha 
nn veneno contra su altanera criada; pero Pudenciana la con. 
tuvo, y levantándose ella se encaró á la moza, y con la serie* 
dad que pudiera proceder una señora de edad, le dijo: ¿Qué es 
esto, insolente, atrevida? ¿que no ves con quien hablas, ni don. 
de estas? ¡Eh! márchate pronto para fuera, antes que llame 
yo á mamá y te mande echar á palos do mi casa, llanota, 
malcriada, indecente. Señorita, yo no me meto con su mer* 
cé, decia Manuela. — Ni te metieras; ¿pues cómo yo te habia 
de sufrir esas picardías ni esos retobos, que no se lo avisara á 
mi papá, y salieras de mi casa bien castigada? Sobre todo, yo 
no quiero conversaciones contigo. Múdate á la cocina, si 
quieres esperar á tu ama, ó vete noramala de una vez, que yo 
Je avisaré á mi tia que te he echado. Sí, sí me iré, decia 
llorando Manuela; pero así que me paguen lo que me deben, 
que no habia de ver la niña sino lo que yo les aguanto, y lo que 
hago por ella; pero yo lo avisaré á la señora y á señor, y. . . • 
Vamos, Manuela, cállate la boca, decia Pomposita, ¿para qué 
es eso? ya sabes que yo y mi mamá te queremos mucho; pero 
no me gusta que delante de las gentes te propases conmigo. 
Con esto se contentó la criada y se salió al corredor á esperar 
á su ama. 

Así que esta estuvo sola, le dijo Pudenciana: estoy muy ad- 
mirada, no te conozco: ¿es posible que tú no solo hayas aguan- 
tado lai perradas de esa grosera, sino que la hayas oon« 



iQiiá cosas de mí tii! ■ 
P<"í".n«]. f.|,. j,„,-_ 

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T que nos oiga? 
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Entre )aa vjgitag 



Capi'iBoito de 



milicias, en (é 



*'*"""'•««■. Ello es 
i"" '«™ y -"-y fino: «o m. 

"«■■-íBerá par» oa«rte, no « 
»• hábil de comprometer i » 
ino dtgo, ni con Dn fc,;_J:._. 



829 

otra cosa sId que haya sido para eso. ¡Ta se ve! tales han 
sido los riesgos. Mira tú, que una noche me estuve platican, 
do con él en el descanso de la escalera. Otra vez. • • • — Cá- 
llate, ^nina: ¿y es posible que te expongas á esos riesgos? ¿Qué, 
no te ha visto mi tía, no lo sabe? — Xo, niña, ni lo permita 
Dios. ¿Sabes quién me ha valido mucho? Manuela, porque 
ella ha estado al cuidado para avisarme. — ¡Ah! tú le sufres 
sus picardías, porque no te acuse. — ¡Ya se ve que sí! por eso 
le aguanto; si no ¿cómo ella había do alzar los ojos para ver- 
me? Pero no te ad(;níres de esto. ¿Acaso yo seré la primera 
niña doncella que tolere á sus criadas, porque ha tenido la de- 
bilidad de^ fiarse de ellas? — ¡Ya se ve que no serás la primera 
ni la última que les tenga miedo, ni que pierda el crédito por 
su causa! 

¿Que puede hacer una criada vil que se emplea en estos ofi- 
cios, sino calla/ las flaquezas de sus amas mientras estas les 
tapen la boca con dádivas? pero el día que les dejen de dar ó 
que no estén de humor para sufrirles sus retobos y llanezas, 
entonces las descubrirán no solo á sus madres, sino á enan- 
os puedan, porque entre la gente sin principios ^ o tiene H* 
tmites la vcng'iiüza. 

¡Bien haya lá pnpá que me acongoja que yo le dé cuen- 
ta de cuanto me pasare, sea lo que fuere! ¿Hasta de tus 
enamorados? preguntaba Pomposa. Sí, hasta de eso. — ¡Ay 
niña! ¡cuándo mi papá, ni mi mamá habian de permitirme tal 
cosa! Dirían que eso era perderles el respeto. — Mas se les 
pierde valiéndote de esa criada, y mas te expones, porque si 
tú hubieras tenido el permiso qui yo, es verdad que le hubie- 
ras hablado á solas al capitán; pero tampoco te hubieras ex- 
puesto como dices. 

Fuera de esto, para que las amas, sean las que fueren, ten- 
gan boca para sus criadas, es menester que estas no les sepan 
nada, que no tengan rabo que pisarles: porque de otra suerte, 
las mozas tienen á las amas como los cocheros á las muías, su* 



MO 
jetas del fiador> y cada dia ae insolentan mal, porque eslió *e- 
guias de quQ lea han de aguantar, por tal de que no descu- 
bran sus dcfecloa. 

Pepa la Gómez me contó el otro día quo una amiga aayn h 
aguanta á una costurera que tiene, treinta mil porquerías, re- 
tobos y robilloa de ctinndo en cuando. Su marido cada rato 
le dice que la eche; pero ella no se atreve ni á regañarla, aoUl 
Bs una vergüenza ver el abalimicnlo con que la sufre. ^Y 
por qué? Porque la tal costurera es tn depositaría de sus Mtn- 
toa. la criada de su mayor conñanza y la que la acompaÜa i 
la casa de un seOor: y el dia que lo sepa el marido, Ul *s< l> 
matará, y harA muy bien, porque no se casó para ser mala. 
Pero ya ves qué lindo motivo tiene eea señora para ejeroitat 
la ¡laciencia con su criada. Yo, por mi, le aseguroqtie h«4e 
hacer cuanto pueda por manejarme toda mi vida con honor* 
por tal de que mis criadas, cuando las tenga, no se suban ta- 
bre mí, pot el mal ejemplo que lea dÉ. 

Pomposila se avergunzA con la prudente reprensión de su 
prima, y no teniendo qué decirle, varió conversación, y i po- 
co rato se despidió de olla y de su tía. 




881 

Cuando Welster hablaba con mi tutor acerca de poner & 
Irene en el convento, jqué ageno estaba de que á esa misma 
hora la estaban sacando de su casa! Así fué. 

£1 á la tarde volvió á la del coronel, acompañado del señor 
Labin, y lleno de cólera le dijo: ¿Qué le parece á vd. señor 
coronel ¿no hemos quedado bien lucidos? cuando estuve acá 
esta mañana fué el picaro de D. Lúeas á casa, y con la ma- 
yor tropelía se sacó á Irene, auxiliado de cuatro soldados y 
un cabo, y por maM que Carlota se opuso, no fué posible re* 
flistir á la fuerza. Lo que mas siento es que ni conozco á ese 
padre infame, ni sé donde vive, pues si así fuera, ¡juro á Dios 
qne habia de saber quien era Jacobo Welster! 

Envaine vd. señor Carranza, le decía con mucha gracia el 
señor Lahin, envaine vd. y no se precipite. ¿Qué le importa 
á vd. que sea un grosero el tal D. Lúeas? en eso él se agravia 
y n ) á vd. Si hubiera ido á casa de vd. y en su presencia él 
solo hubiera sacado á Irene, entonces habría hecho mal; pero 
á lo menos se acreditaría de osado, y habría manifestado que 
DO tenia ni atención ni miedo; pero ir con cinco soldados y 
y cuando tú no estabas en casa, prueba que temió, y este te* 
mor te debe servir de gran satisfacción. 

El coronel y Doña Matilde apoyaron el discurso del señor 
Labin, y se sosegó Welster un poco. Mudaron conversación 
y entre otras cosas, preguntó Labin ni coronel si habia de ir 
al teatro á la noche, porque le aseguraban que la comedia era 
muy buena.' 

Pudencíana se empeñó para que su papá la llevara al coliseo: 
este se informó de la comedía que representaban, y habiendo 
sabido que era la Misantropía, le dijo: Sí, te llevaré, porque 
puntualmente es una pieza dramática q .e deb^n ver las mugeres. 
Su moralidad consiste en manifestar al alma los remordimien- 
tos, aflicciones y sustos que sufre una muger noble cuando ha 
tenido la desgracia de ser infiel á un marido honrado y amo* 



TOBO. A esta comedia te llevaré de buena gana, y á otras como 
ella. Por ejemplo, & la que se titula el Amor filia}, á la An- 
drámaca, al Hombre agradecido, á la ReeoncUiacioa, á otra qU4 
Be lilula: Si la muger es prudente, domiiui y vence al marido, 
y i olma CMao aalMi pero no to llevmiA i aqiwUu qiw t 'MM - 
de oponerM al buen güito del din, aerronipvB Ua aaitMbv 
abiertamente, eiuttñaB<io á las mugnea, flapaaialnento átm ' 
jóvenea incautaa, coaaa que jamis ddÑan aaberi ootao^ f« 
ejemplo, toa anifieioa y eoredoa qae mucbaa danaa da • 
dia uaan para burlar la vigilancia de loa padres j n 
cuando tratan de complacer i bus amantea. 

Tales leccione* las «prenden las mucbachaauítfyiHtaieBM ' 
comedias (ituladaa: Cata de Ím pieria*, no et wamf féA é» 
guardan Dt Jvera vendrá qmem de Iti caaa te eekmrát Amw ' 
dar tota tiuiger, oopaedeMer, y otraa aaf, quefuera imy Wl 
quo no ae representaran jamáa en nueatros tealroa. 

Aun aquellas comedias quo no daRan sino al tMon tuto^ 
debían desterrarse por insípidas, inverosimilea y (snlisIteHfc 
Ya ustedes conocerán que balHo de las comedias migieaa, qo*. 

i, de piiebh. Esli) es, arguD» -3 




888 

para hacer perder el tiempo á muchas gentes que parecen jui« 
ciosas é instruidas. 

Es rerdad que contra esto me responderían los empresarios 
6 asentistas, que ellos tratan de sacar con ventajas el dinero 
que han invertido en la empresa: que tienen una larga expe- 
riencia por si y por sus antecesores de que estn clase de co- 
medias agradan al público, y con ellas se llena el coli^^o, aun- 
que sean ocho noches continuas, como se ha visto, y que se- 
gún esto, es preciso sacar la utilidad de estas comedí .s, y te- 
ner esperanza en ellas mejor que en las de asunto^ pues á la 
comedia del Diluvio, que es un diluvio de disparatea, van mas 
gentes que á la de la Misantropía, Esto prueba, dirán, que 
semejantes comedias son mas gratas al vulgo que las que se 
presentan arregladas al arte, y entonces alegarán con Lope de 
Vega, que puesto que el vulgo las paga, es justo hablarle en nC' 
cío para darle gusto, 

Pero D. Tomas de Iriarte ya dio por tierra con esta espe- 
ciosa disculpa cuando dijo: Que al pueblo si le dan paja^ CO' 
me paja; pero en dándole grano, come grano. Trátese en el 
teatro de pintar las pasiones con viveza: de enseñar oí modo de . 
moderarlas: de divertir con provecho á los espectadores: de 
corregir y de mover rectamente el corazón, y se verá que el 
pueb!o concurre á ellas con mas ansia que á la de títeres. 

Eso pienso que es difícil, decía Matilde: ¿no ves como se 
atrepella la gente en las comedias de Sansón, del Bruto de Ba- 
hilonia y otras semejantes, especialmente las mugeres, de mo- 
do que en muchas de ellas se quedan los hombres sin cazuela 
porque aquellas no caben? Conque ¿cómo habían de dejar de 
verlas, ni cómo las habían de posponer á la MisantropiOf ni á 
á ninguna de esas otras que se llaman de capa y espada 6 de 
' argumento? 

¿Sabes, cómo, hija? conque se desterraran del teatro las co- 
medias de títeres, y las que pueden corromper las costumbres. 



■«# 



S84 



El puebla aiempre anhela por diversion«a en las ciudsdea po- 
pulosas, y asíale i las que hajr, sean laa qu» fueren. Luego 
si soto se proporcionasen diversiones úlilea, asistiría i días lo 
mismo qoe á las frivolas, y poco á poco iría perdiendo la afi- 
ción al mal gusio: porque hemos de estar en que la ^nlo ídio. 
(a siempre es amiga de la novedad, y como perciba algo de 
maravilloso en lo que ve, aunque Id engaiten con patrañas. Un 
(rozo moral del Ótelo, un relazo crilico del Café, no vale ÍBO. 
lo pare el necio, como rer volar ana ninfii 6 nlir UD ■£■ fii 
de diablillos de una caja. - Eso ea muy mtteFial, pirOfMt'lK - 
risa, y no necesita mas que ojos para comprender su prUarv •' 
Esta es la rausa porque tienen semejantes conwdionea Éaé»i0- 
pectadorea y aplausos; pero quílenaele al pueUo estila lAjatii - 
materiales y ridículos, acoslütnbreaele i qne juzgue dé lu «•• 
medias con H man y no con los ojo?, y é poco tíemp» 4»'«i^ '' 
la rutina yo pongo mi cabeza á que silva Ana «omodia ds ítmi^ 
ravillas. 

Pero oye, decia DoBa Matilde: 16 has dicho qu« la goilft 
idiolB es nmigii de novetlailes y prodigios, y yo veo que á la 




S35 

el vulgo, y el que se divierte como el vulgo, es vulgar, aun * 
que se vista ó se llame como quiera. De que se deduce que 
habiendo en todo el mundo vul^^o rico, y vulgo pobre, vulgo de- 
cente > trapiento, no se debe extrañar que á estos comediones 
de pueblo concurra el vulgo de buena ropa con el de capa raí- 
da. Esto es claro. 

Pero así como de un exterior lucido no se puede inferir un 
entendimiento ilustrado, asi tampoco debes presumir que por- 
que veas las bancas llenas de capas y levitas en tales come- 
dias, van á verlas las personas de fíno gusto. Por lo regular 
estas no van en esas noches, si ya no es por concurrir con al- 
gún amigo, ó por lo que se dice pasar el rnto. 

Todo eso está muy bueno, dijo Welster; pero dejando la re- 
forma de los teatroM para los que tengan el talento y la auto- 
ridad necesaria para introducirla, yo quisiera que me dijera 
vd. señor coronel, si será lícito ó no el frecuenturios. 

Esa pregunta se la debe hacer cada uno á su director es- 
piritual, contestó el coronel, y seguir ciegamente su dicta- 
men para asegurar su conciencia. Yo, hablando como pa- 
dre do familia, soy de opinión que de ninguna manera puede 
ser lícita la frecuencia á los teatros: porque representándose 
en ellos dramas buenos y malos, es moralmente imposible que 
dejen de corromperse los espíritus en alguno de los segundos. 

A mas de esto, todos saben que los cristianos debemos obrar 
de tal manera, que podamos ofrecer á Dios nuestras acciones 
y hacerlas meritorias á sus ojos; ¿y quién será el hombre ó 
muger arreglada que pueda decir al Señor: Dios mió, voy (o- 
tUts las noches á la comedia por amor tuyo? 

Pero no tratando ahora de una verdadera perfección, á la 
que todos debemos aspirar, sino solo de saber si será pecado 
6 no ir al teatro, soy de opinión que el frecuentarlo no podrá 
menos que serlo, siquiera por el peligro á que casi con evidon- 
eia se expone el que lo frecuenta; pero no tengo por culpa ir 



A ,..„ 



goii'ü ___ ^_ „„^ 

"««o con l> señoril» Ci 
MiiydiverlidaealuvoP 
cuando en cuando u inco 
í* g^Dle que uo dejalw oii 
ci«: iHaa v¡,io papj, ,„é 
C« Ja d, e«» l.abkdore,? s 
¡rtndunavisilaóá un vill, 
lodo.l mundo, ¡Bien |„y„ 
'"'""• "í»n Ule dice,, lo, 
MbUeinoon voz b,j,t j 
venia que cuando i, d,j„b, 

^'"""■"'•ij-'oe.laeo, 
wccr el llanto. 

Oeepuea qn, to|,¡„„, j 
" '"'■'■ parecido la comedí 
pero que lieiima mo di6 Eu 
•t™pe»lidaya.e,gonzad., 
*>«ca le pidiA lan ,i„ce,o.i 
°"!l"*''«'1"«cenfu,¡„„„, 

MIHU II ■ I I .*v . 



897 

(bneada en aa marido amante y ofendido, en cuyo corazón ba- 
tallaban á un tiempo el amor y la honra. 

Así es, prosiguió el coronel: Carlos conocía la virtud de su 
esposa, la amaba; pero no podia sufrir sobre si el juicio de los 
hombres, decidido contra él aunque con preocupación. Ha- 
bia perdonado á Eulalia: él mismo prcvcndria las disculpas 
para el perdón: advertia que fué seducida incautamente: esta- 
ba satisfecho de su amor y su arrepentimiento: quisiera estre- 
charla entre sus brazos; pero su honor ultrajado, su mal cor- 
respondido amor con Id infidelidad de su esposa se ponían en 
medio de los dos y no los dejaban extrecharse. ¡Qué situa- 
ción tan triste para un corazón noble, sensible y enamorado 
como el de Eulalia! 

A mí me compadeció demasiado, decía Pudenciana; pero 
mas lástima me daba Carlos. Este padecía sin motivo, ha- 
hiendo sido un buen marido. Eulalia padecía, pero con ra- 
zón. Ella pagaba con humillaciones vergonzosas la facilidad 
con que se dejó engañar por un ingrato corruptor. Sin em- 
bargo, una muger en éste caso sería digna de toda compasión. 
¡Ay! ¡Dios me libre, papá, de verme jamás en la iufelice situa- 
ción de Eulalia! 

Este era el fruto que yo quería sacaras de la comedía, dijo 
él coronel: á tí te ha compadecido Eulalia; pero conoces que 
ella tuvo la culpa de las infelicidades que sufrió: advirtió que 
había perdido la confianza de un buen marido, hombre de 
bien, y que la había amado tiernamente; reflexionó, en todas 
las desgracias que había echado sobre si y sobre sus hijos, y 
agitada por el incesante grito de su conciencia, arrepentida 
do su delito, no pudo en la ocasión hacer mas, sino implorar 
el perdón de su esposo en medio del dolor y la vergüenza. 

Si hubiera logrado algunos días las constantes caricias de 
sa infame seductor, tal vez hubiera lisonjeado su delito y en- 
tretenido BUh remordimientos. No tan pronto hubiera extra- 

10—2 



888 

nado i au maritlo ai cooocido toda 1& malícíft da tu éiiiiuii, 
pero léjoa de disfrutar eate plicido lueffo por algún tiampo 
considerable, apenas el seductor satisfizo tu pasión, cuando 
buyo de ella, dejándola en brazos do la miseria, de la desaspa- 
ración y de la ¡nrntnia. 

jQué bella lección es esta, hija mía, para hacerte concebir 
un jiislo liorror contra el adulterio' Jamás olvides la comedia 
si Dios le destinare para casada, ni pienses que este paMgeae 
quedn en una ficción del poela, ní que es el fínico ea su especia: 
muchos han acaecido y acaecen lodos los dins por este estikk 
Si fuera lícito exponer sobre el teatro las dEbilídades de muclisi 
casadas Ínfleles á BUS maridos, la vil correspondencia de ras 
seductores, la agitación de sus espíritus, el detrimento dan 
honor, y los amargos dias que tienen que sufrir con sus espo- 
sos, aun cuando estos han tenido la generosidad de perdonar- 
las, se verían las escenas mas tristes y funestas. 

Escúchame, hija mia, con atención. Asi como las híAm 
doncellas honradas tratan de conservar su virginidad, srilat 
jóvenes casadas deben conservar i toda costa, ln fidolidad con- 
yugal, si piensan con honor. Perdida esta virtud en la mm- 




339 

de eiclavitud 6 muerte» y las nuestras mandan sea entregada 
la adúltera á disposición del marido; pero la religión tiene 
modificada esta ley, y así, habiendo queja de parte, la justicia 
las castiga con reclusiones temporales ó perpetuas. 

¿Y no me dirás, papá, á que sentencian las leyes al marido 
en igual caso de adulterio? preguntaba Pudenciana. Y su pa- 
dre le contestó: según son las circunstancias, son los castigos; 
mas por lo regular después de procurar la separación del con- 
cubinato, si la muger propia solícita divorcio, se le concede, 
por ser este uno de los casos de la ley. Dios dice en los Pro- 
verbios que el hombre que á sabiendas vive con una muger 
adultera, es no solo necio, sino impío; pero al marido se obli- 
ga á que ministre los alimentos á su muger y á sus hijos. Es- 
ta es la pena que las leyes imponen á los hombres. 

Pues ento'íces, ¿por qué es tanta crueldad con las mugeres? 
decia Pudenciana: ¿no es en ese caso tan delincuonte la mu- 
ger como el hombre? ¿no es igual el pecado? ¿pues por qué á 
la muger se castiga con tanto rigor y al hombre con tanta 
suavidad? — Porque no es igual el deUto como piensas: es mas 
criminal la muger que el hombre.— ¿Y en qué esta esa mayor 
criminalidad? — En que el hombre solo agravia á la muger, pe- 
ro esta no solo agravia, sino que infama al marido y perjudica 
la prole. — Nií lo futiendo. — Pues yo te lo explicaré mas cla- 
ro, para que toda tu vida mires con horror el adulterio. 

Al contraer el santo sacramento del matrimonio, se prome- 
ten el hombre y la muger una fídclídad mutua mientras vivan, 
y esta obligación á que los dos recíprocamente se sujetan es 
tan extrecha, que siempre que uno y otro falta á ella, come- 
ten un gravísimo pecado. Oye lo que acerca de esto dice 
Dios en los Proverbios por boca de Salomón: Horrorízate del 
adulíerio, pites el hurto que no siempre es pecado grave^ cuando 
Jó origina la miseria y la grave necesidad del hombre oprimido 
de la hambre, puede ser compensado por un precio septuplicado^ 



i 




'< fi.l-.'I¡(ln,l 



¡:ij.lhle. 



T'-'-'li'ti.nodfl.j.. Jos falle 
yngravin noíublenienle á su 
nwger, es mayor, porque iníi 
proie. 

Ya has advenido y podrás 

«inecunndouMm-igoriiene 

infumnda, c-s compudecidn de 

t^ds Fulana, dicen. /y„í „«, 

PUM 9ue cííc se Imilla mai entr 

Nü^Ul.bni.,,jazga asi 

«na r„,.g,.r ndúií.rn, a..n cuflE 

pa. Por lo comim ^.le infeliz 

cÍMcáusiica3.q,i<í suelen ser 1 

el crimen de b pérfida muger 

Pero ¿qué gravo responsobi 

CIO que acarrea & la proleT ¡f 

las pueden ser irrejianibles! 

Si una muger de eitas lleva 

>i íno conoces nim ann 



MI 

II lot poieerá de bim» fo; pero la reeponbílidad caerá tobn 
i madre. Considera ¡cuánta será ía tarbacioBt el remordi- 
liento y la congoja de esta» especialmente en la hora de sn 
luerte» hora de desengaños, hora terrible, y en que debe co* 
oter toda la gravedad y reato de su culpa! 

Sin duda, papá, decía Pudencíana, que ese lance debe ser 
luy duro y muy pesado. Dios libre á todas de experimentar 
IOS remordimientos. Por mí le aseguro á vd. que primero 
saeo mi muerte que verme en semejante caso, si es que Dios 
le tiene destinada para el matrimonio: y ahora conozco que 
[>n razón las leyes son mas rigurosas con las mugeres que 
>n los hombres, porque estas agravian é injurian al marido 

perjudican á la prole. Ojalá que todas las mugeres casa* 
18 entendieran bien estas cosas, quizá así no se prostituirían 
m fácilmente! 

Yo me alegro que pienses de ese modo, dijo el coronel, y 
preciaré que siempre cultives esos tan cristianos y honrados 
{Dlimientos.— 

Ello es cierto, papá, que las mugeres deben ser buenas para 
ir buenas casadas. Ya he comprendido lo que me has ense- 
ido acerca de las obligaciones que tienen de ser amables, 
3nradas, fíeles á sus maridos, cuidadosas de sus hijos, y éco- 
^micas con su casa y fumit'a; pero, ¿qué, conque la muger sea 
jena, si el hombre es mato? En este caso, por mas que ha- 
1, todo andará sin orden y la muger en un martirio de por 
ida. 

De todo esto saco que es menester mucha discreción para 
egir estado, y mucho mas para elegir marido, con quien se 
a de vivir hasta la muerte. Yo quisiera que pues me has 
nseñado á consultarte todo con confíanza, me dieras unas re- 
las para conocer á los hombres, por si estuviere de Dios que 
)a casada. Estas reglas me servirán de mucho, y quizá de 
A observancia penderá la felicidad de mi suertct 



Si los hombres fiiocn soiici 
guido, no fuera tan dilicil c 
ó aspectos cumo la luna, y la 
y como les conviene, y he aqii 
cuitad de conocerlos. 

Si tú vieras á un caballero < 

el sombrero en la mnno, puost( 

halagüeño, y doblándose á fuer 

bilidad que el arbolillo tierno ( 

nes, dirás sin duda, que aqu( 

criado, afable, y humíde; pero 

guió el empleo que solicitaba. 

lo advertirias orgulloso, soborbi 

con sus subalternos ó infcríoi 

fué tu primer concepto cquivoc 

hagas sobre los hombres á este 

tas máscaras con que disfraza rs 

to difícultoso el conocer á fond( 

un trato frecuente con ellos es 
1 • • I ' í • 



orsar entró una criada de Doña Eufrosina, dando un reca* 

> ridículo como suelen udarse entre tales gentes: ¡ya se ve» 
le así se los darán en muchas partes! ¡Ave María Santísima! 
K:ia la moza: muy buenos días dé Dios á sus mercedes. Que 
ce mi ama qué ¿cómo esta su mercé? qué ¿cómo le va á su 
ercé? qué ¿cómo pasó la noche? qué ¿cómo está la señorita y 

niña? y que por allá está muy apesadumbrada la niña Pom- 
>8Íta: que aquí tiene su mercé este papel, y que á la tarde en* 
[ara el coche para acá, y que no dejen de ir sus mercedes* 
iciendo esto, entregó el papel á D Rodrigo, y este, presente 
% su esposa, que acababa de entrar de la recámara, leyó de 
tta manera: 

Muy señor nuestro: La desgraciada Pamela falleció ayer á 
18 seis de la mañanay y deseosa toda esta casa de manifestar el 
precio que le mereció cuando vivia, suplicamos á vd. yá sufa- 
iUa se sirvan asistir esta noche á las exequias que se le harán 
% la sala, en la que dirá la oración fúnebre el bachiller que se» 
I algún dia Z>. Leopoldo Arconas, cuyo favor perpetuarán en 
\ memoria para su reconocimiento sus seguras servidoras q. 
, s. TO, — Fufrosina Contreras de Langaruto, — Pomposa Lan- 
anuo y Contreras. — Carlota Gómez de Welster.^-María An- 
üma Rubio. 

Está muy bien, dijo el coronel: di que iremos allá esta 
irde. Fuese la criada, y Dona Matilde decia: está bien gra- 
ioso el tal convite. Otros he visto yo mas ridículos y con 
liras de molde, contestó el coronel: lo que me hace mas fuer- 
a es la bella disposición de tu hermana para gastar el dinero 
a beberías. ¡Vea yd. qué cosas! Porque se murió una perrilla, 
rmará esta noche una frasca de baile y mcrendata, cuyos 
ostos no le bajarán de treinta O cuarenta pesos. ¡EU! ¡quiera 
^ios que no baga falta mañana ese dinero! Lo que yo sien* 

> es que nos comprometen á desvelarnos y á pasar la plaza 
B gorrones; pero, ¡cómo ha de ser! es preciso contemporizar 



En efecto, ,e,b„„„ j, ,, 
«•lle,J'omBdeíped¡i„„i„e„ h 
o<»ácoiM,,,a.,p»e.d,«,i 
*• '"•k™ Do», M.iild, y , 
"P"«eJcod»d,l,hem„«, 
M da la Bncbe, eeo mueho m, 

•• iM honni de P.^!., d« I, 
iwngue. 



^^ ••^iiPiia.kDeS.Eu 

•orprendimo, eon el .pe„to ™. 

.'"^"'■"'"•"■"■Pl.taen^ 
lucillo «I ««K, d, ,||j ^. 



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d45 

on dos inscripciones y dos sonetos, que expresaban el sen- 
liento debido á la enfermedad y muerte de Pamela. 
En el lienzo ó costado principal se leia la siguiente inscrip* 
n latina. 

PAMELJB 
NOBILISSIM^. CANl 

ONTIM(E. STIRPITIS. ATÁVIS. PROOENITJB 

ANQBLOPOLL NAT^ 

OPPIDO. ACAXATENSL EDUCATJB 

PRJECLARIS, FACTIS.'MEXJCL CORÜSCANTI 

INIBIQÜE. OMNIUM. LACRIMIS 

IMMATURA, MORTE, PEREMPTJB 

SECULO. XVIIL SPIRANTE 

SUA. DOMUS 

MÁXIMO. MOSRORE. CONJECTA 

MÜNIFICENTISSIMÜM, HOCCE. MAÜSOLEUM 

IN. AMORIS, MONUMENTUM. PERENNE 

EREXJT. 

En la frente opuesta se grabó la misma inscripción vertida 
castellano, -para que líTentendieran todos: pues aunque en es- 
idioma no se han usado jamás, pareció que en obsequio de 
a perra se debía dar principió á una moda tan importante. * 

Iré carmelita, (lo que es necctario saber para que se entiendan alga- 
I pasages de la descripción de la Pira y do la oración fdnebre) y con 
notiTo de la muerte de una perrita, que era el ídolo do las leftoras, 
nó, casi eurrentt cálamo, este juguetillo satirícu^— JB. 
* Después de la inscripción castellana de esta pire, la primera qos 
i Mteico fué la que en la pue^a del teatro gravaron loe sdmiesi'tl 




34« 
A PAMELA 

pEssjTA ransisiA, 

DESCENDIENTE DG ABUELOS DE LA HEJOK RUI, 

NACIDA EN PUEBLA. 

CRIADA EN ACAXETE. 

ADMIRADA EN MÉXICO POR SUS ESCLARECIDOS HECBOt, 

Y ALLÍ MISMO CON UNIVERSAL SENTIMIENTO 

ARREBATADA POR UNA MUERTE TEBIPRANA. 

AL ACABAR EL SIGLO XVIII. 

SU CASA, 

OCUPADA DE LA MAYOR TRISTEZA, 

PARA PRUEBA PERPETUA DE SU AHOR 

LE ERIGIÓ ESTE MAGNIFICO MAUSOLEO. 



■no Í9 1819 con moUro da tejan da 1i 




847 
Su el costado de la derecha ae colocó el aiguiento 

SONETO. 

Llorad, sefíoras, con amargo llanto: 
Manifestad con lutos la tristeza. 
Cubriendo de ceniza la cabeza, 
T el semblante vistiendo del espanto» 

Melancólico y lúgubre sea el canto 
Con que el aire resuene de esta pieza, 
T del dolor exprese la viveza 
El enorme tamaño del quebranto, 

¿No sentis de Pamela que cayendo 
Se encojase su tierna piernecita? 
Pues sollozad, que á un lance tan horrendo 

Es fuerza que la pena le compita 
Con mugeriles lágrimas, sintiendo 
La cojera fatal de una perrita. 



in el costado de la izquierda se puso el siguiente 

SONETO. 

Muere Pamela: ¡ó pena la mas dura! 
Corta la Parca el hilo mas querido: 
Los filos del cuchillo enfurecido 
Trincan á la que hacia nuestra ventura. 

Esto la casa entera desfigura: 
Calla el pájaro el trino repetido. 
Grita el loro, y el gato da un mahullido, 
T se afligen el uno y otro Cura. * 

En caso tal, según ios pareceres 

TésM la nota de 1« pág. tü^»/?. 



348 

De sabias plumas de paaioa demuda^ 
Invirtiéodose el orden is los seres, 

Eit dable, aín pararse nadie en dudas, 
Que se metan & frailea las tnugeres 

Y los homhres & monjas calzonudas. 

El '^r'|:iindo cuerpo lo llenaban cuatro ociaras con sus cor* 
im;iiiiiJi!:;ilea geroglíficos, ex¡)rcsando las principales virtiide» 
de Pn.iK'l», oorrubotáiidolaa con ejemplos de los perros cele- ' 
híí-i :ÍL h liiHlarit). 

£l primi-r costado lenia pintada un pierna de perro, y por 
orU n<|u«l lexio del Nebricenso en au gramática latina: Pt- 
dibus aeger, y esta 

OCTAVA. 

De la suerte que Dárides al fíiego 
Por Bit dueño Lisímaco se arroja) 
Asi Pamela sin tener sosiego 
Da vuelta en la cornisa en que ae strojtf 

Y por ir á sus amas se cae luego, 
8e lastima t~- '- -- 




349 

Según las propiedades do su raza: 
Silenciosa ocupaba los umbrales 
Elogios mereciéndose inmortales. 



En el tercer costado se pintó una colita, y por orla las pa- 
iras de Marcial. Blandior ómnibus pueüiSt y esta 

OCTAVA* 

Si Argo, perro do UHses, fué famoso 
Mostrando por su dueño sus conatos, 
Será inmortal Pamela que gozoso 
Tuvo siempre de su ama á los mandatos 
Su rabilo fiestero y obsequioso, 
Digno de aplausos y recuerdos gratos: 
De su lealtad celebre la memoria 
La pluma fiel de la perruna Historia. 



En el cuarto costado se veia pintada una cabeza de perro 
n el epígrafe tomado de Horacio: Merdis capul inquinéis y 
i mámente esta 

OCTAVA. 

De Mera, perra de Icaro, se cuenta 
Que á la hija de este guió porque lo hallase; 
Mas porque de Pamela, siempre atenta, 
Mayor conocimiento se mostrase, 
La gana contenia: mas bien revienta. 
Que sufrir que la ropa se ensuciase. 
¡O cabeza do tal conocimiento, 
De quien no se escapó ni el ezcremeoto? 



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8» 

Al tercer cuerpo adornaban cuilro décimas mpirando in 
ralidad, con relación á los geroglfficofl de sus corrwpondisi 
tes coalados, y son las siguientes. 

PBIMEB COSTADO. 

¡O t (i que con paso lento 
Vns siguiendo lu camino. 
Ignorante del destino 
De este triste monumento! 

El [)ié deten un momento 
Y esta pierna considera. 
Que mudsntente parlera, 
Al mismo tiempo que espanta, 
Te enseña á fíjnr la planta 
Por librarte de cojera. 

8BOUNDO C08TAIX». 

Caminante que en lu lira 
O en un burro aparejado, 




351 

Como el mas robusto payo: 
Pregúntale allá á tu sayo 
Si esta cola debe hablarte: 
Creo debes aquí pararte, 
Aunque muy de prisa vengas, 
Porque es dificil no tengas 
Rabo que puedan pisarte. 



CUARTO COSTADO. 

Currutaco botarate 
T madama á lagineta, 
Que vais tras de la retreta 
Con magestad de petate: 

Dejad tanto disparate, 

Y humilde, rendido, atento 
O.^ pido por cumplimiento 
Paréis el coche ó caleza, 

Y mirando estacal)cza, 
Vaciéis la vuestra do viento. 



En el cuarto cuerpo, sobre que se levantabaha el último; no 
en la figura regular, sino en forma de basurero, para repre- 
sentar el que fué sepulcro de Pamela, se pusieron cuatro 
epitafios en otras tantas endechas, correspondientes á los ge- 
roglíficos de los respectivos costados. 

l 2 

Aquí yace Pamela, Este lugar inmundo 

Cubierta de basoña: A Pamela contiene: 

Si cojsas de algún pié, A igual se deben ir 

8in dada que te mandan a la porra. Las que descubren á cualquiera el 

diente. 



SB3 



Al muladar quo lairu -Tue «uMabaaonn 

Vino i dur una perra: ht enopnat* Panala: 

Tú, quo lo ero también, Buara aad adomot 

Con clrabaToDdráBenlrelaapiwui. Vanidad que tiaatonalai 



Todos noaotros y cuantas personas al)! «ttalMii, eMbtUm- 
mosel dibujo, la idea y las curiosidades da la pira; pernal M- 
ronel luego que leyó los renos, me dijo: Las inscripcíonaski- 
blan del siglo puaitdo, y asi os que estas dq son producñoMi 
do ninguno de los colegiat«s que visitan la cua, nrmsiiMda 
mi cuñada ni sobrina. Infbroiate de quien u su autor. 

No me costó mucho trabajo desempeñar mi comisión, por> 
que no faltó quien me sacara del cuidado luego, luego; y arf 
ya bien certificado, le dije á mi tutor qUe quien habia ideada 
la pira y compuesto la inscripción, los sonetos y todo, era al 
Dr. D, José MiguelGurídij Alcocer, autor lambiéndola on. 
clon fCiuobre que dirá el colegial esla noche, lo que biso coa 
> de pasar el rato ea una concurrencia, criticando al 







85d 



OBACTOir FVlTEBBi:. 



¡o erudeli» AUxinl nihil mea carmina cura»» Vi/g. Egl. 2, v 6, 
¡O cruel! ¡te alejas sin qao valgan nada los raios, el Carmelita 7 loi 
Caras! 




|oLo con estas tiernas expresiones puede explicarse la 
pérdida lamentable que lloramos. En el punto que experi- 
mentamos tan terrible golpe, nos sobrecogió un súbito dolor: 
se esparció por nuestros semblantes el aire lúgubre de la an« 
gustia: se convirtieron en rios de lágrimas nuestros ojos: po- 
blamos la atmósfera de suspiros: nos desgreñamos, nos dimos 
de bofetadas, y rasgando nuestras vestiduras, cubrimos de ce- 
niza las cabezas. 

Pero qué, ¿semejantes demostraciones serán acaso sufícien- 
tes para explicar nuestra pena? ¿No deberiamos usar de otras 
mayores para llorar la muerte de la muy noble, muy exquisi- 
ta y muy fina perrita Doña Pamela? No, á la verdad: no era 
bastante detestar el hado, maldecir la fortuna, improperar las 
parcas y armarse de invectivas contra la guadaña de la muer- 
te. Estas expresiones son comunes en las pérdidas ordinarias: 
era necesario para singularizarnos, avanzar á mas, mal- 
diciendo hasta el naranjo y la carreta en que sale la muerte el 
Viernes Santo; * y aun era poco: deberiamos quejarnos hasta 

* En la procesión del Viernes Santo se acostumbraba sacar en una 
carreta bajo de un naranjo un esqueleto, que representaba á la muerte, 
que se introdujo al mundo por haber comido nuestros primeros padrea 
de la fruta del árbol vedado, siendo tan completo su imperio, que ni e^ 
Hombre-Dios se libertó de su guadaña, habiéndose sugetado á ella para 
redimir al linagen de Adán. 

Ta felizmente se han ido desterrando de entre nosotros poco a poco es- 



SS4 

de b dirunta miami, como ñ alia hnbieim tonde h aSjm^ 

su triste falleciinientó. 

;0 tú, adolorida se5or« Doña I^nnpon, t 7 I* ■>»■ >^ 
Teliz entre las damas! á lí pertenecía llenar U caM de gritos J 
alhnracns, como que lo toca mas de cerca la pérdida* 

En erecto, el amor ardiente y correspondido de cala uBii 
Pnmela, enluzó á ambss, uniéndolas y atnaasándolas de Isl 
modo, que de ellas formó He pnsla un cordón queardiaá'b 
léj')^: Formosum patlor Coridmt ardebal Alfxm. Ella taaia 
en In pcira sus ddíciai y el dominio, ücldioa domott, di 
Biiei te qiie yn nada le quedaba que desear, ni que'eapanr. Jl^ 
quid tperartt habehat. 

Pero descuidándose en que anduviese libre por todas parlv 
tanto entre en danzas, Utntvm úiter detuat, que anfriónna boc- 
rible caida, de que no bastaron á curarla el andarla oargaado, 
el discurrir mil remedios, ni el envolverla y ceñirla: Bada pD- 
dieron loa hombrea, el cacumen y las fajas, «i&raaa-eaemaM 
fagot. La embracilaban las aciior«s, y de ellas asida, Tonia é 
iba: añdue veniebat ihi, haata que desesterando de su aalod, 
a rccóndilocnclsuelo: hac incondka tolti». 




155 

LDOSt Yolriendo á un lado y á otro la cabeza, elevando 
^09 ojos al cielo y dirigiendo á Pamela sus voces, que arreba- 
tó de la boca del príncipe de los poetas, hizo resonar las pare- 
des déla casa con estas lúgubres palabras: ¡O cruel, te alejaSi 
sin que valgan nada los míos, el Carmelita y los Curas! ¡O 
eruddis Alexin^ niJiil mea carmina curas! 

Pero contengamos, señoras, contengamos las lágrimas en 
que nos obliga á desatarnos la memoria de aquel día. Des* 
pues de la pérdida de Pamela no nos queda otro lenitivo que 
honrar sus cenizas, sacando aprovechamiento de nuestra pro- 
pía desgracia. A este fín, yo vengo á haceros ver que su vi- 
da fué el mayor ejemplo, y su muerte el mayor desengaño. 
Este es el asunto y división de mi dísourso. 

Para promoverlo con la magestad que exige la materia, y 
corresponde á la sublimidad de la naturaleza canina, son de 
desear los influjos de los signos celestes, y en especial del Can, 
6 la Canícula, para cuya consecuciones conducente la depre- 
cación del sonesito de la Cucaracha: zafa^ zafa demonio; mal 
haya tu estampa.* 



* Tanto para hacer inteligible la alusión, como para satisfacer la cu- 
riosidad de los lectores, pareció conveniente poner aquí una muestra de 
los versos que se cantaban en el sonesito de la Cucaracha, los que al 
mismo tiempo servirán para hacer juicio del buen gusto y moralidad de 
la época de nuestros padres. — E, 

Cwo. Un capitán de marina 
Que vino en una fragata. 
Entre varios sonecitos 
Trajo el de la Cucaracha. 

Dúo. ¡Ay que pica! 
jAj que ^* aganrm 



«"«I». Ii>fcer„,,,„„j„, , 
'M»™e|p„erl„d.ch.ic 



2«fs Jemanio, 
2»f« la garra, 
<!a« me lastiDiB, 



Chan 



"pcBac 






857 

barcacion en el muelle del Puente de la Leña, y saltó en tier- 
ra Pamela para servimos de ejemplo, que es á lo que ^lebo 
contraerme precisamente. 

¿Cuántos no hubiera dado si su temprana muerte, acaecida 
antes de cumplir el primer af.o de su edad, no hubiera trunca- 
do su carrera en la niñez? De este modo mas puede elogiar- 
se por lo que pudo ser, que por lo que fué. ¡Qué halagüeñas 
esperanzas las que de ella concebimos! Todos nos prometia- 
mos, 7 no sin fundamento, que en llegando á una edad adulta, 
sabría seutarse, pararse en dos pies, juntar las manos como 
quien pide, brincar para alcanzar un pedacillo de pan, abrirla 
boca para asestar el que se Ic tirase, hacer el muerto, y otras 
gracias que recomiendan á los de su especie, y con las que tal 
vez se hubiera hecho tan célebre como lo son en la historia 
Argo, perro de Ulises y Dúrides de Lisímaco; pero ¡ha! ¡que 
se frustraron nuestros deseos, quedándonos el dolor del sólido 
apoyo en que se fundaban! Tales fueron las acciones que vis* 
teis y con las que dio un ejemplo singular. 

Este era, á la verdad, el fín á que la destinó la naturaleza, 
al mismo tiempo que su buena suerte al servicio de una dama 
tan recomendable: y fuese ya por un efecto de su buena índo- 
le ó por el influjo de la superior estrella do su dueño, jamás 
se observaron en Pamela aquellas malas propiedades que tan- 
to se detestan en los do su clase. No aturdía la casa con la- 
dridos á la entrada de cualquier huésped, mortifícando á sus 
amos: nunca mordió á persona alguna: no comia, sino lo que 
le daban: y guardó compo^ura y limpieza hasta en las ope- 
raciones mas precisas de la naturaleza. Puede decirse que te- 
tenia dientes, y no mordia: lengua, y no ladraba: boca, y no 
comia, y. • • • ¡qué sé yo de que frase oportuna seria conve- 
niente usar, para decir que ninguna cosa ensució jamás! Su 
ama misma encarecía esta circunstancia hablando con Puden- 
cianita. Nunca, decia, nunca manchó mi ropa ni mi camat 



No creas que haci» perjucio: ei nulo, príiau, i|tiu lu datit M 
pscramento. JVw tf iwi i>niM dtrMl emwHtm. 

T f,qu6 diré de lu acoionea poiilivu con que m iiiiwjfiil» 
la anmision, laobediracis, el agrado y la docilidadT Acndik.OBa 
prontitud siempre qnen llamaba por su nombre, de cuya fOBli- 
BÍon le reaultó la caída; no ealia de la piexa en que n pona: 
■u colita parecía un sacudidor ó raoaquitero, M^n la batía, 
enarbotiodole como arco & la presencia da sua amaa' ptit, 
tenerlas gratas, y manifestó su docilidad, confederindaM eon 
et gato y enlazando con 61 la mas eilrecha amistad. ^CoíB' 
do m ha visto ejemplar semejantel La expresión maa viva 
con que significamos una enemiga mortal entre toa hombns; 
es decir que andan como pemí ygabu; pues Pamela fué aioá- 
pre superior á estas preocupaciones desda su niñex, haciendo 
m'.gos con el gato, y como se expresa de la inrancia, dieíeB- 
do: Cuando andaba á gaiaa, de ella deberi decirse: Cuando 
andaba á gata con el ^olo, . . , ¡Qué panegiricb! 



Pero fué mayor el que mereció por si 

fermetladea, epaeñaniioos & 



paciencia en las en< 

loa vueslrna. Sil dé- 




869 

fué capaz de abrigar deseos tan plebeyos, tuvo la sublimidad 
de vencerse y de no llevarlos al cabo. 

Después que se averiguó la materia, y se encontró no ser 
juicio temerario el que corria, se opuso su ama, y frustró tan 
detestable matrimonio, armándose con la pragmática prohibi- 
tiva de los casamientos desiguales, impidiendo toda comuni- 
cación con el atrevido y mal aconsejado excuinfJe, que la in- 
quietaba, y protestando que por embarazar tal enlace, mas 
bien la dejaría envejecer y convertir su virginidad en orejón. 

Vosotras las que habéis escuchado tan singular narración, 
y á quienes la dirige mi fervoroso zelo, os la debéis proponer 
como dechado, no en vuestras almohadillas, sino en vuestras 
mentes; no pora vuestras costuras, sino para vuestras accio- 
nes. Júpiter sol)crano os ha manifestado visiblemente que 
destinó á Pamela para vu^^stro ejemplo. 

Ella era flaca cnmo Dona Pomposa: enferma de las piernas 
corno D()ñ:i Enfrosina, de salud en;ieble como Doña Matilde: 
aílaxionada como Oon.i Carlota: legaííosa como Doña María: 
chapirra como Dofia Adiílaida, y perra como todas. 

Díiben pues, esforzarse á imitarla, cada una en aquella 
cualidad que la es mas conveniente. Dona Matilde, en sufrir 
las enfermedades sin desesperación: Dona Pudenciana, en la 
sumisión sin bachillería: Dona Carlota, en la paciencia, pero 
sin pachorra: Doña Pomposa, en el agrado, pero sin zalamería: 
Doña María, en la con«<ervacion del donccllazgo; pero sin sam- 
bitatería: y todas en la finura, pero sin perrera. Porque á la 
verdad, solo lo bien obrado es lo que se saca de esta vida; to- 
do lo demás tiene la misma substancia que el humo, que en el 
viento se desvanece, y pasa con la misma rapidez que la bri- 
llanto luz de los relámpagos. 

La muerte de Pamela fué el mayor desengaño en este pun- 
to, que es el segundo de mi perruna oración. 



PUNTO SEGUNDO. 

Yo bien sé que Is vida no es ■Íno un tU^ |mts.I« mwrtst 
ó un dorado coche en que bonitamente y sis sentir ranos es- 
minando á ella. El Liempo es el cochero: d tranoa d« eabt' 
líos qjo lo tiran, blanco el uno j el otro negro, son «I 4ia J la 
noche: la inrancia. adolescencia y demis edades > son hs 
jornailaa! loa placeres del mundo, ventas en que lomanMM 
algún refocilo: tas enfermedades son las cueataa y desvsMsen 
que se precipita este coche para llegar mas breve: las canas 
son el polvo del camino que emblanquece el pelo; las niga% 
efecto del calor y fatiga que consumen el húmedo: la corcova 
é inclinación del cuerpo con el arrastrar de piéd, denotan d 
cansancio, porque se ha andado ya mucho; la agonía « k 
garita del paia tenebroso: la sepultura, es ta posada: y todas 
liis cosas que nos rodean, pregoneros que nos recuerdan hida 
donde caminamos. Tal es el deshojarse tas florea, tronchar 
una hacha cortante aun los maa empinados ocoles, desplottar- 
er liw mfia snljorhios edificios, y ai''nr tos nin al sepulcro do 




361 
aun reciente, echar un velo. Aun no olvidáis qne andando 
por los bordes del corredor, y llamándola á ese tiempo, al dar 
la vuelta cayó abajo, que se encojó y le resultó una- apostema 
en la cabeza: que de día en dia se fué extenuando y enflaque- 
ciendo, hasta poder servir á una costurera, porque parecia 
aguja: que comenzó á arrojar materia por todas partes: y que 
dando la mas cruel penitencia á todas las narices vecinas, ex- 
haló un pestífero hedor, y con él el último aliento, dejando á 
las señoras igualmente consternadas por su pérdida, como por 
la prueba que en ella palparon de lo caduco de las cosas mun- 
danas. 

¡Ay de mí, que apenas puedo sostenerme al recordar tan 
funesta catástrofe! Un nudo en la garganta me embarga las 
voces, y el corazón parece que se arranca, para derretirse en 
lágrimas amargas con estos recuerdos dolorosos. Yo mismo 
vi con estos ojos (con que veo á la venerable Doña María) la 
hermosura de Pamela convertida en podredumbre: su lozanía 
en languidez: su genio festivo y placentero, en tétrico y aba. 
tidu: sin gracia sus ojos, sin acción todos sus cuatro pies, y 
aquel cuerpo que las damas abrigaban en su regazo, arrojado 
por asqueroso en un sótano cuando enfermó de gravedad, y 
después de su muertn en un muladar. Este fué su túmulo, 
su mausoleo y tal su último paradero. 

Y si este es el fin del animalillo predilecto, estremézcanse 
los demás, que sirven de diversión á las damas y á los niños 
y espérenlo aun mas desastrado á vista del que experimenta 
el preferido entre todos. Ninguno á la verdad, es acreedor á 
mejor suerte. No al pajarito, que solo deleita el oido, y á 
quien no se hace mas cariño que meterle alguna vez la masa 
en el pico y tocarle blandamente la cabecita, aunque haya 
una docena de canarios, ó lo que es lo mismo, doce amarillos 
que silvan. Doces, Amar ilida silvas. No el loro, á quien no 
se hace mas aprecio que darle una sopa porque nos divierta, 
preguntándole su estado como si fuera á confesarse: item, con 



1 lltre lii pa!„lc. 



leol ( 
hWan 



I pe ñor 
por sus ti 



'. cuitiu (a mosea el 
' ejercicio miliiar- el ra 
" P»™ verlo correr sin q, 

A (odos eslos 
»ua conocimienti 

""» "'■■"" "™~„„ 

!«. J. r ] , ^ '°^ "" '^osa n H 

„'"""'"»«■"<"' iAd4.J,„, 
""""•°'°l'«"™l«l.d.p„.'. 

iílna siib.rfo á nffr«.,nr(^nrn 
MliCanichr .,;„ . " 

I f, ' ^ ■fe'ícpnd^ 



368 

Pero ¡ay de mí! quo en ninguno de estoe lugares hemoe de 
encontrarla. Ella sin duda se ha remontado á lo mas sólita. 
río del Níhilópolis, porque no ignoraba la grave sentencia del 
Nebricence: que la hembra sola reposa, quaefemina sola r«- 
poscit. 

Esto, señoras, sirva de lenitivo á vuestra pena, ya que para 
mayor^ desengaño carecisteis aun del consuelo de heredarla, 
repartiendo entre vosotras sus miembros. ¡Qué dulce os hu- 
biera sido que hubiera dejado su pescuezo á Doña Pomposa, 
sus dientes á Doña Eufrosina, sus hígados á Doña Matilde, 
su espinazo á Doña Pudenciana, su colita fícstera á Doña 
Carlota, y sus ojos con su menudo entero y relleno á Doña 
María * 

Pero ya que no lograsteis esta dichn, permita el Dios Pan, 
que lo es de los pastores y por consiguiente de los perros, 6 
bien Acteon ó la deidad, sea la que fuere, que preside á tan 
noble especie, y de cu^a alta dignidad protesto á la faz del 
mundo no ser mi animo degradarla: permita, vuelvo á decir» 
que para reemplazar la perrita que lloráis y amabais como á 
vuestros ojos, os nazcan en ellos innumerables perrillas: que 
cuando vayáis á la iglesia, el perrero sea lo primero que os 
encuentre: que no hagáis jamás sino perreras: que todas vues- 
tras enfermedades se os empurren: quo porqiio tongais cuanto 
pertenece á los perros, no os falle ni la rabia: y que por fin, 
como tan conforme á vuestros genios, paséis el rosto de vues- 
tros días en una vida perruna. Esta os deseo. — 



• En esta variación de los nombren, ae pierde la gracioea aplicación 
que hizo el autor de la oración fúnebre en esto lugar y la conclusión del 
primer punto, á los defectos ó buenas cualidades de las señoras para quie- 
nes se trabajó. — E. 



'lia- V 



.,.l¡ 



•".dicio,, y i,„|,:,;,;4;;„';, 

peleón,,, d.„„,|,i„-, |„ 
moral.d,,! i|»e rar,í„bj „„, , 
ealéril. ^ 

*'' <im p.ró d fervor de |, 

el refresco, como nn i ,j í 
> uurno en lodo pé* 

"'"'"""Pinrenméoo,. Y,i 
!>»■ dejado .„ 000 j.,,,.„„^ 
■■d=.u.„o,„i.,,, 00 ,„„,., |.^ 
'"?""*' "■"P-'.do, poro» 

,J'»"';""'''"l'«l".oo,...¡g, 
Irea de la mno.mn 

í I" d,.2 eon ,„ r,„„|;,. 

"•di. pudo negar ,,„,„„ , 
""• '"" "« '• dmonid.ba en ii 
l««.on, deela en el eo^h • 

;"''-. ...re. eo,:í;::r.; 

''^t""!- _'■«"■ .n fin, Ja ha 



867 

,8 risaa se convierten en lágrimas de los pobres herederos 
íspaes de que fallece el principal. Yo no repruebo algunas 
versiones lícitas y moderadas, ni menos alabo la miseria ó 

mezquindad; pero tampoco aprobaré una decisión general 
[>r toda clase de placeres como es la de Eufrosina. Para ella 
ida hay malo como sea fíesta, y cuando no las hay, ella las 
acecen cualquier motivo, como esta noche. ¡Eh! ¡quiera 
^ios, quiera Dios que nuestra sobrina no apetezca algún dia 
> que esta noche ha tirado su madre! 

Con estas conversaciones lie gamos á casa, se dispuso la ce- 
a, cenamos, y nos fuimos á recoger hasta otro dia. 



CAPITIJIiO XXTI. 

ín el que continúa el corone] instruyendo ¿ sa hija acerca del matri- 
monio. 




SI como el labrador arroja sobre la tierra férlil su semi- 
Af complacido con la esperanza de recibir frutos sazonados 
' abundantes, nsí el coronel no regateaba á su bija sus ins- 
rucciones, asegurado de que su dócil corazón las recibía con 
& misma bella disposición que recibe el campo las primeras 
luvias del verano. De suerte, que tanto gusto tenia el coro- 
lel en enseñar á su hija, como esta en recibir sus lecciones. 
Un dia, estando todos conversando sobre mesa, se tocó el 
lunto de la malicia de los hombres que engañan con aparien- 
cias de verdad. Al momento se acordó Pudenciana de una 
>romesa que le habia hecho su padre, y le dijo: papá, el dia 
]a6 nos convidaron para las honras de Pamela me dijiste que 
gae darías algunas reglas para conocer á los hombres, las que 
me serian muy útiles en el discurso de mi vida. Se han pa. 
sado ya algunos días y no me has dicho nada: sin duda queso 



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fímbres de buen cora* 
AB,|,cl„eperl.„o«n,,„,i|„, 

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867 

en los errores que quíereú evitar. Esor hombres son malos 
para superiores, porqne se encaprichan, siguen el error, y ape- 
as* mlguna vez y cou mucha difícuUad se logra que varíen de 
dictamen, sojetándose á un consejo prudente. Son malos es- 
tos hombres» como he dicho; pero son malos mu voluntad de 
serlo, sino por ignorancia, y por lo mismo merecen alguna 
disculpa. Peores son los de la 

Segunda clase. 

Hombres de buena cabeza y mal corazón. 

Estos son aquellos que tienen bastante talento é instrucción: 
pero al mismo tiempo un corazón emponzoñado, y muy á pro- 
pósito par¿ cometer un delito, siempre que conciben que de 
él les puedo resultar alguna satisfiíccion 6 conveniencia. Por 
lo general estos hombres son egoistas, intrigantes, interesa* 
bles y perversos. Ninguna discul{)a merecen, ni en el tribunal 
de su conciencia misma, que incesantemente los acusa y les 
reprende su proceder inicuo. Estos son malos para superio- 
res, para compañeros, para amigos y para todo. 

■ 

Tebceba clase. 

Hombres de mal corazón y mala cabeza* 

Estos son los monstruos mas intolerables de la especie hu- 
mana. Necios y con pésimas inclinaciones, apenas harán un 
bien por accidente: siendo el peor la gran dificultad que tie* 
Den de enmendarse, pues ciegos y contentos con su torpe ig- 
norancia, están casi físicamente impedidos de conocer su tris- 
te situación. Dije c<m, para excusarles la disculpa moral, si 
la quisieran alegar. El hombre, siempre tiene el camino 
abierto para salir del error, como quiera; pero los que están 
bien hallados con él, jamás preguntan si aciertan ó yerran, por 
mas que les remuerda su conciencia: y he aquí la ignorancia 



108 
que no tiene dÍHCulpo, porque se puede vencer si se quiere. Xh 
estos necios y perversos do qite liablo, no tienen ni qi)ier«D te- 
ner otro macílro que su capriclio. Do consiguienle, corDo 
necios adoplnn las mas defeslables ideas, y como perversos 
Ins cjeculan siempre que pueden, y Dios nos libre do eaUi «• 
jetos á esta clase de malvados con poder. 



Hombres de huen coraron y buena cabera. 

Ningunas alabanzas serán desmedidns en obsequia de los 
que corresponilcn á esto clase. Por el contrario de los ante, 
riores, siempre piensan bien y obran mejor. Su entendimien. 
to dócil 6 ilustrado les hace conocer la maldad y la virtud, y 
su voluntad bien dirigida, los incita & detestar aquella y abra- 
zar esta. Y ¿quién dudará que semejantes bombres son bue- 
nos para todoT amigos verdaderos, vasallos fieles, esposo» 
amiinles, padres tiernos y ciudadanos útiles á cuantos tienen 
la dicha de tratarlos Estos hombres, dignos siempre de la 
las honras, ni te 




869 
estimo demasiado, porque sé que te la dicta el mucho amor 
que me tienes, que es el que te hace formar un concepto tan 
Tentajosodo tu padre* Yo te agradezco tu cariño, y procu- 
raré no desmentir tu corazón; aunque es bien que entiendas 
que ni tengo la bond ad que piensas, ni aun cuando la tuviera, 
seria el ünico. Hay muchos hombres buenos, hija mía, sem- 
brados sobre la haz de la tierra; pero es diñcil conocerlos; y 
aunque hay muchos, la infinidad de perversos é hipócritas 
con quienes se hallan confundidos ó engastados, los hace pa- 
recer muy pocos y también muy raros en el mundo. 

Tampoco debes olvidar que por desgracia, el mérito y la 
TÍrtud las mas veces ó no se conoce, ó se arrincona ó se 
persigue. Asi que, no es mucho que los hombres que poseen 
estas recomendables circunstancias, no estén siempre, ni to* 
dos en disposición de comunicar á sus semejantes los efectos 
de su entendimiento y probidad; y ves aquí un motivo pode- 
roso para que estos hombres ilustrados y benéficos nos parez- 
can menos de los que son en realidad. En el cielo hay mu- 
chas estrellas, y no las vemos todas, ó porque una distancia 
enorme las hace inaccesibles á nuestra vista, ó porque algu* 
ñas nubes nos interceptan sus luces. 

Todo eso lo siento mucho, dijo Pudenciana, por cuanto di- 
ficulta el conocimiento de semejantes genios bienhechores* 
¡Ojalá supiera yo algunas señas inequívocas con que poder 
distinguirlos de los demás' 

Bien conozco, prosiguió el coronel, la sinceridad de tu de- 
seo, el que es muy justo, y si Dios te desaina para casada, 
icuánto aprcciariu que encontrases un hombre de esta clase! 
Tá quisieras lo mismo. Es natural: por eso anhelas por al- 
gunas señas particulares para el caso. Yo quiero compla- 
certe, dándote una sola, muy sencilla, pero inequívoca, y es- 
ta es, la sólida y verdadera virtud. El hombro que la posee 
es el verdadero hombre de bien, y do consiguiente, cumplíen- 
Ao exacfnmp.Qte con las obligaciones que le impone su estado^ 



370 

se lince ülil y opreoíabie en cualquiera claso á que peftenesoí 
en la aociedad. — 

Pero, pnpa, hoy tantos hipócrilan con qitiencit an tiooilM 
de cslos se confunda, que me |iarecG uno empresa muy ardm 
el disijnguirio. — Es en efecto dificil distinguir al malvaéa lii- 
(lócrila del Tcrdadíro virtuoso; perú no es inipoaible, en U- 
nicndo idcn de io quL- es hipocrosia y de lo quu es virtud. Si' 
pocresia eg l'1 tiingi miento 6 1» máscara del bien obrar, y k 
virtud es el conslnnto ejercicio de eslc bien obrar. 

Te parecerá quizá que esta diünicion dice poco; pero ixh 
hija, en ella sola le doy el termómetro mas inralible para dis- 
tinguir al hipócrita del virtuoso. El primero puede apana- 
tar virtud, y engañar 6 nlucioAr & los que no 6abuD «fué «o 
virtud) ni en qué coneísle; pero no puede ser constante en e»> 
te fingimiento. Semejantes & algunas mugcrca zonzas qwi 
prelcnden pnsar plaza de j^arbosus, fingiendo otru andar del 
que tienen por nalurale?:», y á puco ralo se les olvida y rael. 
ven Á su antiguo trote ó pasito cansado: asi son los IiÍ|>úctí. 
les, que por un momento fingen piedad, rn^lidad, hiimíTdadi 
y ai se quiere ludas las virtudes; mas esta eacenn na dura ma- 




3T1 

mientras no lo sepa, no podré observar cual ee el mas comple. 
to y verdadero virtuoso. 

Ta yo supongo que la verdadera virtud no consiste en re- 
zar muchas novenas, enmendar con la cabeza inclinada al sue- 
lo, con los ojos bajos, ni el semblante mustio, ni en otras ex- 
teríoridades, de que hacen tanto caudal los hipócritas é idio- 
tas; pero no me acuerdo on quó consiste la virtud verdadera, 
y ciertamente que tú me lo has dicho otras veces. — Sí te lo 
he dicho; mas nuestra memoria es harto débil, y se te ha ol- 
vidado esto como otras cosas: pero atiende. Preguntaba una 
vez un joven & Jesucristo, qué baria para salvarse. „Guarda 
lot mandamientos,'^ le contestó nuestro divino Maestro. ¿Y 
para ser perfecto? prosiguió preguntando el joven, á quien 
respondió el Señor: „Si quieres ser perfecto, vende tus bienes, 
dalos á los pobres, toma tu cruz, y sigúeme.^' He aquí en dos 
palabras explicado por la Sabiduría eterna en qué consiste la 
virtud verdadera y la perfección cristiana de ella misma.^ El 
que guardare exacta y constantemente los mandamientos del 
Sefior, será verdaderamente virtuoso, y el que, á mas de esta 
indispensable observancia, tuviere la heroica resolución de 
desprenderse de todos los intereses temporales, y de confor- 
Esar en todo su voluntad con la de Dios, ese será, no solo vir- 
tuoso y arreglado, si^o justo y perfecto, en cuanto cabe, en el 
•atado de viados en esta miserable vida. Los que faltasen á 
aquella observancia y á aquel despego total de las cosas hu- 
manas, serán solaqnentc unos hipócritas de virtud y santidad 
por mas exterioridades y gasmoñería de que se valgan. Alu- 
cinarán alguna vez á los que juzgan de las cosas con ligere- 
za; pero nunca á los que como tú saben ya en qué consiste 
la virtud y cuáles son las senas que convienen á los verdade- 
ramente virtuosos. 

De manera, papá; decia Pudenciana, que siendo lo mismo 
ler virtuosos que hombres de bien, ninguno que no guarde los 
>receptos del Decálogo en todas sus partes, puede ser virtuo 



B12 
eo, y do coGaiguieote dí hombre de bien, 6 como se dice, 
hombro de honor. — ¡Eso qué duda tiene? — ¡Tase vé! pero yo 
he oído decir que entre los gentiles ha habido y aun hay ío. 
Iré loH moros y protestantea de olrnií comvi niones difercnle* 
de lu nuestra muchos hombres de bien, y tales que eu conduc- 
tu pudiera uvergunzar á muchos calúlicos relajados. Es. 



to I 






n el mur 



a quo haya habido tules hom- 
R ser cristianos, 6 que si los ba 
ardar los diez preceptos dichot, 

nenester giiardaf 



habido, puede haberlos si 
pues los protestantes y n 
le de hai, que para ser hombre de br 
los mandamientos. — Así debcrii 
equivocado; pero lias de saber, hija mia, que aunq<ie es indu- 
dable que entre los gentiles, moros y oíros que no han cono- 
cido ni adoptan nuestra religión ha habido y hay mucboa 
hombres de bien, todos estos han guarditdo y guardan eserU' 
pulosamenle los preceptos del Decálogo. . . . — Pero, papí, ¡c6. 
mo los pueden guardar si no los saben? — Esa es la equivoca- 
ción, hija mia: porque has de saber que todod los hombrea nacen 
con el conocimiento de esta ley impresa en el olma, y de con- 




S7S 

Balvages, de anánime consentimiento en todos los siglos, han 
convenido en que hay un solo Dios, esto es, un Ser Supremo, 
autor de la naturaleza, y de quien dimana todo el bien á las 
criaturas. Sin ninguna revelación conoce el hombre, por 
bárbaro que sea, que no se hizo á si mismo, y que no tiene 
virtud ó poder para hacer producir ninguna cosa de la nada: 
conoce también que es superior con mucho á los astros, á los 
brutos, á las plantas y á todas las criaturas que lo rodean, y de 
aqui deduce aunque no quiera, la existencia de un ser sobera- 
no» independiente y autor de cuanto mira: porque. • • .asi se 
explica el mas rustico en su interior cuando se detiene á con- 
templar estas verdades; si yo que soy la criatura mas perfec- 
ta en la naturaleza, según que me lo manifícsta la superiori- 
dad que tengo sobre sus demás seres, ni pude hacerme á mí 
mismo, ni puedo criar un gusanillo, ni un átomo de arena, me- 
nos hará otro tanto el caballo ni el monte, el pájaro ni el rio, 
ni ninguna otra cosa do cuantas me son inferiores en inteli- 
gencia y en poder. Luego algún ser hay superior á mí y á 
todo cuanto existe, pues íné bastante á hacernos existir. Es- 
te Criador es un Autor benéfíco, pues él me dio los ojos con 
que miro la hermosura del campo y de los cielos: el paladar 
con que gusto la dulzura de las frutas: el olfato con que per- 
cibo el aroma de las flores: el oido con que escucho la meló- 
día de los pájaros, y una particular inteligencia con que me 
proporciono las comodidades de la vida, y me resguardo de 
las intemperies y peligros con mas acierto y ventajas que las 
aves, los brutos y los peces. Este ser soberano es acreedor 
no solo á mis respetos y gratitud, sino también á mi temor, 
pues siendo tan poderoso y tan absoluto me podrá deshacer con 
la facilidad que me hizo, si yo lo disgustare alguna vez. 

He aquí, hija mia, el modo con que han pensado todos los 
hombres acerca de la Deidad suprema: por este convenci- 
miento en todas partes han tributado cultos y homenages a' 

11—2 



«74 
Aulor de la nnturaleza. El Tardad qoe b»n «rrada^dmoái 
de (ribulartoa, pero no en el fin. La ignorancia jr la nImt. 
bia los han precipitado en m il abismaB de delirios. El boa. 
bre incapaz de conocerse á sí, ha pretendido conocer i n 
Criador: por eso unos lo han adorado en el sol, otros en el fuego, 
estos en un buey, aquellos en un cocodrilo, y finalmente, lo 
han querido hallar entre tos materiales objetos que les preaen- 
laba la naturaleza. De aqui nació Id turba de genliles idó< 
lalraa que aiempre anduvo & tientas buscando la deidad inac- 
cesible; pero siempre reconociendo este Autor soberano, Dio* 
de dioses y objeto único de sus cultos y adoracionrR. 

Apenas hubo hombres cuando hubo religión. Esta fué daa- 
arrollándose k proporción que se aumentó la población del 
mundo. At necesario conocimiento de Dios siguió el culto 
exterior: se instituyeron sacrificios y ministros que los ofre- 
cieran con el pueblo: se erigieron aras y templos: se in- 
enlaron fiestas y solemnidades: se reconocieron los templos 
como lugares propios para orar y como asilos para refugiar- 
se en ellos de Ins persecuciones inminentes; se inventaron ro- 




375 

feta: Tú, Señar, has impreso en nuestros corazones la luz de tu 
dwinidad. 

Estos son los tres preceptos que pertenecen al honor de Dios* 
Los otros siete que pertenecen al provecho del prójimo, tam- 
bién se los enseñó la naturaleza dirigida por Dios, bajo de esta 
sencillísima idea: no hagas á tus semejantes el mal que no 
quisieres recibir de ellos. 

Según este principio de derecho natural, y sin mas luz, co. 
nocieron los hombres que no les era lícito dañar á nadie, ni 
en la honra, ni en la hacienda, ni en la vida. Por tanto, lúe* 
go que se reunieron en sociedades, formaron sus códigos, y 
señalaron penas contra los injustos agresores, no dejando en 
parte alguna sin castigo el robo, el adulterio, el homicidio y 
los demás crímenes que se cometían con notable perjuicio de 
los hombres. 

Estos, guiados por la naturaleza dirigida por su autor, no 
80I0 conocieron que no debían perjudicarse, sino también so- 
correrse mutuamente en sus desgracias: pues así como cada 
uno se reconocía con cierto derecho para reclamar los auxi- 
lios de sus semnjantes en caso de necesidad, así también cono- 
cía en sí cierta obligación de ayudar á sus iguales en el mis. 
mo caso: y de aquí tuvieron origen las leyes justas, los esta, 
blecimientos j)iadosos, y los hechos bcnéfícos y heroicos que 
admiramos aun entre las tinieblas del gentilismo. 

En vista de estos con-^cimientos naturales, ¿qué novedad 
nos puede causar un Arístides, un Marco Aurelio, un Sócra- 
tes, un Tito y otros mil hombres de bien, esto es, hombres de 
conducta arreglada y corazón benéfíco, que entre los errores 
del paganismo, se distinguieron del común de sus coetáneos, 
derramando sus luces y prodigando beneñcios á sus semejan- 
tes? Tales fueron muchos de estos grandes hombres, que los 
pueblos reconocidos á sus bondades, se tomaron la libertad de 
divinizarlos después de su muerte, creyendo que no llenaba de 
otro modo las sagradas leyes de la gratitud, y persuadidos á 



r 



373 
<|uc un hombre bienhechor 6 era Dios, 6 nodi 
lo. ¡Tanlo ea el amor y respeto que se granf^ea ]■ t 
cia cuando recae sobre un corazón agradecido! 

Pero lo que hace á nuestro intento es que estos hombrea 
amados de los piicbln-<, no lo fueron por otra cesa sino por- 
que respetaron ú sus Dioses, obraron con arreglo á la juítieia, 
y lejos dn ofcndi^r í sus semejantes, loa llenaron de benefidoi. 
Esto es en mientra religión amar & Dios sobre lodo y al pró- 
jimo ciimo á nosotros mismos: y cslo (ambien es, en cierto 
modo, guRrdar los preceptos del Decálogo sin noticia quizá de 
los Proft'tas ni EjcriluraR, * pues nnles que Dios en el Sinai 
grabara sus preceptos en unas piedras para dárselos á Moiteni 
ya los liabía impreüo naturalmente en los corazones de los 
hombres, Pegunte lo he nianifeslndo, y de eslo debes necesaria' 
mente deducir que si hubo entre tos paganns algunos hombres 
de himcr, solo Tiicron los que tributaron el debido culto á la 
dtidnd, los n,ue jamas dnñaron ¿sus semejantes: los quo bene- 
üi'iaron á los d<!sgraciados: y en dos palabras, \ca que amaron 
á Dios sobra (odas las cosas y ni prójimo come á eí mismos. 
li podrían ser hombres de bie: 




877 

ligioD, fuera del cual nadie puede salvarse, hicieron sus virtu- 
des infructuosas para sí niisinos. Aisladas sus buenas accio- 
nes en el orden natural, desnudas de fe y de caridad, no pa- 
saron de virtudes morales: de consiguiente no fueron merito- 
rias ante Dios. Si se abstuvieron de cometer el mal y obra- 
ron el bien, no fué en primer lugar por complacer á Dios 
como el católico virtuoso, sino porque naturalmente los era 
odioso el vicio, y por la satisfacción que experimentaban 
cuando hacian algunas obras buenas, y tal vez por lison- 
jearse con la brillante reputación que estas les grangeaban. 
Sin embargo, la memoria de estos hombres no hubiera pasa- 
do á la posteridad con elogio, si no hubieran tenido y culti- 
vado estas virtudes, ni estas hubieran resplandecido en ellos 
en tan' o grado, si no hubieran cumplido exactamente los siete 
preceptos del Decálogo que pertenecen al prójimo y los tres 
divinos que pertenecen al culto del Ser Supremo. 

Si esto es así, es necesario confesar que ni pudo, ni puede 
haber hombres de bien en el mundo, sino arreglándose á la 
pauta de estos preceptos divinos. La digresión ha sido lar- 
ga, pero yo la he juzgado importante para tí. 

Y icómo que lo ha sido, papá, dijo Pudenciana! yo antes de 
ahora, pensaba que todos los que no eran católicos eran sacrí- 
legoá, vengativos, avaros, crueles, (on una palabra) libertinos 
V viciosos hasta el extremo. 

Pensaba también que los que nacieron antes de la venida 
del Mesías, no tuvieron ni pudieron tener niguna idea acerca 
de la Deidad Suprema, y so me habia olvidado que ya me ha- 
bías dicho que muchos paganos sabios, aunque en lo exterior, 
fíngian creer la pluralidad de diosos que veneraba el pueblo, 
en lo interior conocían que era «un delirio admitir un poder 
divino repartido entre muchos soberanos, ó reyezuelos celes- 
tiales. 

Por ultimo, pensaba yo que se podía ser verdadero hombre 



do bien en el muiulo, lin •ujetane i te nnts hf .^HfaM g^ 
bierna; pero ya veo quo d que upíre i aili tftds 4a kmtt, 
ha de guardar estoa diez precepto*; menoa, do haf ttdhOüAlÚ 
. de bien, ni tal honor en ninguno. Yo te dof Iw ( 
pá, por tua buenoa documentoa, y te auplico que m 
aeñaa maa claraa paia diatínguit i los hwDbiw b 
los que fingen aerlo: pues ya (ú res que no es Qm\ n 
todos á los alcances para ver ai guardan 6 no loe o 
toa, y seria muy opurtuna una sefialita reaarrad» p«n oob 
cer al picaro y libertarse de 6Í. ¡Oh, cuanto ralien ori 
piedra de toque para elegir uD buen maridol Poee, digo, al 
i las que piensan en casarse. 

Y á tf también te servirá si pensares en eeo algniM v«s, i 
jo el coronel; pero aunque ya sé cual es la Mfia ngar* tp 
tú quieres, temo decírtela porque no bayas á qnnrar nspK 
tnrl'a por tí misma. jAy, papá! pues si es según (qaé rie^l 
hay en que se experimenteT En que se experimenta 119 hi 
riesgo; en que no se salga bien de la prueba esli d liei^u.- 
^Tao contigenle es la victoria? — Si, tan contigento; y nn 
1 joven inexiierta, ] 





i)e U ailoil(ljt«i«al>&*Beata,V5eVia meilja (naUJ* 



r^ 



879 

te 0blia Matilde, que babía eetado en ella como de palo» gua- 
lando de la instrucoion de eu marido; pero como cualquier 
desgracia noe sorprende, y mas cuando recae en nuestros deu- 
dos 6 amigos, no fué mucho que esta fuese la primera on le- 
vantarse y salir corriendo á favorecer á su tia. 

Tan presto lo hizo, que cuando nosotros llegamos á la es* 
calera, ya habia levantado á la dolorida beata, y la subia apo* 
yada en su brazo. 

No fué cosa de cuidado el golpe, pues solo se lastimó lige- 
ramente una rodilla. 

Luego que entró á la sala, se sentó, se le dio una po^a de 
agua fria por el susto, y unos bizcochítos con un traguito de 
vino por la debilidad, con cuyos auxilios se restableció la en- 
ferma en un instante, y se volvió risa la memoria de la caida. 

Asi que estuvo confortada y del todo serena, le dijo Doña 
Matilde: Pero tia, ¿qué negocio trajo á vd. hoy á casa, que 
venia ó tan distraída ó tan de priesa que se cayó de la escale* 
ra? — ¡Ay mi alma! un asunto de suma importancia, cual es el 
avisarles los grandes cuidados de Eufrosina y de Pomposa, 
que como ustedes no han parecido por allá desde el dia de las 
honras de Pamela no han sabido nada. — ¿Pues qué ha suce- 
dido, tia? — ¡Qué ha de suceder, sino que desde la noche de 
las honras espantan en la casa! Si la perrita hubiera sido 
gente, yo dijera quo andaba en penas; pero no lo puedo decir, 
porque al fin Pamela no era gente ni lo soñó en su vida, aun- 
que no le faltaba mas que hablar. — Pero, señora, qué clase de 
espantos son esos? — ¡Terribles, D. Rodrigo, sí, terribles! ¡So- 
bre que han andado buscando casa todos estos dias, y dice 
Eufrosina que de hoy á mañana se muda, aunque sea á una 
accesoria ó á una casa de vecindad! — ^¿Tan grandes son los 
espantos? — Sí, seSon ¿le parece á vd. poco que en la noche de 
las honras viera Pomposita al diablo?— ¡Al diablo! — Si, señor, 
al diaUo, al mismito diablo vio la pobre muchacha. — ^¿T qué 



jido. — Pues qué jdirá vd. que no hay nada de eso? — Sí, lo nú- 
mo que el diablo que se le apareció á mi sobrina. 

¡Pues ya se v6 que eÜ decía la beata; y si ealas cosas no 
fueran verdad, no se leyeran en los libros impresog con lelraa 
de molde y con bs Ucencias necesaria 
por personas muy sabias y muy crisli 



equi 



lodos los malos libro 



¡e oyeran asegurar 
. — ¡Ab, señora! ñ 
imudccieran todas 
j entro los mucha- 



.s lenguas ignorantes acreditadas de eabi 
cho9, icu&ntos errores ae corlarían de raiz! 

La niullitud de milagros y espantos apócrifos que so bailan 
esparcidos en los librcií, y deftíodidos como verdades inconcu- 
sas por personas que parecen sabias, son los que lian abierto 
la puerta á infínitos errores, abusos, vana 'confianza, fanatis- 
mo y supersticiones, en que el vulgo de todas clases se halla 
empapado, no solo ea nuestro reino, sino en todo el mundo, 
pues en todas parles cuecen habas. 

Lo mas sensible es que los que con una piedad falsa han 
querido hacer valer la religión con estas patrañas, no han 
conseguido otra cosa que hacerla terrible para los propios, y 
ridicula para loa extraños. 




888 
e^MUitosy los hay. En vida de la señora mi madre, que era yo 
muchacha, había en México un hervidero de duendes y faiv 
taamas, que no era dable, y yo me acuerdo que recien muerta 
8U merced, la vi dos noches palpablemente al entrar en la re- 
cámara donde murió, y una vez oí que me llamó y me dijo 
muy claro: María, María. Pues esto á mí me pasó, no me lo 
contaron, y la vi con estos ojos que se ha de comer la tierra. 
Lo mismo digo de los milagros que cada día se ven á milla- 
res. ¿No vé vd. cuantas muletas y piesitos de plata y cera 
están en los altares de algunos santos? ¿Quiere vd. mas prue* 
ba? Y por fín, ¿no se acuerda vd. del milagro tan patente que 
pasó habrá doce ó trece años con Pomposita cuando se cayó 
M halcón, y no recibió el mas mínimo daño sino el susto? 
Pues esto no lo puede vd. negar, porque lo vio con sus mis* 
moa ojos. 

Es verdad, contestó el coronel, yo lo vi, ó si no lo vi me lo 
contaron: fué cierto que la niña cayó del balcón y quedó ile- 
sa; pero eso fué casualidad, no milagro: milagro hubiera sido 
que se le hubiera hecho pedazos el casco en la lana; pero que 
no se matara una criatura de tan poco peso, al caer de un 
balcón no muy alto sobre un montón de lana blanda yespon- 
jada, no puode ser milagro, mas que así lo llame vd. desde abo- 
ra hasta el fín de sus dias. Fué casualidad que hallara preve- 
nido en el suelo tan buen colchón, y cayendo en él, fué cosa 
mny natural que no se matara ni se rompiera la cabeza. Ahí 
me las den todas. 

— ^¿Conque no fué milagro? — No, señora, no fué milagro. 
— Pues sí, señor, fué milagro, y muy milagro, que lo hizo 
nuestra Señora de la Soledad de Santa Cruz, Señor San Agus- 
tín, y mi madre Santa Rosa de Lima, á quienes yo invoqué, 
innque tan mala y pecadora. — La creencia de vd. es piadosa, 
pero el hecho no fué cierto, porque ni esos santos hicieron tal 
nílagro, ni pudieran hacerlo — í Ay Jesús! ¿qué que es lo qus 
'd. dice? ¿No pudieron esos santos hacer ese milagro? 



Ko aeoora, ni otro ninguno. — jAy, qué ea lo que oigo! jlft 
Id Santíflima Virgen que eslá en el rielo puode liaccr un mi' 
logro? — No, ni lu mísma Emperatriz Sagrada. — ^Has oído, 
Matilde, que tieregia tan grande ha dicho (u innridL>1 jJesu* 
eea aquí! ¡Ave Alaria Purísima!..». — ^No se csiiuate vd. 
que no lia dicho Linarto ninguim bJaBfemia. — Ya se ve que 
no. Mí papá es muy cristiano, añacJiú Pudenciana. Y la 
venerable beala, llena del espnnlo mna pánico ó infundado, 
preguntaba! ¿Pues qué lambien usledea son de su opinionl 
¿también ustedes aseguran que ní los santos ni la Virgen Ma- 
rín lineen milagros? — De fuerza lo hemos do asegurar asi, 
cuando nos los enseña la Iglesia. — ;La Iglesia! ¡Qué testimo*: 
nío! — ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar! Ya 
todos los de cata casa son licrcges. Es menester delatarlos. 
Ellos son mis parientes; pero no tiene remedio: de aquí dere. 
chito í la inquisición. Sí, si, que los quemen; primero es ú 
alma. 



No se dé vd. tanta priesa, señor 
r.ha paz; no vaya vd. á incomodar 
quisidorcs, porque le dirán que ei 



a el coronal i 




9a6 

4b loi que igpioran la realidad del caso, son de temor, y ae de- 
iMft eritar. — Déjala que vavá^ con Dios: no hagas aprecio de 
•ao. ni tengas cuidado. .¿M¿0O los jueces son ígnoraotes, lii 
pueden proceder con iroff0íl Ellos en la delación conoce- 
ráa la ignorancia de la madre beata, y cuando les qoede al- 
guna duda, luego que me oigan se satisfarán de la púreza^de 
mi proposición.— Es verdad, pero ¿qué gana tienes de esas 
contestaciones? ¿Ta lo vea? delante de los muy ignorantes y 
Tirtuoaoa fanáticos no se puede hablar nada, porque todo Ío 
entienden mal y lo interpretan peor. 

Mientras que el coronel y Doña Matilde hablaban estas co- 
aas, ae marchó la necia beata, y nosotros no dejamos de que- 
dar con algún cuidado, que no se noe quitó hasta la tarde, co- 
mo verá el lector en el capítulo que sigue. 



CAPITUIiO XXTII. 

Bo al qn« sigiio la dispata qaé el coronel tavo con la baate. 




\vcaM veces una casualidad origina una desgracíaf y 
otraa evita una desazón. Esto último aconteció entre el co- 
ronel y Doña María. Iba esta firmemente resuelta á acusar- 
lo» cuando la encontró Carlota, le preguntó por él y su famí- 
lia» y la^^beata después de referirle lo acaecido, le dijo como 
iba dctorminada á delatar á todos. Carlota era muy pruden- 
te, y asi dijo que la intención era muy buena; pero la hora muy 
ioeómoda» pues era medio día, y los señores estarían en sus 
eMBS» y tal vez comiendo: que seria mejor ir á caaa de Doña 
Eufrosina, comer allá, dormir siesta, y á las cuatro y media ó 
4 laa cinco de la tardo pasar al tribunal á delatarlos. Con es* 
lo M ■efonó la vieja, y ambas se fueron á casa de D. Diontaio^ 
porque Carlota no quiso separarse de ella. 



318 
Luego que llegaron, contó ta beata cuanto le había pamk 
con el coronel, añadiendo é interpretando á su tinlojo lo qm 
le pRteciú, con lo que sorprendió & Eufrosina y su mariilj.1 
Pomposa, al padre D. Jaime y í otras per!iona.s que asirte. 
roD á so informe, y se admiraban coa razón, como qni 
clan bien el fundo de talento y religión del coroneli j: 
se atrevían i contradecir á ta vieja, j>iies ella juraba que ui 
era según lo refería. 

Carlota, cuidadosa da la aucrte de Matilde, na quiso despe- 
dir», sino que envió á llamar á su marida el caballero Jio- 
bo. & quien hizo sabedor de la desgcacia que amenazaba 1 
amigo Linarte. 

Sin embargo del general cuidado, pusieron la meaa, coiii 
ron y ae recogieron para pasar la siesta. Todos estaban tpi> 
■adumbradoaj pero aéranos respecto de si raíamos, menos la bea- 
ta, que ni iJurmió, y ya no veía la hora de que dieran 1: 
tro, para cumplir con laa obligaciones de cristiana, stgio 

Doña Eufrosina A las tres envió cl coche á so cuñado, mu- 
dándole decir que fuera lupgo, luego, que le ¡mporlaba nm^^ 
porque allii cslnba la lia Doña Mana. 

El coronel recibió el recado con aquella serenidad que ir»' 
pirata ¡nocencin: y sin apresurarse, se levantó de su sefli 
tomó cUocolale, iiizo que la tomaran Alalildp v Pudencian*' 
que estaban con liarlo suslo, y asi que concluyó do» csrtii 
qiio tenia que enviur á la eslafela, mandó que ae vistieíaolif 
señoraa, tuvo cuidado de que se previniese lo pertenecieate* 
la casa, y cuando ya estaba todo organizado, cerró las puei' 
tas principales, tomamos el coche y nos fuimos para la «a 

Cuanijo llegamos, Ib hallamos toda alboratadn, porque T» 
habían dado las cuatro, la beata porfiaba por ir k bu negocio 
y todos rodeadoa de ella se lo impedían. 



«6T 

Luego qao tí6 al coronel yira familia, cerró loa ojoa, ee 
tapó laa orejaa, y con nnoa gestos de energúmena decía: ndé- 
jenoM salir de aquí, yo do quiero coDverfiar con herejotes: loa 
aborreaco, loa detesto, los abomino. Si estos fueran mi padre 
j mi madre, haria lo mismo que voy á hacer. Sí, síi prima- 
ro es Dios y su santa fe que Iodo el mundo." 

Sin embargo de que los visages de la beala tonta excitaban 
Ift risa de loa cfrciinstantes, no dejaban de esperar maloq re- 
eulladoa los amigos y doudoa del coronel y su familia, mucho 
mas cuando notaban que la denunciante no desistía de su ín- 

La wnsible MMilde y amorosa Pudencíana padecían mas 
que todos en aiguella ridicula escena, y con lágrimas en los 
ojos procuraban aplacar i su tía; pero en vano. Esta mas se 
irritaba al oírlas hablar> y creyendo que aquel llanto era efec- 
to del tedior del merecido castigo por su culpa, le empeñaba 

El coronel instabn que la dejasen ir donde quisiera, que no 
tuviesen cdidado, que él so defenduría, que aquello no era na- 
da; mas sus moaes no caimnbnn el aenlímíento de los suyos 
ni el temor de sus amígo!^: y así mas por serenarlos á todos 
que por olTB cesa, deicrminó sosegar á la lia María, lo que 
consigió do esta manera- Déjenla, señores, decía en voz al- 
to, déjenla, que vaya donde quiera. Yo también tengo que 
acusarla, y los dos qiiciln remos en la circel: yo por herege, y 
ella por gentil. ¿Yo por genlil? preguntaba lu beata muy 
apurada — Si, señora: por gentil 6 genlils, como vd. quiera. 
Herege es el que niega alguno de los misterios de la fé quo 
profesó en el bautismo, y gentil en el quo carece en lo absolu. 
to de esta fe 6 cocimiento sobrenatural. — ¿Pues que yo no 
tengo fe? — Nt>, ni s!ibe vd. qué cosa es fe. — ¿Cóipo nol La 
fe es un eonocimienlo sobrenatural, con jue ti/t ver ereenoi 
lo ^ Diot tUe» y la I^fia no* tnitña. ... Es asi que 



vd. no cree lo que Dios dice, ni lo que la ha enteñala 
Iglesiti, lupgo no liene fe: y si do tiene Ce, ea gentil..-. I" 
Dcscomulgadole, ¿quién asegura que vo no creolo^wj 

enseña la Iglesia? Yo lo digo, y se lo Toy 1 (rnto 

i vd. en sus bigotüs; y ai no lo probare bien, A juicio * 
estos señores cristianos que nos oyen, desde ahora pina. ! 
tonces y desde entonces para ahora, me obligo en toda foiM * 
con tnis bienes habidos y por haber, á que refresquemí 
de mi cuenta esta noche: ítem mas á dar^e i vd. Ireinl 
para un hábito nuevo de cristal, y á que mi muger j mi tttji 
le bagan unna tocas nuevas. Vamos á argüir: senlénionM. 
El estila festivo del coronel calificó su inocencia, e lii 
rdir i todo^ hasta i la beata, que segura en que no te podi 
probar que era gentil, conciliió la tisonjera esperania deiÉi 
zar los treinta pesos promutidoa: y así, sentándose en compí- f 



i de los deJii 



icli6 a 



, que b 



Mplicódff 



Ya vdcs. señores, hnbmn adierliJo que la tia Doña M»m 
se ha cscnndulizado grandemenif por inia proposición '¡ueint 
ha oido. Todos los días hay gentes que se escandalizsn. j 
otras que temen escnndnlizar sin fuoilamento, sino sola pwqui 
ignoran hi que es escíndalo. Doña Marín es una de HIss: J 
así vdes. me permitirán que le ex|jliqiie brevemente la q' 
escándulo, por lo que no* pueda imporlnr. Oiga rJ. sf:ñ07 

El escándolo, sc^un lo9 moralistas, se diviiíe en acli 
pasivo. Activo es el que uno da con acciones 6 palabrBsqw 
causan ruina espiritual ni prójimo, y eslc so puede darnos* 
lo con acciones malas prohibidos, sino también con buenssy ' 
licitas: por ejemplo, licito es que yo acaricie á Matilde; pero si 
lo hago con ósculos V abramos delante de algunos jóvenes de 
ambos scios, ya no es lícito, por el rscSadolo que pueda diif- 
les, particularmente si ignoran que es mi esposa. 

Escándalo pasivo es el que se recibe délas mismas aecienef- 



889 

El escándalo activo se divide en especial y generaL El 
primero es el que se da con intención de que otro peque y se 
condene, y este se llama pecado de demonios. £1 segundo es 
elque se da sin ese fin determinado, sino solo por la corapla* 
ctncia que nos resulta de la acion,^ como el que da á una mu. 
ger el que la induce al pecado, po precisamente porque peque 
y se condene, sino por satisfacer su apetito. 

El escándolo pasivo es de tres maneras: farisaico, de párvu* 
los y de frágiles. El primer es aquel escándolo que se recibe 
no porque la acción sea en si mala de modo alguno, sino por 
la deprabada malicia del que la ve, y se escandaliza aun de 
las cosas buenas, como se escandalizaban los fariseos de que 
Jesucristo hiciera milagros en sábado. 

El escándalo de párvulos es el que nace de una ingorancia 
natural, como si uno se escandalizara de ver trabajar en do- 
mingo, sin saber la necesidad ni la dispensa con que se hacia. 

El escándolo de frágiles es el que se recibe por nuestra hu- 
mana miseria, que toma ocasión para pecar de cualquier cosa. 

En vista de esta doctrina, ya vd. entenderá que su escán- 
dalo ha sido de párvulos, porque lo ha acasionado su ignoran- 
cia; pero si después que yo explique mi proposición siguiere 
escandalizándose, ya entonces es su escándalo farisaico, y por 
lo mismo despreciable. 

To dije, señores, que no fué obra milagrosa sino muy natu. 
ral, que esta niña no se matara, cuando siendo pequeñita ca- 
yó de UD balcón sobre un montón de lana; y á seguida asegu. 
fé que ningún santo, ni la mikma Reina de los cielos puede 
hacer un milagro. 

Esta señora no esperó razones, sino que tapándose las ore* 
jas, se salió de casa escandalizada de tamaña heiegía. Cuan- 
do solo se oyen medias palabras ó no se entiende el sentido de 
ellas, es fácil sacar consecuencias criminales de las cosas mas 
inocentes, y formar los conceptos mas ridículos. Estas son 
'as ventajas que ofrece la ignorancia junta con el atolondra- 



. ..^..Kj vici mayor susio le 
Dios, que do hoy en adelanje no i 
Antonio, Pascual ó lo que quieras; 
T vida tuya, porque es un gran pect 

que sacan encorozados álos Blases. 
ba su muger muy admirada: eso r 
ser, hija: acabo de ver uno encorozt 

Se rieron todos muy de gana con 
menos la beata, pues es(a se avergonz 
D.Rodrigo prosiguió diciendo: ¿Que! 
déla candidez de aquel buen hombre? 
acompañado esta tarde á Doña Mari: 
los dos me hubieran ido á delatar p 
las chanzas, y pasemos á desescandal 

Los señores saben muy bien lo qu 
muger y mi hija; pero vd. señora, no 
lo sepa. Atiéndame. 

Una de las señales características 
sean contra la naturaleza; esto es, qu* 
venzan. Y ¿quién puede dominar la 
tor Supremo? Por tanto, solo Dios 
solo Dios puede hacer que «1 fno'»'^ • 



asi 

del eaw aproveebarDoa de au valimieQto, y «licitar bu patro. 
cinio en itupstraa afliecionea.' Ellos son amigos de Dioa, j 
•u* ru«g09 soD oido* de su Magestad con agrado. Esto es lo 
' que pueden tiacer los santos por bus devotos; mas no ha- 
cer un milagro, pues no alcanza á lanío su poden entonces 
podrían lo mismo que I>Íos, y sarian otros diosea, cuyo absur> 
' do nn cabe en la imaginscion de un católico. La Daturale> 
ZQ solo se sujeta ti su criador, y aun cuando obedece k loa 

(* bombres, lo liaCG mandada de »u autor. Sí una peña herida 
, por la vara de Moisés produce agua: si el lol detiene au cur> 
so á la voz de Josué, no fué ;)nrque aquel legislador ni uto 
general tuviesen poder para ejecutar estos prodigios, sino por- 
que Dios mandú í la piedra que diese agua, y la dio; quiso 
que el sol detuviese s\i carrera cuando Josué hablase, y el sol 
•e detuvo Así sucede siempre: manda el señor, y la natura- 
leza obedece sus preceptos. 

Y asi cuando se dice que la Virgen Santísima, quo este 6 
aquel santo aon muy milagrosos, hemos de entender que Dioa 
ba hecho (nuohoB prodigios por su intercesión; maa no que 
«líos los hayan hecho. 

Esta es la doctrina de la Iglesia que se ignora por muchoa 
en punto de milagros. iQué le parece á vd. DoBa MarfaT'— 
¿Qué me ha de parecerl sino que cuanto vd. dice, ni me (oca 
ni me laüe, porque yo no soy teóloga. — Pero es vd. católica 
cristiana, y como tal no debe ignorar los prtncipioa de la re- 
ligión que profesa.— Pues yo sé muy bien el catecismo y ten> 
go la fe del carbonero, y con eso me basta. — Se engaña vdi 
señora: el saber el catecismo sin entenderlo, no basta; 7 al 
I atenerse & la fe del carbonero, que según el cuento decia qtw 
l él oreia lo que creía la Iglesia, es una excusa muy groaen 
I para defender la mas torpe ignorancia. 

Semejantes profesiones de fe no son sino una irrisión y nn 
inaulto qua hacen á la miama religión muchos que blasonan 



« 



varas. Allá !u.s csíüdianíes como 
Idíinorum y teologías, que á mí me 1 
puño cerrado, y caiga quien cayere; 
he de creer todos los que vea escritos 
en las iglesias: y si son mentiras, all; 
licencia para ello, pero á mí no me to 
Clones. Yo sé que cuando una cosa s 
de, ya ha pasado por los ojos de los 
luego serán muy leídos: y así cuan 
una cosa se imprima, ya sabrán que i 
hay ningún peligro en que todos la le 

Lo mismo digo de las muletas, cab 
gres de cera y de plata que se cuelgar 
tares de los santos: milagros deben d( 
dos dicen que son milagros: á fuera > 
poneDy será con licencia del cura, del g 
re con el santo. ¿Qué mas es ncccs: 
tan ciertos como los artículos de la fe? 
lo dice, estudiado lo tiene; y si no 1 
porta? 

Yo fuera una judía si pensara que I 



S 6lec • 

8 r 



3^8 
tante ios que la oian, y el oarond le dijo:! 
vd. padece mil equivocaciones, y lo peor i 
ittt y ha de costar mucho trabajo el convl 
te, sepa vd. que todos esos retabiitos qu| 
dican á los santos en sus imágenes, no soii 

ni pueden serlo sin la GulifícacL6n y decICw-s^.^-. o .— ^ 

Se permito que so coloquen en los templos, para que los fíeles 
desahoguen su devoción y gratitud, y porque, tal vez el vulgo 
ignorante, si careciera de esta libertad, caerla en el error de 
creer que ni los santos intercedían por nosotros en las necesi- 
dades, ni IMos nos dispensaba tan francamente sus favores, y 
este errcñr seria mas pernicioso que el primero: pues, de creer 
que Dios hace mas milagros que los. necesarios, no se sigue 
injuria á su omnipotencia; pero de creer que no lo¿ puede ha- 
cer, 6 que nos escasea mucho sus favores, se insulta su poder 
soberano y su misericordia liberal. Sin embargo, seria de de- 
sear que todos entendieran que el poder de hacer milagros es* 
privativo de Dios, y que los santos únicamente pueden supli- 
carle que los haga cuando convenga á su gloria y bien nuestro. 
Asimismo debían todos saber que no se le puede dar crédi- 
to á cuanto está impreso, solo porque están las letras estam- 
padas con moldes, ni porque se lea en las carátulas que están 
con las licencias necesarias. Esta es una simpleza que trae 
funestas consecuencias entro la gente idiota, que vive persua* 
dida á que se debe creer como de fe cuanto está impreso, en 
virtud de que ven 6 han oido decir los muchos pasos, censu- 
ras, licencias jr dinero que cuesta la publicación de una obra; 
y alucinadas con estos aparatos, no pueden convencerse dé' 
que haya falsedades en los Iibrd6, siendo así qoe no hay here- 
gía ni desatino que con licencia 6 sin ella no esté impreso: de 
lo que resulta que se empapan en mil errores que leen sem- 
brados en muchos libros que traen vidas de santos anoveladas/ 
y milagros apócrifos. 



\ 



\ 



tontos trabajos, sin mas fin, á lo qu 

paciencia, cuando pudo haberlo hí 

no indujesen un escándalo general? 

M qoe tengan al dicho por un tonto 

como creyó que los ojos y lengua d( 

■ont6 por milagro, eran de una mug 

no suya? Yo á lo menos no creeré « 

«niMtraa no me las asegure por ciert 

La historia de S. Cristóbal es oí 

que pasaron y aun pasan entre el vul 

crea que fué gigante. La novena lo i 

luego es verdad, se debe creer, y nega 

99 el idioma del vulgo. 

|No seria bueno desengañarlo, dicié 
te, ni sirvió al demonio, ni lo dejó por 
la cruz, ni sucedieron las patrañas qu. 
que fué uno de los héroes que muriero 
Jesucristo? 

Así es que fuera bueno se enseñara 
•encilla beata; pcroíi no fué gigante j 
manóte en las iglesias? j Acaso son tol 
A fe que no: bien saben lo niu> «» h»„» 



1 qui«B víde eoB mis propios ojos. Pero sea lo qua fiui»,^ 
(eogo ea mi casa una cabeza de S. Cristóbal hermosota b^ 
grande, ya se ve como degiganle cnnanoo, y soy muy deTOU 
y le enciendo una velóla de á medio; pues, el dia que lo tengo, 
que no están los tiempos pnra fiestas. 

Se reían lodos de buena gana de estas sandeces, menos el 
corone' que se compadecía de ellas; y asi, cuando tuvo lugar 
dijo: Se echa de ver, señora, que sus padres de vd. fueron cria, 
fíanos y que lo dieron una piadosa educación; pero por dea- 
gnein «la aa ha deslucido con la multitud da extravagancEns 
y preocupa cioDM que adquirió desda aua priineroa atloa, y 4» 
lu qoa nrft harto difieil se desprenda. 

El afecto que vd. le tiene & S. Cristubal sin duda es loablai 
pnes BU intercesión, como la de los demás santos, es poderosa 
para alcanzarle del SeBor las gracias que la convengan; paro 
DO es loa1>le la credulidad de vd. acarea desudesmeaurado la. 
■ñaño. Antiguamente se divulgó entre sns devotos que cual- 
quiera qua viese su imagen no moriría en aquel dia de mueN 
te mala, sobre lo que se compuso esta verso: 

Criitophoñ §ancti speeimen juicusijiu tuetur, 
Ita namque die non moru mala moriebtr. 

En castellano puedo traducirse asi. 

De muerte repentina ó BEarosa 
No mortri cualquiera que mirare 
La imagen de Cristóbal prodigiosa. 

En fuerza de esta creencia supersticiosa todos desbaban ver 
la efigie del santot 7 como dice el sefior Huratorii „E1 que 
ifdescaba frecuente concurso á su Iglesia, pintaba en la fa> 
^hada á este santo en estatura de giganta como lo fingen 
.^ht ftfaDlw do aa rída." Ya -n vd. seQora y que origea tas 



«irúneo trae ese pedazo de cuento que wi. eréa. 
eeto son loa que autoriza le credulidad del vulgo. 

iQité cuentas tengo yo con esoT decia la beata: dejemos qiia 
sea cierto lo que vd. dice, qua esoí iquien satie! pero jo atin- 
gome á lo que me enseñaron mis abuelos y ¡aantaa paacuu! 

Cuda vez que hablaba la tia Doña María, reidn maa lodM 
aquellos seBoreSi viendo el empeño que el coronel tenia en de» 
impresionarla de sus errores, y la tenacidad con qna olla n 
resi^iin, corrcspondicudo iaa instrucciones con sandeces. 

Enfadado de estas mi tutor, vnrió conversacioiiss; sncnron 
chocolate, dulce y ngun, y concluido el refresco, se despidió la 
heala, diciendo qiia ya era la oración, y que una muger en 1» 
calle, sola y de noche estaba muy expuesta. 

No pudieron contener In carcajada de risa los concucronlus 
oyendo que la triste vieja pcni^alia [jue aun tenia riesgos que te- 
mer en la calle. Doña Eufrosinn y su hermana la detuvie- 
ron sin mucha dificultad: ella se retiró á una recimera á in. 
zar eus devociones: las visitas parlaron un poco mas sobre di- 




no ern boba y había leído mucho, aunque sin orden ai elec- 
cion; pero lo aobnba labia para aturdir á loa menoa aviaadoij 
y as! me nombró por bu defenaor ínpectDro, y cuando n fue. 
ron las doa solas, me hizo Mña que la siguiera. Yo cumplí su 
gusto con prontitud, porque tenia complacencia en oir las pro- 
duGciones da Pomposa, 

- Lnego qn« estuvimos solos, dijo Pudenciana á su prima; 
Conque, níñs, cuéntame: ¿cómo le ha ido de espantoT FaIaU 
meóte, hcrmnna: ¿cómo qiiierej que me vaya! ¿To parece co- 
sa de jiijiuele ver ai iliablii! — Ya 60 vo que no¡ ¡pero qué, tú lo 
, y toiio entero. ¡Ay, qué feo será! — 
Mirulo (ü con su cabeza de cochino, 
19 zaticni de ohívo y bu rabo de mono, 
iluvisle mirando según la descripcioo 
is lo vi en un abrir y cerrar de ojos; 
ic envolví la cabeza, y empecé í gritar 
i fuer/.a!!; pero en aquel instante se me 
on BU abominable figura del modo que 
se ve, prima, que como tú eres vive, fué 
en la' imaginación! y mas que, según 
nos contó tía Mario, lo vislc otra nocho. — ¡Ay, niño, ojali y 
no }o hubiera visto! y lupgo para rematar Ih cosa, ya te cod> 
larian lo de los golpes que oí ea mi cabecera, que no sé como 
no me he vuelto loca del ^tislo. Y con razón, niña, decia Pu- 
denciana; poro mira, osos golpea tal vez los dnrian en la 
cindad de atr/is. — ¡Qué vecindad ni qué nada! bí la pared 
ds esa recámara cae al patio del mesón, donde no hay gen. 
to ni puede haberla, y mucho menos á tal hora. — Puesaíen. 
do wtí, prima, ¿i qué podremos atribuir esos espantos}— ¡Ayi 
hermana de mi alma! ¿i qué los hemos de atribuir sino i 
■osypárticularea inspiraciones del cielo? Aai lo juzgó ma- 
ibS, y yo también. 

Puede ser asf, decia Pudenciana, y 'eso creo que ae conoce 
inejor por loe efectoe, aogun dice mi padre.— Pues ai en e>o ■• 



vísiel- 


-Toma si lo vi, 


Endeír 


oniado. niña. 


sus cu 


rooB de toro, su 


— Mu> 


despacio lo es 


que me 


haces. — Apena 


porqiiL 


luego, luego rr 


á papd 


con todas mis 


(]uedó 


én In imaginaci 


lelah 


pintado,— ¡Ya 


ficil quo se te quedara 



Cía; porque suelen algunas conversiones 
lo llamaradas do petate, que tan pronto s 
apagan. — Así serán; pero la mía no es de 
Cada día me siento nías robusta para se, 
virtud. ¿Mas quién no lo ha de seguir, £ 
ta triste vida no es otra cosa sino una ca 
que nos rodea por todas partes? ¿Qué t 
mundo sino aparentes bugías que nos desl 
1 as eternas verdades? Las mayores sati 
yo podemos apetecer en nuestra edad, ¿qué 
cantos tnn lisonjeros como vanos? Es verdi 
cias son brillantes, pero su resplandor es de 
ta de sólido valor; y si no, advierte, Pudei 
doñea de la naturaleza y la fortuna, reunida 
sona, serán capaces de proporcionarle uquc 
á que aspira su corazón, si este no se halla 
U gracia. 

Todo lo tuvo Salomón: juventud, hermos 
sas, talento, poder y una multitud de bellezj 
bao. ¿Quien debia juzgarse mas feliz entre 

don lo t»n¡-- 



cnálw ma dvleiteti enÜM ms eapentitu y eaál éi premio qu^ 
M prepare i tas Mcaac»! 

To, prims roia, eatof convencida de Mtaa verdadesi y no 
quiero hacerme ya sordo á loa divinos llamamientos. Los de 
estas nochea han aida muy eficaces y sobrenaturales para tmi 
deealeadidoi: y aai á lo que asfíiro es á resarcir de alguna ma 
nern Innio liempo cima he perdido disipada con las bagats' 
fas del mundo: y como a! pnso que lemo el infierno, y quiero 
entablar uua vida cristiana, conozco cuan difici) puede aar 
esto en mi edad y en mcJio de las concurrencias del siglo, es- 



toy peiisandn icp: 

¿Y de qué modo lir 
eiann. En eso ealá r 
lestó Pomposn. Dua 
del mundo, y en lo« d< 
Monasterio y el Yermo s 
peligros de una sociediid 
necesita mucha madurez 









s de él eateramente. 

pensada esa separación? decia Puden. 

diidn, eso es en lo que yo vacilo, con. 

;aminos se ine ofrecen para retirerme 

hallo mil dificultades que vencer. El 

uramente dos asilos contra loe 

npida como la nuestra; pero se 

lurez en la elección. 

a sin duda tinos planteles dn vlrlud; pero 
9 pcraontis enclauairadfls, no (odas con vo* 
cacioo, no todas por su giHto, no tudas perfectas, y todas hu- 
manna, miserables y con inaionea que á cada instante se re- 
belan. De ealo se sigue qnn son como indispensables algunos 
chismes, rivalidiide», cnvidins, disgustos y otros defectos que 
■i no impiden el llegar á la perfección alguna vce, detienen 
ciertamente á quien desea llegar pronto á semejante estado. 
Es muy diReil esclavíluar la voluntad al guato de los superio- 
res, y mas difícil conformar el propio genio con el ageno, ha. 
cerse i todos tos pareceres sin hipocresía, condescender coa 
diversas opinionos, sin delinquir contra la ley, y luchar contra 
nuestros naturales senlimicnloa. 

Cuando no haya otra cosa en los claustros, yo sé bien que 
Bo faltan estos crisoles en que añr'^ar una virtud perfecta, pues 



400 

donde hay rnuchas monjus, oiilaa y toozaa ó grisdaa de Berri- 
cío, hay sociedad, y donde hay sociedad hny peligro. Ga coD' 
clusion: en los convenios hay su mundo, y en el mundo, cual- 
quiera que sea, hay mil riesgos, que sao los que pretendo co 
evitar. 

Por (anloi estoy por decidirme por el Yermo, y me pnrec« 
que mi vocacicn ea de Ermitanu. 

Pero qué ¿lendráa valor pnra aer ermitauaT decia PudeDCia- 
na, — ¿Y por qué no? conlcstaba Pomposa. Ej cierlo que 1 
los principios me espantará la soledad dul campo, el triste 
ruido de los irbolcs, especialmente por In noche: mo aeri át»' 
agradable liastii lo suuiu U djreza do las penis, lo insípida d« 
las yerbas, lo obscuro de los valle'f, el rugido do los leon^fl y 
k ninguna compañía de los mortales; sin contar con lo ex- 
traño que le será á este ruin cuerpo carecer de todas las co- 
modidades qua ha disfrutado, coma ^on del guáto do bu pala* 
dar, el abiigo y lujo de las carnes, la malicie da su cama, y U 
carencia da todos sus acostumbrados pasatiempoa. 




401 
na; pero en princMi fué una heroína, y do lodoa tienen usa 
misma finnexa, ni una miama vocación ni auxilios. Mi pa- 
pá dice que todos catamos tnuy expuestos t equivocarnos con 
Duestras opiniones, y que en loa mugeres los fervorosos y ra. 
penlínos impulsos de devoción no suelen ser sino viarazas, y 
efiiGloH de una nculla soberbia refinada, con la que ae creen 
capttctj (le hacer lo mas grande y mejor que ban heclio los 
santoa inspirudus particularmente por Dios; pero que en la 
realidad muchas uCL'iooes de sus siervos son mBS para admi- 
rados que para seguidas, y yo creo que la resolución de San- 
ta Itoiialia en salirse do su casa, es una de ellas, y tú do de- 
bes imitarla sÍo una inspiración particular, y con permiso do 
tu confesor. ¿Ya so lo bas consultado? — Yo no, ¿pnra qu6T 
si tengo ó no esas ¡aspiraciones, yo losé. El confesor tal 
vez las dudiiri. y mo impediri poner en ejecución mis desig- 
nios, ú porque no los crea justificados, ó porque no tenga el 
mismo furvor con que yo me siento animada; y asi, si me ro- 
solviere, yo sobré lo que he de hacer cuando sea tiempo. Pe- 
ro dime, ¿cuantos caballos tiene mi tio en su casal Dos, y el 
mncho J.l moíj, responSió Pudenclana; mas ¿por qué hacea 
esa pregunta? — ^Ya lo sabrás; y entre tanto que Dios dispone 
lo que lia do fcr de mí, te encargo muclio y á vd. también (me 
decia á mi) que reserven eslo con el secreto conveniente; y 
lú, lieimana, no tengas cuidado de tu prima, que ni será la 
primera mugrr que habite en las aoleifades, ni que se familia- 
rice en elloí con los ángeles. — ¡Ay! pues qué, Pomposila, ¿tú 
tienes esperanzas de fumiliaTÍzarle con los ángeles? — ¿Y por 
qué no? si mi virtud se perfecciona, ¿qué embarazo tendrán los 
espíritus celestiales para bajar á consolarme y conforlarmeen 
las asperezns de mt relírot ¡O! con que alegria no escucharé, 
tendida sobre la verde yerba, los himnos y motetes que ma 
cantarán loa encendidos serafines, y con cuanto regocijo y hu. 
mildnd.... 



»^v«v^««v/ \IV^ A.^ 



cía no haber visto nada, con todo cst( 
negar lo que afirmaban su muger y su 

Así que se desahogaron á su gusto y 
que tenían en la cabeza, el coronel con 
Ya ven ustedes todo eso, pues no hay 
pasar de alguna causa natural, que no s 
6 acaso serán efectos de la acalorada fi 
Tío, vd. me dispense, dijo Pomposa; pe 
vi al diablo con estos mismos ojos con 
tan aquí.^-Yo no lo dudo, bija; mas tú 
gañan los sentidos. Con esos mismo 
azules, una vara derecha, torcida en el 
ño de una tortera ó comal grande, y las 
pequeños diamantes; y sin embargo de q 
objetos, ninguno es como lo ves, sino cnter 
que nada neguro es el testimonio de tus < 
tienes que alegar para que yo te crea. 

Hija mia, y vd. hermana: no se eng! 
espíritu espantadizo y asombradizo. N 
fingen los objetos distintos de lo que sor 
y nuestra fantasía nos alucina nin ul*r^tl^ 



40i 

bacion canónica* Las revelaciones de la madre Agreda son 
unas de ellas. 

Nuestra alma, encarcelada en la materia, padece como el 
cuerpo sus dolencias, y tal vez son sus enferdacles inconcebt. 
bles é incurables como las de este. ¿Quién creerá que un ge- 
oeral valiente, que no temía un gran número de enemigos pa* 
trocinados de la formidable artillería, temblase á la presencia 
de un ratoi? ¿Qui^ se persuadirá á que el célebre Taso 
hombre instruido, ingenioso y uno de los talentos que honra- 
ron la Italia, creyese que se le aparecia un espíritu sabio que lo 
ilustraba? ¿A quién le cabrá en el juicio que el gran Pascal se 
persuadiese mucbas ocasiones de que á su lado estaba un preci- 
picio, y con tal vehemencia que aseguraba la silla y hacia po- 
nnr tablones y otras cosas para no caer? Volvia en si cuan- 
do sus amigos curaban con sus reflexiones su delirio; pero de- 
jindolo, á poco volvía con el mismo. Nadie creería estas ex- 
travagancias de tales sabios si no las refírieran autores tan 
calificados de veraces entre los literatos, como son Blanchard 
y Maratori. Pues si unos hombres ilustrados, eruditos, estu- 
diosos se dejaron preaciipar de su imaginación tan fuertemen- 
te, que llegaron á ridiculizarse algunas veces, ¿que mucho se- 
rá que ustedoj se engañen, ó las engañe su misma fantasía? 

Estos señores se engañarían, decía Eufrosína; pero mi hi- 
ja no se engañó: en la segunda noche me parece que le vi los 
cuernos a! enemigo. — No se preocupe vd. hermana, conte.^^ta. 
ba mi tutor, ni vd. ni ella le han visto cueríioá, ni coh, ni na- 
da. Todo eso es histérico, hipocondría ó delirios, y no otra 
cosa* 

D. Dionisio siempre hacia el papel de mirón en estas esce- 
nas: no hablaba una palabra, fuérase por su poca inátruccion, 
6 por su mucha prudencia para no contradecir á su muger; 
pero esta vez no pudo disimular: habló y dijo: — Ello es, herma- 
no, que algo podrá ser de lo que vd. dice; pero esta ocasión 



.w V.- .'.»... v^i --■•kv» y ».«^IJIIHJ V lU Cl 



zo tie sil madre, la que predispuesta á ere 
muertos nos visitan cuando se les antoja 
dad de Pomposita, ni se detuvo á examina 
panto, sino que llena del mismo susto, soh 
y tal vez en su fantasía se pintó algo de 1 

No me hace fuerza que haya tanta cred 
tos espantajos. Las malditas viejas con 
ñas acobardan á los niños, llenan sus cab( 
• nestas y sombrías, y los acostumbran, aii 
divertirlos, á creer todo lo maravilloso á 
mano, esto es, contándoles cuentos y ejen 
mucho es que estos niños cuando grandes « 
firmeza todas las boberías que aprendió su 
nos? Mucho cuidado tuve e^ apartar de Pi 
jas cuentistas y dañosas. jQué sé yo si n 

No hay peor desgracia que llegar á vieja 
dijo tia María muy enojada, ¡mire vd, que 
I viejas. •••! Yo no lo digo por vd. señora. 

ría vd. porque yo aunque soy vieja, ni so; 
^onta. Sé muy bien donde me aprieta c 
cuento alguna cosa de espantos, ó los he le 
ó me los han contado personas muv iustns 



I 



405 

dio riéndose el coronel: soy cristiano, pero no muy bobo pa- 
ra creer cualquiera cosa. Estoy reñido con mil preocupa- 
ciones que corren bien recibidas en el vulgo, y los espantos 
son unas de ellas. — ¿Pues qué no hay espantos, en resumidas 
cuentas? — Sí los hay, y muchos. £1 espanto no es sino una 
perturbación del ánimo que induce al temor mas ó menos vio- 
lento, y no hay«ni un solo hombre que no se espante alguna 
vez, por valiente y despreocupado que sea. La diferencia es 
que el hombre de esta clase refrena su temor y hace lugar á 
la reflexión sobre la causa que lo espanta en el mismo acto del 
susto; de lo que se sigue el desengaño, su serenidad, y la ma- 
yor dificultad que tiene para espantarse otra ocasión con el 
mismo objeto, y en iguales circunstancias. 

No asi el preocupado cobarde: este se espanta cada rato, 
porque sin examinar la cosa que lo asusta, suelta la rienda á 
la pasión del temor, y entonces ó huye despavorido, ó se rin- 
de á un desmayo» ó tal vez á la muerte, si su corazón es muy 
chico, y la apariencia del espanto muy grande. 

En todos estos casos se le cierra la puerta al desengaño, el 
espantado queda tenazmente persuadido á que fué realidad lo 
que vio, y de aquí resulta que se vuelve incurable y mas es. 
pantadizo cada dia. Vean ustedes lo importante que es 4 los 
principios hacernos fuerza para examinar la causa que nos 
espanta. 

Ese es el cuento, decía la beata, que nos pudiéramos dete- 
ner en el instante que nos asustamos. ¿Quien había de tener 
esa paciencia? Entonces era señal de que uno no se asusta* 
ba. — Pues, señora, el que se enseña á tener esa paciencia, apren. 
de á no asustarse, porque llega á saber por experiencia propia 
que casi todos los espantos son efectos de nuestra imagina- 
cion dirigida por la ignorancia— i Ah! ¿conque solo los tontos 
86 espantan? — A lo monos, son los mas expuestos á es|>antar. 
se, y las mas veces con frioleras. 

En dos palabras, hermano, decía Doña Eufrosina: vd. lo 



que quiere es haceraos creer que apenas hay núlagrai, y que 
los muerlos y el demonio jamáa se aparecen i loe hombrei> 
¿Mo es esto?— No tanto, hermana, pero muy cerca ealá vd. de 
ailivinonne. Dios es poderoso para liacer muchos milagtos: 
los lia hecho, hace y harA hasta el fin del mundo; pero no sin 
necesidad, á nuestro antojo, ni siempre que loa apetecenHM. 
El ilemanio y los cuerpos de loa difuntos se l^n repreiealado 
á la vista de hombres; pero muy raras veces; y fuera de las 
qita nos iisRgiiran laa sagradas Letras, que son bien pocas, y 
de las que la Iglesia califica púr cierlaa, que no son muchas, 
las detn&s las tengo por patrañaü y cuentos de viajas.. ■ •• 

Y ¡dule, con las viejns! señor coronel, decia la beata) itpi 
\es habrá vd. visto t las viejas? Pues lo cierto es que vd. ya 
no na muchacho, y tan burros hay entre las viejas como entra 
liis viejos. — E«to está en opiniones, mi Eeñora; mas esto no es 
di;I Taso. Yo voy i ver si consigo convencer á ustedes en Gn- 
vor dfl mi opinión, jiara que no sean tan cspnntadizas. Diga 
vd. el que críe fáciimente ¡a multilud de etpanttu qut te euem- 
tan y se leen, no puede meaoi qiu: ter un aacriUgo, porque m 




407 

Fuei ahoia « halla vd. en el estrecho de confesar que el que 
croe esa multitud de espantos de demonios» y apariciones de 
muertos que se cuentan entre el vulgo, ó es un necio que da 
entrada libre en su cabeza á estas farándulas, sin hacer el uso 
mas mínimo de su razón, ó es un impío que juzga á Dios ca« 
paz de cometer con sus criaturas la crueldad que no comete- 
ría un mortal miserable con sus hijos. ¿Qué dice vd? — Cier- 
to que no sé que responder; pero yo nunca he pensado de Dios 
de esa manera, ni he tenido lugar, cuando me han espantado* 
para hacer esas reflexiones.-<-Asi lo creo, y en no hacerlas 
consiste la facilidad de espantarse y creer prodigios sobreña, 
turales & cada paso, á pesar de las verdades que sabemos de 
rutina. Vd. sabe que Dios la ama mfínitamente; pero cuan- 
do se asusta, no se acuerda para nada de este amor, ni hac^ 
justicia i su inmensa bondad y misericordia. 

Sabe vd. también que el Ser Supremo no hace milagros sin 
necesidad; pero ignora que para que el demonio 6 un muerto 
se aparezcan, es necesario que haga Dios dos milag**os cuan* 
do menos: uno el de formar la apariencia de cuerpo sin mate» 
ria, y el otro que resista este objeto terrible un espíritu tími. 
do como el nuestro sin desamparar e! cuerpo. Con esta ig- 
nora*'cia no es mucho que vd se presente á creer con la ma* 
yor facilidad todo lo que le cuenten acerca de esto, ni que 
acostumbrada á semejante modo de juzgar, se asuste y se sor- 
prenda con cualquier ruido, con cualquiera sombra extrcña.— 

Pero, ^ herma no, yo mil veces he leído y oído decir que los 
difuntos se han aparecido, especialmente á las almas buenas, 
para pedirles que hagan sufragios por ellos, y ya vd. ve que 
estas apariciones han sido con necesidad, y se deben tener por 
verdaderas.— 

Ya dije, hermana, de todos esos casos yo creeré los que la 
0anta Iglesia haya aprobado por seguros, que son muy raros; 
los demás téngolos por ihisianes de gentes melancélicasy pues 



i 



espantado, y casi siempre sin mas fv\ 

en el ánimo? Pues (odas estas ridíi 

prueban otra cosa sino que todos los t 

cobardía é ignorancia de las gentes < 

¿Acaso' el Señor de los ejércitos i 

miserables mortales para no presen 1 

con que los asusta, cuando se hallan a 

dirá algún miramiento la presencia « 

rán bastantes para detener sus de.«igni 

por el dia? Fuera un absurdo el pens 

roítado á todo un Dios. Pues semeja 

suficiente para calmar el terror en los 

bles. 

En efecto, si Dios quisiera que viés 
muerto, como dicon, fuérase para nt 
nuestro castigo, 6 para alguno de sus i 
¿no lo veríamos en la mitad del dia, 
rodeados de un ejército? Seguramente: 
drá á la voluntad del Todopoderoso? 

Muy acompañado estaba el sacrilego 
do en un suntuoso banquete en los vas» 
dre Nabucodonosor hahin rnhnHr^ A^] *. 



> 'I 



409 

loé horror! ¿T qué hizo el rey al ver la formidable manot 
toé había de hacer, se asustó de manera que se le inmuté 
smblante: las rodillas le temblaban y se tocaban una con- 
otra. Su pavor se aumentó cuando el joven Daniel le 
:ifró las tales palabras, diciéndole que en pena de sus ido. 
ías y sacrilegios, moriría, y su reino seria entregado á sus 
inigos. Todo se cumplió según la exposición del Profeta: 
tazar murió esa misma noche, y los persas y medos se apo- 
onaron de su reino. 

Ta ven ustedes que caso tan terrible? pues Dios, para cum« 
su voluntad entonces^ no tuvo que esperar que estuviera 
iy aolOy ni en un lugar obscuro ni sombrío, ni que diera 
)loz las doce de la noche. Al instante que quiso, se cum. 
au decreto soberano como se cumplirá eternamente* Con- 
debemos hacernos cargo de todas estas razones para no 
tan fáciles de creer la multitud de espantos que nos cuen- 
y cuando ustedes gusten vamos á recogernos, porque ya 
nuchachas están durmiéndose. 

e levantaron todos de la mesa, y el coronel con su familia 
etiró á la recámara donde habían asustado á Pomposa; po- 
ntea previno que todas las cosas se pusieran en su lugar y 
lo siempre se habían puesto: que él había ido con deseos 
tivos de ver al diablo, y que estuviesen todos dispuestos 
i levantarse cuando los llamara, porque no excusaría esta 
^ncía si el pobre diablo tenía la bondad de visitarlo aque. 
lOche, y satisfacer su curiosidad como deseaba. Con es- 
9 fueron las dos familias á sus respectivas recámaras. 
• Dionisio se estuvo despierto platicando acerca de la ins- 
cion de su concuño, con su muger y con la beata, que de- 
Aquí donde ustedes me ven estoy muerta de miedo, por- 
el coronel no dejará de hacer una de las suyas. Yo no 
tengo todas conmigo, y si este hombre no es herege, ó bru-. 

S cosa que lo valga, no hay ley en puercos rosillos. Sí, 

12— tí 



Oíao a iil cuiiíiuu quu luuus esus espai 
jas, ahora lejos de darles crédito, \ 
falsedad á su cnuger y á su hija. 

Pudenciana amenizó la conversa( 
riéndoles por menor la fervorosa conv 
decidida qae estaba á ser ermitaña, I 
▼iaitarian los ángeles. 

Se reían los señores alegremente c 
como á la hora de haberse acostado, i 
posa: ¿Ves, hija, la sombra que se acá 
red? pues sin duda esa fué á la que 
Pomposita. 

Doña Matilde y su hija se inc orpo 
ron en efecto la dicha sombra no s 
hacia una fígura bien estraña y se me 
do. ¿Y qué será, papá? preguntó Pudí 
hemos de examinar. Estense haí qui 
Vamos, ya está analizada la causa de 
tante natural, lo mismo que yo la ei 
Voy á llamar á esos buenos señores pa 

Sin perder tiempo se dirigió mi tut< 
Dionisio, y oyéndolo hablar con su m 



-^.y 



•« 



411 

posa estuvo á pique "áe desmayarse, y la tía María se persiga 
Daba sin cesar, pero por fin se levantaron todos 4 las repetí* 
das instancias del coronel» quien ik>a por delante, y los demás 
lo seguían con pasos detenidos. 

Llegaron á la recámara donde esperaban muy tranquilas 
Matilde y su hija. lEa este el diablo que viste, Pomposila? pre- 
guntó D. Rodrigo. Sí, dijo esta, toda temblando. — Pues no 
te aaustest «algamos á esta sala, y v^rás al enemigo malo, no 
es ffiMnfrffti sino 'en su mismo cuerpo* 

fc Miistia Pomposa, y la beata la detenía estirándola del 
táweo |Nfcn qne no saliera: hasta que tomándola su tio de la 
rattMyla sacó rodeada de todos los suyos, y poniéndola frente 
á um trípode, donde se ponía la agua manil, y sobre el cual 
eataba echado un gato descomunal, le dijo: He aquí cobarde 
solnrina, el ridículo espectro que te ha espantado. Míralo, des- 
eogaüate^ limpíate bien los ojos. Si quitas la veladora de es* 
te lugart y la pones aquí, ya no verás esta fígura sino otra di- 
ferottto* • #• A la prueba* • • «¿Ves ahora lo que antes?— «No, tío. 
ya nuiÓ la sombra enteramente de fígura. — Pongamos la luz 
doade ¿ataba, y quitemos al gato. • • .¿Ves ahora solo la som- 
bm del trípode^ banco ó como llamas este mueble? — Es ver. 
dadU— Pues jfa oes pateiúe el engaño de tus ojos y el equivoco 
de imjbm^gmacion acalorada. 

No tenieado que replicar con una demostración tan eviden* 
te^ iMrifalioa todos, menos Eufrosína, que deseosa de sostener 
sa optaioiit dijo: Es verdad que la sombra del aguamanil hacía 
en 1a farad una figura endemoniada; pero qué diremos de los 
golpai que se oyen en la recamarita?. . • . Vamos allá, los oí- 
famosa y examinaremos la causa. 

lúcumos en efecto, y no tardamos en oírlos. A nadie que- 
dó la menor duda de ellos. El coronel por una ventana inme- 
diata ae asomo á registrar la pared por defuera; pero como es. 
taba la noche muy osbcura, no sacó por entonces otra cosa si* 



41i 
no confíisionet, paei eierUmenta l« pared mIbIa nraj atla,y 

nadie podía tocarla por aqad lagar. 

Cuando Eufroaina, D. Dioniaio y Porapoaa adrittíennli 
perplejidad de D. Rodrigo, cantaron aa trianro eon el major 
orgullo. Hermano: contra la experiencia no Tal« nada la Ght- 
Eoña maa cavilosa, decía D. Dionisio: ¡vaya! á ver a qué can- 
aa natural podemos atribuir eatoa loqueaT Si e« gana, coa. 
lintiaba la lia Maria: ¡sobre que negar loa eapanlo^ m negu 
que hay eslrellas en el cielo! Nada lienea que esperar pan 
dcacngañarte, Eufrosina.— Ya se ve qne no. -fir^aí e3|>intait, 
y mucho que espantan. Me mudara yo mañana, en cuaato 
Dios amanezca, aunq^je sea al Hospicio de pobre:), si no hallo 
ca«3. Tú, Diuoi^io, sí no quieres, quédale aquí coa tus cria- 
das, que yo me iré con mi hija y con mi lia. — Si. mami: hart 
vd. muy bien, porque ya acá se han anidado loa eapeclros, 
duendes, funlnarnaa y vám|i¡ra3. Dios nos avisa, y es menct- 
ler no hacerDoa sordos i sus voces. 

Viimos. señorea, dijo el coronel: todas esaa aon palabrea al 
3 golpea no pra< 




41S 

era un armazón vieja de palo, que en algún tiempo fué farol, 
y por su inutilidad se quedó abandonada, y pendiente de un 
pié do gallo en la pared que había tenido corredói alguna vez 
y correspohdia á la recamarita de Doña Eufrosina. 

Este horrible vampiro, cuando lo movía el mas ligero vien* 
to golpeaba sobre la pared y azoraba á cuantos tenían la des- 
gracia de escucharlo, habiendo sido la primera, nuestra ilus- 
trada Pomposita eon la ocasión que se dijo de haber puesto su 
cama en aquella pieza, por huir del diabligato ingerto en 
aguamanil. 

Luego que D. Dionisio y su familia se levantaron, los llevó 
el coronel á la ventana, les mostró el duende fatal, suplió las 
veces del aire, sacudiéndolo con una caña larga y haciendo 
que oyeran los golpes que habían escuchado por la noche: y 
últimamente, lo arrancó del palo, cayó al suelo, y les aseguró 
á las señoras que vencido aquel fiero vestiglo y su maldito 
compañero el gatidiablo, ya no volverían 4 espantarlas en 
aquella casa: y así que se dejasen de pensar en mudadas, en las 
que siempre se pierde algo, se rompen los muebles y se inco. 
modan los dueños. 

Después de algunas objeciones triviales que hizo Doña Eu. 
frosina, y á cuyas soluciones dadas por el coronel no pudo res« 
ponder, saltó el bueno de D. Dionisio con una dificultad que 
no se debía esperar de su talento. Bien está, hermano, dijo, 
que no haya duendes, ni se aparezcan los muertos ni los día* 
blos; pero vd. no me negará que hay fantasmas, que eran los 
ZiCmures óe los antiguos. Estos a vechuchos nocturnos exis* 
ten sin duda entre nosotros, y la misma santa Iglesia pide á 
Dios que nos libre de ellos. — ¿Dónde, D. Dionisio, dónde ha 
leido vd. esas peticiones? — ^¿Cómo dónde? En un himno que 
comienza: Te lucis ante lerminum, dice después: proctd rece. 
iant somnia^ et nocüvm pharUoimaia» Apártense lejos de nq^ 



414 

aotroa loa malos auefioa, y laa f&ntumBB éa la Botlw. Da al- 
to ae aiguQ muy bien qua hay taleí fantaarnaa. 

£1 coronel desengaña i D. Dionisio a d virtiéndole que la* 
fantaamas de <]ue hablaba el himno, eran de las qu« ae formu 
en nuestra mentei y que podían sei pecaminons; qaa eatai 
pueden muy bien representarse eotre aueSoa, y excitar talvasi 
aun habiendo despertado, malos pensamientos: como ai i Pe- 
dro durmiendo se le representa la imagen da an enemigo, (q« 
es una verdadera fiinlasma) aueiUt que riíJe con él y lo vene^ 
y después de de3[>ierlo se complace en esta aofiada Tengantt, 
Este caso y muchos semejantes, explican cuales aon lea fantaa. 
mas ó figuras pintadas vivamente en la imaginacioD M que 
duerme, que pueden ser causa de que laa panioDea m exaltan 
y que despierto peque. Por esta razón pide la Iglesia á Dios 
que nos libre de estas representaciones peligrosaa, qne por 
cuanto se forman en nuestra fantasía) se llaman faataaona. 

Con esto se concluyó ta cuestión de loa eepaatoo, y BW 
dei:pedimo!j, dejando un poco tranquilizadas i laa BeBoias^y 
Un tanto convmcidas de que el miedü y la ignorancia son 1o< 




416 

No había fiesta de iglesia donde no concurrieran madre é 
lija, y se estaban en el templo hasta que se concluía la fun- 
5Íon y levantaban el petatito, como suelen decir. Por laá 
lardes, luego que reposaban la co:nida, se vestían y marcha - 
3an para la Iglesia donde estaba el circular, y no volvian has. 
ta que depositaban, de suerte que no paraban en casa, la cual 
ya se deja entender cómo andaria, abandonada del todo al 
cuidado ó descuido de los criados; ello es que D. Dionisio no 
dejó de resentir el mal trato que recibia á causa de la vaga- 
munderia espiritual de su familia; pero no se atrevia á recon- 
venir, porque Eufrosina lo dominaba, y el no sabia atacarse 
los calzones. 

Si el día se ocupaba tan santamente, la noche no se pasaba 
menos. Luego que eran las oraciones se encerraba Eufrosina 
con su hija y la tia María, que desdo la noche de la disputa 
con el coronel se hizo piedra en la casa, y so ponían á rezar 
el rosario y una cáfila de novenas, cuya tarea duraba hasta 
después de las diez, y no podía durar menos, porque á mas de 
cttatro ó cinco novenas que se solían rezar á un mismo tiem- 
po, había otras devociones fijas que por ningún caso se omi- 
tian. 

Todos los días de la semana tenían sus rezos particulares. 
El lunes se debía rezar á S. Cayetano y á las ánimas bendi- 
tas; martes, á Señora Santa Ana, y á S. Antonio de Padua; 
miércoles, á la Precíosft sangre, éic. éic* 

Fuera de esto, había sus libritos que se rezaban por fechas, 
ain perjuicio de los diarios. Por ejemplo: día primero, se re- 
zaba á la Divina Providencia: día siete, á S. Cayetano: día 
ocho, á la Purísima: día doce, á la Santísima Virgen de Guada. 
lupe: día diez y seis, á S. Juan Nepomuceno: día diez y nue- 
ve, á Sr. S. José: día veinte y uno, á S. Luis Gonzaga: día 
veinte y seis, á Señora Santa Ana; y ¡qué sé yo qué mas! 

No era lo malo que se rezara tanto, lo fatal era el modo 
con que se rezaba* y las inconsecuencias que se originaban 



410 

pot cala imprudente y mal entendiiU doTocioii; porqiw «I no- 
do era rezar con -mil ÍDternipcionea, lo qae manifestaba la nin- 
guna atención con que lo hacian. Dona Eufrosina UcTibi 
siempre el coro, y era la que mau inlerrumpia, pues durante 
un Padre nttetlro preguntaba Irea ó cuatro coaaa, y determi- 
naba otras tantaa; porque por ejemplo, decía; Padrenuetln, 
que eitát en ¡os cielos, , . . Niña, [ya habri venido tu padre! 
— Quiéo sabe mamá. Santificado tea ti Itt nombre. ... E» 
que 9Í ba venido, que le den cliocolate.... Vetiga ánotelta 
reino.... y avísale qua sobre la cómoda esti una carta que 
trajeron de casa de D. Jacubo. Hágase tu voltttiUtd, . . . El- 
panla al gato, no vaya i quebrar un vaso: astenia tierra co- 
mo en el cielo. ¿No era la devoción de Eurrosina cxtrtmada- 
ménte fervorosa? 

Como había dado orden de que nadíe la Tiailsra mientrai 
rezaba, tenia D- Dionisio que cumplimentar i saa «mígaa, qne 
i los principios, ignorantes de la nueva exlravagaocia de Eu- 
frosina, continuaban de cuando en cuando aue visitaa, basta 
que mirando qne se negaba, aq tetiratOQ pQCO 4 poco, tntáo- 




TU 

lo posible para rer ai podían reducirlas á estarse en casa mas 
y rezar menos. 

Llegaron por fin las señoritas, y después de las salatacio* 
lies corrientes, se desnudaron el trage de la calle y se pusie- 
ron á platicar con sus visitas. ¿Conque de dónde bueno, ma* 
damasl preguntó el coronel. — De la Merced, hermano, con- 
testó Eufrosina. Estaba la Iglesia hecha una gloria, como 
que hoy es el dia de nuestra Santa Madre. Nosotros fuimos i 
comulgar, oímos ocho misas en un instante, venimos á desa. 
junarnos, y nos volvimos á la función, que ha estado muy fa- 
mosa, especialmente el sermón que predicó el P. presentado 
N.: ¡ya se vé, como que es divino el frailccito! — Todo habrá 
estado según vd. lo dice: lo que no puedo entender es cómo 
oyeron ocho misas en un instante, pues por ligeras que se di- 
gan se necesita para oirías algo mas de tres horas. — Pues nos- 
otras las oímos en una, porque las oimos todas á un tiempo. 
— Ei) decir, hermana, que no oyeron ninguna, y que si hubie- 
ra sido hoy dia de precepto, no cumplen con él probablemente, 
y se quedan sin misa. — ¿Y por qué? — Porque para oir misa 
como se debe, es necesaria la atención exterior é interior, es- 
to es, la del espíritií y la deljcuerpo. A la primera faltan no 
solo los que van al templo á divertirse con los que entran ó 
■alen, á pintar á esta, á dibujar á la otra, á jugar con el abani- 
co ó el palito, ni á distraerse en conversaciones muy agenas 
de aquel santo lugar, sino cuantos no están con la modestia 
debida, particularmente al tiempo del tremendo sacrificio; y 
ya vd. verá que estando volviendo la cara á este y al otro lu>. 
gar, y haciendo visages con ocasión de querer oir á un tiempo» 
muchas misas, no solo se falta agesta atención exterior, mas 
también es causa de que falten á ella los que se divierten con 
estas gentes visagcras. 

Asimismo faltan á la'a tención interior, pues queriendo me- 
ditar en tantas cosas cuantas significan las diversas acciones 
<|ue muchos sacerdotes haceq sobre el altar, no meditan en 



„ici osiia, la otra en la suinpciun, 
,, ¿quién tiene cabeza para pensar 
„atencioD y devoción en tantas y tan 
„A.un esto se verá mas claro, si i 
»»aiit¡gua de la Iglesia, según la. cual 
ñ „un mismo templo se celebrasen á i 
nO 9>E<Q los seis primeros siglos de la cri 
nlante sola una misa se podia celeb 
^iglesia, ó mas bien en cada pueblo, 
,yél varios templos fuera de la catedrs 
hCS el rito observado por los grieg( 
9,presbíleros, juntamente con el obisp* 
«ySegUD la norma de la reducción h 
,yEraclio, celebraban juntos un solo 
t^mayor de Constantinopla. Esto { 
yymeros siglos de la Iglesia, y despu 
nñor le envió por medio de Constan 
yytiempo muchas misas en un mismo 
9,ca8o de solemnidad ó de gran concur 
i^misas, se celebraban una después de 
^segunda carta de S. León & rií-^ 









419 
yfgregaba. Sabían que las colectas de los fíeles se celebran 
^para unir las oraciones de todos, para formar de los gemidos 
yyde muchos un solo gemido, de muchas voces una sola voz; 
ifde muchas adoraciones, una adoración sola, que con suave y 
*^odero8a eficacia incline el pecho benigno do Dios á que nos 
yyhaga mercedes* 

nConforme á e^ta costumbre había en la Iglesia otra no me- 
tfiies antigua, de no consentir en cada templo sino un solo al- 
tftar» la cual observaron los latinos hasta el siglo VII, y aun 
f»hoy día conservan los abissínos, moscovitas y orientales.'^ 

Se cansa vd. en vano, señor coronel, dijo el4ícenciado, por- 
que estas señoras rezanderas son las mas tontas y las que me- 
nos entienden su religión. Reniego yo de todas estas beatas 
exteriores.— Reniego yo de vd. demonio de hablador, contes. 
tó prontamente Doña Eufrosina: ¿siempre ha de ser vd. en con- 
tra de nosotras? Para vd. no halla medio una muger. Si es 
alegre, sí baila ó se pasea, dice que es libertina, loca y disipa- 
da: sí por el contraio, es devota y recogida, luego la califica, 
de beata, tonta y devota exterior. ¿Conque qué haremos las 
nmgeres para agradar á este malvado Nariguetas, y libertar- 
noade su lengua venenosa?— ^Fácil es la rsspuesta, decía el li- 
cenciado: lo que hay que hacer es, ser alegres sin coquetería, 
francas sin locura, virtuosas sin hipocresía y devotas sin su- 
peraticion; pero como yo no he'conocido ni una muger que 
toDga tantas recomendables circunstancias, sino todas ellas 
nmlaapor un camino, peores por otro, y detestables por todos, 
cargaría mi conciencia sí hablara bien de las mugeres* • • • 
¿Qué es hablar? si pensara siquiera que habia ni una sola 
buena: sí, ni una sola entre cuantas el sol calienta; antes ten- 
go entendido, y en esta fe y creencia protesto vivir y morir, ' 
que vosotros sois la canalla peor de todo el mundo, y sois lo ' 
DÚsmo hoy que seis mil años hace. Es decir que siempre 
liabeis sido malas, malísimas y peores de lo que parecisteis á 
Ovidio, á Séneca^ á Catulio, á Horacio, á Virgilio, á Tí bulo 



420 



lutores &ntiguoB y modeniot hu 
\19 plumas en hacer vuestroa pu» 



á Propercio, y & cuantos 
mal empleailo el tiempo y 
cidícimo9 rctraloü. . . • 

¿Ya escampa, hermano! dijo Eufrosina: ¿qué le parece i tri, 
y cómo honra cslc dealengundo á loa mugcresT Muy sgn< 
viado lo llenen sin duda. ¡Ya ae vé! ¿quién ha de apetecer i td. 
demonio, tan viejo, tan feo y lan hablador? Bien ijun vd. »' 
be cuando y con qué mugeres se explica de ese modo. Solí 
acá y con nosolra»: &. Ce que con PacliJIa [a huera, con la rair. 
quesita de. . . , con la hija del contador y con otras asi, lodt 
se vuelve vd. míeles y zalamerías. . . . adulador, embustero. 

Es verdad que & esas señoras las trato con lo que ilamaiL 
poliiics, Tí-spondiael licenciado; pero eso es porque Jas qurtro 
menos que á vd, — ¿Conque á quien (¡uiere vd. mas, le líii 
ma9 claridades? Sí, í quien estimo de veras siempre trato dft 
hablarle la verdad, y sí puedo, procuro wicarla de sus erro-' 
res. — [Pues en que errores me ve metida? Yo no me tengo 
por ilustrada ni por sabia; pero tampoco soy muy ignorante: 
sé muy bien donde me aprieta el 




4^1 

principios, quebrantan en uno todos los preceptos del Decálo* 
gOf se hacen unas hipócritas alucinadas, unas vagamundas de 
iglesias, sempiternas habladoras de virtud, odiosas á los suyos 
j despreciables á la misma sociedad en que viven. No es es* 
tm una pintura exagerada de nuestras beatas, es un retrato' 
fidelísimo de ellas. Yo no veo por ahí otra cosa que viejas y 
aun mozas aturdidas que hacen consistir la virtud en meras 
exterioridades, al tiempo mismo que ignoran cual es su reli* 
gion y el, grado de obligación que les imponen sus suaves pre- 

GOi^tOS. 

Yo pudiera decirle á vd. mucho sobre esto; pero sé que no 
me ha de^oir con gusto: y así, solo le digo, que cumpla exac- 
tamente los diez preceptos del Decálogo, y no hará poco: cum^ 
pía con las obligaciones de su estado: conforme su voluntad 
con la de Dios, y créame que será verdadera virtuosa, su de- 
. Tocion será legítima, y no contrahecha; y aunque no rezo una 
novena en su vida, se salvará lo mismo que S. Pedro: mas si, 
por el contrario^ vd. no cuida de observar los preceptos de 
nuestra ley divina, si se desentiende de las obligaciones que le 
impone su estado, si solo quiere hacer su gusto por capricho, 
sin sujetarse al dictamen de un prudente director espiritual, 
incurrirá en mil errores pecaminosos, se obstinará en ellos, se 
hará una completa alusinada, faltará mil veces al amor de 
Dios y del prójimo, y de consiguiente, si lo sorprende la muer. 
te en este infeliz estado, se irá á los profundos infiernos, ates, 
tada de novenas, camándulas, escapularios, medallas, confe» 
sienes y comuniones. 

No crea vd. que estas son mis cosas, como vd. dice; son 
cosas muy ciertas é infalibles. La falsa devoción, especial- 
mente entre las mugeres, es muy común: sois extremosas, no 
hay remedio: si dais en malas, el mismo Barrabas no os igua* 
la; y si dais en parecer buenas* • • • en paracerlo digo, (entién- 
dame vd.) si dais en esto, sois supersticiosas, exteriores, monas 

^8 



4!fl 

y lidiculas hasla no nwi. . . . ¡Fuego y qué aazo tan anliaB. 
trado es el vuestro, que con iliScultad ae contieno en loe in» 
dios, sino que cnai siempre declina h¿eÍB loa extremo*! !>■ 
cuidado, Dionisio: ten cuidado con tu muger ahon que apt- 
rnnta sontidad. Ya sabes, ¿eh? ya sabes que de eataa que do 
comen miel, libre Dios nuestros panales. El diftbio bob aalw 
santurronas, fitlsas devotas y verdaderas hipAcritaa; euaate 
con ellas. 

No fejni malo que vd. la tuviers con au lengua, nwipfa», 
faceto, malcriado. ... Así M explicaba Doña Eufroaina, llena 
de enojo contra el licenciado Narices; [>ero este con moeliB 
sorna le decia: íQ,iié tal? ¿me engaño en mi juicio, m 
[Ve vd. y qué pronto se le exalta la bilis, y c 
de la manera que puede contra mil pues á fe que Ho anego, 
^maldita ta prueba que hace de la virtud de vd.! El miao 
dia que ha comulgado se irrita contra quien la da una lección 
moral, lo mismo que si le hiciera un agravio. ¡ComoBÍonei! 
¡r.h! rezos, novenas, trisagios, juláleos, visitoa <le oineo alt«< 
n mentflt, ¿ce. &.; pero la soberbia en au lugar, el 




423 

▼d. se le parecen: íiniren que consejos tan endiablados le da 
á Dionisio! ¡Ya se guardará de tomarlos! Sí, ¡pobre de él, si el 
diablo lo tentara á impedirme mi gusto, ni tocarme un pelo! 
¡Qué buenas uñas tengo para defenderme en ese caso! 

Apenas dejó de reñir Doña Eufrosina, cuando tomó la pa- 
labra la tia Doña María y dijo: No hay que hacer: los tiem- 
pos están perdidos: ya no solamente faltan los buenos cristia- 
nos de marras, sino que se enfurecen contra los que quieren 
serlo. ¡Si digo yo, quejeste señor licenciado, (con perdón 
de ustedes,) ó es berege ó no le faltan dosdeditos! Abrenuncio: 
¡Dios me libre de estos sabiondos del infierno! salvo sea el lu- 
gar«««« Diciendo esto, se persignaba muy seguido. 

Cosquillas le hacian al licenciado con estas cosas, y nías se 
reía cuando para coronar la fiesta, dijo Pomposita: mamá, 
tia: cállense la boca; no hay que incomodarse demasiado con 
este buen señor (que Dios perdone, así como debemos perdo- 
narlo) Jamas han faltado en el mundo perseguidores sangrien- 
tos de la virtud. ¡Qué baldones, qué injurias y denuestos no 
sufrieron por ella los Franciscos de Asís, los de Borja, los Jua- 
nes de Dios, los Estanilaos Kostkas. • • •! pero ¡qué mas! al 
Maestro de la virtud, á la misma Santidad, á Jesucristo ¿no 
trataron de hechicero y sublevador de la república, sometida 
al imperio del César Romano? ¿y por estas execrables calum« 
nias no lo hicieron morir en una cruz? ¿Pues qué hay que 
admirarnos de que este caballero nos insulte por esta misma 
causa? Lo que debemos hacer es seguir impávidas con paso 
firme el camino comenzado, sin escuchar los silvos de las ser- 
pientes, ni los cantos de las sirenas de este mundo. Armé- 
monos, mamá y tia mía: armémonos de fortaleza en el Señor, 
y digámosle siempre con el Santo Profeta rey, que nos libre 
del hombre inicuo y engañoso, Ab homine inicuo ei doloso libe» 
ra me, acordándonos con el profano Horacio de que el que 



434 

()u¡cre litigar & la niela ó término do la carrera, tiene que ■ 
frir y vencer mil obsláculoa. 

r.sto es, süfiorcs, In r|iic me parece conveniente decir i uste> 
dt','! en dcscnrgo do mi cinclencia: piic-s, no porque pretun» 
cn^'t.'finr á nin^fiinn; no, ¡Dios me Ubre du semejante prefOB- 
cion! csli ini linmililiid muy lejos de esta nrrognncía: Boyhir- 
lii frágil, Eoy pulvo deleznable, soy la tierra que todos pinni 
pero como hiimnnn, me tasiimnn liia injiirins heclioi á mi mt' 
mú; sin embargo, yo por mi pnrle la.s perdono. 

El discurso pedante 6 hipácriía de Pomposa hubiera Kga'.- 
(lo, si [tirra lugar el licenciiido con su risa burlona, que fué 
Inoln, qiio no piirtietido rerrenartn, se levantó do la meta, y 
se t'ii6 á tir!<r á un canapé apretándiiso l.i barriga, lo que en- 
mcnlú la cólera de nuestras beatas. 

Pomposila y su madre so retiraron enojadas, y la lia Doña 
Mai'ia también se levantó du la cncsa rezongando unas cuaD> 
u:i blasfemias contra el risueño Ücenoiado, y se marchó nn 
decir: ahí quedan las llnvc». D. Dionisio se manifestó aver. 
f:n»7.ai!o por el |>oco fruto (]uc sacú de su prcparatiro: DoSa 
Mullida y l'Lidoiiciana se nQÍK'an al conlcmplar el grado de 




425 

no el de*que iban á confesarse y á comulgar. De manera que 
BÍ JO he sido mas tunante ó ellas mas locas, sucede una averia 
bajo unos pretextos muy engañosos. Conque no te descuides. 

El coronel apoyaba con la cabeza el consejo del licenciado 
y Doña Matilde, cansada de esta crítica contra su hermana, 
trató de que nos recogiéramos á la siesta, lo que hicimos ca- 
da uno según su gusto. 

Tres horas habrían pasado, cuando estando tomando cho- 
colate en la sala, entró una criada diciendo — Sjnores: el pa- 
je dice que han matado los caballos á la niña. Fácil es con- 
cebir el efecto que causaría cti todos semejante noticia. Sor- 
prendímonos, bajamos al patio, entramos á la caballeriza, y en 
contramos á Pomposita privarla, en brazos del lacayo coli 
unas tijeras en una mano, y un innnojo de cerdas en la otra: 
el cabello azorado todavía y sin un pelo en la crin ni en la 
eola, nos hubiera sido un objeto de risa si lo permitiera la 
triste situación de Pomposa, á quien subieron las señoras á la 
recámara, y habiendo llamado al médico á toda prisa, le pro- 
porcionaron los remedios oportunos. 

Entre tanto que Eufrosina, la tía vieja. Doña Matilde y 
Pudenciana, con lágrimas, gritos, y apretones de manos apli- 
caban á' la enferma las medicinas que el médico ordenó, el 
cuitado de D. Dionisio se desgreñaba y pateaba en la caba* 
lleriza al ver á su caballo tan mal parado, ignorando la causa 
de semejante fechoría: el lacayo, aturdido con las amenazas 
del amo, no sabia que decir, pues en realidad el pobre no vio 
entrar & la niña, y solo acudió á favorecerla al ruido de las 
coces del caballo y del fuerte grito de Pomposa. 

Sin embargo de todo esto, no se aquietaba D. Dionisio: lo 
hizo encerrar en up cuarto, con intención de matarlo á palos, 
si averiguaba que había estado en él la culpa. 

Así que calmó un poco su primera cólera, subió á ver á su 
bija, á la que halló enteramente buena, puus mas fué el susto 



436 

que el dsño que recibió. Entonces le praguntfi ¿qidéabalit ' 
tuzado á su cabatlol porque ai había lido el lacayo, le ibi i 
dar tanto pato, que de su casa iría al hospital y de ealeili 
sepultura. Aunque me ahorquen, decía, aunque me ahon|DMi 
esta infamia no la perdonaré en mi vida. 

Pumposita agitada por au conciencia eacrupulosti le díjo 
que el jtiuchuchu no tenia la culpa: qne ella habia tnaquilade 
al cnliulln porque no le alcanzaban tas cerdas que le habia Ua- 
va<iu au tia Doña .María para hacer su cilicio; pero que *i ba. 
bia heclto mucho mal en esto, suplicaba el perdón humilde- 
mente. 

Cuando D. Dionisio se impuso á fondo de que su hija ha- 
bia sido tu autora de semejante daño, poco le falló para afian- 
zarla y darla una tunda como la merceiaj pero ae conlute 
por el respeto de su cuñado y los demás señores. (Vean us- 
tedes, decía; {haberme perdido esta maldita muchacha un ca- 
ballo tan lindo y generoso que me costó tresclenloa pesos! ¡Vo- 



No te aflijas tanto, decía el licenciado disimulando la ria, 
para todo hay remedio encela vida- — Pero para este no: ¿qué 




427 

Pompotita aai qae vio á bu padre tan enojado, tomó et parti- 
do de fingirse mas adolorida del estómago para indultarse del 
castigo que aun esperaba: se le repitieron los remedios, y á 
poco rato de su nueva convalescencta, se dei^idieron todos, y 
ae retiraron á sus casas. 

¿Quién no se persuadirá á qué Pomposa, escarmentada con 
este lance en que pudo haber peligrado su vida, se dejaría de 
MM ridículos fervores? Pues no fué así: su vocación no estaba 
pegada con oblea; era muy tenaz en sus proyectos, y así em- 
prendió otro que le salió mas caro que el antecedente, como 
ae verá en el capitulo que sigue* 



CAPITVI4O %%1L. 

En el qae so ligiM tratando de la santidad de Pompota, y aa heroica ra- 
* eolacion de ser ermitaña. 




¡ABiA dado Pomposa en que era santa, y que para hacer 
milagree no le faltaba sino vivir en el Yermo. La vieja bea. 
ta con sus elogios y cuentos la alucinaba mas cada dia: núes* 
ftra devota visionaria, que no necesitaba mucha espuela, cre- 
yó que el demonio, temeroso de la guerra que ella le había de 
hacer en el desierto, se empeñaba en eludir sus buenas inten- 
ciones, y asi resuelta á vencer al enemigo á toda costa, se de- 
cía: — ^¿qué te detiene. Pomposa, qué te asusta, qué te acobar. 
da para no caminar por donde las delicadas Rosalías y Geno, 
vevaat El enemigo de las almas se opone á tus santas inten- 
cionee, es verdad; pero ¿no sabes que, como dice 8. Pedro, el 
demonio es un león que ruje y da vueltas al rededor de noso* 
tros buscando á quien tragarse, si no se le resiste con la fe^ 
¿Pues á qué esperas, desgraciada? Resistencia, resistencia es 
lo que ahora conviene, y no otra cosa. 



4S8 

iQ,u4 me deliene |un m •rmiUHiT Tbdo 'Ío iHfgó: aíEgii^ ' 
disciplÍDaa, cerdas, Santo Críato, botmu^ libná dwdtoi^ aai 
polteta y ealsTera. Gatoy prerenida datodo conw ka wttgmiá 
prudentes, MMeparati, „Mtad preTanidos:" pues ¿qDé1»goii|rf 
envueta en Ibb delicias de) siglo, y ezpnaata i mancillar mi tif* 
Itid en roodio de los peligros de este mando &lai y lisbojeiaTNo, 
ya na mas dilación, ya no ñas tomona, ya no mu 
Esto es hecho: et sacrificio prometido i mt Biposo, aa: 
consumarlo: él no seri mas terriUe que el de Issc, ni maa ÜIp 
ncsló que el de Jepté. To me voy al desierto en eata míann 
noche. A Dios, mundo engafioso-y miserable: k Dioa (daet- 
res venenosos, gustos acibarados, compaQias y amistadea per* 
nicioias, & Dios para siempre. 

Dicho esto, lomó la (Juma, escribió un papel, y lo dq6 so- 
bre su almohada. Todo lo tenia listo; pero le acoagojaba ao* 
bremanera acordaYse que le faltaba saco, porque la paiMÍa 
cosa muy extraña vivir en los páramos con túnico da moda; 
pero como no hay dificultad que no se veD»t an ealoa C^BOh 
se acordó de una carpeta vieja verde que estaba arñni 
a ropero: i n media lamente la marcó por aaco, y 




429 

no^Te de ella, y do Labia por las calles sino tal cual patru. 
y uno que otro guarda en su puesto, llena de miedo siguió 
camino hacia la garita de S. Cosme, por donde, á merced 
una graciesa aventura que proporcionóla contingencia, 
ió á pesar del centinela, que en aquel tiempo guardaba el 
»to con bastante escrupulosidad. 

Bs el caso, que en una accesoria de las casas contiguas á 
garita habia muerto ese mismo día, y estaba tendida en un 
tate con cuatro velas una muchacha, que como es costum- 
> con las doncellas, tenia su palma y corona de flores, es 
reídas muchas de estas sobre la mortaja. 
Los soldados de la numerosa guardia que cubría enton- 
I aquel punto, ociosos todo el día, lo pasaban en las put- 
erías y tabernas, ó en las accesorias de las inmediaciones, 
ade contando sus aventuras y refiriendo sus fazañas en la» 
tallas que habian dado á los franceses en España, pues que 
r la mayor parte eran de gachupines las tropas que desti- 
ban á esos puestos, tenían embelesadas á las mugeres que 
nía boca abierta escuchaban tantos prodigios de valor y su- 
ios tan variados, pftgando su admiración con el bocadito á 
hora de comer, y, con irse dejando seducir las muchachas, 
e no tenían á menos rendirse á los héroes, á quienes se ha- 
m rendido las numerosas y aguerridas huestes de Napoleón 
>naparte. 

Esa tarde, como siempre, se introdujeron en la casa de^'la 
lerta algunos soldados, y entre ellos un gallego desmorali- 
do que no gustaba malgastar sus monedas en la vinatería, 
es aunque aficionado á los sacrificios de Raco, jamás gas. 
ya. lo suyo y la pasaba con las largas libaciones á que lo 
nvidaban sus camaradas, que lo querian por su genio ras^. 
do y servicial. 

Este, entre varias chocarrerías con que divertía á sus com- 
ñeros á costa de la difunta, se dejó decir: — ¿doncella? Sá- 



— ...uoiaa uei 80idl 



I: 



campanuda ,e d/jo.-Z>« «^ J°^* 

*á 4 k» muerto- q„e d«can«n en p.* 

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^ ^"^ **«» pasado ¿ Ir». ^^ 
amA.w^i *^"*"o a loa poco respe 

J« enes ha costado el juicio V aun la 
«•JO, y eJ mal uso de su lengua 

« -I r ^ ''*^'^' (contesíó el iralleírol 

h . ^ "I '^ *'*« «"Pe'o «enes al «.„,o 

« .í í ««"a InquWcion que|te pond 
~ »o d«co„fio de que 4 tus sola, y e« 

Pwtir de tus demencias. 

Lo. «.Idado. escuchaban el diélogo 
conversación rotó después «fi riendo en 

»„! í^ »*' •»P"«'to del diablo q„e se 
mochas noches al centinela de Ja sala , 

l«Í r? '^'P*'"" "*'"«"'' nuedaban 
>« de lo, «roe, q„. habun dejaio ir J 






481 

« 

debían hacer su coarto de centinela, después de^alzarse el puen- 
te levadiso y de cerrarse las puertas. En la principal fué donde 
|e tocó á nuestro gallego que por las pláticas anteriores tenia 
la fantasía llena de espectros y fantasmas, Jde muertos y dia. 
blos aparecidos. En la soledad y obscuridad de la noche ca- 
da sombra le parecia un demonio, y cada ruido, por ligero que 
fuese, creia que lo ocasionaban los pasos lentos y mesurados 
de algún difunto' que venia á vengar á su compañera la que 
estaba tendida en la accesoria, ó tal vez elki misma según le 
habia profetizado el lego, amenazándolo para el tiempo silen- 
cioso de la noche. 

El para distraerse comenzaba á cantar l^jota ú otro de los 
sonecitos quo eran familiares á sus carneradas; pero ningu. 
no acababa, porque á pesar de sus esfuerzos no se borraban 
de su imaginación los espantos y las amenazas del fraile. 

Pasando entre el susto y la congoja la mayor parte de las 
doa horas que debia durar su cuarto, y sin atreverse á llamar 
é, alguno de sus camarades, porque no conociesen su miedo y 
lo tildasen de cobarde^ siendo para lo sucoesivo el blanco de 
BUS groseras burlas. 

Estaba ya para concluirse su tiempo, cuando dieron las 
nuevo, hora en que bajándose el puente levadizo se dejaban pa- 
sar las gentes que viviendo fuera de cortadura, se habian de« 
morado en la ciudad por sus negocios y tenian que retirarse 
á sus casas. Se hizo como siempre, y el gallego tuvo unos 
momentos de distracción con los que pasaban, olvidando- 
00 de los espantos; pero después de un cuarto de hora qu6 
ya nadie transitaba por allí, á pesar de no haberse aun levan, 
tado el puente, ¿cuál seria su sorpresa y espanto al ver que se 
le acel'caba á pasos lentos una muger vestida, según le pare, 
ció, de su mortaja, con un Santo Cristo colgado al cuello, y 
su corona de flores ajadas y deslucidas, como podia distinguir- 
se á los pálidos rayos de la luna que comenzaba á salir? Le 
temblaban las rodillas» y siguiendo hacia él la aparición sin 



uia, e inmediatamente acudieron to 
á su socorro, sin haberse dilatado 
sarío para tomar sus armas; pero 
ge do ermitoña, que- era la visión ó i 
al centinela, había pasado el puente, 
"^ desde que oyó tan inmediato cl tiro de 

• los edificios y de los árboles no fué ol 
que sin duda la habrian encontrado s 
ro no dando otra razón el centinela p 
que se le habia aparecido la muerta d 
dados asombrados creyeron que esta i 
: ii zada por lego Terna ndi no; y otros ^me 

á;! |a especie á la imaginación y falta de 

\y ' quien dirigian mas de una satirilla. 

: ; Relevado el centinelo, lo llevaron sui 

t:. se desengañase, á la accesoria del veloi 

W'i da la doncella difunta sin dar muestra: 

!i>" para nada. A su vista volvieron á ti 

ye gallego, y jurando por Santiajo que cr{ 

ij « bia aparecido en el foso, se cayó privt 

i j «egun después se supo, lo llevaron co 

' ; S. Andrés. 



438 

dados á riesgo su hanor y su virtud, la mandarían seguramen. 
te á la calle de la Canoa, ó á buen componer á su casa, con lo 
que so habrían frustrado sus deseos," dando fin á sus aven, 
turas. / 

Cuando había caminado mas deuna'hora, le ocurrieron todas 
estas reflecciones, yjmudando de rumbo se echo á andar por esos 
campos de Dios, hasta que después de cuatro horas largas de 
viage, cayendo y levantando se encontró en una barranca lle- 
na de maleza, que dividía las peladas lomas de un páramo de- 
sierto, donde á la luz de la luna no distinguió ni choza ni jacal 
que le indicase ser habitado de los hombres. Y habiendo elegido 
el lugar mas lleno de matorrales donde habla unos cuantos ar* 
boles que la defendiesen ^dc la inclemencia de las estaciones, 
desfallecida y fatigada de tanto andar, se tiró al pié de un tron* 
Go, y allí sola, triste, cansada, muerta de hambre, y llena del pa* 
Tor que lo infundía la lóbrega perspectiva del campo á tales 

■ 

horas, se entregó á las mas melancólicas meditaciones. Allí 
Horó y maldijo mil veces su inconsideración: allí se arrepin- 
tió de su imprudencia: allí propuso volverse á otro día á la 
casa paterna como otro Hijo pródigo; pero allí también repren- 
dió su cobardía y falta de fírmeza: allí atribuyó al demonio los 
efectos de la naturaleza: allí se avergonzó de su inconstancia, 
y allí por ultimo, determinó morir entre las fiieras del campo, 
antes que dar que decir á los que sabían que ya á aquella ho. 
ra era ermitaña, y verdadera sierva de Dios. 

Absorta con estas imaginaciones, un sueño irresistible, se 
opoderó de sus miembros y contra su voluntad se quedó dor- 
mida* Pero dejémosla en esta violenta quietud, mientras voU 
vemos á la casa de sus padres, y los vemos buscando á su hi- 
ja, envueltos en la mayor aflicción, la que creció cuando des- 
pués de registrar su cuarto, solo hallaron toda su ropa bien 
doblada, el ropero intacto, y una carta sobro la almohada quo 



Padrt» y t^ortt mion nw«-a JUj«M dparts davotetntp»- 
ra leguir al Grueifieado; mí voausiem m de e rmÜm i a, y yo ds&a 
tcgmria, 8é ^ue em ato m dsaafnufef pera tqaé imforta «i 
(ui agrado á mi EipotoT DireU giw m dMpndo; wuu m» 
importa que ío digait, ñ ei por atta commo: eierita etH jM p 
9ue nodetpredaó ahorrecaá »*padn y d cu Madraparel&- 
ñor. no Mrá d^pno de á.- y a*i ya, rin aborractros at dMprecia. 
r o>, o« dejo, ot ohido, y w abandono. Con d etpírilu am 9m> 
el easlo Jote dejó la capa en manoi de m corrompida tedudo- 
ra, arios dejo. A dio», padre* mío*.* obrad eonjtuticia Aorta 
la eelette Sioa, donde wu daremoi el otado tagrado de la pox. 
Sv amanta Üja, 

POMPOIA LufSABUTO. 

El prudente lector cotuiderará cD&l aeritf el MDlinÍMtlo de 
los padres de eala DÍQa. cuales bus teamroa jr cu&ntM íat dili- 
gencísB que herían por eu Itallai^; pero todo fué eo veno, 
pues aune)ue loe criados corrierna por Ins callea de le oiuded, 
aunque loe mismo* viejos anduvieron por las cesas de sus eo> 




436 

ra Itacer <|u« la tempestad we serenara; y a8( abriendo tu ca- 
ja, saco sus cilicios y una disciplina de pita: se puso aquéllo» 
BMiy poco apretados porque no se reventaran las cintas, y.sb 
dio unos cuantos disciplinazos suavemente y sobre el saco ver» 
da, que no se quitó por la honestidad tan necesaria en aquel 
logar y á tales horas» 

Su fervorosa fenitencia fué tan eficaz en su concepto, que 
á poco rato se despejó el cielo de nubes, cesó la teropesrtad, y 
volvieron á parecer las estrellas y la luna aun roas brillantes que 
al principio de la noche. Entonces, delirando con mayor vehe* 
mencia, atribuyó el natural desahogo de las nubes á un mila* 
l^ro patente, hecho por los influjos de su espantosa penitencia» 
y después que cantó no sé qué cosa en acción de gracias al 
Criador, se postró sobre la cajita con intención de orar, por 
ai experimentaba algunos éxtasis ó deliquios divinos. 

Pero estando en esta postura, cuando hacia su composición 
de lugar, oyó. • • •¡Válgame Dios y lo que oyá! oyó quñ la ea* 
iavera que en la cajita se mooia paüpablemenlet según su frase, 
no solo se roovia, sino que chillaba de cuando en cuando. 

£1 cabello se le erizó á nuestra nueva visionaria: la sangre 
86 le heló y circulaba en sus venas con mucha lentitud: sus 
miembros se laxaron: faltó en sus piernas la firmeza para sos* 
tener su máquina desfallecida, y repitiendo la calavera sus 
vueltas y chillidos, se abatió su espíritu del todo, y cayó al 
suelo privada de sentido. 

Así permaneció hasta las cinco de la mañana, hora en que 
pasó junto á ella un indio carbonero, acompañado de un mu« 
chacho y con una raula cargada] de carbón que traían á 
vender á México. Al ver á la aturdida ermitaña tirada en el 
suelo, empapada, con su saco verde, el pelo suelto y la dísci- 
plina en la mano, se sorprendieron, creyendo que estaba muer* 
ta, y ya trataban de pasarse de largo; pero la buena físone« 
mía de Pomposa obligó al indio viejo á verla de cerca, y en. 
tonces, advirtiendo] que respiraba, ]se compadeció de ella, y 



del Olimpo para restituirme la tra 
postro ante vuestra faz resplandecí 
suplico no me desamparéis en mi c 
temo que en estos páramos me sor 

s menos lo piense, como asalta el facin 

' dados caminantes. 

£1 pobre indio que no entendió de 
las últimas palabras de ladrón, mueri 
que nuestra beata 6 habia perdido el j 
|- era ladrón que la queria matar, y qi 

. J cado á suplicarle que la dejase viva; } 

decía: Amo lagronj magre, amo lagrb. 
mal castellano y mexicano: no soy lac 
dren. Pero como Pomposa no sabia < 
xicano quiere decir no, creyó que el ca 
ba á los ladrones, y arrebatada de su a 
de haber vuelto en sí de su primer dis| 
] eiendo que eran carboneros los que le 

i decía: No, hijos, no améis á los ladroi 

^ i reís y 'seréis unos de elln«« —•- — 



I* 



487 

' do el desayuno que acostumbran, cuando entró el carbonero, sn 
' hijo y la ridicula ermitaña. La india, luego que la vio, qui- 
'. zo correr, pensando que era muerta, fantasma ó* cosa mala 
' como sucedió al centinela de la garita de S. Cosme; pero su 
} marido la contuvo, diciéndole en su idioma que no temiera, 
que aquella pobre muchacha era una loquita que habia encon- 
trado en el camino, y que la cuidara, pues no se quedariansin 
premio, respecto á que en aqu lia caja algo tenia: con esto se 
sosególa india, y la comenzó á agasajar en cuanto pudo. 

Lo primero que hizo fué desnudarla de la ropa mojada, ves- 
jtirla con un qidxquemel y huepUi de su uso que estaban henos de 
mugre y hechos pedazos; pero por fín estaban secos. Ya se 
deja ententender qué figura baria Pomposa tan extraña hasta 
á sus mismo» ojos, mas la necesidad á todo nos sujeta. 

Luego que estuvo vestida de india, y su ropa puesta á aso* 
lear, se sentó con los carboneros y su patrona junto al Üequilf 
y recibió de muy buena gana un jarro de atole y dos tortillas 
que le dieron, lo que depositó en su estómago sin ningún asco. 
Tal era el hambre que tenia. 

Pero no tuvo igual conformidad para sobrellevar el nuev o 
trage mucho tiempo: porque cada^ rato se rascaba no sin 
motivo, y sacaba la mano habilitada de lo que no quisiera. 
Tanta guerra le dieron las imprudentes 'sabandijas, que ape- 
nas se medio secó su poca ropa, cuando se la puso húmeda, y so 
acostó á dormir en un rincón. Los carboneros se fueron á 
vender su carbón, y la india se puso á tejer un ceñidor. 

Mientras esto pasaba en é\ jacal. Doña Eufrosina estaba 
como se puede considerar con la pérdida de su hija. En to- 
da la noche no durmió y luego que salió el sol tomó la pluma 
y escribió una porción de rotulónos. 

Ta los iba á mandar poner en las esquinas, cuando entró 
el coronel y leyó que decian así ni mas ni menos: Quién 
hubiere Judiado una niña bonita como de quince añoSf que se 



r 
'I 



había recibido y de la humedad que 

ropa mojada, se enfermó de fiebre 

' comió, á la noche se le encendió la 

-, ^ deliraba. Los indios se compadecí 

f í ^* ■« lástima abrieron la cajita, peí 

de provecho, y los infelices se com 
despreciable que encerraba, Ilenándc 
té por encima de todos un ratón: esi 
agujero que tenia la caja vieja se mi 
•6 á la calavera donde chillaba y 
eepanto á Pomposita. Este fué el p 
m otro tiempo el de los montes, un r 
doe loe espantos tienen iguales princ 

Loe indios socorrieron á su perej 
noche, puee no por que eran indios k 
f- toa de caridad. 

-^* dia siguiente, por una dicha de ] 
]• easa de Doña Eufrosina al piadoso ca 

(! electo de comedimiento, les preguntó 

P*« una niña de razón * que estaba I 
I^ novedad de la pregunta exitó la 






I 



V 



430 
na fun indagar dal carbonero Unta* eoaa^ que al fin areri. 

guó que la enferma era au h¡ja. 

Entonce* hizo poner e] coche, sefué con el carbonero, con 
dirección A lai lomas de Tacubaya, y encontré i tu hija, co- 
mo ae diri en el capítulo que aigue. 




CAPITCLO XXXI. 

Hallugo d« la ennitaña QdíjoiíU, y peregrina daMoUca da au «antidad 
; la de au madre, 

m 

JHSntse contenta y aauatada aubió al coche Doña Eufro> 
Moa con ati maridO) creyendo hallar k su hija verdaderamen- 
le locaí aegun lo que le habia contada el carbonero. 

Lu^ que llegaron & la miserable choza de este, oe apeB< 
ron y entraron á buscarla. 

No ea menester ponderar cuál seria el sentimiento de am* 
boa al verla con su saco verde, tirada on un petate ardiendo 



ra de riesgo, auiKiue dernaslaclo 

Dona Eufrosina, para que su 
ser ermitaña, tiró á la calle los ( 
na, calavera, y hasta la caja. 

No solo esto hizo, sino que p 
que volviese á prevaricar con la \ 
ba, hizo un escrutinio de todos los 
y habiendo recogido todos los piai 
venas, se bajó al corral con ellos, 
cer una hoguera, y cuando estab 
todos, diciendo: „Id al fuego, per 
hija. No, no mas virtud en mi ci 
zos. Desde este instante yo han 
corazón de mi hija la alegría, y que 

Algo se escandalizó el lacayo co 
mas la beata, que la habla estado * 
güela; mas ninguno de los dos se a 
mazon, porque conocían el genio 
Eufrosina. 

Esta cumplió fielmente sus pron 
posita se fué mejorando, no cuidó 

gusto en todo. Le hizo nuevn« v«> 
1 •• 



441 
»tipHcaron sin número, y todas la lisonjeaban á porña, con lo 
que acabaron de corromper su corazón, y de llenar de vani« 
dad su cabeza. 

Ya se dcjíi entender que el desorden entró de asiento en la 
casa de D. Dionisio, quien tan acobardado por su muger, no 
hacia mas que gasta r, contraer drogas, y callar. En esto pa- 
ró la desmedida virtud de Doña Eufrosina y su buena hija; 
pero ¿qué otra cosa se debej esperar de una devoción falsa y 
de una virtud aparente y mal entendida? 

El coronel y Doña Matilde se tostaban con las locuras de 
su hermana y sobrina; pero no quisieron meterse en advertir- 
la, conociendo su capricho, y que cualquiera oposición seria 
un estímulo para que lo hiciera poor. 

Pudencíana por su parte no dejaba de sentir ni de reír las 
extravagancias de sus parienlas, y su pndre sabia aprovechar- 
se hasta do los vicios de Eufrosina y de Pomposa para dar á 
su hija lecciones de virtud, que esctichaba con amor, prac- 
ticaba con cuidado, V percibia con gusto su utilidad. 

Tuvo varios pretendientes: do todos y de cuanto le decian 
daba cuenta á sus padres, y estos le dictaban como se debia 
manejar. Fácilmente discernía el coronel cuál era el carác- 
ter de cada uno, cuáles sus intenciones, cuál su conducta. 
. Hacia ver á su hija que todo era siniestro, malo, inconvenien- 
te para ella, y los despedía sin sentimiento suyo y con la ma- 
yor docilidad. 

. El primero de estos que la solicitó fué un mocito azucara- 
do y sin destino. Este le escribió una caria muy expresiva, 
en la que la colmaba de alabanzas, y le aseguraba su eterno 
amor y rendimiento. 

Ella puso el papel en manos de su padre, quien le dijo: — to^ 
das las alabanzas que esto te hace, no pasan de unas lison* 
jas estudiadas para rendir tu corazón sencillo, y esta es una 
verdad que bien la puedes conocer sin la mayor reflexión. Te 
dice que eres la mas hermosa de cuantas hay, que eres un^ 



••■■. 



!i 



. \ 



tí 



é 



. «. lu ijue nace al imponderable ai 
que al instante que te vio, te adoró 
otra mentira vieja de que usa esta ck 
difícUy por DO decir imposible, apasioi 
hermosa .que seaf;; á la primera vista 
euando ae le dice á una muger no mu} 
fea si es rica? pues ello os que á todas 

Por otra parte: los juramentos que 
yo hasta la muerte son tan seguros con 
dor acabando de perder, de que no volv 
•o su mano. En estos juramentos casi 
la ceguedad 6 la malicia del que jura. C 
te apasionados ó ciegos por lo que amai 
jarán de amar á su objeto, y así se lo i 
pero engañados, pues apenas lo poseen, < 
tibUif y de la tibieza pasa al aborrecinn 
no es puro. Por esto dice Mr. de la I 
amor e$lo mitmofueélfuegOfqiienoj 
wiaomimiih emUumOf jf d^ de vémr duá 

Cuando los amantes no juran por ce^ 
eW| ya se conoce su crimínoi: j- « 



•>- 



44S 

CreMralmente todoi flon humildes cuando pretendientes» y por 
casualidad no son tiranos luego que poseen. Entonces satis* 
fecha la pasión 6 el apetito, reconocen los defectos de la mu* 
gen SI son ligeros, ó los toleran con prudencia cuando son ca- 
paces de esta virtud, ó los aborrecen con la persona; y si son 
graves, excitan todo su odio y su venganza. Conque ¡cuida* 
do^ hija! despide á este ocioso con verdad y sin descortesía, y 
no te fies de papelitos tiernos, sino de acciones comedidas y 
de calificada hombría de bien. 

Por medio del secreto de comunicar Pudenciana los suyos 
con sus amorosos y prudentes padres, logró que no se burla- 
ra de ella ningún seductor, y que su bonica estuviese en su lu- 
gar: que aprendiendo á distinguir el mérito de los hombrea 
por la práctica, supiera por fin conocer quién la amaba con 
sinceridad, ó quien con embuste, y por este bien y considera- 
do medio consiguió hacer su perpetua felicidad, como verá el 
lector si quiere leer un poco mas. 



CAPITIJIiO XXXII 

Jnieioaa condacta del novio que se presentó á Pudenciant, y eordar» 
eon qus' seta y ras padres se manejaron basta yerificarse el casamiento. 




[utrs cuantos aficionados tuvo Pudeneiana. logró la suer- 
te de ser el preterido un D. Modesto, natural de México, hom* 
bre noble, de arreglada conducta, bien empleado y verdadera* 
mente bueno. 

Este sujeto» por principio de su pretensión, escribió á Pu* 
dendana nna carta*que por original conservo en la memoria. 
Decia así: 



la¿ bellas cualidades que recomiendan él mérito de 
vd. me oNigan á amarla. Yo deseara lograrla para mi única 



444 

y perpetua compañera. — MU'deseo» nada importan, ñ «o agr^ 
dn yo á vd. como vd. á mi. Para que me conotca y tne irOU, 
neccülo eisitarla, j'orquc mi genio no se acomoda á tolieitar tu 
mano parándome rn los zakuanes, rondando «u caUe, valuado- 
me de criadas ni de oíros medios iudeeorosa» á cd. y á mí. Por 
tullid, tsloy resurllo á ver á tu papá de od. ¿ informarte dt 
r/iic'i soy. y ñ d'snihrirle mií inli^neionev, mts no daré un pa- 
so, anícs que vd. ?ne diga si tiene onracion de rrligiosa; ti en ea, 
so na'.rario, cnlii romprometidn con otro, ó ti es de su gusto i 
no el '¡itc yo la risile eon eslejin. — Eipero la respueAta de od. 
cnlr.ndidii de que no mr pesará t¿ue te la dicte su padre, pues 
me cjinformari: eo:i ella, sea cita/ fuere- — Entre tanto, di vd, 
óidf.ncs á su ainan'e scnndor q, s. p. b, 

Al ¡nsl.inlc i|'3e Piiil.'n!:i:ina rcr.ibii'i cstn oxlrnñi carta, U 
¡iM^íii ff iiriJliH '1': s:i p;i'lri', quien nn il.-jlj de iiilriiraMO He au 
c-i'ili: ]iiT'i ilij'i ii Piii|i;iir¡nnn: — liijti, !«i ul ciirictcr de este 
i|>nniler) á lo (]iic manifisüta 




445 

Jlft^ «emN* nUo: la pclUiea de vd. exige que le diga que esta 
e# «ti easOf y que puede visitar á mi papá, contando ya con su U» 
cencía cuando guste, •.. B.Lm, de vd. su atenta servidora* 

PUDENCIANA. 

Luego que D. Modesto recibió la carta, fué á visitar al co. 
ronel, quien lo recibió con agrado, porque ni su figura ni su 
conversación le parecieron despreciables. El joven le hizo 
▼er quien era, le manifestó los comprobantes de su buen naci- 
miento, le dijo donde vivia y como era absolutamente solo: 
que se ejercitaba en el comercio, y aunque su capital era cor- 
tOf bastaba para sostener á una niña docente. 

A seguida le descubrió su corazón sin rodeos, significándo- 
le el amor que tenia á su hija, y pidiéndosela para esposa, 
siempre que ella condescendiera. 

Esto lo dijo tan breve y con tanta gracia, que el coronel no 
acertando á responderle en su estilo, solo le dijo: — me parece 
vd. hombre de bien; visite mi casa cuando quiera, nos experi- 
mentaremos mutuamente, quedando vd. asegurado en mi pala- 
dra de que si merece á mi hija y ella lo ama, será suya. 

Con este pasaporte visitaba D. Modesto la casa con frecuen* 
cía: á la frecuencia sigió la comunicación, á esta la amistad, 
y á la amistad, el mas tierno amor de Modesto y Pudenciana. 

Cuando ambos estuvieron satisfechos de su buena y amo- 
rosa correspondencia, á un tiempo se declararon con el coro- 
nel y Doña Matilde: los dos condescendieron con mucho gua- 
to, y se verificó el apetecido enlace, al que asistieron Doña 
Eufrosina, su marido, Pomposita y otras muchas personas. 

Pasados (os dias de la boila, pensando Modesto que le seria 

tan sensible á su muger separarse de sus padres, como á estos 

desprenderse de ella, consultó con el coronel si queria que las 

dos familias vivieran juntas, pues á él, á mas de las ventajas 

económicas que le resultaban, le seria muy lisonjero que Pu. 

1—18 



r 



148 

dcnciatiita estuviese contenta si l&do <le su« padrea coma 
BÍompre. 

D. Rodrigo agradeció muctio el buen afecto de su yetnfa j 
Ib dijo que siguiera unos cuantos mesrs;^pero que era con*^ 
Diente que separara casa, para que eu hija |>ract¡ears conM 
esposa y cabeza delUmilJa, las lecciones qu« le habia emeBa- 
do acerca de esto, y que bien podía concillarse la separ«cin 
de las casas con la frecuencia con que dcbian á desearían tra- 
tarse madre é hija, pues por f'rluna, la casa de enrrenic eati> 
ba desocupada, y sí querian podían tomarla, y aa) rÍ*irÍU 
lodos junios y separados. 

Modesto se conformó con el pnreccr de su su^ra, y dcotM 
tres dias se mudaron, sin que CudeiicíaDa ni su madre extnu 
ñnran la spparacion, por lo inmediolas que estaban. 

Se deja entender que los dos nuevos esposos rivían müj 
contentos, pues no tenían encima suegros, ni cosa alguna qos 
los mortiñcnra. 

Entre (anta Pomposíla estaba rodeada de corlt-joa, iin« 
que efuclivamc nie la prelendíiin para esiiosa, y otros <]ue a- 
piraban á su conquista sin buen Gn; pero Pomposa M ni* 



44t 

nejarte con cuantos hombréente cortejan con tanta familiarí- 
dad 6 llaneza? Ta entiendo que solo tratarás de pasar el ra- 
to; pero cuando esto sea, sabe que pierde mucho tu reputación, 
pues ningún hombre de juicio te ha de apreciar ni tener en lo 
que eres, al ver que con todos bailas, con todos te chanceas y 
familiarizas demasiado por una parte, y por otra á ninguno 
te dedicas á agradar en lo particular, recibiendo además sin 
ninguna repugnancia los obsequios que te ofrecen. Yo he 
visto ya algunas copio tü, y he oido las honras que hacen de 
ellas los hombres: lo menos que dicen es, que son unas locas 
estafadoras y chasqueras. Conque mira lo que haces. 

Ya lo he visto, decia Pomposa: yo no llevo otro fín, sino 
divertirme con los hombres, arrancándoles lo que pueda, hacer- 
los rabiar y echarlos noramala — ¡Cierto que llevas unos fines 
santos! — Si no son santos á lo menos no son tan maliciosos 
que no los lleven otras muchachas qne hacen lo mismo que 
yo. Pero mira, Pudenciana: tú eres una tonta. ¿Habrá gus- 
to como verse una muchacha rodeada de quince ó veinte ado- 
radores, de quienes es el centro^ el objeto-y el iman?¿ Hay satis- 
facción mas placentera que verse una muger idolatrada á un 
mismo tiempo por muchos hombres? ¿Podrán tener nues- 
tros oidos rato mas agradable que cuando oyen que nos llaman 
bellas, ángeles y deidades? Alejandro, Cesar, Pompeyo, ni 
mil otros guerreros, ¿podrán gloriarse de valientes delante de 
una hermosa, que con solo un mirar de este ó del utro modo 
alienta un corazón, rinde á este, desmaya á aquel, desespera 
al otro y los humilla á todos? Y por último, ¿hay gloria, gus- 
to, ni satisfacción igual al de una bella, ante cuyo acatamiento 
doblan la rodilla los jóvenes y los viejos, los pobres y los ricos, 
les plebeyos y nobles, muchas veces los príncipes y siempre 
los vasallos? 

Tú, hermana mia, tienes talento, y no negarás que es una 
verdad cuanto te digo: y supuesto que la conozcas y confie- 
ses, es menester que te violentes mucho para no conceder- 



me uue obro con juicio manejAndame como hasta aquí. S 
espejo es mi colidiano consultor y consejero. El me dice ci- 
du día que soy hermosa, y me persuade á que apraveeltt loa 
dones de la naturaleza y los ratos que el tiempo me concede 
iQué dices? 

¿Qué he de decir? contestó Pudonciana, sin 
entiendo, tú equivocas las apanQncias con las n 
verdad con la mentira. Cierto que una niucl) 
y con tantas gracias como lü, parece que don 
Ib traían, mas yo sé claramente que no es así. 
hermana, por to común quieren k las mugere 
aman: esto es, las quieren, como el que quiere u 
para pasearse en o!; pero no lo aman, |iue» posi 
p^seo, lo envían & la caballeriza, y n 
que lo necesitan, y cuando el caballa 
tratan do deshacerse do él & toda prÍ! 
pues asi son ios hombres. Ellos y las 
Dando esta verdad ¿ gritos mudos. Ahora seia años, do mucho 
ha. Doña Ignacita la Gallega, Tulílaa laque oaluvo en casa, ; 



> que á lo qu< 
alidadea. y \t 
icha herraoaa 
i na ft coaDlot 
Los hombiei^ 



e acuerdan de él hasta 



. Tú bien me entiendes; 
lugeres nos esláo preso- 



449 

ni !•• hombres de hoy piensan de diferente modo que ios de 
9íj%rf ni tienes otros principios que los que tuvieron otras! 
Por consiguiente, no tendrás otros fines. Conque manéjate 
de diverso modo, si quieres lograr diversa suerte. 

To no pretendo que no ames á ninguno; eso seria querer 
que fueras insensible. Nuestro corazón es de carne, somos 
racionales, capaces de pasiones, y por lo mismo sujetas al 
amor; pero si nos hemos de enamorar de algún hombre, sea de 
uno, y este sea hombro de bien, y amémosle con un fin noble, 
santo y seguro. Cásate, hermana: cásate con quien te ame 
de veras y pueda hacerte feliz con permanencia. Piensa en 
esto, y cuando halles un hombre que te aprecie tanto como 
Modesto á mí, no dudes entregarle tu corazón y hacerlo tu 
marido. 

¿To casarme! contestó Pomposa, ni pensarlo: tú estás recien 
easadita, aun comes el pan de la boda, y por eso te parece tan 
bueno el estado del matrimonio; pero que pasen estos dias 
que saque las uñas tu marido, que comience á zelarte, á re* 
ñirte y á faltar á sus obligaciones, y entonces yo te pregunta- 
ré como te vá. 

No tengo esperanzas de responderte que mal: porque antes 
de casarme lo pensé bien, examiné el carácter de mi esposo y 
el mió, y conozco que jamás le daré lugar á que me zele ni 
me riña, y por lo mismo me pasaré siempre buena vida. No 
te canses, Pomposa: tas mugeres hacemos á los hombres bue* 
BOfl ó malos. Tenga la muger prudencia y consejo en la elec* 
eion de marido, experiméntense mutuamente los dos, consul- 
ten á la experiencia de los padres y del confesor. * conozcan* 
ae los genios y costumbres, aspiren á ser felices el uno con el 

* En la elección de confesor ó director espiritual, debe ponerte mu* 
oho cuidado por loe padree de familia, puea de una mala # lección de m* 
Utf han venido j vienen muy malaa reaoltas. 



I 



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. /^"'^ ''"=ea? pues esln» „„„ 



451 

»nio desgraciado: porque si quieres contentar iua deseos á 
ra fuerza 6 eres infiel A tu marido» 6 lo exasperas: y en am. 
I casos te labrarás tu ruina. 

Por eso no me quiero casar con ningún hombre que no sea 
lio y mayorazgo, decía Pomposa: no, en todo caso que sea 
novio rico y con seguridad: pues, quesea por lómenos jnar* 
68, y no de aquellos de quienes dice el refrán que: A Uis ve» 
' en easae de los marqueses^ mas suele ser el rttido qite las 
icesm No: yo quiero que el marqués que haya de ser mi 
ir ido, sea rico, y que en su casa haya tantas nueces como 
[óOf tanto dinero como lujo, y tanta seguridad como gusto. 
DOy hija mia, ¿para qué es casarme? me quedaré así para 
rft lavar corporales ó vestir imágenes, pues bien sabes qué 
frota ó bien vendida, ó podrida en el huacal. 
Pues yo temo que tu fruta se pudra, dijo Pudenciana: por- 
B tú ya no eres muy rica, y los marqueses y mayorazgos no 
sean por lo ordinario gracias ni hermosura en las que eli* 
D para esposas, sino dinero por todo, para sostener su os- 
itoso lujo. Esta es una verdad dura, mas es una verdad que 
o puede contradecirla un loco. Si tal no fuera, no veríamos 
itas marquesas feas, tontas y sin gracia, al^mismo tiempo 
e vemos abandonadas innumerables muchachas bonitas y de 
^omendables circunstancias, que no hallan un enlace re* 
lar. 

Sea lo que fuere, 6 me caso con marqués rico, 6 con ningu- 
.—Pues haz lo que quisieres. 

En este punto quedó la amigable conferencia de Pudeneia. 
j su prima. Cada una abrazó su sistema, y percibieron 
fruto á proporción, como verá el que lea lo que sigue. 



CAPITULO XXXIII. 

En ■] qu« conlinúm UJaicLcu conducU de Pudtnuiiiina, j la* áttfUkl. 
roa ds Pompouta. 

jgJQDDKNCiANA y Pomiiosa vivUn muy conteolai en wmn- 
eas: aquella amada y obsequiada de su marido, y esln colleja- 
jchos adoradores y prelend lentes. 



Pudenciann instruídi 
goda por el buen ejemplo de 
te á darle gusto i su esposo < 
te neceaari amento' la amaliB 

No Bo nolnba nunca en au 
cin. pnrqtio loi 



iban 



pndrc, y lo que e^ mns, cbm> 
ladre.se consagnS uniera men- 
unntu dependía lie ella, y *^ 
1 día con mns ternura. 
inblanles la menor diipliew- 
on verdad, v excusaban MD 



prudAtiria lodn porfía, toda dJEputa que pudiera turbar Ik 
tranquilidad de sus espíritus. 

Pudenciana spbia muy Lien manejarse como tnuger amida 
reconociendo tit mismo tiempo la superioridad de «u mnrida 



46S 

a. obedecer, pero no temblar en tu presencia, pues era 
de 8u carne, una misma con él, y no su esclava* 
10 los dos conocían cuales eran sua derechos y sus obl¡« 
es, y tenían el talento y la disposición necesaria para 
sar de aquellos y cumplir con estas, se pasaban una vi- 
to feliz. 

cooperaban poco los padres de Pudenciana, que no eran 
suegros comunes. Siempre le inspiraban á su hija los 
y cristianos sentimientos que debían: ella los observa- 
su acostumbrada docilidad, y de este modo hacia la fe- 
I de su esposo, la suya y la de su familia. 
Modesto no era rico ni pobre: su comercio le daba 
esa rio para mantenerse con una decente medianía, la 
m&s faltó en su casa con el auxilio de una tan buona 
, que no solo sabía ahorrarse de modas y de diges su* 
8, sino que sin tocar la raya de la miseria, economiza. 
) lo posible, lo que encontraba D. Modesto cuando la 
ia lo pedia. 

tro de! tiempo regular tuvieron un niño que dio A luz 
nana con el parto mas feliz. Desde entonces se con* 
>n los padres á su cuidado, y los abuelos estaban en- 
08 con el nietecito, que era las delicias de toda aquella 
a familia. 

re tanto, Pomposíta se pasaba una vida bien alegre, 
tida por sus padres, mimada por las amigas, y lisonjea- 
istanteménte por una chusma de aduladores <Arrom- 

0e complacía con los'rend i mientes que le hacían, cre« 
>8 sinceros; y fiadajen su hermosura y en ^sus gracias, 
itaba de acrecentar el número de esclavos, que asi Ha- 
; sus amantes. Su misma soberbia y vanidad la pro- 
or mucho tiempo de ser el juguete del amor, 
o no amaba á ninguno, y solo trataba de burlarse de 



454 
loa hombrea, creyendo que no había quien b merecicaa, no K 
hacia cargo del mérllo |iart¡cutar de nadie: y asi nn eslimnhs 
á ninguno, aunque [estafaba al que podía, pues no rehusaba 
admitir los obsequios que la aolian hacer de cuundo en cunii' 
do. jPobrcs de loa tontos que se sacrifican por couquíülsr eoD 
dones el corazón de una loca presumida! Ellos pagan de con- 
tado su nucedad; pero también pagan ellas au locara, y i mas 
precio. 

Pomposa, á quien (odoa conocían por la QutjotUa, apoyada 
en el consentimiento de su madre, no pensaba en otra cosa qua 
en pascar, estrenar y perder el tiempo y el dinero. 

Cl bueno de D. Dionisio no saiiía negarse á nada de lo qu< 
querían su muger y su hija. Como hombre débil y acobar- 
dado, condescendía con todas las extravagancias de au lana- 
lia, y se sacriScaba por complacerla en sus mas ridiculos u> 

El tenia sus aflicciones inleriorcs, que no manircslaba por 
no disgustar ú las señoras, y estas pensnndo que sobraba pa« 
ra todo, no hacían sino pedir, gastar y divertirse; pero [coán. 



455 

meatica y una hacienda en jurisdicción de Cuernavaca; pero 
COA la despilfarrada conducta de aquellas gentes, vino á adeu- 
dane como en doce años de los réditos de veinte y ocho mil pe- 
sos qae reeonocia la hacienda, y la tienda ya solo se conser* 
TaBa en fuerza de contraer todos los dias nuevos créditos: y 
como ni estos ni otras cantidades que en lo particular habia 
pedido D. Dionisio para satisfacer los caprichos de su muger 
6 hija, podía pagar, y lo agitaban ya por todsis partes los 
acredores, al mismo tiempo que estas no cesaban de sacrificar* 
loy temiendo descubrirse hasta con ellas por no caer en despre 
eio^ tomó la resolución de abandonarlo todo: y para ello hizo 
realizar quinientos pesos de efectos con pérdida considera|^e, y 
cambió treinta y seis onzas de oro, todo con el mayor secreto: 
con el mismo una madrugada hizo ensillar su caballo, y sin 
mas quesu manga, sable, pistolas y sus treinta y seis onzas, salió 
á las cuatro de su casa, sin decir al criado mas, sino .que vol- 
▼iese á cerrar el zahuan. 

A las nueve de la mañana que se levantó Eufrosina, pre- 
guntó por el amo, y diciéndole el mozo la hora y modo co- 
mo salió, no lo extrañó demasiado, pues como nunca se ha- 
bia dado igual caso, no sospechó lo sucedido, y fué á levantar 
á sa hija, con quien á las once se fué á misa, de allí, á una vi- 
sita, y volvieron á las dos de la tarde. Después de haber des- 
cansado y avisadas do estar ya la mesa puesta, preguntó Eu- 
frosina si habia vuelto D. Dionisio, y como supo que no, en. 
tro en al^un cuidado, lo mismo que Pomposíta: sin embargo, 
como no sabían aun el horroroso abismo de desdichas en que 
estaban sumergidas, comieron con deshaogo, durmieron su 
siesta, y á las cinco se fueron al paseo. Mas como á su vuel- 
ta preguntaran por el señor Langaruto, y se les contestara que 
aun no parecia, ya no pudieron esperar mas, y para comuni. 
carie el caso mandaron el coche á mi tutor suplicándole pasa- 
se inmediatamente. El page sin embargo del encargo que 
le hicieron de que nada dijera, con palabras á medias dio á 



45« 

entender lo que había. Mi tutor me dijo lo ftcompaBue, f 
entrando al coche en un momento es tu vimos en tn olr& can, 
donde enconlramo9 & todos en la mayor confuaiDn; pero cnu- 
cho mas á Dona'Eurrosina que en medio de su desarirgiadi' 
sirao manejo amnlia á su marido, aunque no cod aquel amor 
puro y prudente que se deben tener los consorlea. Ltirgo qus 
ella vio á D. Rodrigo, con la mayor agitucion le conlú lo qw 
pasaba, diciéndole la hora y modo como se aalíó, por lo qu( 
este teniendo en cuenta las costumbres do D. DíudísíO]' lu 
muchas ocasiones que hay en 1o9 juegos y en los bailes, de qtit 
los hombres se desafien, infirió que algún duelo lo hnbria lle- 
vado á tai hora solo y con armas: asi lo dijo & su concuñi, 
añadiéndole que en tales casos los hombres solian dejar cartu 
para que sus familias y amigos se instruyeran, y que por lo 
mismo era bueno registrar su despacho, para que si algo nlu- 
flivo so hallaba, con esas noticias proceder á buscarlo con tl- 
gun acierto. Aprobó Doila Eufroaína, € inmediatamente dD4 
«lirigiinúa al despacho, en donde esta suplicfi al coronel buj< 
case, porque ella no (enin alíenlo, y con laa piernas tembloro' 
eas no pudiendo mantenerse en pié, se sentó en su sola: miéa- 



457 

la beata Doña María, que habla hecho D. Rodrigo qae- 
.llí por precaución, y muy encima de todos los papeles 
D dos cartas, con el sobre, la una: A mi espoia E^fro» 
hija Pompatita; y la otra, Al señor coronel D* Rodrú 
lurte. Mi tutor guardó la primera, rompiendo la suya 
tcia así. 

estimadísimo hermano y el mejor de mis amigos: vna car* 
! de}o á Eufrosina encargándole la ensene ávd»le tus- 
de mi determinacwn y las causas poderosas que aie la 
tomar. Yo que por una debilidad vergonzosa no tuce la 
I necesaria para hacerme respetar y obedecer de mi fa» 
he ocasumado mi ruina y la suya; ¡Ah, y si yo hubiese 
o el ejemplo devd. y sus lecdonesl^no me veria hoy per* 
No digo mas, porque sé á quien dirijo la palabra^ y solo 
i vd. por la sangre preciosa de Jesucristo y por las do* 
!é su Santísima Madre á quien tanta detocum ha tenido, 
le mi familia. Ya Eufrosina no tiene marido, ni Pom- 
tiene padre: vd. sí, vd. animado siempre de una caridad 
lo, cuidará de ellas, y me las socorrerá cuando le sea 
. Si la Providencia divina me volviere algún dia con 
tuerte al seno de mi familia, yo manifestaré un perpetuo 
acimiento; mas si.así no fuere, ese Dios grande remune- 
compensará á vd. largamente sus buenas accumes»"^ 
o vd. y mi amable hermana dirijan sus preces al Éter» 
olviden á este infeliz, que ó va á vivir en miseriae á un 
esconocido, ó cuanto antes á descender al sepúlero. 

Diorrisio LANOABinro. 

de considerarse como quedaríamos al escachar esta car« 

no encontraba que decir la beata lloraba amargamente 

ndose los dedos y clamando á toda la corte celestial, y 

or después de un rato de silencio, y diciendo, es preciso 

a la rompa, para ella es el sobre, se dirigió para la recá* 

14 



mam donde celalmi) madre ú li¡ja,6ÍguÍCiu}i>loyo, y no libó- 
la, que hiciinoH qm-durn allí pnrn que no fuera 4 aumenUr b 
aflicción do squelbs ecuorns. Las encoolramoa ya. va ú; 
anegadas en llanlo. Procuró mi liilur lereDnrluA, dici^lxia* 
les qiii; tudo murtal sabe. A iio pod«r dudarlo, i|uo ha ofemliilt 
(i BU Criador, (lur lo mismo qiio ps ini<recedordestirr¡rntctv 
tigo los conlrnliempM do csla vida miütrablc, y que mucbH 
veces nos precian eslos mas cnielps do lu <]ue son en Ȓ: que 
acaso uo podría dificuHarsc que volviesen & vcj pronto i D. 
Cíooíbío, de quien liubin encontrado en In eecriÜMnia dos ciii> 
las, una puní él, en que remitía & la otro que lt» pora Peña 
EiiCrosina, U misma qua aun<;<ie liiihiera querido guardar |>or 
algún licmpu jiarn dársela otro ofrasíon menos nn-^uetíada. el 
deseo de ver kí ella alumbrabn para hacer nleunRa peaqunw 
de los di,'GÍgnioB y paradero de su autor, le eslieehatian i pO< 
tierla como la ponía en sus manos para que lu rixtipiera y le> 
vera, Doña Eufrosina, no quino lomarla, diciendo no lenU 
vnlor para abrirla, y euplicando il D. Rodrigo ee la kyeae. 
Todoa nos quedamos cuino estatuas, y mi tutor rompiendo la 
cubierta con mano trémula, leyó de la manera que sJgUe. 



499 

que están cansados de mis repetidos plazos con que he podido 

entretenerlos, van ciertamente á embargarme cuanto tengo, pues 

que ni con muebles de casa, coche ^c, puedo cubrir mis respon» 

eabiHdades^-^^o queda á vds, cosa libre, mas que algunas 

alhajas que la consideración de los acreedores quieran dejarles. 

— 7\í, Eufrosina, tienes derecho á quedarte con el hilo de 

ferias y aretes de lo mismo, que trajiste tuyos cuando nos casa- 

mos; y á que le paguen de preferencia los cuatrocientos pesae de 

loe nombramientos de huérfana que cobré tuyos en la Archico , 

jraáki del Rosario, y cantidad que hoy debes al consejo que con 

tiempo me dio nuestro hermano D. Rodrigo, de otorgarte la car^ 

ta de dote que queda adjunta. — Hijas mías, yo no puedo snfrir 

él dolor y vergOenza que esto me causa ^ ni podré soportar el 

desprecio del público: al ver mi suerte, se reirá con razón de mi 

necedad que la ha causado: ni puedo ya ser útü á vds, en tales 

circunstancias. Yo las dejo encomendadas á la Providencia 

divina, y encargadas á nuestro honrado hermano y único amigo 

D. Rodrigo, á quien encargo den á leer esta para que dispon» 

ga lo que convenga* El las mirará y auxiliará como padre 

siempre que vds. no lo desmerezcan: yo se lo pido en la carta que 

queda con esta, y que se le mandará al momento: él ctimplirá, 

lo conozco, no lo dudo un momento. Sujétense vds. á sué con- 

sefos en todo, y loerararán ser menos desgraciadas. — Yo me 

voy sin dirección alguna, puesto en manos de Dios, y no volveré 

á veros jamas, si no pudiere algún dia aliviar las necesidades 

á que quedan reducidas; mi ánimo es acabar mis dios en algún 

pais desconocido y muy remoto, con otro nombre que no sea el 

mió. — Ya la hora de mi marchase llega* •••el momento se pre» 

clpüa» • • •la amargura y el dolor no me dejan aliento, • • A 

Dios, esposa mia, adorada. • • .á Dios, amadísima hija mia, á 

Dios, á Dios; ya no volvereis áverá este infeliz, cuya conduc- 

ia desarreglada ha sumido para siempre á élyá su familia^ 

indiscreta también^ en el abismo de la miseria» • • #á Dios, A 

Dios. . • . — El desgbaciado Dionisio. 



r 



460 
Tan luego como m acabó de leer la carta volvieniiiNl 
Oc^mayos madre é hija, y duró tanto el de la príiDen, 9H 
fué necesario llamar médico, y que yo fuese en el cocha á tiaer 
li Uoña Malille. la que im|iueala del caso todo, Be afligió ma. 
chü, pero sin desmayante, porque prevenida ya por nnia. 
rido á recibir esos golpes con resignación, do hizo masqat 
dirigir t Dios su corazón, roginJole tuviese piedad de «■ 
hermanos y sobrina. A los esfuerzoi del facultativo Tolñi 
Eufrosina; pero ní ella ni au hija dejaban de llorar, nada caá 
cenaron, y después do las cuatro de la mañana fu< cuaBikiR 
quedaron do rmidns. Así continuaron haata laa siete que di» 
pertó la madr^ llorando Inn fuertemonle que denperló á Poa- 
posila: ¡ninedinlamente acudió mi lutor y Doña Matilde qw 
prodigíndoles caricias les decian que era necesario no afligir* 
se lanto, porqtie el critico eslado de las coaae pedia mucha 1^ 
lenidad para medilar lo que se determinaba respecta de inte- 
resRs, pues por la persona de D. Diaoixio, el coronel babia 
en la madrugada ido á la posta y despachado varios cornoa 
con señas de su persona, caballo y vestuario, para qua lo ba*- 




461 

ta el terrible estado de sus intereses, y que los acrreedores es- 
tán muy cerca de echarse sobre ellos, cuyo golpe acelerarán 
tan pronto como se evapore esta última ocurrencia, y este 
golpe si le cogo á vds. en esta casa les ha de ser muy sen- 
sible. 

Mi hermano al dar su último paso, roe ha hecho el favor de 
creerme digno de encargarme de la suerte de ustedes, y yo 
agradeciéndoselo mucho, quiero tener el placer de acreditar 
que he querido siempre serle útil. En tal virtud, hermana 
roía, vamos ahora mismo á que se lleven á casa Ihs camas, ro- 
pa, y aquellas cosas de ustedes que no puedan pertenecer á los 
acreedores, y dejemos esta habitación, supuesto que cuanto 
en ella hay es ageno, y que ya con buena conciencia nada 
puede cogerse de lo que en sí contiene. Vamos, hermanita: 
vd. tiene luces bastantes para conocer estas cosas, y no nece- 
sito decirle mucho. Vamos, no llore vd. pues esto no es mas que 
mudarse vd. á su otra casa, como que asi ha debido considerar 
siempre la en que yo I e vivido, como yo he contado esta por 
mia desde que vd. la habita. — ¡Ay hermano! contestó Eufro- 
sina, y jcuanto me parte vd. el corazón con lo que me está di- 
ciendo! yo todo lo conozco, veo que ello es fuerza, pues que no 
hay remedio aunque vuelva Langaruto; pero no tengo espíri- 
tu para resolverme tan pronto: yo ruego á vd. que me deje 
desahogar, que yo le prometo por lo que mas estimo que no pa- 
sarán cuatro dias sin que nos unamos. A este tiempo entró 
Doña Matilde con Pomposa, é impuestas délo que so trataba 
instaron ambas á Doña Eufrosina para que fuera todo luego, 
luego; pero ni lo que estas le hicieron presente, ni otras re- 
flexiones muy juiciosas y oportunas que le hizo mi tutor, la 
hicieron variar de resolución, y solo ofreció de nuevo que cum- 
pliria su primera oferta. A poco rato nos despedimos repi- 
tiendo el coronel á las señoras Langaruto, que le avisaran de 
cualquiera novedad, 6 cosa que so les ofreciera, y de si habia 



<|UÍGrt linbiiin nomlirndu dciio.- 
frosina y á nlgimos criadua de 
do como se había niarcliado D. 
eDtregBQdo todo por inventario 
guida á Doña Eufrosina que en 
CBBa con su níTm llevándose su 
de ella y unas imágenes que por 
Testándole que lo hacian los acr 
porque ella lo merecía, pues que I 
lapidación de los bienes. 

La inreliz Eufrosína en siliiacít 
plorar el favor de Matilde y el coi 
nii casa nomo habinn prometido, co 
Se entiende que ni á ella ni á Po 
tner ni estimación; pero f>, los ch 
que estaban acostumbradas. La i 
á Doña Eufrosína mas que la do s 
trañaba las tertulias y visitas de s 
sus antiguas comodidmlcs. 

Apenas pasaron tres meses er 
llanto y la tristp"> - 



463 

uego se opuso cou firmeza. Doña Eufroslna, poco acostum- 
)rada con su marido á semejantes oposiciones, se incomodó 
iltamente, y desde ese dia se turbó la paz que dcbia haber si- 
lo perdurable. 

£)sta acabó de romperse á causa de algunos señoritos que, 
perpetuos centinelas de Pomposa, todos los dias, todas las no- 
ches y á todas horas rondaban la casa, acechando un descui- 
Jo para entrar, seduciendo á los criados y haciendo las acos- 
iimbradas diligencias para hablarle dos palabras á la niña. 

Luego que el coronel fué advertido por su esposa de los des- 
)rdenes que habia en el particular, llamó á solas á su sobrina, 
jr la reprendió seriamente por sus locuras. El resultado fué 
ijue Pomposa entró llorando al cuarto de su madre, se quejó 
:x)n ella del duro tratamiento de su tio, ponderando y min- 
tiendo como le pareció, con lo que consiguió que Eufrosina 
se irritara con su cuñado, á quien le dije: — ¿qué piensa vd. 
lermano, que mi hija es huérfana de padre y madre para que 
isí me la maltrate? Si lo hace vd. por el rincón y por el bocadi- 
to que nos da, por cierto de ello: para nada necesito pan con 
cordonazo, y con mudarnos noramala está todo compuesto, 
que á bien que cuando Dios amanece, amanece para todos. 
ksn es, mamá, prosiguió Pomposa: vd. no desconfíe, que Dios 
tiene mas que dar, quo nosotros que pedir: su providencia ve- 
a sobre la conservación de sus criaturas, y no abandona ni á 
os pajarillos, ¿cómo nns ha de abandonar á nosotras queso. 
nos mejores que los pájaros, según nos dice donde dice: mwZ- 
is passeribus meliores eslís vos? 

Vea vd. señora, decia el coronel: aquí era buen lugar para 
liacerle ver la mala educación que le ha dado á rsta nina, y 
cuanto ella ha sabido imitar los ejemplos que ha visto, ha- 
ciéndose una ignorante, presumida y malcriada. • . • 

Poco á poco, señor D. Rodrigo: poco ú poco, decia Eufro- 
lina. Sírvase^vd. de no'maltratar á mi hija, y mucho menos 



4G4 

en mi prcsenciü; pero ya vd, y yo no híMiios de hacer migir 
to mejor será quitar el banco. Vístete, niíla. 

Ninguna persuacion del coronel ni de Matilde bastaroD i 
c'inlcner aquel genio intrépido y resuello. En aquella mis- 
mu lium se isalieron los dos sin dcs[ie(Ii(lai y A la lardo ontii- 
ttia \iot eus camas y pocos tirmles- 

Kl coronel tenia redohiciov:^ así, aunque prcTt6 tas coa- 
eeciiencias de In separación -de su cuñada, no se opuso. Dcjí 
Eacnr'lus muebles, y solo se ocupó en Iranquili/nr á su mugcr 
y a su hija, que estaban muy apegad timbradas por el lance. 

Doña Biifrosina no se fué á hospedar á parle alguna, sioo i 
visita á casa de Cnriotn, donde habla del coronel y su f*mi- 
lia mil primores. En esta conversación salió i la plaza la 
economía del gasto, el mal genio del cuñado, lo chismoso da 
Matilde, las monerías de Pudenciana, lo ridiculo de su marido, 
tas groserías de los criados, y cuanto podia conducir ú que 

Carlota, formando mal concepto de aquellascasas, se pusie- 
ra de parte de Eufrosína. jQuú buena fcompensa dió esta i 
unoM deudos que siempre la habían estimado, y que la est»- 
bnn actunlmente fivorer.tpndol iPprnnnn nlro.'i loa Horadeci- 



405 
: enviase á vender un hilo de perlas muy bueno que llevaba, 
lieDtras ella iba i basear can, porque 4 la tarde se había de 
ludar aunque se viniera el cielo abajo. Carlota ofreció ha. 
er la diligencia con todo empeño, y Eufroaina marchó para 
I calle. 

Cada una de las dos concluyó felizmente su negocio. Car. 
>la vendió bien el biló; y Eufrbsina encontró aunque no ca. 
a sola como quería, pero sí una buena vivienda principal en 
□a casa de poca vecindad, pues abajo aolo tenia dos cuartos 
' arriba dos viviendas, de las que una estaba ocupada. 

Con un cargador mandaron por comida á una fonda, é ia- 
nediatamente que comieron, envió Eufrosina por siía trastea, 
09 puso en su casa: fué ¿una almoneda, compró otros varios 
Duebles, y se habilitó déla primera criada que encontró. Luc- 
ro que estuvo todo corriente, volvió á casa de Carlota que le 
lió trescientos cltacuen'a pesos que habían dado por el hilo, 
l despidiéndose Eufrosina te díó las gracias por su empeño. 
I^arlota no creia su dicha de verse libre desemejantes hué.spc- 
les, se despidió también con el mayor cariño, dándoles mil 
ibrnzos apretndos. ■ 

No tuvo Eufrosina la atención de dar parte & su cuñado de 
casa nueva; pero por Welster y Carlota supimos su método 
de vida, y algunas aventuras de Poirfposa, dignas de que se 
lean en ei capítulo que sigue, para ver el fruto de una mala 
educación, y peor dirección de una madre sin Juicio ni ta. 



CAPITULO XXXIV. 



la eilraña nvontun que la Kicedií) t Pso. 



^^ADLB debe exlrañar que en lo que sigue de esta verdade- 
ra híaloria falten algunos peraocages conocidos, y se presen- 
ten oíros nuuvos. Eslo es ^neral en el discurro de la vida: 
conocemos y tratamos'ú muchos siiji^tos en diversos (ícmpoi 
y lugarct'; pero de estos, unos se enojan, otros iíc van, otros se 
mueren, vilo unos sabemos su jiaradcro, y de oIro« no, al 
(iem|)0 que vamos adquiriendo nuevos conocimientos de per- 
sonas que subsliluyen el lugar de los auí^nles. Conque sí es- 
to es general, el lector, por cosquilloso que sea, noa permitirá 
qiiu eiitilinuemos la relaciuu de los sucesos de Pomposa y de su 
but?na madre. 

Esta vtn. alegre, y la hija no era triste. Resucitaron sus 
anli^'iias amistiide?, y adquirieron otras. Las diversiones, ler- 




467 
de estas buenas señoras: ella crecía á proporción que las esca- 
ceses, y ya estaban para ahorcarse, cuando una niña, amig^ 
íntima de Pomposa, que habia aprendido con escritura el arte 
de la coquetería, la salvó aunque á caro precio, enseñándole 
unas máximas ciertamente dignas de las señoronas de su clase. 

Quisiera omitir su relación] pero se me hace escrúpulo, 
porque puede ser muy útil á los hombres su noticia. 

Reducianse las dichas máximas á veinte, y eran estas. 

1. Aprecia al que tenga dinero, sea quien fuere. 

2. Al que tenga mas, hazle mas aprecio, de modo que tu 
estimación se mida por el caudal de tu cortejo. 

3. Escasea tus favores, y procura siempre venderlos caros. 

4. Fíngete zelosa unas veces, y otras simple, según tecon« 
venga. 

5. No desprecies ningún obsequio, sea el que fuere. 

6. A ios^B^ezquinos, pídeles sin vergüenza. 

7. A los que no den nada, échalos de tu casa: porque ha- 
cen mala obra sin provecho. 

8. Engaña al que sea bobo y se deje. 

9. Aprovéchate del primer ímpetu del que te quiera. 

10. No creas á ningún amante, aunque haga por ti los ma* 
yores sacriñcios y finezas. 

11. No te apasiones ni pienses en casarte con pobre: úne- 
te primero con un negro, un gálico ó un herege, pues todoa 
estos y mayores defectos son disimulables con la pinta. 

12. Mírate al espejo cuando te compongas, ycnsáyat^ á 
hablar, despreciar, favorecer y dar esperanzas con los ojos« 

18. Aprecia tu mérito nns que el de todo el mundo. 

14. Sé desdeñosa unas veces y otras franca, ¿egun las 
ocasiones y los sujetos con quienes trates. 

15. Date á deseo y olerás á poleo, á torongíl y á rosa. 

16. Recluta cuantos adoradores puedas, y procura sacar 
ventaja de todos, 

17. Ofréceles á todos, y no cumplas á ninguno. 



C 



US 
18. Desconfia de todos, y guárdala no por hanor, sioo por 
necesidad. 

19> Vístete con hijo aunque no comai. 

20. En todas tus correriu amorosas, ten por último fin 
e! ínteres. 

Tan bellas máximas no podian metiof que agradar ma. 
clio 6. Pomposita. En erecto, las aprendió de memoria y las 
practicaba al pié de la letra. Dentro de pocos días comen. 
zó á percibir el fruto de su'aplicacion. 

Lo primero que hizo fué darles su retiro á los pobretes y 
iT]r7qMÍno$, como gente inútil y pcsadaí A todos los demás 
los pelaba con bastante sagacidad. Cuando veia un cintilli- 
to. un pañuelo tí otra cosita que le agradaba, comeniaba i 
iiliiUárselo á su dueño delante de otros con tanta repeticioD, 
que lo obligaba ¿ decirla: Sinxue vd. de eUo,.aeñorüa; y en- 
tonces después de una ligera resistencia, lo tomuSm, y con un 
un mil gracias quedaba pagada la tal cosa. 

(tiras veces con un st t/o luviera: asi que tengas dias ka que 
estoy deseando, y otras frasecillas semejantes, lea arrancaba i 




469 

Así pasaron algunos meses muy alegres á costa de los bo*^ 
bones que se sacrificaban á competencia, deseando cada uno 
ser el poseedor de aquella belleza encantadora. 

Como ol pleito que tuvieron no fué^conmigo, jamas me ne- 
garon la entrada á su casa; antes les agradaba, porque juzga- 
ban que yo daria noticia al coronel de sus bonanzas. Ello es 
que con este pasaporte yo tenia lugar para observar de cerca 
todas sus gracias. 

Pomposa y Eufrosina, cada una por su parte, procuraban 
sostenerse. Aquella con sus ardides y esta con el disimulo. 
Yo no he visto prudencia igual á la de la buena Eufrosina. ' 

Por lo ordinario dejaba sola á su hija en el estrado char- 
lando con sus enamorados, y ya se debe inferir que no habla, 
rian de sermones ni jubileos. Otras veces los veia tan sepa* 
rados de su hija que entre los cortejantes y ella no cabia un 
alfiler, y otras, retozar con los jovencitos con tanta fami* 
liaridad como si fueran sus maridos. A Eufrosina sin em- 
bargo, nada le espantaba: de todo so reia; y cuando mucho, 
solia decir á su hija. Sosiégate, nina: no seas tan jugetona; 
¿qué dirán los señores? A este tiempo todos la disculpaban 
con su corta edad, y la señora quedaba muy contenta y satis* 
Techa. ¡Ah que madre! 

Yo me admiraba al ver cómo tan íntima familiaridad entre 
ellos y ella no producia algún desaguisado fbnesto para Pom- 
posa; pero es cierto que unas pasiones destruyen ó enfrenan 
á las otras. Ella se defendia no por virtud sino por vanidad* 

No fataban entre los visitantes algunos hombres de bien y 
acomodados que propusieron ventajosos casamientos á Pom« 
posa; mas ella todo lo despreció, porque tenia firme vocación 
de ser marquesa» y por entonces no la pasaba mal con su medi- 
to; pero ¿qué cosa es permanente en esta vida? 

Al cabo de cinco ó seis meses de esta buena'^vida, fueron 
todos los cortejantes desengañándose de que Pomposa no pen- 
■aba sino en estafar ó ser marquesa; y enfadados de su locu« 



ra y mala fe, se fueron daspídíendo poco á poco, baatn que do 
(juedá en la casa mas visita <^iie un Iriste meritorio de ofi- 

Va se deja entender qne luego que locó retirada aquella Irci. 
pa auxiliar, el ejército enemigo, Is cruel necesidad, se fué acer- 
cando í marchas forzadas á la caaa de Pomposa. 

Se volvieron á empeñar las prendilaa, á contraer drogti, 
á darle plazos y mas plazos al casero, y i e;i pe rime nía rae las 
inJigencias que al principio: y no hubiera sido esto taa falat 
si no hubiera sido mas; pero por desgracia, el maldito meri< 
torio, el mas zonzo, el mas pobrete y despreciable, como sa 
quedó solo'en la casa, se hizo el objeto de todas las atencioiiei 
y confianzas de Eufrosina y Pomposiln. 

El aparentaba uQ amor intenso y una compasión entrañi- 
ble á una familia tan decente, honrada y digns de ser prole* 
giila por un principe. ¡Cuántas veces este |»earon mezcló 
sus lágrimas con las de Pomposa al escuchar aus infortunios 
y desgracias! La simple muchacha creia sus' Gngiraientos, 
y le manifestaba su gratitud ron expresión: él aprovechó es. 
In^ fiin 




471 
explicaba con mas claridad, causando ansias terribles á Ponu 
posa. Esta, no pudo menos que descubrirse con una de sus 
buenas amigas, quien le dijo:^— no te apures, niña, para todo 
hay remedio: yo te traeré una bebida oon que te cures en 
un dia esa obstrucción. 

La oferta no pudo ser mas criminal; pero Pomposa se ama« 
ba mucho: conoció cuanto valía el honor de una mugar, des* 
pues de haberlo perdido: quisó á lo menos substraerse de la 
pública nota, y ya que no tuvo vergüenza para ser madre, la 
tuvo para mostrarse tal. Ahogó en su corazón los sentimien- 
tos de la naturaleza, se hizo desentendida al ter/ible grito de 
su conciencia, y acumulando un delito á otro, bebió el infer- 
nal licor con mucho gusto. Mas fuérase por la robustez do 
su salud, ó por la ineficacia de la bebida, no correspondió el 
éxito á su deseo, sino que le hizo buen provecho. Entonces 
ella ocurrió á su caritativa amiga, quien prometió sacarla 
del cuidado. 

En efecto, á la mañana siguiente le llevó un frasquito, y en 
él unas cuantas cucharadas no sé de qué brevage condenado. 
Mandó que tomase dos á las diez del dia, dos á las cuatro de 
la tarde, y dos á las nueve de la noche, asegurándole que si 
al dia siguiente no estaba buena y sana, era su última volun* 
tad quo la ahorcaran. jTan cierta estaba esta maldita con- 
sejera de la efícacia de su licor! 

La inconsiderada Pomposa, deseando desembarazarse pron* 
tamente del mal que la afligia, se hizo cargo que si seis cu- 
charadas repartidas habian de obrar en veinte y cuatro horas, 
tomadas juntas obrarian lo mismo en mucho menos tiempo: 
engañada con este falso argumento, se bebió casi todo cifras- 
quito de una vez. Ignoraba la ilustradísima Pomposa que 
una misma droga, ó llámese medicamento de la botica, puede 
ser remedio ó veneno según fuere la dosis en que se tome; pe- 
yo esta ocasión lo experimentó bien á su cQstQ« 

A la media hora comenzó á sentir unos retortijones terri« 



47» 

bles que procuró disitnuUr; pero ootao W ■■lli»l|ilMi por 
instantes, no pudo disiinularla* coB Igau eatifaga. Loa do- 
lores terribles, la hemorragia, la*..a|^ÍflBa«, la eoBTiilnoi) y 

sincopes fueron tales, que pusierBní'Jíí.niad» on «1 mayor 
cuidado. Se llamó al médico, y este que no era lerdo, cono. 
ció la causa, y así se lo dijo & Pomposita en un descuido do 
s\i madre. — Señorita, le decia, vd. me asegura que es donce- 
lla; perú los efectos qua veo me aseguran que no lo es, j ano 
conozco la causa de sil mal. 

jO señor doclor! dijo Pomposa: vd. es el hombre feliz del 
P. Almeidí, pues conoce la cauja de mi mal. 

El médico se eorprendíA oon tan inesperada erudición; pe* 
ro descando instruirse á fondo de todo cuanto le interesaba, 
traló de que Doña Eufrosina le diera lugar, y vtmo do era 
tonto, lo supo hacer con disimulo. 

En estos intermedios le dijo á la enferma:— Td> ba querido 
sanar de una vez, y ha tomado algún veneno activo: dígame 
cual es, porque le importa. 

Entonces ella sacó de debajo de la almohada el fraaqoilo con 
itidudo, y se lo diú al médico. Este lo 




473 

Pomposlta DO estaba acostumbrada á estos regalos, y así^ 
no teniendo mas abrigo que sus tios, se fué un dia á su Cfsa: 
contó cuanto le habia pasado: el corone] la escuchó con ca- 
ritativa compasión, y la acogió con lástima. 

Eufrosina disimuló al principió la fuga de su hija sabiendo 
donde estaba; pero como le hacia falla, la extraifaba; porque* 
hay muchas madres que se atienen á sus hijas para comer, y 
tratan de recogerlas aunque les quiten el bitn que logran, por- 
que en no teniendo carne el anzuelo no cae el pez. Ellas son 
Ifs anzuelos, sus hijas la carne, y los pec6ii» los hombres que 
bobamente se dejan engañar. ^ 

Ello es que la buena madre fué á casa del coronel para sa- 
car á su hija. Ni esta qucria irse, ni aquel dejarla; ))ero fue. 
ron tairtos los retobos y necedades de Eufrosina, que D. Ro<^ 
drigo, no pudiéndolos sufrir, consintió en que se la llevara, 
diciéndole antes: — que se vaya la muchacha enhorabuena; 
mas tenga vd. entendido, que va á ser eternamento infeliz, y 
vd, mas bien que ella tiene la culpa. Ya la hizo desgraciada 
en lo privado con su mala educación, perverso ejemplo y cri- 
minal consentimiento, y ahora quiere servirse de ella como de 
un medio indigno y criminal para vivir. . ..¡Pobre mucha- 
cha! Ella va á prostituirse al lado de su madre, y á vivir co- 
mo una mercenaria de su cuerpo. ¡Cuántas fueran menos 
infelices si no tuvieran semejantes madres! 

No quiso aguantar mas Doña Eufrosina: y así, haciendo 
un denorue colcrico, le respondió: hermano, yo no vine á que 
me prediquen, sino á llevarme á mi hija. ¿Qué le importa- 
mos á vd. ella ni yo, ¿ha de dar vd. cuenta á Dios de noso- 
tras? pues déjenos que nos lleve el diablo. Conque vístete, 
muchacha, y vamonos antes que me acabe de enfadar. 

El coronel, sin hablar otra palabra, la dejó charlando: 
Pomposa se vistió, se entró á despedir de sus tios, y se fué 
con su buena madre. 



CAPITVIiO XXXV. 



Canlinúa la derarregloiltt conJiicta de rurrosinn s la Quijolil; duiüni' 

da Inversión qus le díetnii *l üllíaio dinora que euperaban tener, J ■uU 

•n unu Doctie en «I juego. DiacuiHi del canmel cootia cm vid» deW. 

Uble. 

¿^^^^^iBNTRAs que mi tutor, Doña Matilde y yo lamentibi- 
itius la sucric infeliz que iba & correr PumposJta, la madre de 
ella no pensaba mas que en el modo de vivir sin volver k vet 
para nada la cara de su cuñado, ni á nadie de su familia, 
excepto yo, que como sabia hacer mi papel por disposición 
(le mi tutor, nunca tomé pnrlído descubierto contra ellA ni su 
hija, con objeto de comunicarlas y estar al alcance de todo lo 
que ocurrió en su casa, por ai seles ofreciere cosa en que ser- 
virlas, y porque cuando podía percibir que la necesidad las 
esircchaba, avisaba ú mi tutor ^egun me tenia encargado, y 
por su orden lea dejaba con disimulo en las almoadillas ó ca- 




475 

su hija tomaron el dinero, del que empezaban á discurrir la 
mas célebre distribución, en lo que les íTií á la mano, manifes- 
tándoles que nunca necesitaban de mas juicio que esa vez, 
porque esa cantidad era la última que pudieran haber, y no 
quedaba ya esperanza alguna. Les aconsejé que buscasen 
con empeño una velería, chocolatería ó bizcochería que tras- 
pasar, que se metiesen allí á cuidar de su capitalito, y que 
mientras se adiestraban en el giro yo les auxiliaría lo posible, 
principalmente para las compras de la calle. Hicieron bue- 
nos gestos cuando pensaban en esto de manejar el sebo, las 
panochitas, los cohetitos y demás menudencias que se expen- 
den en las velerías; mas por último, demostrándoles yo que 
peor que todo eso era el morirse de hambre, mendigar ó pros- 
tituirse, se determinaron á tomar mi consejo, y quedaron re- 
sueltas á buscar desde el día siguiente una casa que traspasar 
y me encargaron la solicitase. 

Me fui y conté á mi tutor la buena disposición que tenían, 
de lo qué Doña Matilde so alegró mucho; pero él se sonrió, 
meneó la cabeza, y dijo: „la cosa es muy buena en las cir- 
cunstancias de esas santas; mas dudo que lo hagan, porque 
allí no hay cabezas. ^^ Le repuse que yo creia que lo harían 
porque ya la fortuna les habia dado buenos golpes, yo les ha- 
bía demostrado que no tenían ya otra esperanza, y ellas con- 
vencidas de todo, se habían resuelto á tomar ese unevo modo 
de vivir, para no exponerse á perecer otra vez, y el coronel 
contestó: „todo está muy bueno, quiera Dios que tenga efecto 
• tan laudable proyecto.^* 

Al otro dia salí empeñado á buscar casa de comercio á 
propositó para que la traspasaran, y tuve la chiripa de en- 
contrar con una bizcochería y chocolatería en la calle de la 
Merced, que tenia una habitación interior de dos piezas y su 
cocinita con uso del patio, que ganaba ocho pesos cada mes, 
vendía al dia que menos doce pesos, querían cien pesos de 



traspaso, 7 de cxiatencia tendria trescientoi. Ctti ao podb 
darse cosa maa análogn, y <\ua alli asegurarían mi Hubtuteocii 
viviendo rrugalmente: y muy contento con talca ideas, nw 
Í.Ú & avisarles á las cinco de la larde. Pero ¿cu&l seria mi 
sor|iresa y disguato, al ver que ya Imbíao empleado mucha 
parto del dinero e" cortes de (üdícos, tápalos, medias, brela- 
fi^s, canapés do moda, rinconcros. sillas, tocador, ¿ce. &c 
Lc9 rcclnnié aquel despilfarro, y me contestaron que lenian 
necesidad de todo eso, porque no habiéndose críado en la aii> 
seria, no podian privarse do cosaa tan precisos, ni querian 
verse despreciadas de lodos, pues que la gente pobre hiede i 
muía y zopilote muerto: y terminaron con decirme que no ros 
apurara, porque aun les quedaban doscientos cincuenta pcsos- 
lljcclcs presento que hnbian cometido una gran locura, por- 
que nada do aquello les urgia, y debieron primero asegurarse 
df una casita que les diera el pan de cada din, y de la que 
después podrian ir sacando proporcionalrnenle para ropa, y 
algunos muebles indispensables. Oyeron todo con mucho 
disgusto, concluyendo con decir que el dinero que les queda. 




477 

mingo inmediatoi encargándose cada uno de convidar á al« 
gunos conocidos, y Doña Eufrosina de prevenirles una me* 
rienda, y buscar músicos que no fueran chambones. 

A las Oraciones me despedí y retiré de aquella casa de lo- 
cos, lleno de tristeza por contemplar que Eufronsina y su hi- 
ja iban á dar al trasto en pocos días con aquel dinero, que 
aunque poco, pudo darles que comer por algún tiempo, si hu- 
bieran sido capaces de juicio. Luego que llegué á casa, con- 
té á D. Rodrigo y su esposa cuanto habia pasado; se desazo- 
naron bastante, y el coronel dijo:— pero ¿qué quieren vds. que 
hagan dos personas que nunca han conocido la economía, que 
no han hecho mas que gastar sin saber lo que gastaban, y 
que jamas hubo quien les dijera en el mejor tiempo el modo 
de manejarse, para no cometer tantos desatinos como han co- 
metido y que han ocasionado su ruina? Es preciso decir y 
repetir muchas veces para gobierno y aprovechamiento de las 
señoras mugeres, y particularmente las casadas, que sin vir- 
tudes domésticas, no podrán nunca ser felices, ni hacer di- 
chosos á sus maridos é hijos: pues las virtudes domésticas no 
son mas que la práctica de las acciones útiles á la familia que 
vive reunida en una casa. Estas virtudes son la economía, 
el amor paterno, el amor conyugal, el amor fílial, clamor fra- 
terna], y el cumplimiento de los deberes de amo y criado. 
La economía es la buena administración de todo lo que con- 
cierne á la existencia de la familia ó de la casa: y como la 
subsistencia tiene en ella el primer lugar, se ha cont raido es- 
pecialmente la palabra economía al empleo del dinero en los 
objetos de las primeras necesidades de la vida. La economía 
es una virtud, porque el que no hace ningún gasto inútil, se 
encuentra siempre con un sobrante que es lo que constituye 
la verdadera riqueza, y por este medio se proporciona y á^su 
familia todo lo que es verdaderamente cómodo y útil, sin con- 
tar quo por este medio se aseguran algunos recursos contra 



479 
las pérdidas accidentales é ímpreTÍstu, de suerte qae cuso- 
tos da Él ee rodean, TÍveu en una dulce comodidad que es la 
base de la felicidad humana. Por el contrario la persona que 
ene en loa vicios de disipación y prodigalidad, viene á veras 
pi'ivudo de lo necesario, cae en la pobreza, la miseria y el 
abatimiento; y sus amigos mismos temen verse obligados i 
restituirle lo que lia gastado cnn ellos A por ellos, le huyen co- 
mo el deudor huye de su acredor, y queda abominado de todo 
el mundo. £1 amor paterno se explica en el cuidado conti- 
nuo que tienen los padres, de hacer contraer á sus hijos el há- 
bito de todas Us acciones útiles á eüos y á la sociedad. Lm 
hijos con tales hábitos ae proporcionan durante su vida, unos 
goy;cs honestos, y auxilios que se hacen sentir ¿ cada instante, 
y que aseguran á su vejez los apoyos y consuelos oportunos 
contra las necesidades y miserias de todo género que aguvian 
esta edad. Pero por desgracia muchos padres se extravian 
en esta parle: no aman á sus hijos, sino que los acarician, les 
satisruscn lodos sus caprichos y los echan & perder. Esta 
fué la conducta de mi desgraciado hermano D. Dionisio, j 
este el origen de que estas pobres mugeres no tengan hoy ca- 




479 

dad de sus depravadas costumbres, pues pertenecía á una pá' 
cotilla de léperos de casaquita y fraquesito, que llamaban eí 
manojiío, y vivían á expensas de ios tontos que los admitían 
en sus casas para sus diversiones, en las que por modo de bro* 
ma y á si pegüt se embolsaban las cucharas y tenedores, cam- 
biaban su repelo de sombrero con los buenos que llevaban los 
hombres decentes, dejaban sus otates, y se llevaban buenas 
cañas y paraguas, y á ese modo hacian otras travesuras de 
ingenio, con que &e habilitaban para sus necesidades de burdel 
dcc. 6íc, De esa partidita habia en la diversión délas Langa, 
ruto unos cinco ó seis, que todos á su vez bailaban, cantaban y 
brincaban, comian y bebian sin tino y sin tasa, antes de la 
merienda, en la merienda y después de la merienda. Esta 
fué muy buena, pues ni Doña Eufrosina ni su hija querían he- 
der á pobres, sino quedar bien en en su fíesta aunque el día 
siguiente fuera necesario empeñar algo para comer. Yo aun- 
que al principio me incomodé con todo aquel desbarato, con- 
venciéndome de que no tenia remedio, me hice el ánimo de 
divertirme bailando mi§ contradanzas, que es lo que me agra- 
da por lo que aprovecha el ejercicio. 

Al concluir una de ellas fui á sentarme, y observé entre la 
concurrencia una señora de ochenta años, otra de sesenta y 
otra de cuarenta con una sobrina de veinte á veinte y dos. 
Cierto instinto hizo que me arrimase á esta última, la cual 
me dijo al oído; — ¿qué le parece á vd. de mí tía, que con su 
edad quiere tener cortejos, y hacer la niñita? — No tiene ra- 
zón, le dije, que eso en quien cae bien es en vd. Poco des- 
pués me puse junto á la tía, y me dijo esta: — ¿no ve vd. esa 
vieja que cuando menos, ha cumplido los sesenta, y ha gas- 
tado hoy mas de una hora en el tocador? — Puei pierde su 
tiempo, le respondí, menester seria que tuviera el mérito que 
vd. para pensar así. 

Arrimóme á la desventurada sesentona doliéndome en el ai- 





"""■.aUM'^™,nis„„,l„s,;, 
J einji,>L-f(f]o.s po,. j,, ,^^ . . . 

acabo de hnblnr n„p ,. 

'lía se ¡a mando ú ¡a 
0,J,..,. j 

-— .,::r;;'2ri; 

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"'"■•yc¡„c„.,i„,.J°"°>" 

Ja mlom, .j_ , . '"^«"s mas qu 



481 

iventud. ¡Ah! ¿puea cómo do han de anhslar por engañar 
. los otros, cuando se afanan por engañarse á si propias, y za« 
irse de la mas triste de todas las ideas, que es para ellas la 
e afearse y enviejarse. 

En estas reflexiones estaba yo distraido, cuando me llama* 
on la atención infinidad de palmoteos que daban los del ma* 
ojito, gritando desde la puerta que entraba á la pieza donde 
abiamos merendado: ^Señores y señoritas, aquí hay otra di- 
ersion para los afícionados: Morales ha puesto el montesito 
on cincuenta pesos. En el momento se metieron á dicha 
ieza, y los siguieron algunos concurrentes picados de la ara- 
la, y á poco Doña Eufrosina fué también diciendo que iba á 
er si sacaba los costos de la diversión. Lo que debia temer- 
e de que jugara una señora que no entendía mucho de eso, y 
[ue iba á ponerse con los maestros de Virjan * como tahúres 
'' fulleros de profesión, me hizo seguirla y aconsejarla no hi- 
iiera tal disparate; mas nada fué bastante á contenerla, y fué 
1 resultado que aturdida con las primeras pérdidas se cegó, 
r poniendo paradas de consideración, antes de hora y mediai 
lo le quedó ni medio, ni mas recurso para pagar á los musí- 
sos, que empeñar al din siguiente alguna ropí, porque hasta 
as alhajitas habían ganado ó robado ya los picaros del mano* 
ito, que todos hacían pala á su compañero el montero, come- 
iendo cuantas faltas y groserías les eran peculiares, negando 
. Doña Eufrosina algunos pedidos que hacia para seguir ju* 
;ando, y contestándole que solo prestaban sobre Pomposita. 

Esto desazonó enteramente á madre é hija, y los concurren- 
es que lo advertían so fueron saliendo, así como los señores 
leí manojito, que á mas de su mala ganancia se llevaban ya 



* Así suele llamarse el juego, aunque equivocándose el nombre de 

Bilhan, que parece haber sido el inventor de los naipes, ó su primer fkr 

iricante.— JS. 

14—2 



■IguDU servilletas ) pañuelos en la bolsa, eegUD lo teDiudí 
costumbre: y yo ^ae vi en mi relox las once largas, «flipíl 
|>on)ue tne había distraído tacto, y porque se habría ti 
dado justamente mi tutor, me despedí y fui con violenciiid- 
sa, duDiie solo me aguardaba el portero para abrir el uh 
que cerrado 4 mi satisfacción, me fui á costar, y dormí h 
1«3 nueve del siguiente dia, por no estar acostumbradu i 



CAPITITI4O XXXVf. 

Noticia de dood* cMiln D. Dioniíin, *a quatk fortuna, in llc|idi i MI- 
xm. y cooducti que enUbld. Por >u mug^er é hijft cu en au caá 
tnaen. IngraliúnM modo de obru de BairgMDa en este ttnce. 



ífí„, 



^Si^^oMo me Icvanlé larde, ni pude ni tuie ocasión de deci' 

licrun c<e (üa Piiilpnciana v su marido, ó impiiestoa lodos jf 
rilantn ili.-í&rdf[i )iabia vi?lo en cnra do Doña Eufroíinaíl 
tlia anterior, se (amenlnron ite las desgracias que eran coujÍ- 
puienti'í á cía conduela, y mi tutor lomando oportunaaionlc 
la palabra, dijn; — la conduela de es.is miserables me parioel 
alma, y mas |iori|ue veo que no tienen remedio; pero ya q"^ 
me dan ocasión, djri' ú ustedes lo que lie observado niuchi' 
vecei con res¡toclo á la odiosa y criminal paaion del juei;*!. A 
inílanciaí di- alijiin concurrente se pcrmjle por una sola v£i 

lo so prolonga nmcho mas de lo que se creyó al principio.)' 
ya cslá lieclio el daño, y aliiorto el camino ú uno de los may- 
rcsaz-otcí que pui'den sobrevenir á una familia. Un solo lie- 
dlo do csla especie, basta para contraer una aticion, qw ero- 
ce con los año?, nunca se extingue, y que conduce al erinwí' 



483 

á la ignorancia, ¿ la pérdida del repoflo, y á un fin trágico y 
deplorable. Si se hubiera tratado de inventar el medio mas 
eficaz de despojar á la muger de sus gracias naturales, no hu- 
biera podido hallarse uno mas á propósito que el juego. La 
muger que le cobra afícion, está en un frenesí habitual, en una 
ansiosa inquietud, en un anhelo continuo que la priva para 
siempre de la aptitud para las ocupaciones serias y útiles. Ni 
siquiera le queda el derecho de exigir las consideraciones y 
preferencias que se tributan en toda sociedad á las señoras, 
porque el juego requiere una perfecta igualdad, y los jugado- 
res de profesión la miran como su víctima si pierde, como su 
enemiga si gana, y en todos casos como su cómplice. Cuan- 
do esta perversa propensión se ha hecho dominante, no sé co- 
mo se pueda oponer á la inmoralidad y al desorden, ni creo 
que puede haber sombra de estabilidad en las relaciones pú- 
blicas y privadas. Las inclinaciones mas depravadas, el em- 
brutecimiento, la chocarrería, las libertades mas groseras é 
indecentes, deben ser y siempre son las compañeras insepara- 
bles del juego. La degradación que imprime en el alma, ale- 
targa las facultades, la condena á ejercitar su comprensión en 
la mas despreciable de las futilidades, y dándole el convenci- 
miento de su propia bajeza, le quita los medios y el deseo de 
de ella y de emprender la menor reforma. Se me fígura que 
este vicio es propio y el mas eficaz instrumento para ejercer 
sobre el hombre el mas absoluto despotismo, por que interesa- 
do este en convertir al hombre en máquina, ¿puede inventarse 
un medio mas seguro que el que lo reduce á fijar toda su aten- 
ción en las viscisitudes del azahar, y en los movimientos de 
unos cartones pintados? Hablo solo con mi familia, y creo que 
ninguno de ella es capaz de venderme por decir con franque- 
za mis sentimientos, y con tal seguro diré, que en mi juven- 
tud vi que el juego llegó á ser una de las horribles calamida- 
des* con que los agentes de la tiranía habían inficionado mi pa« 



484 

(ría; pero esta, ií no en In presente lucbK, aunque mu tarde, 
ha de ser libre á costa de cualquiera sacrifício, y esta considt- 
ración solo es bastante para imprimir el sello lie la proscrip- 
ción y de la ignominia á un pasatiempo mas dealruclot <]ti« 
que la guerra de calador a, y dejarnos el tiempo expedito ptn 
educar á nuestras familias y formar buenos ciudadanoi que ya 
eerán nuestros hijos, y muy particularmenle las m-igerta quo 
Gun las cnrargadas de dar las primeras impresiones & la in- 
fancia. 

Así (liscurriú el coronel sobre el maldito juego, y s^uimoi 
hablando del estado de angustia en que eslarinn las señoras 
Langarutos, cuando ni terminar la mesa mHíeron á D. Ro. 
drigo dos cartas que conducía el cartero, y vio una grande 
que venia de Cbíliuahua y tan abultada, que su potte eran cía- 
ci) reales, y la otra de Puebla por el pnrte de do* r'^alcs. Pa- 
gó ambos, y llamándolo la atención la primera pnr lo nbulcn- 
du y por ser do un punto en donde no tenia ninguna relación 
la rompió, y con admiración dio un grito de ^rpresa: .,D. Dio- 
nisio, D. Dionisio," Todos nos sorprendimos é interesamos 




489 

«t. COR el 9W íufri un «rilo, y ctmebado me mMó mi tuno c<»> 
menta peto* na»; pero habiéTidele etcriío va comerdantt A 
'Jhihuahua que un amigo suyo neceñiaba un cajero de confian' 
M y que daña doicierttos eineuenla pesoí, me lo propuso, y yo 
jue deseaba alejarme todo ¡o ma» posible, acepté, y marché á los 
res dioi. Llegué á mi destino, y me enc-mtré con que mi nueva 
imo era un español, solieron viejo de sesenta añas, que tenia una 
ienda con cosa de ocho mil pesos, una casa propia, y una ha- 
•ieadiia que valia treinta y cinoo mil; pero me enfrié cuando <A 
jue se llamaba D. Ambrosio Langaruto. Sin embargo, resuelto 
i ocultar mi nombre, comencé mis trabajos como hombre que no 
letconoce los negocios, de que resultó que á poco» meses me dijera 
■ai amo: „D. Pedro, yo estoy viejo, no tengo aqttí pariente alguno 
jue vea por mi, y ed. lia simpatizado conmigo, á mas que le veo 
imor al trabajo: desde hoy se encarga vd. del cuidado y admi- 
lislracion de todos mis inlereses, véame vd. como un amigo, que 
yO quiero serlo de vd. y no le hade pesar." Yo le efreei cuanto 
me exigia, y desde entonce» comencé á manejarlo todo con la 
exactitud y fidelidad que debia. En las conversaciones fami. 
liares que después tuvimos, descubrí que mi amo era herma- 
no menor de mi padre, que vinieron juntos de España, y que 
por una rma que tuvieron, se separaron. Mi padre quedó en 
esa ciudad, y D. Ambrosio se vino á esta, sin que jamás volvie- 
ran á comunicarse de ningún modo. — Conciba vd. cómo queda- 
ría con tal noticia, y la incertidumbre en que entré, de si m» 
descubrió ó no; pero me resolví á lo segundo, y asi me mantuve 
hasta ahora hace dos meses, que mirando que mi amo se agro, 
vaha de sus achaques habituales, y concibiendo alguna esperan, 
sa, me determiné á descubrirme, valiéndome de poner con disi- 
mulo mi partida de bautismo que tuve cuidado de traerme en mi 
fuga, para que en caso de morir, ella dijese quien yo era, y se 
avisara á mi familia. Tan pronto como la leyó, comenzó á gritan 
Dioaisio, Dioniíio; y yo temblando y anegado en Uanto acudi 



4S6 
á verlo. Ya ¡o encontré que iba'á busearitie: me eché á mu 
pies, se los besé porque veia en él In imagen de mi padre y nh 
al^: nos abrasamos, y cuando estuvimos desahogado», le etrnU 
mi historia. El me previno dispusiera mandar par mifav^M 
á lada costa, y asi lo habria yo hecho si mi lio no cayera grmt- 
mente malo á los tres días: se fue pmtiendo peor cada dio. Aiía 
su testamento en que me dejó de su único y universal heredero, 
y murió hace mea y ocho dios. — Riee tus funerales contó cor. 
respondía, lo mismo que sus honras: y determinando luego wlter 
al seno de mi familia, he traspasado ¡a tienda, de lo que mando 
á vd. la adjunta librama de tres milpesos, que me haráfaror de 
poner en manos de mi Euf ratina, para que ella y mi hija lo reci- 
ban como una prueba de mi amor, y de la mejora de nufstra suerte- 
— Solo aguardo á que me den cttalor de la casa y hacienda en 
el mcK que he dado de plazo, é inmediatamente salgo para esa, 
en donde tendrí el guato de acabar de pagar á mis aereedoreí, 
y de abrazar á vd. ú mi hermana y sobrina, y manifesíarlai de 
mil modos mi reconocimiento y cariño. Entretanto mande td. 
como guste á su apasionado y agradecido hermana que SHfú 



49T 
Ea el momento que Uysrou auj cutai comenuroo Im al' 
hatacas y privacioDes, dic. se lee auxilió con lo aecesarío, J 
jejindolei raí tutor veinte pesos, dos retiramoB después de n- 
•ibir muchos agradecimientos y abrazos. Al dia signients 
■aeobió la libranza, y yo fui elcomUionado para eotregatles 
' el dinero, que recibieron con cuanto guato se puede imaginari ' 
6 innnedia lamen le mandaron por un coche y me estreeliaroo 
i que las acompañase, metiendo al coche dos mil pesos. Yo les 
preguntaba jqué iban á hacer? advirtiéndotasde queera me- 
oeater meditar cualquiera cosa, y de que se fueran con tiento 
en gastar, porque no sabiamoa si la Providencia dispondría 
quC fuera el último socorro. A todo contestaron que sien- 
do otra vez ricas, no les correspondía la casa que tenian, ni 
todo lo demás, y marchamos previniendo ellas al cochero fuera 
andar por las calles principales, y que donde viera cédulas de 
casa vacia nlli parase. Por mas que yo les decia en el cami- 
no, nada bastó í disuadirlas, antes me dijeron que era un ne- 
cio, que habia form&donie perlas ranciedades de mi tutor á 
quien le atribuían ser un miserable. Quise distinguirles la 
miseria y mezquindad de la economia que usaba mi tutor, qne 
justamente huia de' la prodigalidad y despilfarro. Todo lo 
escuchaban como quien oye llover y no tiene & que salir: y 
en estas y las otras paró el coche en la calle de Vergara, y 
entramos & una casa que estaba de traspaso, porque la fami. 
lia que la ocupaba se iba fuera, por cuya razón también ven. 
dian algunos muebles de lujo. En dos por tres, aquellas cabe- 
zas volcánicas ajustaron el traspaso de la casa en cuatrocientos 
pesos, y en ochocientos los muebles, y me encargaron hiciese 
■1 cochero subir el dinero: de él se pagó lo tratado, se reco- 
gió recibo, se convinieron que al dia siguiente recogían todo^ 
y haeta el portero de la misma casa quedó ajustado de cuenta 
de las mismas Langaruto, y nos volvimos al coche con los 
ecbociratos pesos restantes que sa quedaron dentro ie hora j 



JilCfío rnnin sii|io lodo rslo, snlic 
]n familii), y fuemn ni .afecto á 
Eurrosina queriendo ó no, mantí- 
á ver al síndico, y manifc^tiindot 
■uadíó que dentro de pocn cstnr 
(aba, puca que no lo tiabin ulvidfi 
embargo, y como este servicio dei 
denicioneü de EuTrosína y Pompo 
un coclic y fuiTcrn á visilarloa lo i 
Gu marido. En ambas canil reci 
jos para su posterior condticln; ma! 
fijaban la atención. Al si[{iiiente 
de, D. Modesto y Pudeni^innñ'^ fueri 
que con repugnancia del primero; 
Dionisio no los cnconlr.-ise desnvt 
lo ocurrido con su familia, pues qu 
para un pobre^hombre que venia do 
da después de alguno» padecimíentc 
daron ya corrientes en au amistad. 
Al mes y medio llegó D. Dionisi 
Ib casa de mi tutor, de donde pasó i 
que lo acó m pan asemos toA^- ' 



489 
DÍsio que quedó echo una estatua, y sus ojos rompieron en de- 
liciosas lágrimas, gozando todos la mas placentera felicidad 
en aquel momento, que creían el mas dichoso de su vida. Mi 
tutor, su esposa, D. Modesto y Pudenciana con los ojos hume- 
decidos y con la ternura que inspiraba la escena, los hicieron 
caminar y subir á la sala, donde poco á poco fueron respiran, 
do, y repitieron los abrazos y^las mejores palabras de amor y 
sensibilidad. Los criados que traía D. Dionisio, tan pronto 
como descargaron el coche, de cuya comisión me encargué, 
y que colocaron este y las muías en su lugar, subieron á ofre- 
cerse á sus amas, á quienes los recomendó Langaruto dicien- 
do que habian muchos años servido á su tio con fídelidaH, y 
reconocido, se los había traído en su compañía. 

Comimos allí aquel día, y nos retiramos hasta las nueve de 
la noche con repeticiones de abrazos, lágrimas y ofertas. Al 
día siguiente á la hora de almorzar llegó D. Dioniíáío, y á 
poco avisaron que estaban allí sus criados con unos caballos, 
y al momento nos suplicó bajásemos á verlos. Ya en el patio 
dijo al coronel que no creería que lo amaba como hermano y 
amigo, ai no recibía aquella pequeña demostración de su 
voluntad y reconocimiento: que un caballo retinto que allí 
estaba era para mi tutor, el tordillo para D. Modesto, un 
rosillo para Doña Matilde, un colorado saino para Puden- 
ciana, y un moro para mí. Todos resistimos lo posible este 
obsequio, aunque á mí se me iban los ojos tras el moro que era 
de la mejor estampa, aunque parecía inferior entre los cinco, 
y por último á las instancias, los recibimos dando muy expre- 
sivas gracias. 

Subimos á almorzar, para lo que se convidó á Pudenciana 
y su marido, y en la mesa contó cuanto le había pasado des- 
de que se separó de su casa, y concluyó dando gracias á Dios 
por todo, y diciendo: „la experiencia me ha dado á conocer 
cuanto mal me manejé en la primera época de mi fortuna, y 
hoy estoy resuelto á llevar nueva conducta según me lo acón- 



4&0 

sej6 y encargó en lot ftllimoa momentoi de aa TÍ¿a mi tío y 
bienliechor; pero para celebrar mi nueva fortuna, quiero lea, 
gamos un día de campo, entre los de nuestra familia, y al qoa 
no concurrirán maa extraños, que dos amigoa de toda confian* 
/B. Hoy mi.sino he pasado i ver ál síndico del concursada 
mis bienes, y mirando la cuenta que tiene bien formada,*! 
que entre lo que so adeudaba í lox acreedores, y lo que te ha 
[lagado de cosías, debía yo'once mi! y pico de pesos queend 
acto le pngé en bjenas libranzas, que aceplA luego í presen- 
cia del escribano que fué á dar cuenta de lodo al juez, pan 
que de por concluido el concurso, y se archive según pedímoa 
en un escrito el síndico y yo." Todos lo felicitamos por so 
ventura, y quedarnos en asistir al día de campo, que turimo* 
en una casa de la Orilla, con mucho placer, pues vimos qae 
D. Dionisio era completamente otro hombre. 

En la semana siguiente á su llegada, traspasó 1). Dionino 
una lienda de ropa en el Parían, cerca de otra que ya tenía 
D. Modesto con buen capital á que había subido por su con- 
tinuo afán, cuidado y economia de Pudenciana, <|ue no olri- 
e .'ttatiliie, hacia 




149 
•encía obaervaron su muger é hija, lo qae no dejó de desaso* 
narlo, é indisponiéndose mas por las impertinentes solicitudes 
de una y otra, que anhelaban por sus antiguas tertulias, tea- 
tro, dcc. dcc, á los tres meses de venido, por un baile que 
emprendieron ellas, y á que no quiso acceder, riñeron marido 
y muger de tal modo, y le dijo ella tantos insultos, que de te* 
Bultas de tan grande cólera y derramamiento de bilis le dio 
una fiebre que se le agravó en momentos. Siete dias estuvo 
en una terrible incertidumbre asistido de Doña Matilde y Pu. 
denciana que acudieron á ese efecto, ayudándolas nuestra Qui. 
jotita, como una bija que ya conocía cuanta falta le hacia su 
padre. No asi Eufrosina que en los primeros días apenas 
entró alguna vez á la recámara, y no cuidó de verle mas. Es- 
taba sentada con una aparente melancolía; pero jamas le vie* 
ron echar una lágrima. Una vez se le dijo que su marido da- 
ba señales de conocimiento, y se determinó á verlo: le dijo dos 
palabras, salióse luego dando algunos suspiros, y nada mas. 
El coronel aprovechando los momentos, hizo llamar un escri- 
bano, y D. Dionisio hizo su testamento, en que nombraba de 
heredera á su hija: mandó que el quinto de sus bienes se em- 
please en misas por su alma y la de su tio y bienhechor D. 
Ambrosio Langaruto, y aunqne mi tutor lo resistió bastante, 
quedó nombrado albacea con el mayor sentimiento suyo, de 
8u familia y mió, porque veíamos las incomodidades que esto 
le traería. 

Finalmente, D. Dionisio volvió á agravarse y después de 
sacramentado, rodeado de sus amigos, parientes é hija, espiró. 
La ingrata Eufrosina no pasó de la pieza inmediata, y mas fué 
engaño que verdadero dolor, alguna lágrima que salió de sue 
ojds: asistió con entereza á todo cuanto pudo ocurrir para los 
funerales, y luego que estuvo enterrado el cadáver, se dedicó 
con el mayor escrúpulo á cuanto podía constituir mas culto y 
perfecto su duelo. Toda la conducta de esa vil muger esta-» 
ba demostrando que nunca tuvo á su marido mas que un amo<> 



493 

interesado: que el gusto de su regreso fué porque eaperabs 

volver con desahogo & su antigua vida, y que como esto k le 

nttjó porque el colmode la desgracia habia hecho cuerdo 4 su 

xrido, lo aborreció y ucaso deseó su muerte para gozar 4 



icliuro 






i caudal. 



Concurrieron á dar el pésame loa parientes y amigos, y i 
ú vcrilud, que al |>r¡nc¡p¡o cada uno procuraba expresarse 
con líenlo para nu renovar una herida tan dolorcsa; pero <]ue- 
daban sorprendidos al ver la indiferencia de la viuda, y que 
ella misma siiminiíitruba argumentos conGolalorios. jHe con* 
suela, decía, q»c no soy tma vieja. Nu tenia mas que cincuen- 
ta y un años. De allí á poco decía; Me contuela, que quedo 
con alguna cosa en el mundo. Después de algún momento aña- 
dia: me consuelo con tener algvnoi parientes y amigot Nu mu< 
cho después replicaba: meleonsvela que jio tengo mat de una fcí. 
ja i/« grande, y no fea ni sin gracia». Luego succesivameDte: 
me consuela que no tingo que estar sajela á voluntad agota; loy 
libre y íin avjecion, podré hacer lo que quiera, 

Cii suma, ella por si mismd andaba buscando y eligiendo 




muy cabalea cuando recordaba todo lo que te pasó en la au- 
sencia da su padre. Ella huyendo de la concurrencia, ae iba 
i alguna pieza apartada á llorar con DoBa Matilde y Puden- 
ciana, que estuvieron- allí loa nueve días del duelo, lo miarao 
que mi tutor y D. Modesto, que solo salían á cosas precisas y 
volvían & la casa mortuoria, mientras yo solo iba á ratos y 
Tolvia á cuidar de las otras dos casas que me liabiaa encar- 
gado. " 







I 

o 



CA.PITVLO XXXVII. 

Bl coroMl cumpla pront» y fialmenle n eocufO da «Ibuaft, Bdori- 

na y Ik Quijotila coatinúui nu doabaratoa. Podenciui* yan muifct 

conaunlea cu *u buena conducta, piogreaBn. El eonnal eoenta k 1» 

torU de «na ñnda. 



^B üEoo que pasaron loi nueve diaa del duelo de D. Dio- 
nisio, mi tutor consultó con Eufroaina y Pompoaita ai a» 
rían que loa inventarios fuesen exlrajudiciales, ya porqne ^ 
trc dos solas interesadas ; de su clase no debian esperansdi- 
furencias, y ya para economizar el enorme gaseo de ka ce» 
las que imparlanan un dineral) pues siempre los primen» Iw- 
rederos del que muere, son el juez, el asesor, el eacribti» j 
todos los arlequines de estos, que aparentando á loa beradaiM 
el sentimiento de su desgracia, procuran alargar loa áin, co- 
men en ellos medio lado, y luego el tazadur de costas, íntM» 
sado en el tanto por ciento del importe de ellas las haco sabir 
inmensamente. Algo resistieron la viuda é hija esa opinioi^ 




495 

por su rango se excusaban de hacer esos servicios, que cuan- 
do los aceptaban era por cumplimiento, y nunca llenaban su 
deber, ella y la madre insistieron en su nombramiento, dicien, 
do que á una señorita de su representación no le correspon- 
dia nombrar á un cualquiera, y que en el momento iban á ver 
al conde, como fueron de íacto, y volvieron asegurando que 
estaba pronto á aceptar, por lo que asentadas las diligencias 
necesarias quedó discernido el cargo de curador al señor 
conde. 

Inmeditamente se procedió á todo lo demás pedido en el es- 
crito, y los inventarios, á que nunca asistió el señor curador, 
quedaron concluidos en cinco días: en seguida mi tutor los 
presentó con un escrito pidiendo que lo ratificasen los peritos 
con juramento, y que si haciéndose saber á las partes no con- 
tradecian, se aprobasen y elevasen á la esfera de inventarios 
jurídicos, obligando á las partes á estar y pasar por ellos en 
todo tiempo. Así se hizo todo, previa la deferencia de la viu- 
da y del curador de la Qijotita, mas Quijote que ella, y quien 
de nada tenia menos cuidado que de la pupila y sus intereses. 
En este estado se pidió el nombramiento de contador, que re- 
cayó de acuerdo de los interesados en el licenciado Toño 
Carretas, que aceptó y recibidos los autos formó la cuenta di- 
visoria, que presentó y fué aprobada de consentimiento de 
las partes, deducido el quinto, de que se rebajaron los gas- 
tos de entierro, y mandas forzosas, distribuido el resto en li. 
mosnas de misas, la cuarta parte como debe ser, en la parro, 
quia á que correspondió el testador, y las demás en S. Cosme, 
S. Fernando, S. Diego, y á algunos clérigos de buena con- 
ducta y necesitados que mi tutor buscó, todo según la inten. 
cion de D. Dionisio, y recogiendo recibos de todo. Resultó 
por último que no habiendo de gananciales en el poco tiempo 
que á su vuelta sobrevivió D. Dionisio, mas que dos mil cien 
pesoSf tocó á la viuda Eufrosina la gran cantidad de un mil 



496 I 
cincuenta, y í Pomposita por bu total berancia, la de treüria 
y siete mil y cincuenta peses. 

No puede ponderante la pesadumbre que recibió Enfroán 
¡x\ verse tan pobre, cuando se imaginaba dueña absoluta ^ 
lodo el caudal, y el orgullo que adquirid nuestra Quijotiti, 
que mirándose dueña de todo, reconoció la superioridad que 
il)n á tener sobre su madre. 

Hasta aqui no habían ido tan mal las cosaa del albaceaxgo; 
])era como mi tutor tenia obligación de asegurar el int«rM de 
la menor, y no dejar el libre manejo de esos bienes i dos Ict. 
cas. propuso para el efecto los medios mas prudentes, qaa no 
admitían, porque para ellas todo era bueno, menos el soistar- 
ae ú. que olro ordenadamente les manejaso y dislribuyne 
ac|ucllo, pues lo que querían era libertad pata disponer i n 
arbitrio. De esto resultó que se indispusiera mi tutor, hasta 
(jue la viuda le dijo que mientras pensaba lo que debia hacer- 
se, se suspendiese todo, como se suspendió, sin que lariaia 
otra cosa de parte del albacea, que en mea y medio había 
concluido la testamentaría. ¡Ojala y hubiera muehoa alba- 




497 

intervención de un albacea tan miserable y mentecato: y he 
aquí ya á nuestra Quijotita fija en casarse y en buscar para 
ello un marqués ó conde como tenia de antigua manía. 

At mismo tiempo que Eufrosina y Pomposa continuaban 
labrando el edifíicio que las habia de envolver en su ruina» 
D. Modesto y Pudenciana iban progresando á gran prisa, de 
manera que haciendo su balance en aquellos dias, se encon- 
traron con un capital de sesenta mil pesos, que no se echaba 
de ver por el grande arreglo que habia en los gastos. La ca- 
sa que tenia las piezas necesarias sin ninguna de sobra, les 
ganaba veinte pesos, no habia mas criados que el portero, co- 
cinera, costurera, y una joven pobre, de familia decente y 
religiosa con muy buenas costumbres, que ayudaba á Puden- 
ciana en el cuidado y educación de los niños. 

En estas circunstancias se anunció en la Gaceta el remate 
de una casa en la calle del Relox, y por consejo de mi tutor 
que manifestó á sus hijos, (como llamaba á ambos) las venta- 
jas de tener uno su casa sin esperar al casero todos los meses, 
y con la libertad de ponerla según que les conviniera ó fuera 
de su gusto, D. Modesto se determinó á hacerle postura; pero 
con la condición que él y Pudenciana exigieren de sus padres, 
de que se irían á vivir con ellos, á lo que condescendieron en 
fuerza de instancias y ruegos, y también porque no podian 
sufrir sus co'razones el separarse algo de tan buenos hijos. 

Llegó el dia del remate al que se presentó D. Modesto con 
papel de abono del conde de Agreda, y rivalizando con mode- 
ración con otros dos postores, fincó en él el remate de la casa, 
en cantidad de treinta y dos mil pesos, dando al contado diez 
y ocho, y reconociendo catorce de unas capellanias que re- 
portaba la finca, con libertad de redimir cada año el capital 
que le fuera conveniente. 

Tan luego como recibieron la casa, le hicieron las compos- 
turas necesarias, y se mudaron padres, hijos y nietos quedes- 



498 
de entonces formaron una faroítia lainaaannoBionytku 
de placer, pues que á lodo cooperaba )■ dalzura do B<|iieOot 
genios y s'j muy buena educación, añadiéndose á esta feUci- 
dad la de que el coronel para tener una ocupación útil t la 
familia, se encargó de la educación de sus nietos varones ip» 
lo amaban tiernamente, y observaban como inviolaUca pre- 
ceptos los consejos que les daba. 

Un dia que D. Rodrigo habló de lo inquietu que estaba fot 
no acabar de asegurar los bienes de Pomposita, á causa da 
las entretengas de ella y de la madre, se promovió conTem* 
cion entre lodos sobre la suerte de aquellos señora», y del mo- 
do como podria evitarse el mal que por si debian bacene. 
Cada uno propuso lo que creyó conveniente, y D. Modesto 
expuso que creia útil que Pomposita casara con un hombre 
de juicio y madurez que supiera sujetarla, pues que ya en ese 
estado, la madre que casi nada tenia por si, so vería estrecha- 
da á estar quieta. 

Oido eslo, mi tutor tomó la palabra y dijo: „Ia cosB,~seiSo- 
res, era muy buena; pero ea menester no pensar en lo que no 




499 
crecion para que no tenga con el tiempo funestos resultado*.* 

„A]go viene al caso una historia que sé de personas cono- 
cidas, y que me parece útil contar, por si mi Matilde 6 mi 
Pudenciana enviudaren, que por mi no es muy drficili porque 
ya estoy muy cerca del sepulcro. No pudo proseguir porqiM 
todos nos enternecimos, y Doña Matilde y Pudenciana baña* 
das en lágrimas corrieron á abrazarlo, sin quererlo dejar, hai» 
ta que él las persuadió, las halagó, y se las sentó una á cada 
lado, diciéndoles: „h¡jas mías, la muerte debe ser esperada 
con tranquilidad. Obremos como verdaderos cristianos, y no 
la temamos, que acaso Dios la manda para dar descanso al 
hombre, y premiarle las pocas bueuas obras que haya hecho; 
pero dejemos eso por ahora, y vamos á mi historia.** 

„En una ciudad no muy distante de esta capital, hubo un 
padre de familias, que le habria estado mejor ser donado de- 
manden) de algún convento, pues que no supo educar á los hi. 
jos que tenia, y crió siempre en un santo encierro y una virtuo' 
^ísima ignorancia, de que resultó que á la muerte de aquel ne- 
cio, ninguno de su familia supiera manejar lo que dejó, y que 
al mismo tiempo que no se ocupaban mas que de rezar, se 
acabara el capital. Dejemos la suerte de los otros hijos, y 
hablemos solo de la que hace el papel principal de la historia 
que he anunciado. Este infeliz joven después de algunas es- 
caseces que padeció al lado de su madre, tuvo la chiripa de 
casar con un hombre de bien muy trabajador; pero de edad 
ya algo avanzada y de ideas rancias é imprudentes, de mane- 
ra que continuó nuestra joven la misma vida que cuando exis* 
tia su padre. Así vivieron cosa de seis años, á cuyo tiempo 
murió el marido, y quedó nuestra viuda con cuatro hijos; pe- 
ro en la edad de veinte y dos años, con no malos bigotes, y con 
cosa de sesenta mil pesos. En estas circunstancias se le pre- 
senta un militar del alma mas negra que se le puede imaginar» 
y de una verbosidad muy propia para enredar á aquella hon" 
radísima bestia: le hace setenta mil ofrecimientos, le prometo 



■^ 



una proteccioD decidida, y por Altimo ae encarga da bidnln 

negocios de Is casa, ocultando malícioBamento qoe Mt ea^ 
Eado. Se hizo extender un poder ampUaimo que noeitnt viada 
fjrni6 como quien ñrma en barbecho, y ya desde entonces qaa- 
(iú constituida una pupila de aquel malvado, que poco i poea 
fuú ganaado el corazón de aquella miserable, y en bnve lo 
hizo dueño de su lionor y de cuanto poseia. Eae perreno pa- 
ra cubrir las exterioridades, hizo se formalizase la 
laría, y quiso que no quiso, como el curador de 1< 
no era como él, aseguraron las legitimas de esos pupíloi^ y 
nuestro militar fué tomando en pesos fuertes y Soridoa d ba- 
bor de la viuda, con los que satisfacia sus vicios y may parti- 
cularmente el del juego, que es capaz de acabar con d caudal 
de Terreros y mil Bordas; y marchaba tan de prisa en an di- 
lapidación, y de un modo tan pdblico, que no falla qaieti poc 
caridad hablase á la viuda para que se resolviera á arrojar da 
si y de su casa á aquel lagarto. La riuda que i pesar de M 
tontera no dejaba de conocer lo mal que sus cosaa caminabais 
que se veia con mas hijos, que ya estaba desengañada de qw 
aquel pérfido era casado, y que ya le hostigaba «I into al- 




deo; y aunque lod gan6 la viuda Jiaata con constas, como loa 
que figuraban de acreedores eran unos tahúres desnudos de 
bienes, ella lo perdió Iodo; y como lo poco que le quedó no lo 
supo manejar por su suma tontera é ignorancia, á poco tiem- 
po m vi6 reducida para todos sus gastas á solo los réditos de 
los capitales de sus hijos, quienes ya crecidos, por el ejemplo 
péaimo que habían mamado, se prostituyeron, trataron á la 
madre con desprecio y tan mal, que se separó con sus desgra- 
graciados segundas hijos, se redujo al extremo de mendigar 
cOD estos el pan por las calles, y acabó su vida en la mas es- 
pan tosa miseria." 

He contado la historia de la viuda: y como de estas esce- 
nas que el mundo nos presenta á rada paso debemos sacar 
fruto, te encargo Pudenciana, que no olvidando á la viuda y 
huyendo de su suerte, aprevechea esa prudente franqueza de 
mi hijo Modesto, que quiere siempre estés impuesta de todos 
loa negocios de tu casa, para que si le sobrevives, no tengas 
la infeliz necesidad de ponerte en manos de un perverso que 
te arruincí sino que puedas manejarte sola, y hacer la felici< 
dad de tus hijos. 




I 



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503 
Tan pronto como quedaron aólu, Eufrosina dijo í Pompo- 
sa, que el señor marqufls era muy apreciable, pnes sobra aer 
título, tania laa buenas circunstancias de ser español, de bue- 
na edad, pues que no pasaría de treinta afSos, de recomenéa- 
ble figura, y de muy finos modales: y contestando la hija muy 
conforme en todo, Eufrosina prosiguió diciendo que un hom. 
bre como aquel era lo que deseaba para yerno, & que respon- 
dió Pomposita, iijqué sabemos, mamá, lo que Dios dispone? El 
ha venido por casualidad & buen tiempo, 61 puede que no sea 
casado, él me ha mirado con ínteres, y yo luego le he tomada 
afición." 

Al dia siguiente & las doce, ya cataba do visita el señor 
marqué?, que fué muy bien recibido, y como la madro por.^.. 
prudettcia y tus ocupaciones dejó á Is hija sola con sti señoría, 
ambos tuvieron la conversación siguiente. — Señor marqués 
¡qué le parece á vd. i;l roinn de México y su capital? — Seño- 
rita, lo poco que he visto es muy bueno, — ¿Vino vd. solo 6 
con su fnmiliaT — Solo, porque no tengo mas familia que mi 
mamá muy al borde del sepulcro, y un hermano que quedó en. 
cargado délos negocios dj casa. — Conque vd. es soltero. — 
Se deja entender. — ¿El marquesado de vd. en que provincia 
está vinculado? — Parte de las haciendas cstSn en Extremadu- 
ra, otras en Andalucía, y porción de casas en la misma corto 
de Madrid, da las que tengo una muy hermosa de mi ordina< 
ria habitación á una cuadra distante del real palacio, y otr%' 
de campo, en el gran paseo que llaman el Prado. — Y vd. ha- 
brá dejado por allá pendientes BUS amorcillos. — No señorita, 
no be sabido lo que es amor hasta esta ciudad. — ¡Ola! y de 
cuando acá cstíi vd. enamorado? — De ayer acá. — ¿Y de quien 
señor marqués? ¿qué muger feliz lia pudido mover tan pronto 
ese corazón que nunca ha amado? — Señorita.. .. Vd. si, vd, 
es la que ha avasallado mi pecho, inspirándome una pasión tan 



y vd. 






niándeitic ■ 



Salló Pomposila y volvi6 luego co 
dose repetir el coloquio, mnniresló in 
trando á tralar el casamiento quedó a 
mo en eítos términoa. Que como el 
empleos en la corle, necesitaba liceni 
fnr esa demora, y no exponerse, se ca. 
vanas lo mas reservad o posible, y ocull 
DO llamase la atención: y que como t 
pronto, y según las óidencs de S. M. 
la Corte, realizarían pronto lo que per 
y se maicliarian antes de un mes para 
aprobado por aquellas lucus y tontas, 
ron en no decir nada á mi tutor poiq 
embarazara el casamianlo á prulcxio d 
cencia, para no dejar, como ullas dccii 
lamentarla. 

Tan pronto como quedó esto ncorc 
Raimundo, después de mil requiebros y 
madre é hija, inmcilialnmcnlc con (c^'í 



vio un'recibimieato seco y de pioteccioo, le dijo que au hija 
Mtaba casKdK con aquel caballero que le preaeotaba, y que 
por lo mismo procediese ¿ entregarle loi bienes. D. Rodrigo 
ain alterarse conlestó que el caballero se presentase al juez de 
la testamentaría con certificación del casamiento, y pidiendo 
la entrega de loa bienes, que Ibd pronto como se le mandase 
haria erectiva. En el kcIo se hizo el escntot se presentó, m 
proveyó, y en los dos dias siguieolea quedó hecha la entrega 
de todo, 7 m¡ tutor suficientemente documentado de quedar 
ya Ubre de toda responsabilidad, por [a pureza de sus manejos 
y ezactíluU y claridad de sus cuentas, que do merecieron nin> 
gun reparo. ' 

En el momento se buscó Iraspa^ador para el cajón y casa, 
diciendo el^marqués'que para quince días que estarían ya en 
México, en cualquiera pesada estaban bien, k lu que nnda re- 
pugnaron ^aquellas bestias, que solo pensaban en irse á Espa- 
ña, y tener la dicha de conocer y besar ¡a mano al Rey, ser da- 
mas de la reina, y otra multitud de sandeces con que calaban 
aturdidoa." Se traspasó cnjon y Cftsu: el señor marijuía dijo 
que iba á reducir e) dinero á letras pagaderas en la Corte, con 
cuyo pretexto lo introdujo i una casucha que habia tomado 
dizque provisitmnlmenle enlre tanto se marchaban. 

Toda esta bulla debia llamar la alenciun, y fijarla muy par. 
ticularmente en D. Raimunllo, hasta que el comandante de la 
Ronda de capa que tenia orden del virey para prender & un 
gachupín que hablan encargado de Madrid, y cuya filiación 
tenia hacia mas de afio, dio en conocer á nuestro aeñur mar- 
qués, y advirliendo en él todas las seRas, á los veinte dias 
del casamiento, en la noche, después de las doce, á cuya hora 
llegaba él diciendo que Venia de dejar al virey, me lo atrapa- 
ron al tocar su casa y lo llevaron ¿ la real cárcel de corte, dan., 
do parte inmediatamente al virey, que haciéndolo comparecer 



OldB,4a««^cinclMÍMbfs fa^d* panfw ■mía fván» 



, ., ,. 

■ fiíÉBM ^m mlMm f ron: ^a» w» twri m ie m iMmbcc m Tuno* 

hayan la lahoui pnAdaoi é1 juefis «nirr élyotrMunign 
■rr^ i ^ñaM m tntei y 90 pudieron (Mmer, y nk ai 
d o&cal éd ■MUMJil* <|a« lo U*t¿ k U casa, quien se lbm6 1 
X laniilii. j rtnn rin rif— 1*7 inln nnfr r" Serormúim 
* fr uc nw wbra ta nona ásEfoa de htitnja, y ee nundA 1 Ct- 
£>. 4a«fc d ej paa M •p^tútAo to niümo que fU mu^. 



i¡,i v..ntn¡-i MIS dtUn- 
n,! <|ioiiirmontnb,i.v 



lio .le |.ilon. lo 
toda clase 6c rir 



cioD, BD cuyo estado ya se noa ocultaron abaolulnmente, y ni 
mi tutor dí nadie de su familia, ni yo, hioimot ya mas que en. 
comendarlas á Dios. , 

El coronel desde Ihs incomodidades que tuvo con Eufrosi- 
na y su hija Pomposa, comenzó á enfermarse del estómago, 
que no lo díjaba tranquilo arriba de uno ó dos á\ñB para voU 
ver !i TTiolcslarlo: el últimn suceso deagraciadisírao de aquellas 
mugcrcs y su posterior conducta, que llegó á saber y sintió 
ronchísimo, lo fué poniendo peor, á pesar de que ya no volvió 
& mentar ni sus nombres, y todos teníamos cuidado de no re- 
cordarle nada. Así pasó dos años, aceptando por instancias 
y ruegos de su familia algunas medicinas, pues decia que su 
verdadera é invencible enfermedad eran los sesenta años que 
llevaba í cuestas. 

Apenas entró el mea de marzo de 1821, cuando el cambio 
de estación hizo en D. Rodrigo la mayor impresión, y aun- 
que él por no afligir á su amable familia sacaba fuerzas da 
flaqueza, la naturaleza no le ayudó mas, y el dia dos ya no 
se pudo levantar: en el estómago nada le paraba, el pecho y 
la H flamas le fatigaban demasiado. Cada lino de la familia 
propuso un médico: de todos se escogieron los tres mejores, y 
entre estos señaló mi tutor el que ie inclinó mas, pues como 
en toda su vida no liabia padecido enfermedad de cama, sino 
cosas ligeras que con remedios caseros se quitaban, nunca ha. 
bia tenido necesidad de médico que se encargara de su natu. 
raleza. 

Toda la familia entró en el mayor cuidado y aflicción y 
mucho mas el día seis, que estando lodos rodeados de su ca. 
nía, dijo que convencido de que el hombre no debe esperar í 
|os últimos momentos do su vida para disponer de sus cosas, 
tenia hecho ya su (eslamento que estaba en la gaveta de bu 



sos I 

mesa: que en él declaraba, como era justo, que ouando ent ' 
na leoia mas que el raocbo en precio muy bajo, que lodo ij 
aumenlo que teoia por la mejora cíela casa, por la reunión ¿t 
tierras que babia comprado, y asua que ie habia metido, fn 
Iodo gananciales duraole su matrimonio, lo mismo que canU- 
dad de onzas que Icnía en unos secretos del eslaotc de lus li- 
bros: quo Ib mitad de todos los ganancÍBles eran de DoD& Ms- 
tilde: que del quinto separados los derechos del ealierro ; aun. 
das forzosas, se hiciese una partición entre sua criados j át- 
vientes del rancho, á proporción de sus familias y necesida- 
des, muy particularmente & su honradísimo viejo y antigoo 
mayordomo Pascual, en justa remuneración de su fidelidad T 
buenos servicios: que ya dejaba ordenado, y nuevamente en- 
cargaba i sus albaceas, que lo eran mancomunados Doña Ma- 
tilde y D. Modesto, que su entierro fuera en el camposanto 
de Santa María sin pompa ninguna, y sobre lo que les estre- 
chaba la conciincia, ^ielldu su iiiiiit'rsal licrcdera PiiJcticia- 
nita: qm; no di-jaba mandado se dijesi-ii :iii;as. porq'Jti =i1'¡m- 



,|ac las dij.r 
f. ¿ la i.itdaJ > 



i. (Ifjjba 






imar abundantes 
i.- Ilcu6 Jabr:iMr. 



11,.. <|Mo r:Ls 


ríos <lc 
idiclon 

..,■ el . 


"SI 


1 su- ojo 
1.1 día; 

-i.aliu do 



,^^^'r 



609 

alli, todos iban con frecuencia á ver qué se le ofrecia y estar* 
se largo tiempo, y particularmente las muy ejemplares. Matil- 
de y Pudenciana que á porfía se esmeraban en cumplir con 
su deber, y que no siendo bastantes nuestras persuasiones pa* 
ra que fueran á acostarse, no se conseguia hasta que el coro* 
nel se los mandaba, y entonces salían á la pieza inmediata, y 
se recostaban á dormitar en un colchón que tenian allí con el 
objeto de no alejarse de su querido enfermo* 

Era un asombro ver llegar á visitar al enfermo y su fami* 
lia, multitud de personas distinguidas por su religiosidad, sin* 
gularizándose el coronel D, J. Y. O. que entonces era alcalde 
1. ® quien á pesar de sus ocupaciones iba con frecuencia, y 
todos ofrecían sus servicios. De varios conventos y casas 
particulares le llevaron porción de santos que mandó se le pu* 
sieran en una mesa frente de su cama; pero mas le llevaron 
el dia doce, y como también le mandó á S. Vicente Fer* 
rer una parienta que tenia religiosa en la Concepción, cuando 
metí la imagen, como me quedé allí un rato, me dijo como 
sonriéndose: ^Querido Joaquín, esto está malo.*^ Yo so- 
bresaltado le pregunté ¿por qué,? y él con mucha calma me 
respondió: „Porque ya sabes, hijo mío, que el dia de todos 
Santos es víspera de Muertos.^^ Ese dia por disposición del 
facultativo se sacramentó con la mayor devoción. 

Al siguiente que era en el que cabalmente cumplía los se- 
tenta años de edad, amaneció muy entero, y en la mañana nos 
hizo concebir las mejores esperanzas; pero dadas las doce, se 
fué poniendo mas malo, de manera que entramos en el mayor 
cuidado, y tanto, que D. Modesto mandó cerrar el cajón y 
que se fueran á casa los cajeros. ^ Todos acudimos, y míen, 
tras venia el médico que ya se había mandado llamar, preve- 
níamos para aliviarlo los remedios que allí estaban de la re- 
ceta de la mañana; pero nuestro enfermo decía: „ningunos 



" - ^.".c, para ntie víní. 

Irjllular d sil nm.T r 

"•II-. y h üorn. |,¡j, p„j„„ 
bl. „,.j "'"'""■«"«ni 

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""•'"■""'»* 1» por I..," 
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'■que esperad, la Divina " 
'«■«doa«porg„d„, I ■"»■ 

«u.piro,,„.a,tai,„p„:,:tj, 

Enloocea se iMnif„„ ,„ , 
f-elsileacio habí." r . '""■ 



el sepulcro una tumba, sobre la cual en una losa oe grabó el 
siguiente 

EPITAFIO. 

En la inerte ceniza que reserva 
El breve bueco de esta losa helada. 
De un volcan de piedad acrisolada 
El pábulo dichoso se conserva. 

Aunque su llama por la furia acerba 
De la Parca, pareco sufocada. 
Allá en el Armamento colocada, 
Eslá burlando su intención proterva. 

Muevan, espectador, tu triste llanto. 
Un sol de caridad enardecida. 
Un héroe de virtud acreditada: 

Un varón justo, religioso y santo, 
Un modelo ejemplar de vuena vida; 
Un todo de piedad que ya hoy es nada. 







£5' 



\F liFriM\ MM;JtllJ()\ES. 



:-Í«M»; : iiii-i-i) 7, iil |)i'(H-¡() lie 2 rciW rl riiiiilpnio, |i»j.'a- 
^. <i»; j^ (h-i'iis ni el íirK* <|i^ lu ciiliTRa. 



il^ii ¡'ucOlii 



SI». JiiM? M.ii'iaDu r^si'rileru 
^ ,^_. y 1). Man'clim) Oouzald. 

jiffii r Qiícrétaro |i. Josi' Mnrí.i Carríllu. 

;*g!; ilimmijwilii I). iiicfiorío Jimnia. 

:;»;í tliiadntajaiu D. Juun Mará Itramhilu. 

i<oqií{ Leoii O. José Muría LovMo. 




513 

de oír este disparate, sin conocer que se trataba de Pomposa^ 
y concibiendo el estado infeliz en que estaría, en el momento 
se dejó lo que faltaba del almuerzo, y parándose D. Modesto 
como distraído, gritó: „Que saquen el coche, y vamos por 
mi hermana Pomposita.^' Las señoras preguntaron á la mu- 
ser si estaba también con ella la madre de la enferma, y ella 
contestó: ,,Conque croque dicen que ya se murió. ^* Salido 
el coche, montamos D. Modesto, las dos señoras y yo, pues 
aunque se hizo instancia á la muger para que subiera, no se 
pudo conseguir, y se fué á pié guiando al cochero, porque no 
sabia dar las señas de su casa, y nos condujo á una accesoria 
del callejón de la Chiquihuitera, en donde sin mas ajuar que 
el decuüi y tres tepcdcates^ encontramos á la desventurada 
Pomposita, en una cama que formaban dos petates de tule ro- 
tos, en el suelo, cubierta con asquerosísimos andrajos, y he- 
cha nn esqueleto, de manera que no la habríamos conocido, si, 
ella no hubiera rompido en un fuerte llanto luego que nos vio, 
llamando con voz dolorida y penetrante á todos y cada uno^ 
pidiendo por amor de Dios que olvidásemos su conducta y le 
tuviésemos compasión. Doña Matilde y Pudenciana sin asco ¿ 
su deplorable estado, ni temer á la enfermedad, se arrojaron á 
aquel miserable lecho, y llenándola de abrazos, le manifesta- 
ron que nunca podian olvidar lo que les pertenecía, y que pro- 
curarían tratarla según su deber, y que de su conducta no se 
acordase mas que para arrepentí rse^de ella, y pcdírie á Dios 
perdón. 

Mirando que, á lo que parecía, no estaba en disposícien de 
que se pudiera mover, se mandó al cochero fuera violenta- 
mente por el Dr. G. • • «y como entretanto, deseosos de saber de 
Eufrosina, preguntaran por ella á la enferma, dando esta un 
profundo suspiro y como ahogándose en su pecho un acerbo 
dolor, exclamó: „iAh, mi madre infeliz, causa primaria dsf 
nuestros males, ya no existe! ¡Ella ha dado cuenta de sus dias 
y de los míos, en el tremendo tribunal de la Divina Justicia' 



5U 

iniiri6[i&cc dos meses en el hospital de S. Andn».... Todos es. 
labainoü anegados en llanto, y cuando algo no^ sercnaiiia^, Pooi- 
pusa prúMÍgui^i-' itAutjque viin. ao pueden upiociar la itütútiii 
de nuestros últimos diaa, y sin embargo de que ella no es hon- 
rosa ni agradable, para que sirva ds ejemplo y escarmiento i 
tos padres de familia sin prudencia nt juicio, y á los jÓTensí 
que con tiempo no aprovechan lo poco que se les enseña y lu 
lecciones que da el raundo, pido á Dios me dé aliento pan 
poderla re-atar auuque en breve, y á vds. Bufrimiento pata 
escuchar procederes lamentables y vergonzosos. Ya sabea 
hasta el casamiento que mi inconsiderada ligereza y vil inls- 
res de mi madre me hicieron celebrar con el perverso que hi- 
zo toda mi ruina. Pasado esto, como nos encontramos sin 
recurro, abandonadas de los buenos amigos, notoria y enor- 
memente infamadas, ya no dimos ningún lugar á la reflexión, 
V (l('-:]ipcli;uiaí, vo iiio iirostiliii con el a|iovo de mi madre: V 
»i lo- prJiíicrOíS cüiií |iuiliiiiiis viiir (inv medio lari inicuo v cri- 
iiiirnl, lijen [Tinto riií' ineiiin útil. |iori|uo yo dL-^Tiiorc-ia liia. 



-oída,!,, de .;ua>.ajualo, ,,.„■ ,],. -..I,, á ;>u... li..,„|.o con U inita 

■ h: ■■s(o combiiiaiJo cm nn M. lí. y ..u-s tan rnalvucio.s como 
.-■I. Im>;í,t.iii un r<.l>.. de coii-i.lT.oi.in. q.i,. riii madjeyyo 

l.ir.l.tr.i en dc-ciihrir^p. nos pron.!iiír..n y IlL^v^imn ':\ Ja Ciircel 
il- «ürtc. dondo ncíjamos nurstros i.Oüil.rV-' |Kini.--naono= olroí. 
-^li iiiailro sobre su «ilad y anteriores jiiflfciiiiicnloi. va do 

■ lioiiilc/., y ilpinas plaijaí de la circel: yíi no pudo rcíislir. y 
'ayondo lí lo-j soi-.- meses muy mala en una cama dc| liebre, tuve 



515 

)]or de verla salir para el hospital, y saber después que ha- 
muerto. Yo continué en la prisión, donde me fui enfer- 
ido mas de lo que estaba, hasta que hi^brá quince dias que 
nandaron poner en libertad, dándome por compurgada de la 
plicidad en el robo. Yoaalí sin saber adonde iba, echan, 
menos la compañía de mi madre, cuya falta me hizo co- 
Dcer mas lo horrible de mi situación, y sin discurir el mo« 
le remediarla, por no tener ni á quien volver mis ojos, pues 
la vergüenza no me dejaba buscar á vds. ni queria volver 
prostitución, andando maquinalmente, al pasar por esta 
i vi en la puerta á su dueña, é inspirándome alguna eon- 
za su exterior, le rogué me diera posada que con generosi. 
me franqueó al momento. Como por esta franqueza y 
dad con que en medio de su pobreza me socorría con al- 
alimento se hiciera acreedora á mi confianza, le conté al- 
ie mi vida, la muerte de mi madre y la familia á que per- 
icia; pero rogándole que guardase secreto, pues que me mo- 
1 de vergüenza á la vista de ustedes. Mas ella que me ha 
o mas enferma cada dia á resulta de mi conducta y pade- 
ientos, habrá solicitado á ustedes y avisádoles por cari- 
. Dios sabe cómo y por qué ordena todos, los aconteci- 
ntos del mundo. A mí no me toca mas que pedir á su 
restad me perdone mis innumerables culpas, y á ustedes 
disgustos y pesares que les he dado. • • • ¡O muerte! ¡Qué 
i ble es tu aspecto para quien acibaró su vida con las va- 
ides é indigestos placeres del mundo, y que jamás levantó 
meramente el corazón á su Criador* ¡Oh si mis dias. •••V^ 

)esvaneciose á estas palabras. Cayó privada, y quedo in- 
ril por algunos instantes y sin sentido alguno. Volvió á 
o, pero la calentura se le babia agravado notablemente y 
lenzaba á delirar, á tiempo que llegó el médico, y recono- 
idola dijo que era traerle la muerte mas violenta, el sacar- 
le allí como queria su familia: que sobre un gálico írreme- 



r 




-s,- SE BECIBEN SliSCBICIONES, 

i í*»;^ EI3 jassie®. 

'^Si ''" '" '''"■'■'"' ''" ""■'"• •'"'**' *•*' Me.«iclcr« iiú- 

;íw»i^-:' inciii 7, ul piwii» da 2 realre el ciiailermí, («ijía- 

'^'ÍS'I J«""os tu el afiu ilc lü fn[ie«a. 

íj*^ 

:^^i-í Puebla \ '*■ ^''''*^ "'"■''""* Casüllui-o 

: |^;'| ' y D. filari'cliiiu nonziilcz. 

'j_Í^ i Qucrclaro D. Jüsé Miiría Carnllu. 

r/¡Sg.'.E («««iifljwiio 1). Urct;üi'iu JimcRCt. 

mS^^ Ctuií(fl(a/(ii-(i I). Juan María Braniliita. 

E^-'* Lcon n. lim Miirí 




517 

r lu alma porcioa de misas, y te eeputlú ea el panteón de 8 
' J^blo, y en su sepulcro se puso el siguiente 



I 



EPITAFIO. 

Detente y mirB, viagera, 
Eáta ceniza asquerosa 
Que formaba de Pomposo 
El atractivo hechicero. 

Por Él, abrió ella el sendero 
Que la Ilefú ai precipicio, 
DeaplomaDdo uo edificio 
Que mas hubiera durado^ 
A no Mr precipitado 
Por la &lta de buen juicio. 



D. Modesto, de acuerdo con madre y esposa, para compen- 
sar BU candad á la pobre vieja que había recogido y aoGorri< 
do á Pomposa, le regaló la cama y cuanto habia llevado 
para su asistencia, le dieron alguna ropa y le señalaron l 
corro de doce pesos cada mes. Asi obraba esta ejemplar fa. 
milia) que con los muy bnenos principios que tuvo y supo 
aprovechar y sus naturales generosos sentimientos, hizo su fe- 
licidad, así como la de todaslas personas que la rodeaban. 

A pocos días de la muerte de Pomposa, me encontré casual. 
mente con dos de los colegiales que le pusieron el sobrenom- 
brs de Quijotita, que eran cabalmente Sansón Carrasco que 
ya era eclesiástico y cura de T. ... y el Zorro que estaba re- 
b cibido de abogodo, é impuestos del fin triste de Pomposa, y de 
lo que lo habia ocasionadoi con aquel su humor alegre y bU' 
15— a 



Quijote, ¡!¡» qa6 ñrmn» 
Toa iBHudu 7 «BlnlaMa, 
Si 4I fin radacids i. hnesM 
Todu toa graciu se vieronf 

iGn polTo ao convirtieron 
Tiu (bnnu tan nquísitas! 
DoBongaño, mugarcitas, 
Puaad con mas madufez, 
£11 lograr buena vejn, 
N^ada i laa Qngoíiíat. 



ido N;iricoi. ijML- h-ibia continuado coniii 
m. hacUiiJiilc una visita é intorniándulede 
■10 lio iiiiestia (iuijiilila. le iii/o (¡imbien 11 

.Mhil atiiii! cst vifa nifi íumus. 

V.n Oílo sepiilcr" trio, 
í^in valertL-ni lii l>riu 
Ni tu luTino^uru mentida. 
En fsto para una viila 
himoral, d,'sar.vglaJa. 
Que lom|)ratio tuO enviciada 
Por eapricliosos contentos, 
Kii '|uc olviijg lo^ ttiomcnli'; 
r)c icduCLi-'L- L. h\ nndii. 



(19 

He dado fin á la hiatoria de la célebre Qaijotita, de las que 
por desgracia hay muchas en todas partes. ¡Ojalá que lo que 
he dicho sea bastante para que reformen su conducta, para 
que hagan su felicidad, la de sus esposos y familia! y pare- 
cióndome útil al intento, regalo á las señoras con unas máxi* 
mas que de puno y letra de mí finado tutor el señor coronel 
D. Rodrigo Linarte, se encontraron entre sus papeles, y son 
las siguientes. 

La muger. que obedece á su marido, esa lo manda. 

Cuando la muger asiste á su oficio, el marido la ama, la fa- 
milia anda en concierto, aprenden virtud los hijos, reina la 
paz'doméstíca, y la hacienda crece. 

Una muger puede estar segura del corazón de su marido, 
en tanto que ella lo está de su paciencia. 

En los negocios de su familia, y no en los del estado, es 
donde una muger debe manifestar su talento y su prudencia. 

Muger: no quieras parecerte al hombre. Los dos sexos no 
deben de tener nada de común entre sí. 

La muger casada guarde tal moderación y compostura que 
solo en su cintura se conozca que 3ra no es virgen. 

No aspiren á dominar á tu marido, conténtate con tener 
una dulce influencia sobre su corazón. Sé para él aquella 
tierna luz, aquella pacifica claridad que luce enj^los campos 
Elíseos. 

Muger recien casada: no abuses dol ascendiente de tu sexo 
y edad sobre tu joven esposo. Tarde ó temprano él volverá 
á tomar su carácter, y teme que al cesar de ver en tí su que- 
rida, no te halle ni aun digna de ser su compañera. 

Si quieres que tu marido permanezca siempre á tu lado, 
haz de modo que no encuentre en otras partes tantas gracias, 
modestia, dulzura y terneza como en tu casa. 

Joven casada: si deseas vivir en paz, evita el querer tener 
siempre razón con tu marido. 



?Ü, ,*? T^-^i* '*™*°* * " ■"HA. eiAn».. ( 
""r" rr^' °° "" '«°S«"in'- El penloülil 
■•jo™ rnta li f. 4 h ««„» Véoa,. 

iteicu- ilck>ipK..d „„,rf^ no,™r¡ei«ioe.p,ri. 
M» ñas, ne di por muerto. 




Cap. Vil. En ti qua >e re/iere ti modo etm que á cgn>* 
lalautñó á etcribirjf cfmtarátiímSui,yiMaeomvena- 

citm que tueo con n ejpofa.. *...•■•.. ..■■>.,..,.. M 
Cap. VIII. Enelquem r^iere la duputa 91W Irabó el 

coronel con el licenciado Nortee*, y la defenta ^ue Año 

de Uu mugere». .,,,,,,,. •....•••••*•,,,, 109 

Cap. IX. Refiere el cura hi verioi, y w traba tabre ¡a 

profanidad de la» mugeres, y el modo con que puede 

ser licito en eüaa el adorno 1S4 

Cap. X. -^Enelquete cuenta la cariíatioa conferencia 

que fiRnerofi ata» ttíkmu tuerta de nw maridoi, y la 

célebre aventura'que por una de alas sufrió m vitjo «u. 

morado > lU 

Cap. XI. Qwe tnUa de ¡a prímtn t á wtítim ié Ut ■<• 

ños. y de olras\eosas gue no disgustarán al lector 169 

Cap. XEI. Enelque'deoromtiditourre sobreloútílquo 

seria que ha mugeres aprendiesen algún arte ú i^íeit 




Ni,,, 

fundamentoi ma» túlido» de nuettra religión: reeiSí'^ 
Bautismo y va ala Habana á negocios de comercio .... BU 

Cap. XVII. Deteubre Adelaida los amores de Carlota i 

á *u padre: te indigna este, y le hace recibir por fuer- 
za el hábito de monja: pasa el año del noviciado, y llega 
WOtterlavíiperadelapnfuwn 26S 

Cap. XVIII. En tíquete nmclvjw la historia de Jtuo- 
boy de Carlota 270 

Cap. XIX. Discurre el corona, sobre el estado rdigioso, 
y comieiua á inslrmr á su hija acerca iel matrimoitio. 

Cap. XX. En d que se refiere la conferencia de Pompa- 
sita con una amiga suya, y el sdemne modo con que be 
dAegiaU* le pusieron por nombre QuijoUta 2{)s 

Cap. XXI> En á que te cuenla una comersadon que 
tmo el coronel con tu sobrina Pomposa, y la gran oálera 
que hizo esta cuando tupo {ue le hatñan puesto Quijo- 
lita 901 

Cap. XXII. Tan pequeño cama interesante á los que lo 
leyeren ,.. 319 

Cap. ^III. En él que te trata de la historia de Irene. 315 

Cap. XXIV. En él que continúa la historia de Irene, . 330 

Cap. XXV. En d que te dá razón de lat famoias 
exequias con que honraron la muerte de Pamela, Daña 
Ettfrotina y la niña Quyotüa 344 

Cap. XXVI. En el que eonünúa el coronel instruyendo 
á stt'h^a acerca del matrimonio. 366 

Cap. XXVII. En el que sigue la disputa que el conmel 
tuco conla beata 385 

Cap. XXVni. En el que te r^iere la conversación de 




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talahiiloriadewia rauda... • 494 

Cap.XXXVIII. Tioleato y demutrado eatmnietOo de Font< 
pota: ruina de su cata: príMÜm de tu marido: detenga- 
ño de quien era ette, y prottilucion de madre é hija, 

Muertedel coronel 502 

Cap. XXXIX y último. DwHo de la familia del corona, 
y groa trato de tu viuda. Noticia de Pompotila y tu 





Como d Pensador Mexicano dejó esta obra sin con- 
cluir, no puede saberse cual hubiera sido la división 
que habría adoptado finalmente; pero la que se hizo 
en las anteriores ediciones, no se podía seguir en es- 
ta« que siendo de carjícter de letra mas menuda, car- 
da uno de los cuatro tomos en que estaba antes diñ- 
dida, hubiera sacado cosa de cincuenta hojas, lo que i 
mas de lo desproporcionado del volumen de cada to- 
mo aumentaría considerablemente á los señores sus- 
critores el costo de la encuademación. Por esta ra- 
zón se adoptó la idea de publicar la obra en un tomo 
solo, sigiüendo en toda ella sin interrupción el orden 
natural de los capítulos y las páginas, üi|. que se en- 
tienda por esto que se ha tratado de corr^ir en «h 
ta parte al autor, que la dividió con proponñon i 
tomos de 8." y de lectura gorda, y sin duda e1 mis- 
mo lo habría dispuesto de otro modo, si hubiera pen- 
sado en una edición como la presente.-— ¿^. 




EES UÍ^ÍQ@. 



Ea k librei'ía de Ruciu, PotUil de ^lercaderes aó- 
luero 7, al precio de 2 reales el cuaderno, paga- 
deros en et aclo de la nitrera- 



íig?;^ j) .1 S ^- Jtwú Mariano Caslillero 

;'*2íí i y D. Marcelino Cuuzala. 

IJ^II Qaerétaro ü. J(}só María Carrillo. 

^M^ Ottanajiialo. . . . . L). Gregorio JimcDd. 

Gtiüdalajará D. Juan María Rrambila. 




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!^E BECIBEÜ SlSCBIClOm 



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m BBXIOO. 

. hlwerld Ja R>^, l'nrtal de 1! 
mctu 1, al (vado da 3 rrakc «I cuultrtto, ^ 
(tef«i ni ri acu ile la aAnt». 



' TO-lkt'n-eliiiBGM 

lh,.-f,líif U, JuM^ Mari.1 i..ifiillü. 

i.iíiinnjuaio. l>. Gresorio Jimenei. 

('iia<inf(i/nr(i ... I). Juan María Itraml'tt». 

¡.'•Olí D. José Mana LoveUi. 

[hiraiujo O. Josc María Rodaüegas. 

Oiijnca ... . . D. José AdIodío Alberdí. 

VifaeiHS r). José Vidaj. 

Toluca . - D. Manuel FernandfS. 

Zamoixi. ... . I). Ignacio García. 

Oi'naia It. Mamid Segura. 

JaUtpa Srcs. Elfaíi * hijos, 

Zncnteeait. ..... D. Domingo Carral- 

A'. Lti'u Poloa I). MaUM Bada. 

VAI.P, DO.S Y MEDIO REALES 



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. ^ RECIBEN SUSCBlClüNES. 

Fa la lilireí la de Itccio, Parbil de Ucrcadom uó- 
luuro T, al gxvdti de 2 real« c) cuadeau, pag»- 
den» en el orlo de li ttiucga. 



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, , ,,, ^ D. ]áR¿ Mariano Castitlen) 

f y 1>. MaruflinuCmiíalez. 

Qiii-rrtarit D. José María Cairillo. 

CuanajuMo. . . . II. Gregorio Jimenei. 

QuaiíaUíjara U. Juan Mana Brambila. 

León . . D. Jos¿ María Loveto. 

Darango . D. iose María Itodallegu. 

Oajaca ....... D. losé AnUiniu Alberdi. 

Yeracrui D. José Vidal, 

Tolnca D. Manuel Feroanilcx. 

Zamora D. Ignacio Garcia. 

Onzava 1>. Manuel S^ura. 

Jalapa . • Sr». Elias éliijos. 

ZicattcoA D. Domingí) Carral. 

'SanLuú/'tKujt. . . . D. Mako Rada. 

VALÍ-: DOS 'V MLlliO REALES- 









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SE RECIBEN SUSCBICIONES, 



(TÍii lie Recio, Portal iIp Meroaderrs nú- 
nl precio de 2 riKiles d ctimlerno, paga- 



a^^jgrsffT^fg^g 



Pnebh .. , 

Oiiiniiijunlo. . . 
(jiiailat/ijara . . 


^ Ü.José Mariano Caiiiillero 
' í y D. Marcelino Ooiualez. 
. . . D. José María Carrillo. 
. . . D. Gregorio Jimenex.' 

. D. Juan María Brambila. 


Ihlr/itiiiii. . . 


. , .'«.José María Rodalle&as. 




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Pcnsaíior iUrricano. 



CUARTA EDICIOIV 

corregid A« mejorada j adornada 

. Umünas finas. 



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UBRERÚ DE RECIO Y ALTAUIRA.NO, PORTAL DB 
MERCADERES N.<» 7. 



ImpnnU ds Vicsnte Garda Tnm.— 1842. 






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Til la lilirmndcRivio, Pcirlal <Ie Mt-ni 
mmi 7, ni prwio ilr 'i rífalos el i-iiít<K'r 
ilcnis •'ti el nrlo do l.i ciili-i'^a. 



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Puebtu J D. José Mariaoo Casullero i 

y D. Marcelino González. 
Querétíiro Ü. Josú María Canillo. 

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correvldav meJOTada y adornada con rc-lnto 

finas* 



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.«KXICO. 

LIBREnÍA* DE RECIO Y ALTAMIRiVNO, PORTAL DE 
31ERCADERES N.o 7. 



Iisprenla de Viceiile Garcia Torres.— 1842. 



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SE RECIBEN SÜSCMCIOSES, 

Fn la librería dp Recio, Porlal de .MercaJcres nü- 
nirro 7 al precio de 2 risaics el cuaileruu, paga- 
deros en ti ai'lo de la entrega. 

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pju.l,l„ S B. Ji)sé Mariano Cttsüllcro 

( 7 I). MarccIiDoConzalei. 

Querétaro D. Josb MariaCarrillp. 

Guanajualo D. Gregorio Jimeot^. 

Guadattijara D. Jiias MariaBrambila. 

Leo». D. José María Lovelo. 




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POR EL 



|)cn6a1ior Mmcaxio, 



CUARTA EDICIÓN 

,. _ corrcffIdfM mejorada y adonutda con reinte 
fH.l lánilua« finas* 




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LIBRERÍA DE RECIO Y ALTAM1RA.N0, PORTAL DE 
MERCADERES N." 7. 



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kprsala de Yicsnle Garúa Torres.— 1842. 







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sJi laminan finas* 



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n¿xico« 

LIBRERÍA DE RECIO Y ALTAMIRAKIO, PORTAL DE 
MERCADERES N.« 7. 



Iniprenta de Vicente (hrda Toim.— - 1842. 



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En la librerln de ItecLO, Portal ¡ie Mcrcíidcm oü- 
mero 7, al precio de 2 reales el cuaderno, fagt- 
deros eo el acto de la eolrega. 



p^gu. S D- losé Mañano CaslilIiTB 

í ; D. ^larcellno Gonzalei. 

Qucrétaro D- losé María Canillo. 

Guanajualo I>. Gregorio Jiménez. 

Gnadalajara D. Juan María Brambi la. 








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ubuzeía de recio t altauiraxo, WOWtUb »i 

MEBCADERES If.» 7. 



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tapraiU de Yicsale García Tenes.— 181S. 

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mero 7, al precio de 2 reales el 
dcros en el aclo de la cDirega. 



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Puebla S^-^^^^'^ 

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Qucrctaro D. José 

Guanajuato D. Greg< 

Guadalajara D. Juan 

Lcon D. José 

Durango D. José 

Oajaca D. José 

Vcracruz . D. José 

Toluca D. Mam 

Zamora D. Ignac 

Onzava D. Man 

Jalapa Sres. El 

Zacatecas D. Dom 

S. Luis Potosí D. Male 




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pm^ai^ov iWmcano. 



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rprrr|fida« mejorada y adornnda c«ii Tclatr 

lámlaas Ciñas. * 







místico. 

MBnsnÍA DE iiE<:io y altamiranü, portal di 

MERCADEllCS .\.*> 7. 



Imprenta da Vicacte Gercia Tenes.— 1843. 










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